Las universidades alemanas eran propiedad de los distintos reinos y grandes ducados que formaban el Reich, y eran administradas por ellos.5 Los profesores eran funcionarios públicos y, como tales, tenían que obedecer estrictamente las órdenes y los reglamentos dictados por sus superiores, los burócratas de los ministerios de instrucción pública. Esta subordinación total e incondicional de las universidades y de su enseñanza a la supremacía de los gobiernos fue impugnada —en vano— por la opinión pública liberal alemana, cuando en 1837 el Rey de Hanóver destituyó a siete profesores de la Universidad de Gotinga que habían protestado contra la violación de la constitución por parte del Rey. Los gobiernos no atendieron la reacción del público. Siguieron destituyendo a profesores con cuyas doctrinas políticas o religiosas no estaban de acuerdo. Pero al cabo de algún tiempo recurrieron a métodos más sutiles y más eficaces para hacer de los profesores leales partidarios de la política oficial. Cribaban escrupulosamente a los candidatos antes de nombrarlos. Solo los hombres de confianza obtenían las cátedras. Así, la cuestión de la libertad académica pasó a un segundo plano. Los profesores, por su propia voluntad, enseñaban únicamente lo que el gobierno les permitía enseñar.
La guerra de 1866 había puesto fin al conflicto constitucional prusiano. El partido del Rey —el partido Conservador de los Junkers, dirigido por Bismarck— triunfó sobre el partido Progresista prusiano, que defendía el gobierno parlamentario, y asimismo sobre los grupos democráticos de la Alemania meridional. En el nuevo marco político, primero del Norddeutscher Bund y, después de 1871, del Deutsches Reich, no quedó lugar para las doctrinas «ajenas» del manchesterismo y del laissez faire. Los vencedores de Königgrätz y de Sedán creían que no tenían nada que aprender de la «nación de tenderos» —los británicos— ni de los franceses derrotados.
Al estallar la guerra de 1870, uno de los más eminentes científicos alemanes, Emil du Bois-Reymond, se jactó de que la Universidad de Berlín era «la guardia personal intelectual de la Casa de Hohenzollern». Esto no significaba gran cosa para las ciencias naturales. Pero tenía un significado muy claro y preciso para las ciencias de la acción humana. Los titulares de las cátedras de historia y de Staatswissenschaften (es decir, la ciencia política, incluido todo lo referente a la economía y las finanzas) sabían lo que su soberano esperaba de ellos. Y entregaban la mercancía.
De 1882 a 1907, Friedrich Althoff estuvo en el ministerio de instrucción prusiano a cargo de los asuntos universitarios. Gobernó las universidades prusianas como un dictador. Como Prusia contaba con el mayor número de cátedras lucrativas y ofrecía, por tanto, el campo más favorable para los eruditos ambiciosos, los profesores de los demás estados alemanes, e incluso los de Austria y Suiza, aspiraban a asegurarse puestos en Prusia. Así, Althoff podía, por regla general, lograr que también ellos aceptasen prácticamente sus principios y sus opiniones. En todos los asuntos relativos a las ciencias sociales y a las disciplinas históricas, Althoff se apoyaba enteramente en el consejo de su amigo Gustav von Schmoller. Schmoller tenía un olfato infalible para separar las ovejas de las cabras.
En el segundo y el tercer cuarto del siglo XIX algunos profesores alemanes escribieron valiosas contribuciones a la teoría económica. Es cierto que las contribuciones más notables de este período, las de Thünen y las de Gossen, no fueron obra de profesores, sino de hombres que no ocupaban puestos docentes. No obstante, los libros de los profesores Hermann, Mangoldt y Knies serán recordados en la historia del pensamiento económico. Pero después de 1866, los hombres que emprendieron la carrera académica solo sentían desprecio por las «abstracciones exangües». Publicaban estudios históricos, de preferencia los que trataban de las condiciones laborales del pasado reciente. Muchos de ellos estaban firmemente convencidos de que la tarea primordial de los economistas era ayudar al «pueblo» en la guerra de liberación que libraba contra los «explotadores», y de que los líderes del pueblo dados por Dios eran las dinastías, especialmente los Hohenzollern.
3. El Methodenstreit
En las Untersuchungen, Menger rechazó las ideas epistemológicas que subyacían a los escritos de la Escuela Histórica. Schmoller publicó una reseña más bien despectiva de este libro. Menger reaccionó, en 1884, con un panfleto, Die Irrtümer des Historismus in der Deutschen Nationalökonomie. Las diversas publicaciones que esta controversia engendró se conocen con el nombre de Methodenstreit, la disputa sobre los métodos.
El Methodenstreit contribuyó poco a la clarificación de los problemas en juego. Menger estaba demasiado sometido al influjo del empirismo de John Stuart Mill como para llevar su propio punto de vista a sus plenas consecuencias lógicas. Schmoller y sus discípulos, comprometidos a defender una posición insostenible, ni siquiera advertían de qué trataba la controversia.
El término Methodenstreit es, desde luego, engañoso. Pues la cuestión no era descubrir el procedimiento más apropiado para el tratamiento de los problemas comúnmente considerados como problemas económicos. Lo que estaba en disputa era esencialmente si podía existir tal cosa como una ciencia, distinta de la historia, que se ocupara de aspectos de la acción humana.
Estaba, en primer lugar, el determinismo materialista radical, una filosofía aceptada por entonces casi universalmente en Alemania por físicos, químicos y biólogos, aunque nunca había sido formulada de manera expresa y clara. Tal como lo veían estas personas, las ideas, las voliciones y las acciones humanas son producidas por sucesos físicos y químicos que las ciencias naturales describirán algún día del mismo modo en que hoy describen el surgimiento de un compuesto químico a partir de la combinación de varios ingredientes. Como único camino que podía conducir a este logro científico definitivo, propugnaban la experimentación en laboratorios fisiológicos y biológicos.
Schmoller y sus discípulos rechazaban apasionadamente esta filosofía, no porque fueran conscientes de sus deficiencias, sino porque era incompatible con los dogmas religiosos del Gobierno prusiano. En la práctica preferían a ella una doctrina que se diferenciaba poco del positivismo de Comte (al cual, por supuesto, denigraban públicamente a causa de su ateísmo y de su origen francés). De hecho, el positivismo, sensatamente interpretado, debe desembocar en el determinismo materialista. Pero la mayoría de los seguidores de Comte no eran explícitos en este punto. Sus discusiones no siempre excluían la conclusión de que las leyes de la física social (la sociología), cuyo establecimiento era en su opinión la meta más alta de la ciencia, podían descubrirse mediante lo que llamaban un método más «científico» de tratar el material reunido por los procedimientos tradicionales de los historiadores. Esta fue la posición que Schmoller abrazó con respecto a la economía. Una y otra vez reprochaba a los economistas haber extraído prematuramente inferencias de un material cuantitativamente insuficiente. Lo que, en su opinión, hacía falta para sustituir las apresuradas generalizaciones de los economistas británicos «de gabinete» por una ciencia económica realista era más estadística, más historia y más recopilación de «material». A partir de los resultados de tal investigación, sostenía, los economistas del futuro desarrollarían algún día nuevos conocimientos por «inducción».
Schmoller estaba tan confundido que no llegó a ver la incompatibilidad entre su propia doctrina epistemológica y el rechazo del ataque del positivismo a la historia. No advertía el abismo que separaba sus puntos de vista de los de los filósofos alemanes que demolieron las ideas del positivismo sobre el uso y el tratamiento de la historia: primero Dilthey y, más tarde, Windelband, Rickert y Max Weber. En el mismo artículo en que censuraba los Grundsätze de Menger reseñó también el primer libro importante de Dilthey, su Einleitung in die Geisteswissenschaften. Pero no captó el hecho de que el espíritu de la doctrina de Dilthey suponía la aniquilación de la tesis fundamental de su propia epistemología, a saber, que algunas leyes del desarrollo social podían destilarse de la experiencia histórica.
4. Los aspectos políticos del Methodenstreit
La filosofía británica del libre comercio triunfó en el siglo XIX en los países de Europa occidental y central. Demolió la endeble ideología del Estado de bienestar autoritario (landesfürstlicher Wohlfahrtsstaat) que había guiado las políticas de los principados alemanes en el siglo XVIII. Incluso Prusia se volvió temporalmente hacia el liberalismo. Los puntos culminantes de su período de libre comercio fueron el arancel aduanero del Zollverein de 1865 y el Código de Comercio (Gewerbeordnung) de 1869 para el territorio del Norddeutscher Bund (más tarde el Deutsches Reich). Pero muy pronto el gobierno de Bismarck comenzó a inaugurar su Sozialpolitik, el sistema de medidas intervencionistas tales como la legislación laboral, la seguridad social, las actitudes pro sindicales, la tributación progresiva, los aranceles protectores, los cárteles y el dumping.3
Si se intenta refutar la devastadora crítica que la economía dirige contra la idoneidad de todos estos esquemas intervencionistas, uno se ve obligado a negar la existencia misma —por no hablar de las pretensiones epistemológicas— de una ciencia de la economía, y también de la praxeología. Esto es lo que siempre han hecho todos los defensores del autoritarismo, de la omnipotencia del Estado y de las políticas de «bienestar». Reprochan a la economía ser «abstracta» y abogan por un modo «intuitivo» (anschaulich) de abordar los problemas implicados. Subrayan que las cuestiones de este campo son demasiado complicadas para ser descritas mediante fórmulas y teoremas. Afirman que las diversas naciones y razas difieren tanto entre sí que sus acciones no pueden ser comprendidas por una teoría uniforme; se requieren tantas teorías económicas como naciones y razas hay. Otros añaden que, incluso dentro de la misma nación o raza, la acción económica es distinta en las diversas épocas de la historia. Estas y otras objeciones similares, a menudo incompatibles entre sí, se esgrimen con el fin de desacreditar a la economía como tal.
De hecho, la economía desapareció por completo de las universidades del Imperio alemán. Quedaba un solitario epígono de la economía clásica en la Universidad de Bonn, Heinrich Dietzel, quien, sin embargo, nunca comprendió lo que significaba la teoría del valor subjetivo. En todas las demás universidades, los profesores se afanaban en ridiculizar a la economía y a los economistas. No vale la pena detenerse en el material que se transmitía como sustituto de la economía en Berlín, Múnich y otras universidades del Reich. Hoy a nadie le importa todo lo que Gustav von Schmoller, Adolf Wagner, Lujo Brentano y sus numerosos adeptos escribieron en sus voluminosos libros y revistas.
El significado político de la obra de la Escuela Histórica consistió en el hecho de que volvió a Alemania propicia para las ideas cuya aceptación hizo populares entre el pueblo alemán todas aquellas políticas desastrosas que desembocaron en las grandes catástrofes. El imperialismo agresivo que dos veces terminó en guerra y derrota, la inflación ilimitada de comienzos de los años veinte, la Zwangswirtschaft y todos los horrores del régimen nazi fueron logros de políticos que actuaron tal como les habían enseñado los defensores de la Escuela Histórica.
Schmoller y sus amigos y discípulos abogaban por lo que se ha llamado socialismo de Estado; es decir, un sistema de socialismo —de planificación— en el que la dirección suprema estaría en manos de la aristocracia de los Junker. Era esta clase de socialismo a la que aspiraban Bismarck y sus sucesores. La tímida oposición que encontraron por parte de un pequeño grupo de empresarios fue insignificante, no tanto por el hecho de que estos opositores no fueran numerosos, sino porque sus esfuerzos carecían de todo respaldo ideológico. Ya no quedaban pensadores liberales en Alemania. La única resistencia que se ofreció al partido del socialismo de Estado provino del partido marxista de los socialdemócratas. Al igual que los socialistas de Schmoller —los socialistas de cátedra (Kathedersozialisten)—, los marxistas abogaban por el socialismo. La única diferencia entre ambos grupos residía en la elección de las personas que debían operar la junta suprema de planificación: los Junker, los profesores y la burocracia de la Prusia de los Hohenzollern, o los dirigentes del partido socialdemócrata y sus sindicatos afiliados.
Así, los únicos adversarios serios que la Escuela de Schmoller tuvo que combatir en Alemania fueron los marxistas. En esta controversia, estos últimos muy pronto llevaron la ventaja. Pues al menos tenían un cuerpo de doctrina, por defectuoso y contradictorio que fuera, mientras que las enseñanzas de la Escuela Histórica eran más bien la negación de toda teoría. En busca de un mínimo de apoyo teórico, la Escuela de Schmoller comenzó, paso a paso, a tomar prestado del acervo espiritual de los marxistas. Finalmente, el propio Schmoller suscribió en buena medida la doctrina marxista del conflicto de clases y de la impregnación «ideológica» del pensamiento por la pertenencia de clase del pensador. Uno de sus amigos y colegas de cátedra, Wilhelm Lexis, desarrolló una teoría del interés que Engels caracterizó como una paráfrasis de la teoría marxista de la explotación.6 Fue efecto de los escritos de los defensores de la Sozialpolitik que el epíteto «burgués» (bürgerlich) adquiriera en la lengua alemana una connotación oprobiosa.
La aplastante derrota en la Primera Guerra Mundial quebrantó el prestigio de los príncipes, aristócratas y burócratas alemanes. Los adeptos de la Escuela Histórica y de la Sozialpolitik trasladaron su lealtad a diversos grupos escindidos, de los cuales acabó surgiendo el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, los nazis.
La línea recta que conduce de la obra de la Escuela Histórica al nazismo no puede mostrarse trazando la evolución de uno de los fundadores de la Escuela. Pues los protagonistas de la época del Methodenstreit habían concluido el curso de sus vidas antes de la derrota de 1918 y del ascenso de Hitler. Pero la vida del hombre más destacado de la segunda generación de la Escuela ilustra todas las fases de la economía universitaria alemana en el período que va de Bismarck a Hitler.
Werner Sombart fue con mucho el más dotado de los alumnos de Schmoller. Tenía apenas veinticinco años cuando su maestro, en el apogeo del Methodenstreit, le encomendó la tarea de reseñar y aniquilar el libro de Wieser, Der natürliche Wert. El fiel discípulo condenó el libro como «enteramente insostenible».⁶ Veinte años después, Sombart se jactaba de haber dedicado buena parte de su vida a luchar por Marx.7 Cuando estalló la guerra en 1914, Sombart publicó un libro, Händler und Helden (Mercaderes y héroes).8 Allí, en un lenguaje tosco y soez, rechazaba todo lo británico o anglosajón, pero sobre todo la filosofía y la economía británicas, como manifestación de una mezquina mentalidad de chalán. Tras la guerra, Sombart revisó su libro sobre el socialismo. Antes de la guerra se había publicado en nueve ediciones.⁹ Mientras que las ediciones de antes de la guerra habían ensalzado el marxismo, la décima edición lo atacaba fanáticamente, en especial a causa de su carácter «proletario» y de su falta de patriotismo y de nacionalismo. Pocos años después, Sombart intentó revivir el Methodenstreit con un volumen lleno de invectivas contra economistas cuyo pensamiento era incapaz de comprender.9 Luego, cuando los nazis tomaron el poder, coronó una carrera literaria de cuarenta y cinco años con un libro sobre el socialismo alemán. La idea rectora de esta obra era que el Führer recibe sus órdenes de Dios, el Führer supremo del universo, y que el Führertum es una revelación permanente.10
Tal fue el progreso de la economía académica alemana desde la glorificación que Schmoller hizo de los electores y reyes Hohenzollern hasta la canonización que Sombart hizo de Adolf Hitler.
5. El liberalismo de los economistas austriacos
Platón soñó con el tirano benevolente que confiaría al sabio filósofo el poder de establecer el sistema social perfecto. La Ilustración no cifró sus esperanzas en el surgimiento más o menos accidental de gobernantes bienintencionados y de sabios providentes. Su optimismo respecto del futuro de la humanidad se fundaba en la doble fe en la bondad del hombre y en su mente racional. En el pasado, una minoría de malvados —reyes deshonestos, sacerdotes sacrílegos, nobles corruptos— pudo causar estragos. Pero ahora —según la doctrina de la Ilustración—, una vez que el hombre ha tomado conciencia del poder de su razón, ya no hay que temer una recaída en las tinieblas y los defectos de las épocas pasadas. Cada nueva generación añadirá algo al bien realizado por sus antepasados. Así, la humanidad se halla en vísperas de un avance continuo hacia condiciones más satisfactorias. Progresar de manera constante es la naturaleza del hombre. Es vano lamentarse por la supuesta dicha perdida de una fabulosa edad de oro. El estado ideal de la sociedad está ante nosotros, no a nuestras espaldas.
La mayoría de los políticos liberales, progresistas y democráticos del siglo XIX que abogaban por el gobierno representativo y el sufragio universal se guiaban por una firme confianza en la infalibilidad de la mente racional del hombre común. A sus ojos, las mayorías no podían errar. Las ideas que se originaban en el pueblo y eran aprobadas por los votantes no podían sino ser beneficiosas para el bien común.
Es importante advertir que los argumentos esgrimidos en favor del gobierno representativo por el pequeño grupo de filósofos liberales eran muy distintos y no implicaban referencia alguna a una supuesta infalibilidad de las mayorías. Hume había señalado que el gobierno se funda siempre en la opinión. A la larga, la opinión de los muchos siempre acaba imponiéndose. Un gobierno que no está sostenido por la opinión de la mayoría tarde o temprano ha de perder su poder; si no abdica, los muchos lo derriban por la violencia. Los pueblos tienen el poder de poner finalmente al timón a aquellos hombres dispuestos a gobernar conforme a los principios que la mayoría considera adecuados. A la larga, no existe tal cosa como un gobierno impopular que mantenga un sistema que la multitud condena como injusto. La razón de ser del gobierno representativo no es que las mayorías sean semejantes a Dios e infalibles. Es el propósito de lograr por métodos pacíficos el ajuste, en última instancia inevitable, del sistema político y de los hombres que operan su mecanismo de mando a la ideología de la mayoría. Los horrores de la revolución y de la guerra civil pueden evitarse si un gobierno mal visto puede ser desalojado sin sobresaltos en las próximas elecciones.
Los verdaderos liberales sostenían con firmeza que la economía de mercado, el único sistema económico que garantiza una mejora progresiva y constante del bienestar material de la humanidad, solo puede funcionar en una atmósfera de paz no perturbada. Abogaban por el gobierno de los representantes electos del pueblo porque daban por sentado que solo este sistema preservaría duraderamente la paz tanto en los asuntos internos como en los externos.
Lo que separaba a estos verdaderos liberales de la ciega adoración de las mayorías propia de los autodenominados radicales era que fundaban su optimismo respecto del futuro de la humanidad no en la mística confianza en la infalibilidad de las mayorías, sino en la creencia de que el poder de un argumento lógico sólido es irresistible. No dejaban de ver que la inmensa mayoría de los hombres comunes son demasiado torpes y demasiado indolentes para seguir y asimilar largas cadenas de razonamiento. Pero esperaban que estas masas, precisamente a causa de su torpeza e indolencia, no pudieran menos que suscribir las ideas que los intelectuales les llevaran. Del juicio sensato de la minoría culta y de su capacidad para persuadir a la mayoría esperaban los grandes dirigentes del movimiento liberal del siglo XIX la mejora constante de los asuntos humanos.
En este aspecto había pleno acuerdo entre Carl Menger y sus dos primeros seguidores, Wieser y Böhm-Bawerk. Entre los papeles inéditos de Menger, el profesor Hayek descubrió una nota que reza: «No hay mejor medio de poner de manifiesto el absurdo de un modo de razonar que dejarlo seguir su curso completo hasta el final». A los tres les gustaba referirse a la argumentación de Spinoza en el primer libro de su Ética, que culmina en el célebre dictamen: «Sane sicut lux se ipsam et tenebras manifestat, sic veritas norma sui et falsi». Contemplaban con calma la apasionada propaganda tanto de la Escuela Histórica como del marxismo. Estaban plenamente convencidos de que los dogmas lógicamente indefendibles de estas facciones acabarían siendo rechazados por todos los hombres razonables precisamente a causa de su absurdo, y de que las masas de hombres comunes seguirían necesariamente la guía de los intelectuales.11
La sensatez de este modo de argumentar se aprecia en la evitación de la práctica popular de contraponer una supuesta psicología al razonamiento lógico. Es cierto que con frecuencia los errores en el razonamiento son causados por la disposición del individuo a preferir una conclusión errónea a la correcta. Hay incluso multitudes de personas a quienes sus afectos sencillamente les impiden pensar con rectitud. Pero hay un largo trecho desde la constatación de estos hechos hasta las doctrinas que en la última generación se enseñaron bajo el rótulo de «sociología del conocimiento». El pensamiento y el razonamiento humanos, la ciencia y la técnica humanas, son producto de un proceso social en la medida en que el pensador individual se enfrenta tanto a los logros como a los errores de sus predecesores y entabla con ellos una discusión virtual, ya sea asintiendo o disintiendo. Es posible que la historia de las ideas haga comprensibles tanto los fallos de un hombre como sus hazañas analizando las condiciones bajo las cuales vivió y trabajó. Solo en este sentido es lícito referirse a lo que se denomina el espíritu de una época, de una nación, de un medio. Pero se incurre en un razonamiento circular si se intenta explicar el surgimiento de una idea, y menos aún justificarla, remitiéndose al entorno de su autor. Las ideas brotan siempre de la mente de un individuo, y la historia no puede decir de ellas nada más sino que fueron engendradas en un instante determinado del tiempo por un individuo determinado. No hay otra excusa para el pensamiento erróneo de un hombre que la que cierto Gobierno austriaco declaró en una ocasión a propósito del caso de un general derrotado: que nadie es responsable de no ser un genio. La psicología puede ayudarnos a explicar por qué un hombre fracasó en su pensamiento. Pero ninguna explicación de ese tipo puede convertir en verdad lo que es falso.
Los economistas austriacos rechazaron sin condiciones el relativismo lógico implícito en las enseñanzas de la Escuela Histórica prusiana. Frente a las declaraciones de Schmoller y sus seguidores, sostuvieron que existe un cuerpo de teoremas económicos que son válidos para toda acción humana con independencia del tiempo y el lugar, de las características nacionales y raciales de los actores y de sus ideologías religiosas, filosóficas y éticas.
No es posible sobreestimar la grandeza del servicio que estos tres economistas austriacos prestaron al defender la causa de la economía contra la vana crítica del Historicismo. No infirieron de sus convicciones epistemológicas ningún optimismo acerca de la evolución futura de la humanidad. Cuanto pueda decirse en favor del pensamiento lógico correcto no prueba que las generaciones venideras de los hombres vayan a superar a sus antepasados en esfuerzo y logros intelectuales. La historia muestra que una y otra vez a periodos de prodigiosas realizaciones mentales siguieron periodos de decadencia y retroceso. No sabemos si la próxima generación engendrará personas capaces de continuar por las vías de los genios que hicieron tan gloriosos los últimos siglos. No sabemos nada de las condiciones biológicas que permiten a un hombre dar un paso adelante en la marcha del progreso intelectual. No podemos descartar la suposición de que tal vez haya límites al ulterior ascenso intelectual del hombre. Y, desde luego, no sabemos si en este ascenso no hay un punto más allá del cual los líderes intelectuales ya no consigan convencer a las masas y hacer que sigan su guía.
La inferencia que los economistas austriacos extrajeron de estas premisas fue que, si bien es deber de una mente pionera hacer todo cuanto sus facultades le permitan llevar a cabo, no le incumbe hacer propaganda de sus ideas, y menos aún emplear métodos cuestionables para hacer sus pensamientos gratos a la gente. No les preocupaba la difusión de sus escritos. Menger no publicó una segunda edición de sus famosos Grundsätze, aunque el libro hacía tiempo que estaba agotado, los ejemplares de segunda mano se vendían a precios elevados y el editor le instaba una y otra vez a consentir.
La preocupación principal y única de los economistas austriacos era contribuir al progreso de la economía. Nunca intentaron ganarse el apoyo de nadie por otros medios que no fueran la fuerza convincente desplegada en sus libros y artículos. Miraban con indiferencia el hecho de que las universidades de los países de lengua alemana, incluso muchas de las universidades austriacas, fueran hostiles a la economía como tal y todavía más a las nuevas doctrinas económicas del subjetivismo.