El artículo de enciclopedia "Mercado" de Ludwig von Mises define el mercado como el proceso por el cual, en la economía de división del trabajo, la producción se orienta a las necesidades más apremiantes de los consumidores. La tesis rectora es la soberanía de los consumidores: la ganancia y la pérdida encauzan la disposición sobre los medios de producción hacia las manos de quienes los emplean del modo más adecuado al servicio de los consumidores. En seis secciones, Mises trata el proceso de mercado, el monopolio y la competencia, la especulación como rasgo fundamental de toda actividad económica, la unidad de todos los mercados parciales (bolsa de valores, mercado de trabajo), la ganancia y la pérdida como fenómeno de ajuste frente al equilibrio estacionario, así como la desigualdad de renta y patrimonio como resultado del comportamiento de los consumidores. Se distancia de las posiciones intervencionistas y socialistas y se confronta con la política de pleno empleo de Keynes y con las exigencias del "Manifiesto comunista". Cierra una bibliografía.
El proceso del mercado
La economía política denomina «mercado» al proceso por el cual, en la economía de división del trabajo basada en la propiedad privada de los medios de producción (economía de mercado), la producción se encauza por las vías en las que mejor sirve a la satisfacción de las necesidades más apremiantes de los consumidores.
Los consumidores son soberanos. Al comprar o abstenerse de comprar, deciden sobre la ganancia o la pérdida de los empresarios. La ganancia y la pérdida ponen la disposición sobre los medios de producción en manos de quienes saben emplearlos del modo más conveniente al servicio de los consumidores. La propiedad de los medios de producción es, en la economía de mercado, en cierto modo un mandato social que se retira al mandatario cuando este no cumple las indicaciones respectivas de sus comitentes, los consumidores.
Un negocio es rentable cuando sirve al mejor abastecimiento posible de los consumidores. Es no rentable cuando los consumidores prefieren otro empleo de los medios de producción correspondientes. La construcción de una oposición entre rentabilidad y productividad carece de sentido mientras se permanezca en el marco de la economía de mercado y no se cuestione la soberanía de los consumidores. Quien califica un negocio rentable de improductivo antepone su propia opinión sobre lo que debería producirse y consumirse a la de las partes del mercado. Se arroga saber mejor que ellos mismos lo que conviene a los consumidores. Da con ello a su juicio personal una formulación que lo hace aparecer como verdad de validez general y regla de vida. Cuando exige que el poder estatal adopte medidas coercitivas para imponer la productividad frente a la mera rentabilidad, supone tácitamente que los juicios de todos sobre lo que es productivo y lo que no coinciden, y que su propia concepción será también la de la autoridad.
En la descripción de los procesos del mercado suele hablarse del libre juego de las fuerzas económicas. Otra imagen que se emplea a menudo para caracterizar el mercado es la del automatismo. A un automatismo que supuestamente actúa a ciegas se le contrapone la intervención consciente de la autoridad que planifica sabiamente. Tales giros metafóricos oscurecen el hecho. Todos los fenómenos del mercado son el resultado de los esfuerzos, dirigidos a la mejor cobertura posible de sus necesidades, de todos aquellos que quieren comprar o vender en el mercado. Es erróneo caracterizar estas acciones de los individuos como comportamiento inconsciente al contraponerlas a la intervención consciente de la autoridad.
Los hombres tampoco son infalibles en su hacer y omitir económico. Cada cual es libre de censurar las acciones de sus semejantes —por ejemplo, su predilección por las bebidas alcohólicas, los espectáculos de carácter dudoso, las luchas de boxeo y de lucha libre y demás— e intentar persuadirlos de un empleo más sensato de sus medios. Sin embargo, los problemas que brotan de la insuficiencia del espíritu humano no se resuelven en modo alguno sustituyendo el mercado por la economía planificada y poniendo a los individuos bajo la tutela de la autoridad. También los reyes, los caudillos y los funcionarios son hombres y pueden errar. La Libertad que el mercado concede al individuo puede ser puesta en duda desde planteamientos metafísicos. No obstante, encarna en el ámbito de la cobertura de las necesidades el ideal de Libertad que constituye la esencia de la cultura de Occidente y que la distingue por principio del estilo de vida oriental. En este sentido, el mercado, dominado en última instancia por los consumidores, es un elemento esencial del orden social y de la cultura modernos.
Las empresas estatales y municipales que operan en el marco de un orden social que por lo demás se basa en la propiedad privada de los medios de producción dependen del mercado tanto como las empresas privadas. Han de insertarse en el tráfico del mercado como compradoras (de materias primas, productos semielaborados, herramientas y trabajo) y como vendedoras (de mercancías o servicios), y deben procurar, para sostenerse, obtener ganancias y evitar pérdidas. Los intentos de mitigar o eliminar esta dependencia cubriendo las pérdidas de explotación y de capital de las empresas públicas mediante subvenciones con dineros de los impuestos no hacen más que desplazar los puntos de incidencia de la reacción del mercado. Pues no es el Estado que recauda los impuestos, sino el mecanismo del mercado, quien decide a quién grava en última instancia el tributo y cómo actúa sobre la producción, el abastecimiento de bienes, la gestión del capital y la formación de las rentas. Así, también aquí se hacen valer la soberanía de los compradores y la ineludibilidad de las leyes del mercado. Cuando se habla de un sector privado-capitalista y de un sector estatal de la economía nacional, no debe olvidarse que también el sector estatal depende del mercado.