Ensayo · Escuela austriaca · 1959

Mercado

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Publicado
1959
Resumen

El artículo de enciclopedia "Mercado" de Ludwig von Mises define el mercado como el proceso por el cual, en la economía de división del trabajo, la producción se orienta a las necesidades más apremiantes de los consumidores. La tesis rectora es la soberanía de los consumidores: la ganancia y la pérdida encauzan la disposición sobre los medios de producción hacia las manos de quienes los emplean del modo más adecuado al servicio de los consumidores. En seis secciones, Mises trata el proceso de mercado, el monopolio y la competencia, la especulación como rasgo fundamental de toda actividad económica, la unidad de todos los mercados parciales (bolsa de valores, mercado de trabajo), la ganancia y la pérdida como fenómeno de ajuste frente al equilibrio estacionario, así como la desigualdad de renta y patrimonio como resultado del comportamiento de los consumidores. Se distancia de las posiciones intervencionistas y socialistas y se confronta con la política de pleno empleo de Keynes y con las exigencias del "Manifiesto comunista". Cierra una bibliografía.

Capítulo 1.

El proceso del mercado

La economía política denomina «mercado» al proceso por el cual, en la economía de división del trabajo basada en la propiedad privada de los medios de producción (economía de mercado), la producción se encauza por las vías en las que mejor sirve a la satisfacción de las necesidades más apremiantes de los consumidores.

Los consumidores son soberanos. Al comprar o abstenerse de comprar, deciden sobre la ganancia o la pérdida de los empresarios. La ganancia y la pérdida ponen la disposición sobre los medios de producción en manos de quienes saben emplearlos del modo más conveniente al servicio de los consumidores. La propiedad de los medios de producción es, en la economía de mercado, en cierto modo un mandato social que se retira al mandatario cuando este no cumple las indicaciones respectivas de sus comitentes, los consumidores.

Un negocio es rentable cuando sirve al mejor abastecimiento posible de los consumidores. Es no rentable cuando los consumidores prefieren otro empleo de los medios de producción correspondientes. La construcción de una oposición entre rentabilidad y productividad carece de sentido mientras se permanezca en el marco de la economía de mercado y no se cuestione la soberanía de los consumidores. Quien califica un negocio rentable de improductivo antepone su propia opinión sobre lo que debería producirse y consumirse a la de las partes del mercado. Se arroga saber mejor que ellos mismos lo que conviene a los consumidores. Da con ello a su juicio personal una formulación que lo hace aparecer como verdad de validez general y regla de vida. Cuando exige que el poder estatal adopte medidas coercitivas para imponer la productividad frente a la mera rentabilidad, supone tácitamente que los juicios de todos sobre lo que es productivo y lo que no coinciden, y que su propia concepción será también la de la autoridad.

En la descripción de los procesos del mercado suele hablarse del libre juego de las fuerzas económicas. Otra imagen que se emplea a menudo para caracterizar el mercado es la del automatismo. A un automatismo que supuestamente actúa a ciegas se le contrapone la intervención consciente de la autoridad que planifica sabiamente. Tales giros metafóricos oscurecen el hecho. Todos los fenómenos del mercado son el resultado de los esfuerzos, dirigidos a la mejor cobertura posible de sus necesidades, de todos aquellos que quieren comprar o vender en el mercado. Es erróneo caracterizar estas acciones de los individuos como comportamiento inconsciente al contraponerlas a la intervención consciente de la autoridad.

Los hombres tampoco son infalibles en su hacer y omitir económico. Cada cual es libre de censurar las acciones de sus semejantes —por ejemplo, su predilección por las bebidas alcohólicas, los espectáculos de carácter dudoso, las luchas de boxeo y de lucha libre y demás— e intentar persuadirlos de un empleo más sensato de sus medios. Sin embargo, los problemas que brotan de la insuficiencia del espíritu humano no se resuelven en modo alguno sustituyendo el mercado por la economía planificada y poniendo a los individuos bajo la tutela de la autoridad. También los reyes, los caudillos y los funcionarios son hombres y pueden errar. La Libertad que el mercado concede al individuo puede ser puesta en duda desde planteamientos metafísicos. No obstante, encarna en el ámbito de la cobertura de las necesidades el ideal de Libertad que constituye la esencia de la cultura de Occidente y que la distingue por principio del estilo de vida oriental. En este sentido, el mercado, dominado en última instancia por los consumidores, es un elemento esencial del orden social y de la cultura modernos.

Las empresas estatales y municipales que operan en el marco de un orden social que por lo demás se basa en la propiedad privada de los medios de producción dependen del mercado tanto como las empresas privadas. Han de insertarse en el tráfico del mercado como compradoras (de materias primas, productos semielaborados, herramientas y trabajo) y como vendedoras (de mercancías o servicios), y deben procurar, para sostenerse, obtener ganancias y evitar pérdidas. Los intentos de mitigar o eliminar esta dependencia cubriendo las pérdidas de explotación y de capital de las empresas públicas mediante subvenciones con dineros de los impuestos no hacen más que desplazar los puntos de incidencia de la reacción del mercado. Pues no es el Estado que recauda los impuestos, sino el mecanismo del mercado, quien decide a quién grava en última instancia el tributo y cómo actúa sobre la producción, el abastecimiento de bienes, la gestión del capital y la formación de las rentas. Así, también aquí se hacen valer la soberanía de los compradores y la ineludibilidad de las leyes del mercado. Cuando se habla de un sector privado-capitalista y de un sector estatal de la economía nacional, no debe olvidarse que también el sector estatal depende del mercado.

Capítulo 2.

Monopolio y competencia

La tendencia que impera en el mercado de adaptar la producción de la mejor manera posible al deseo de los consumidores solo deja de surtir pleno efecto en un caso: el del precio de monopolio. Para hacer posible un precio de monopolio no basta con que la oferta de un bien o de un servicio esté monopolizada. Debe sumarse una configuración particular de la demanda. Los consumidores deben estimar el bien monopolizado tan alto que, ante un aumento de su precio por encima del precio de competencia potencial, no restrinjan la compra en tal medida que el vendedor salga peor parado que al vender al precio de competencia [→Monopolio].

Un ejemplo puede ilustrar el efecto de los precios de monopolio. Con precios de competencia para el cobre existe la tendencia a explotar los yacimientos hasta el punto en que la explotación ulterior ya no cubre el desembolso adicional de los medios de producción materiales y humanos complementarios. Con precios de monopolio para el cobre la explotación se interrumpe en un punto anterior. Los medios de producción complementarios no específicos así ahorrados se emplean en otra parte para producir artículos de los que de otro modo los consumidores se habrían visto privados. Pero los consumidores habrían preferido un mejor abastecimiento de cobre al abastecimiento de esos otros artículos.

Los precios de mercado tienden en cada caso hacia una situación en la que la demanda y la necesidad se cubren mutuamente. A este precio, que los clásicos llamaron precio natural y los antiguos subjetivistas precio de equilibrio, y que nosotros llamamos mejor precio final, pueden comprar todos los que quieren comprar y vender todos los que quieren vender. Pero como los factores determinantes del precio están sometidos a cambios constantes, en la realidad —a diferencia de lo que ocurre en la imagen conceptual de la economía uniforme (economía del equilibrio estático)— el precio final cambia una y otra vez antes de que el precio de mercado lo haya alcanzado.

Escritores intervencionistas y socialistas afirman que la teoría del mercado y de los precios desarrollada por los economistas solo es válida para las condiciones de una economía de pequeñas y medianas empresas. Las grandes empresas que caracterizan al «capitalismo tardío» serían tan poderosas que podrían imponer su voluntad a los consumidores. Frente a estos colosos empresariales no podría existir competencia alguna. En la medida en que se extendiera su ámbito, ya no habría nada que correspondiera a lo que la economía política ha llamado mercado.

Hacia el cambio del siglo XIX al XX se señalaba a las compañías ferroviarias como el ejemplo típico de tales grandes empresas contra las que no podía surgir competencia. Pero aquel poder supuestamente irresistible de los ferrocarriles no fue capaz de impedir, ni siquiera de retrasar, la aparición de los competidores más peligrosos: el automóvil y el avión. Tan pronto como llegue al mercado algo que agrade más a los consumidores que lo que producen las grandes empresas de hoy, se repetirá el mismo proceso. Precisamente cuanto mayor es una empresa, tanto más depende del mercado, es decir, de los consumidores. Por eso la gran empresa ha desarrollado métodos de análisis del mercado y de investigación sistemática de los deseos de los consumidores [→Investigación de mercado].

También el aumento de las sumas dedicadas a la captación de clientes muestra el poder superior de los compradores [→Publicidad].

La competencia existe no solo entre quienes ofrecen el mismo artículo a la venta, sino también entre quienes quieren vender artículos distintos. Las sumas que un consumidor emplea en la compra de cualquier mercancía menguan las sumas que puede destinar a la compra de otras mercancías. Todos los empresarios se esfuerzan por encauzar hacia sus arcas la mayor parte posible de los medios pecuniarios de que dispone el público. Todas las mercancías y servicios compiten con todas las demás mercancías y servicios. Se desconoce la esencia de la →competencia cuando se considera que el afán de los productores por «diferenciar» sus productos —es decir, por dotarlos de propiedades que los hagan aparecer ante el público más deseables que los de otros productores— constituye una medida destinada a configurar la competencia de modo «monopolístico». El afán de aventajar a los competidores mediante tal diferenciación del producto es uno de los medios más importantes de la competencia. Es precisamente este afán el que desencadena y mantiene despierta la fuerza, inherente al mercado capitalista, de trabajar por una mejora constante en la satisfacción de las necesidades.

Capítulo 3.

Especulación

La actividad económica sirve a la satisfacción de las necesidades futuras. Dado que sobre la configuración del futuro nada puede predecirse con certeza, todo obrar dirigido a la cobertura de las necesidades descansa en conjeturas y expectativas. No solo las acciones de los productores, sino también las de los consumidores son especulativas. El consumidor que compra cuenta con que el bien adquirido satisfará sus necesidades futuras mejor que otros bienes cuya compra ha pospuesto para poder comprar precisamente ese bien. Toda actividad económica, también la del autoabastecedor y la del dirigente de una organización socialista, es →especulación. Quien dedica tiempo, dinero y esfuerzo a la formación para una determinada actividad profesional especula igualmente. Solo el futuro decide si ha obrado correctamente.

Llamamos situación del mercado al conjunto de las →expectativas relativas a la configuración de los precios del futuro, tanto del futuro del instante inmediato como del futuro más lejano. Estas expectativas las forman las partes del mercado a partir del conocimiento de los precios pagados en las últimas operaciones realizadas y de la estimación de los cambios que en ellos producirán hechos nuevos ya acaecidos o esperados. Cada individuo se alegra cuando las expectativas que han determinado su acción resultan acertadas o cuando las circunstancias se configuran de modo más favorable de lo que había esperado. Pero si resulta que habría sido más conveniente proceder de otro modo, entonces quienes han sufrido perjuicio por una apreciación incorrecta de la situación futura (especulación errada) tienden a alzar la exigencia de que el poder estatal acuda en su ayuda. La única fuente de la que puede concederse tal ayuda estatal es el recorte de las ganancias de quienes han especulado correctamente. Cuanto más avanza esta política de igualar ganancias y pérdidas, tanto más se impide al mercado el cumplimiento de su función. La tarea de prescribir a la producción su dirección debe entonces ser asumida por el Estado.

Capítulo 4.

Mercados parciales

El mercado es unitario e indivisible. Todos los precios están relacionados entre sí y se condicionan mutuamente. Cada parte del mercado depende de todas las demás partes y a su vez las influye. Hubo y hay todavía hoy grupos humanos que viven en plena autarquía fuera de la sociedad de intercambio que abarca al resto del mundo. Pero dentro de un sistema de economía de mercado todas las acciones están potencialmente conectadas con el mercado. Quien es autoabastecedor respecto de determinadas necesidades influye en el precio de mercado de los artículos correspondientes y es influido por él.

Los mercados parciales en los que se negocian medios de producción dependen de los consumidores últimos tanto como los mercados parciales de los diversos bienes de uso y de consumo [→Mercados]. Lo mismo vale para las bolsas de valores. Las bolsas de valores deciden sobre la distribución de los bienes de capital disponibles para inversión adicional entre las diversas posibilidades de inversión. El capital recién formado y los medios disponibles para nueva inversión, que corresponden a la formación de reservas y a las amortizaciones realizadas para reponer los bienes de capital consumidos en la producción pasada, son encauzados por la →bolsa hacia aquellas vías de producción que, en opinión de los especuladores, parecen ofrecer las perspectivas más favorables. En la bolsa misma no surgen ni ganancias ni pérdidas. Las ganancias y las pérdidas en las operaciones del comercio de valores son el resultado de la anticipación correcta o incorrecta del comportamiento futuro de los consumidores por parte de la actividad inversora.

La formación de precios en el → mercado de trabajo depende de la demanda de los consumidores finales tanto como la del mercado de los medios materiales de producción. En lo que respecta a los ingresos de las grandes figuras del teatro y de los deportistas profesionales, esto nunca se ha puesto en duda. Pero no es distinto en el mercado en el que se forman los salarios de todas las demás prestaciones de servicios y obras. En el mercado de trabajo libre, es decir, no obstaculizado por ningún poder coactivo, rige la tendencia a fijar los salarios de cada tipo concreto de trabajo de tal modo que todos los que quieran trabajar por ese salario encuentren trabajo y todos los que quieran emplear trabajadores a esa tasa encuentren trabajadores. El mercado de trabajo libre tiende al pleno empleo. Si por orden gubernamental o por medidas coactivas de los sindicatos se fijan salarios mínimos que superan las tasas potenciales del mercado, entonces surge el desempleo permanente de una parte de quienes buscan trabajo (desempleo institucional).

Esto lo reconoció también John Maynard Keynes. La particularidad de la política de pleno empleo por él recomendada radica en que persigue la eliminación del desempleo institucional no mediante el restablecimiento del mercado de trabajo libre, sino mediante el aumento de la cantidad de dinero. Keynes partía al respecto de la expectativa de que, manteniéndose los salarios monetarios nominales, una reducción gradual y «automática» de los salarios reales provocada por el alza inflacionista de los precios encontraría menor resistencia por parte de los asalariados que los intentos abiertos de adaptar los salarios monetarios al mercado. Si esta expectativa es acertada cabe ponerlo en duda, en vista de la popularidad que ha alcanzado el método de los números índice.

Capítulo 5.

Ganancia y pérdida

En la representación mental de la economía uniforme o estacionaria, el precio de cada producto es igual a la suma de los precios desembolsados por los medios de producción complementarios, incluido el interés correspondiente al tiempo de producción requerido. No hay, por tanto, ni ganancias ni pérdidas. En la economía real, que se transforma de manera incesante, surge una y otra vez una discrepancia entre el abastecimiento y la necesidad. Para subsanar esta discrepancia, la producción debe adaptarse de nuevo a las circunstancias modificadas. De este proceso de adaptación brotan las ganancias o pérdidas de los empresarios.

Las ganancias o pérdidas son consecuencia de la circunstancia de que la adaptación de la producción a la nueva situación no se cumple de un solo golpe en todo el sistema de mercado. Los empresarios que han previsto correctamente el cambio y han actuado en consecuencia obtienen excedentes, porque por un lado logran precios más altos por el producto y por otro lado pueden comprar medios de producción todavía a los precios más bajos correspondientes a la situación anterior. En el curso de los acontecimientos se agotan ambas fuentes de su ganancia. El aumento de la producción del artículo lucrativo rebaja su precio y, al mismo tiempo, suben los precios de los medios de producción complementarios. Si no se presentaran más cambios, se establecería entonces un equilibrio estacionario en el que no hay ni ganancias ni pérdidas. En el mercado existe la tendencia a hacer desaparecer las ganancias y las pérdidas. Ganancia y pérdida son fenómenos permanentes únicamente porque siempre se producen de nuevo cambios en los datos económicos y porque la economía uniforme no es más que una representación mental a la que la vida real nunca corresponde. Ganancia y pérdida son, en cierto modo, recompensa y castigo que los consumidores dispensan según la satisfacción más rápida o más lenta de sus deseos.

Sería inadecuado calificar la aparición de ganancias y pérdidas empresariales como un fenómeno transitorio o un fenómeno de fricción, y su ausencia como el estado ideal de la economía [→Renta del empresario]. El afán nunca interrumpido de mejorar la satisfacción de las necesidades es un rasgo característico del ser humano. El estado de equilibrio del que habla la economía nacional no es una meta cuyo alcance parezca deseable desde ningún punto de vista. Es un recurso conceptual destinado a transmitir el conocimiento de la realidad, que es de índole distinta. Hay un prejuicio político en juego cuando se llama mercado imperfecto al mercado en el que no existe equilibrio estacionario, y competencia imperfecta o →incompleta a la competencia que se desarrolla en ese mercado.

Capítulo 6.

Desigualdad de las rentas y los patrimonios

En el orden social basado en la conquista y en la apropiación violenta del suelo, que Adam Ferguson, Claude Henry de Rouvroy de Saint-Simon y Herbert Spencer denominan militarismo y los escritos anglosajones contemporáneos feudalismo, la desigualdad en la distribución de la propiedad de la tierra es de origen político. Se es rico o pobre según se haya recibido más o menos del conquistador o de sus sucesores. Una modificación de la distribución de la propiedad solo puede lograrse mediante medidas políticas.

En la economía de mercado rige la tendencia a poner los medios de producción a disposición de quienes saben emplearlos del mejor modo en el sentido de los consumidores. La desigualdad en la magnitud de las rentas y los patrimonios es el resultado del comportamiento de los consumidores. Son ellos quienes hacen ricos a unos y pobres a otros. Si se quiere mantener a toda costa la expresión distribución de la renta y del patrimonio, que representa de manera invertida la situación de hecho en la economía de mercado, hay que tener claro que la distribución la efectúan los consumidores, atentos en ello exclusivamente a la mejor satisfacción posible de sus propios intereses. En el orden social militarista puede ser cierto que la indigencia de los pobres sea la contrapartida de la abundancia de los ricos. En la economía de mercado, el crecimiento del patrimonio de los ricos y la merma del patrimonio de otros son consecuencia de una mejora en la satisfacción de las necesidades de los demás miembros de la sociedad. Los procesos que elevan el nivel de vida medio son los que hacen surgir y desaparecer las grandes fortunas. La concepción que ve en la formación de grandes patrimonios un menoscabo del bienestar de los demás compatriotas desconoce la esencia de la economía de mercado. La fuente de la riqueza en la economía de mercado es la elevación del nivel de vida de los consumidores, y a la inversa. Las medidas que tienden a igualar la desigualdad en la magnitud de las rentas y los patrimonios se hacen a costa del nivel de vida de los consumidores. Desde el punto de vista de los intereses de los consumidores sería más justificable un gravamen de las pérdidas empresariales que un gravamen de las ganancias empresariales. La desigualdad de los patrimonios y las rentas es un elemento esencial de la economía de mercado. Karl Marx y Friedrich Engels reconocieron acertadamente en el «Manifiesto Comunista» que un «fuerte impuesto progresivo» y la «abolición del derecho de herencia» conducen a la destrucción de la economía de mercado.

La política intervencionista del presente se propone contrarrestar las decisiones que los consumidores toman en el mercado. Quiere eliminar el mercado. No siempre se tiene claro al respecto que entonces, en última instancia, la autoridad debe asumir la dirección del proceso de producción y poner así el socialismo en lugar de la economía de mercado.

APPARATUS

Bibliografía

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