Ensayo · Escuela austriaca · 1920

El cálculo económico en la comunidad socialista

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Publicado
1920
Resumen

Ludwig von Mises argumenta que un orden económico socialista, que suprime la propiedad privada de los medios de producción, ya no puede realizar un cálculo económico racional. Sin un mercado para los bienes de producción no se forman precios monetarios para esos bienes, y sin tales precios no es posible reducir a un denominador común el gasto y el rendimiento de vías de producción que compiten entre sí. Mises distingue el cálculo monetario del valor de uso subjetivo, del cálculo en especie y de la teoría del valor-trabajo, y muestra por qué ninguna de estas alternativas puede sustituir la función de cálculo del dinero. En el apartado IV vincula el problema del cálculo con la falta de responsabilidad e iniciativa empresarial en la empresa estatalizada. En el quinto apartado examina los programas marxistas contemporáneos de Otto Bauer y Lenin y les reprocha no ver en absoluto el problema central del cálculo económico. El texto concluye con la constatación de que una economía racional es imposible en la comunidad socialista, lo cual, por sí solo, no decide ni a favor ni en contra del socialismo.

Introducción

Muchos socialistas nunca se han ocupado de las cuestiones económicas, nunca han intentado esclarecer las condiciones bajo las cuales los hombres administran sus recursos. Otros, en cambio, se han dedicado con gran detenimiento a la economía del pasado y del presente y se han esforzado por elaborar un sistema de la economía de la »sociedad burguesa«. Se complacían en la crítica de las condiciones económicas de la economía »libre«, pero por lo regular han omitido aplicar la mordaz acritud que aquí han manifestado –no siempre con éxito– también a la economía de la sociedad socialista a la que aspiran. En las pintorescas descripciones de los utopistas, lo propiamente económico siempre queda relegado. Proclaman que en su país de Jauja los pichones asados volarán a la boca de los camaradas, pero, por desgracia, omiten mostrar de qué manera ha de producirse ese milagro. Allí donde empiezan a precisar lo económico, naufragan pronto –recuérdense, por ejemplo, las fantasías de Proudhon sobre el banco de cambio–, de modo que no resulta difícil señalar sus errores lógicos. Cuando el marxismo prohibió solemnemente a sus fieles ocuparse de los problemas de la economía que se sitúan más allá de la expropiación de los expropiadores, en realidad no hizo con ello nada especial, pues también los »utopistas« descuidaron en sus descripciones lo económico y dirigieron su atención exclusivamente a pintar las circunstancias externas y las consecuencias, por supuesto las más favorables, del nuevo ordenamiento de las cosas.

Ahora bien, por más que se reconozca o no la llegada del socialismo como una necesidad ineludible del desarrollo humano, y se espere de la socialización de los medios de producción la mayor dicha o la más profunda desdicha para los hombres, habrá que admitir, sin embargo, que las investigaciones sobre las condiciones de una explotación económica de fundamento socialista no han de tenerse meramente por »un buen ejercicio de pensamiento y por un medio para fomentar la claridad y la firmeza políticas«. En una época en la que nos acercamos cada vez más al socialismo, e incluso, en cierto sentido, ya nos hallamos en medio de él, la investigación de los problemas de la economía socialista adquiere también importancia para la explicación de lo que ocurre en torno a nosotros. Para la comprensión de los fenómenos económicos de la Alemania actual y de sus países vecinos del este, lo que nos brinda el análisis de la economía de intercambio dista ya mucho de bastar. Aquí debemos recurrir, en una medida ya bastante considerable, a elementos de la comunidad socialista. Bajo tales circunstancias, los intentos de esclarecer la esencia de la economía socialista no precisan justificación particular alguna.

Capítulo I.

La distribución de los bienes de consumo en la comunidad socialista

En la comunidad socialista todos los medios de producción son propiedad del ente colectivo. Solo el ente colectivo puede disponer de ellos y determinar su empleo en la producción. Por supuesto, el ente colectivo únicamente podrá ejercer sus facultades a través de un órgano especial, pues de otro modo no puede actuar. Cómo se constituya ese órgano y cómo en él y por él se exprese la voluntad común es para nosotros de importancia secundaria. Puede pensarse, por ejemplo, en la elección del órgano y, en caso de que esté compuesto por más de una persona, en los acuerdos por mayoría de los miembros de la corporación.

El propietario de bienes productivos que ha producido y se ha convertido así en propietario de bienes de goce tiene ahora la elección de consumir él mismo o de dejar consumir a otros. Al ente colectivo, como propietario de bienes de goce que ha obtenido mediante la producción, no le corresponde tal elección. No puede gozar él mismo; tiene que dejar gozar a los hombres. Quién ha de gozar y qué ha de gozar cada uno: tal es el problema socialista de la distribución.

Para el socialismo es característico que la distribución de los bienes de goce deba ser independiente de la producción y de sus condiciones económicas. Es incompatible con la esencia de la propiedad común sobre los bienes productivos fundar siquiera una parte de la distribución en la imputación económica del producto a los distintos factores de producción. Sería impensable, por ejemplo, hacer llegar de antemano al trabajador el producto íntegro de su trabajo y luego »someter« las cuotas de los factores materiales de producción a una distribución particular. Pues está, como aún habrá de mostrarse, en la esencia del modo socialista de producción que en él las cuotas de los distintos factores de producción en el producto de la producción no puedan en absoluto determinarse, que sea inaccesible a toda comprobación calculadora de la relación entre el gasto de producción y el producto de la producción.

Cuál sea el principio que se elija para la asignación de los bienes de goce a los distintos camaradas es bastante secundario para la consideración de los problemas que nos ocupan. Ya se quiera medir a cada uno según sus necesidades, de modo que quien tiene mayores necesidades reciba más que quien las tiene menores; ya se atienda al mérito de cada uno, de modo que el mejor reciba más que el peor; ya se cifre el ideal en la distribución lo más uniforme posible, de modo que cada uno reciba, en lo posible, la misma cantidad; ya se quiera tomar como medida de la distribución los servicios prestados al ente colectivo, de modo que al más diligente le corresponda más que al más perezoso: siempre la cosa será tal que cada uno recibe una asignación del ente colectivo.

Supongamos, en aras de la sencillez, que la asignación se efectúa según el principio de igual trato a todos los miembros de la sociedad; no es difícil, entonces, imaginar correcciones particulares que gradúen lo recibido según la edad, el sexo, el estado de salud, las necesidades profesionales especiales y demás. El camarada recibe, por ejemplo, un haz de vales que, dentro de un determinado plazo, se canjean por una determinada cantidad de diversos bienes determinados. Así puede comer varias veces al día, encontrar alojamiento de manera permanente, entregarse de vez en cuando a diversiones, recibir cada cierto tiempo una nueva prenda de vestir. Que el abastecimiento de las necesidades procurado de este modo resulte más o menos abundante dependerá de la productividad del trabajo social.

No es necesario que cada uno consuma él mismo toda su parte. Puede dejar que algo de ella se eche a perder sin gozarlo, regalarlo o, en la medida en que ello sea compatible con la naturaleza del bien, conservarlo para una necesidad posterior. Pero también puede cambiar algo. El bebedor de cerveza renunciará de buen grado a las bebidas sin alcohol que le corresponden si puede obtener más cerveza; el abstemio estará dispuesto a renunciar a su parte de bebidas espirituosas si a cambio puede adquirir otros goces. El amante del arte querrá renunciar a la visita de las salas de cine para poder oír más a menudo buena música; el filisteo tendrá el deseo de entregar las entradas que le dan derecho al acceso a los lugares del buen arte a cambio de goces para los que tiene mayor comprensión. Todos ellos estarán dispuestos al cambio. Pero objeto del tráfico de cambio solo podrán serlo siempre bienes de goce. Los bienes productivos están, en la sociedad socialista, exclusivamente en propiedad de la colectividad; son propiedad común inalienable y, por tanto, res extra commercium.

El tráfico de cambio puede también, dentro del estrecho marco que le asigna el ordenamiento social socialista, desenvolverse de manera mediata. No es necesario que se desarrolle siempre en las formas del cambio directo. Las mismas razones que en otros casos han conducido a la formación del cambio indirecto harán que también en la sociedad socialista, en interés de quienes cambian, este aparezca como ventajoso. De ello se sigue que la sociedad socialista ofrece asimismo espacio para el empleo de un medio de cambio de uso general, el dinero. Su papel será, en la economía socialista, en principio el mismo que en la economía libre; en ambas es el intermediario de cambio de uso general. Pero la importancia de ese papel es, en el ordenamiento social fundado en la propiedad común de los medios de producción, otra que en el fundado en la propiedad privada de los medios de producción. Es aquí incomparablemente menor, porque el cambio tiene en esta sociedad una importancia mucho menor, porque aquí abarca en absoluto solo bienes de consumo. Como ningún bien productivo se transfiere en el tráfico de cambio, se hace imposible conocer precios monetarios de los bienes productivos. El papel que el dinero desempeña en la economía libre en el ámbito del cálculo de la producción no puede conservarlo en la comunidad socialista. El cálculo del valor en dinero se hace aquí imposible.

Las relaciones de intercambio que se forman en el tráfico entre los camaradas no pueden ser desatendidas por la dirección de la producción y de la distribución. Esta ha de tomar como base dichas relaciones de intercambio si quiere hacer recíprocamente sustituibles diversos bienes en la asignación de las cuotas individuales. Si en el tráfico de cambio se ha formado la relación 1 puro igual a 5 cigarrillos, la dirección no podría sin más declarar que 1 puro es igual a 3 cigarrillos para, según esta relación, asignar al uno solo puros y al otro solo cigarrillos. Si la asignación de tabaco no ha de canjearse de manera uniforme para cada cual, en parte en puros y en parte en cigarrillos; si, bien porque así lo deseen, bien porque la oficina de canje no pueda en ese momento hacer otra cosa, los unos han de recibir solo puros y los otros solo cigarrillos, entonces habrían de tenerse en cuenta las relaciones de intercambio del mercado. De lo contrario, todos los que han recibido cigarrillos resultarían perjudicados frente a quienes han recibido puros. Pues quien ha recibido un puro puede cambiarlo por cinco cigarrillos, mientras que el puro solo se le computa con tres cigarrillos.

Las variaciones de las relaciones de intercambio en el tráfico entre los camaradas habrán, por consiguiente, de mover a la dirección económica a efectuar las correspondientes modificaciones en los baremos para la sustituibilidad de los distintos bienes de goce.

Toda variación de esta índole indica que la relación entre las distintas necesidades de los camaradas y su satisfacción se ha desplazado, que unos bienes son ahora más fuertemente deseados que otros. La dirección económica se esforzará, previsiblemente, por atender a ello también en la producción. Tenderá a ampliar la elaboración de los artículos más fuertemente deseados y a restringir la de los más débilmente deseados. Pero una cosa no podrá hacer: no podrá dejar al camarada individual canjear a su antojo su cartilla de tabaco en puros o en cigarrillos. Si concediese al camarada el derecho a elegir si quiere obtener puros o cigarrillos, podría suceder que se demandaran más puros o más cigarrillos de los que se han producido, y que, por otra parte, quedaran sin retirar en las oficinas de despacho cigarrillos o puros, porque nadie los ha pedido.

Si uno se sitúa en el punto de vista de la teoría del valor-trabajo, existe ciertamente para este problema una solución sencilla. El camarada recibe por la hora de trabajo prestada un vale que lo faculta para recibir el producto de una hora de trabajo, reducido en la deducción destinada a sufragar las cargas que incumben a la sociedad en su conjunto, como el mantenimiento de los incapacitados para el trabajo, los gastos culturales y similares. Si se supone que la deducción para cubrir el gasto que ha de soportar la comunidad equivale a la mitad del producto del trabajo, entonces cada trabajador que hubiera trabajado una hora tendría derecho a recibir productos en cuya elaboración se hubiera empleado media hora de trabajo. Los bienes maduros para el uso o el consumo, así como los servicios útiles, pueden ser retirados del mercado por cualquiera que esté en condiciones de retribuir por ellos el doble del tiempo de trabajo empleado en su producción, y destinarlos al propio consumo o uso. Para esclarecer nuestros problemas será mejor que supongamos que la comunidad no practica de antemano sobre el trabajador ninguna deducción para sufragar el gasto que le incumbe, sino que se procura los medios que necesita mediante una imposición sobre la renta de sus miembros trabajadores. Se concedería, pues, a cada hora de trabajo prestada el derecho a apropiarse de bienes en cuya producción hubo de emplearse una hora de trabajo. Sin embargo, semejante regulación de la distribución sería irrealizable, puesto que el trabajo no representa una magnitud unitaria y homogénea. Entre las distintas prestaciones de trabajo existe una diferencia cualitativa que, atendiendo a la diversidad en la configuración de la demanda y la oferta de sus productos, conduce a una valoración diferente. No se puede aumentar la oferta de cuadros caeteris paribus sin que la calidad del producto se resienta. No se puede conceder al trabajador que ha prestado una hora del trabajo más simple el derecho a consumir el producto de una hora de trabajo más altamente cualificado. En el régimen socialista resulta del todo imposible establecer una conexión entre la importancia que una prestación de trabajo tiene para la sociedad y su participación en el producto del proceso social de producción. La remuneración del trabajo solo puede ser aquí arbitraria; no es posible edificarla sobre la imputación económica del producto, como en la economía de mercado libre basada en la propiedad privada de los medios de producción, ya que, como veremos, la imputación no es posible en el régimen socialista. Los hechos económicos imponen un límite firme al poder de la sociedad para fijar a su arbitrio la remuneración del trabajador: en ningún caso podrá la suma de los salarios superar a la larga la renta social. Pero dentro de este límite puede disponer libremente. Puede sin más establecer que todos los trabajos se consideren equivalentes, que por cada hora de trabajo, sin distinción de su calidad, se preste la misma retribución; pero igualmente puede hacer una distinción entre las distintas horas de trabajo según la calidad del trabajo prestado. No obstante, en ambos casos tendría que reservarse disponer de modo especial sobre la distribución de los productos del trabajo. Que quien ha prestado una hora de trabajo deba estar también facultado para consumir el producto de una hora de trabajo es algo que nunca podría disponer, aun cuando se quisiera prescindir de la diversidad de la calidad del trabajo y de sus productos, y suponer además que fuese posible determinar cuánto trabajo está contenido en cada producto del trabajo. Pues en cada uno de los bienes económicos se hallan contenidos, además del trabajo, también costes materiales. Un producto para el cual se ha empleado más materia prima no puede equipararse a otro para el cual se ha necesitado menos materia prima.

Capítulo II.

La esencia del cálculo económico

Todo aquel que, actuando en la vida económica, elige entre la satisfacción de dos necesidades de las que solo una puede satisfacerse, emite juicios de valor. Los juicios de valor captan en primer término y de modo inmediato únicamente la satisfacción misma de la necesidad; desde ella se remontan a los bienes de primer orden y luego, más atrás, a los bienes de órdenes superiores. Por regla general, el hombre dueño de sus sentidos está sin más en condiciones de valorar los bienes de primer orden. En circunstancias sencillas logra también sin esfuerzo formarse un juicio sobre la importancia que los bienes de orden superior tienen para él. Pero allí donde la situación de las cosas se vuelve algo más enredada y los nexos son más difíciles de penetrar, han de hacerse consideraciones más finas para llevar a cabo correctamente la valoración de los medios de producción, naturalmente solo en el sentido del sujeto que valora y no en un sentido objetivo, de algún modo universalmente válido. Puede que al agricultor que economiza de forma aislada no le resulte difícil tomar una decisión entre la ampliación de la cría de ganado y la extensión de la actividad cinegética. Las vías de producción que han de seguirse son aquí todavía relativamente cortas, y el gasto que requieren y el rendimiento que prometen pueden abarcarse fácilmente con la mirada. Pero la cosa es muy distinta cuando se ha de elegir, por ejemplo, entre el aprovechamiento de un curso de agua para la producción de energía eléctrica y la ampliación de la minería del carbón y la creación de instalaciones para un mejor aprovechamiento de la energía contenida en el carbón. Aquí las producciones indirectas son muy numerosas, y cada una de ellas es tan larga, aquí las condiciones para el éxito de las empresas que han de iniciarse son tan múltiples, que en modo alguno cabe contentarse con meras estimaciones vagas, y se requieren cálculos más exactos para formarse un juicio sobre la rentabilidad del proceder.

Solo se puede calcular con unidades. Pero no puede existir una unidad del valor subjetivo de uso de los bienes. La utilidad marginal no representa una unidad de valor, ya que, como es sabido, el valor de dos unidades de una provisión dada no es el doble de grande que el de u n a unidad, sino que necesariamente ha de ser mayor. El juicio de valor no mide, gradúa, escalona². También el economista aislado de una economía sin intercambio, por lo tanto, cuando ha de tomar una decisión allí donde el juicio de valor no aparece inmediatamente evidente y su juicio solo puede edificarse sobre un cálculo más o menos exacto, no puede operar únicamente con el valor subjetivo de uso; ha de construir relaciones de sustitución entre los bienes, sirviéndose de las cuales puede entonces calcular. Por regla general no logrará en esto reducirlo todo a una unidad; pero, tan pronto como simplemente consiga reducir todos los elementos que han de incluirse en el cálculo a tales bienes económicos que puedan ser captados por un juicio de valor inmediatamente evidente, es decir, a los bienes de primer orden y a la penosidad del trabajo, tendrá con ello bastante para su cálculo. Que esto solo es posible en circunstancias bastante sencillas es bien evidente. Para procedimientos de producción más enredados y más largos esto no bastaría en absoluto.

En la economía de mercado el valor de cambio objetivo de los bienes aparece como unidad del cálculo económico. Esto reporta una triple ventaja. En primer lugar, permite edificar el cálculo sobre la valoración de todos los economistas que participan en el intercambio. El valor subjetivo de uso del individuo, como fenómeno puramente individual, no es directamente comparable con el valor subjetivo de uso de otros hombres. Solo llega a serlo en el valor de cambio, que surge del juego conjunto de la estimación subjetiva de valor de todos los economistas que participan en el intercambio. Pero, además, el cálculo según el valor de cambio aporta un control sobre el empleo adecuado de los bienes. Quien quiere calcular un proceso de producción complicado advierte enseguida si trabaja de modo más económico que los demás o no; si, a la vista de las relaciones de cambio que dominan en el mercado, no puede llevar a cabo la producción de manera rentable, en ello reside la indicación de que otros saben aprovechar mejor los bienes de orden superior de que se trata. Por último, sin embargo, el cálculo según el valor de cambio permite reducir los valores a una unidad. Para ello puede elegirse cualquier bien, dado que los bienes son sustituibles entre sí según la relación de cambio del mercado. En la economía monetaria se elige aquí el dinero.

El cálculo en dinero tiene sus límites. El dinero no es una medida del valor, ni tampoco una medida del precio. Pues el valor no se mide en dinero. Tampoco los precios se miden en dinero, sino que consisten en dinero. El dinero, como bien económico, no es «estable en su valor», como ingenuamente suele suponerse al emplearlo como standard of deferred payments. La relación de cambio existente entre los bienes y el dinero está sometida a oscilaciones constantes, aunque por regla general no demasiado violentas, que proceden no solo del lado de los demás bienes económicos, sino también del lado del dinero. Esto, por cierto, es lo que menos perturba el cálculo del valor, el cual, en vista de las nunca cesantes variaciones de las restantes condiciones económicas, suele abarcar con la mirada solo lapsos cortos, lapsos en los que al menos el dinero «bueno» suele estar sometido por su parte, por regla general, solo a oscilaciones menores de las relaciones de cambio. La insuficiencia del cálculo en dinero del valor no proviene en su parte principal de que se calcule en un medio de cambio de uso general, en el dinero, sino de que sea en general el valor de cambio lo que se pone como fundamento del cálculo, y no el valor subjetivo de uso. Así, no pueden entrar en el cálculo todos aquellos momentos determinantes del valor que se hallan fuera del intercambio. Quien calcula la rentabilidad de la explotación de una fuerza hidráulica no puede incluir en este cálculo la belleza del salto de agua, que habría de sufrir bajo la instalación, a no ser que tenga en cuenta, por ejemplo, el retroceso del turismo y cosas semejantes, que en el intercambio tienen su valor de cambio. Y, sin embargo, se da aquí una circunstancia que, en la cuestión de si la obra debe ejecutarse o no, se incluye también en la ponderación. Suele designarse a estos momentos como «extraeconómicos». Esto puede ser acertado. Sobre terminologías no ha de disputarse. Pero no se pueden calificar de irracionales las consideraciones que llevan a tenerlos también en cuenta. La belleza de un paraje o de un edificio, la salud, la dicha y el contento de los hombres, el honor de individuos o de pueblos enteros son, cuando los hombres los reconocen como significativos, aun cuando no aparezcan como sustituibles en el intercambio y por ello no entren en ninguna relación de cambio, motivos del obrar racional al igual que los económicos en sentido propio. Que el cálculo en dinero no pueda captarlos reside en su esencia, pero no puede menoscabar la importancia del cálculo en dinero para nuestro hacer y omitir económicos. Pues todos aquellos bienes ideales son bienes de primer orden, pueden ser captados de modo inmediato por nuestro juicio de valor, y por ello no ofrece dificultad alguna tenerlos en cuenta, aun cuando hayan de quedar fuera del cálculo en dinero. Que el cálculo en dinero no los tenga en cuenta no hace más difícil su consideración en la vida, sino que más bien la facilita. Si sabemos con exactitud cuán caros nos resultan la belleza, la salud, el honor, el orgullo, nada puede impedirnos tenerlos en cuenta como corresponde. Puede parecerle penoso a un ánimo delicado tener que sopesar bienes ideales frente a bienes materiales. Pero de ello no tiene la culpa el cálculo en dinero, sino que reside en la esencia de las cosas. También allí donde se emiten juicios de valor de modo inmediato, sin cálculo de valor ni de dinero, no puede eludirse la elección entre la satisfacción material y la ideal. También el economista aislado, también la sociedad socialista han de elegir entre bienes «ideales» y «materiales». Las naturalezas nobles nunca lo sentirán como penoso cuando hayan de elegir entre el honor y, por ejemplo, el alimento. Sabrán cómo han de obrar en tales casos. Aunque el honor tampoco se pueda comer, sí se puede renunciar a la comida en aras del honor. Solo quienes quieren verse libres del tormento de semejante elección, porque no podrían decidirse a renunciar a goces materiales en aras de ventajas ideales, ven ya en la elección misma una profanación de los verdaderos valores.

El cálculo monetario sólo tiene sentido en la gestión económica. Aquí se lo emplea para adecuar la disposición de los bienes económicos a las reglas de la economicidad. Los bienes económicos entran en él únicamente en aquellas cantidades que se intercambian por dinero. Toda ampliación del ámbito de aplicación del cálculo monetario conduce a errores. El cálculo monetario fracasa cuando se intenta utilizarlo en investigaciones históricas sobre la evolución de las condiciones económicas como medida del mundo de los bienes; fracasa cuando con su ayuda se intenta estimar la riqueza nacional y la renta nacional; cuando con él se quiere calcular el valor de bienes que se hallan fuera del intercambio comercial, como, por ejemplo, cuando se aspira a calcular en dinero las pérdidas humanas causadas por la emigración o por las guerras³. Esos son juegos de diletantes, aunque a veces los practiquen economistas muy perspicaces.

Pero dentro de estos límites, que en la vida económica nunca traspasa, el cálculo monetario rinde todo aquello que debemos exigir del cálculo económico. Nos ofrece una guía a través de la abrumadora abundancia de las posibilidades económicas. Nos permite extender a todos los bienes de orden superior el juicio de valor que en evidencia inmediata sólo se vincula a los bienes maduros para el disfrute y, a lo sumo, a los bienes productivos de los órdenes más bajos. Hace que el valor sea calculable, y con ello nos proporciona por vez primera los fundamentos de toda actividad económica con bienes de orden superior. Si no lo tuviéramos, entonces toda producción mediante procesos de largo alcance, entonces todas las prolongadas producciones indirectas capitalistas, serían un andar a tientas en la oscuridad.

Son dos las condiciones que hacen posible el cálculo del valor en dinero. En primer lugar, no sólo los bienes de primer orden, sino también los bienes de orden superior, en la medida en que hayan de ser captados por él, deben hallarse en el intercambio comercial. Si no estuvieran en el intercambio comercial, no se llegaría a la formación de relaciones de cambio. Es verdad que también las consideraciones que debe hacer el agente económico aislado, cuando dentro de su casa quiere intercambiar mediante la producción trabajo y harina por pan, no se diferencian de aquellas que hace cuando en el mercado quiere intercambiar pan por vestido, y por ello, en cierto sentido, se está en lo cierto al designar todo obrar económico, y por tanto también la producción del agente económico aislado, como intercambio⁴. Pero el espíritu de un solo hombre por sí solo —por genial que fuere— es demasiado débil para captar la importancia de cada uno de los infinitos bienes de orden superior. Ningún individuo aislado puede dominar la infinita abundancia de las diversas posibilidades de producción de tal modo que estuviera en condiciones de emitir, sin cálculo auxiliar, juicios de valor de inmediata evidencia. La distribución del poder de disposición sobre los bienes económicos de la economía social, que produce con división del trabajo, entre muchos individuos, provoca una especie de división intelectual del trabajo, sin la cual no serían posibles el cálculo de producción ni la economía.

La segunda condición consiste en que esté en uso un medio de cambio de uso general, un dinero, que desempeñe su papel mediador también en el intercambio de los bienes de producción. Si no fuera así, no sería posible reducir todas las relaciones de cambio a un denominador único.

Sólo bajo condiciones sencillas logra la economía arreglárselas sin cálculo monetario. En la estrechez de la economía doméstica cerrada, donde el padre de familia es capaz de abarcar con la mirada todo el mecanismo económico, se puede estimar con mayor o menor exactitud la importancia de las modificaciones del procedimiento productivo incluso sin el apoyo que éste presta al espíritu. El proceso de producción se desenvuelve aquí con una aplicación relativamente escasa de capital. Toma pocas producciones indirectas capitalistas; lo que se produce son, por regla general, bienes de disfrute o, en todo caso, bienes de orden superior no demasiado alejados de los bienes de disfrute. La división del trabajo se halla todavía en sus primerísimos comienzos; uno y el mismo trabajador realiza la labor de todo un procedimiento productivo desde su comienzo hasta la conclusión del bien maduro para el disfrute. Todo esto es distinto en la producción social desarrollada. No cabe buscar en las experiencias de una época largamente superada de producción sencilla un argumento en favor de la posibilidad de arreglárselas, en la actividad económica, sin cálculo monetario.

Pues en las sencillas condiciones de la economía doméstica cerrada se puede abarcar todo el camino desde el comienzo del proceso de producción hasta su conclusión y juzgar siempre si uno u otro procedimiento rinde más bienes maduros para el disfrute. Eso ya no es posible en las incomparablemente complicadas condiciones de nuestra economía. También para la sociedad socialista resultará sin más evidente que 1000 hl de vino son mejores que 800 hl, y podrá tomar sin dificultad la decisión de si prefiere 1000 hl de vino a 500 hl de aceite o no. Para constatar esto no se necesita ningún cálculo; aquí decide la voluntad de los sujetos económicos actuantes. Pero una vez tomada esta decisión, comienza recién la verdadera tarea de la gestión económica racional: poner los medios al servicio de los fines de manera económica. Eso sólo puede ocurrir con ayuda del cálculo económico. El espíritu humano no puede orientarse en la desconcertante abundancia de los productos intermedios y de las posibilidades de producción, si le falta este apoyo. Quedaría perplejo ante todas las cuestiones de procedimiento y de emplazamiento⁵.

Es una ilusión creer que se podría sustituir el cálculo monetario en la economía socialista por el cálculo en especie. El cálculo en especie sólo puede captar siempre, en la economía sin intercambio, los bienes maduros para el disfrute; fracasa por completo ante todos los bienes de orden superior. Tan pronto como se renuncia a la libre formación de los precios monetarios de los bienes de orden superior, se ha hecho imposible toda producción racional. Cada paso que nos aparta de la propiedad particular de los medios de producción y del uso del dinero nos aparta también de la economía racional.

Esto se pudo pasar por alto porque todo aquello que ya vemos realizado del socialismo en torno nuestro no son más que oasis socialistas en una economía con tráfico monetario que, hasta cierto grado, sigue siendo todavía libre. En el único sentido en que se puede coincidir con la por lo demás insostenible afirmación de los socialistas —sostenida sólo por motivos de agitación— de que la estatización y municipalización de empresas no representa aún ninguna porción de socialismo, es en éste: que estas empresas, en su gestión, se hallan a tal punto sostenidas por el organismo económico del libre tráfico que las rodea, que la peculiaridad esencial de la economía socialista no podía manifestarse en ellas en modo alguno. En las empresas estatales y municipales se llevan a cabo mejoras técnicas porque su efecto puede observarse en empresas privadas semejantes del país y del extranjero, y porque la industria privada, que produce los recursos auxiliares de estas mejoras, da el impulso para su introducción. Se pueden constatar en estas empresas las ventajas de las transformaciones, porque están rodeadas por todas partes de una sociedad que se basa en la propiedad particular de los medios de producción y en el tráfico monetario, de suerte que están en condiciones de calcular y llevar libros, cosa que las empresas socialistas en un entorno puramente socialista no podrían hacer.

Sin cálculo económico no hay economía. En la comunidad socialista no puede haber, dado que la realización del cálculo económico es imposible, economía alguna en nuestro sentido. En lo pequeño y en cosas particulares secundarias quizá pueda seguir obrándose racionalmente. Pero en general ya no podría hablarse de producción racional. No habría medio alguno de reconocer qué es racional, y así la producción no podría orientarse conscientemente hacia la economicidad. Lo que esto significa, prescindiendo por completo de las consecuencias para el abastecimiento de los hombres con bienes, es evidente. La racionalidad del obrar resulta desalojada del terreno donde se halla su verdadero dominio. ¿Habrá entonces todavía racionalidad del obrar, más aún, racionalidad y lógica en el pensar? Históricamente, el racionalismo humano ha surgido de la economía. ¿Podrá siquiera sostenerse cuando haya sido desalojado de aquí?

Durante algún tiempo, el recuerdo de las experiencias acumuladas en el transcurso de los milenios de economía libre quizá sea capaz de detener la plena decadencia del arte económico. Las antiguas maneras de proceder se conservarán, no porque sean racionales, sino porque aparecen santificadas por la tradición. Entretanto se habrán vuelto irracionales, porque ya no se corresponden con las nuevas condiciones. Experimentarán, por el general retroceso del pensamiento económico, modificaciones que las harán antieconómicas. El abastecimiento ya no transcurrirá de manera anárquica, eso es verdad. Sobre todas las acciones que sirven a la satisfacción de las necesidades imperará la orden de una instancia suprema. Pero en lugar de la economía del modo de producción anárquico habrá entrado el insensato proceder de un aparato carente de razón. Las ruedas girarán, pero girarán en el vacío.

Represéntese uno la situación de la comunidad socialista. Hay allí cientos y miles de talleres en los que se trabaja. Los menos de ellos producen mercancías listas para el uso; en su mayoría se producen medios de producción y productos semielaborados. Todas estas empresas se hallan en conexión entre sí. Cada bien económico las recorre una tras otra hasta que se vuelve maduro para el disfrute. Pero en el incesante mecanismo de este proceso le falta a la dirección económica toda posibilidad de orientarse. No puede constatar si la pieza, en el camino que ha de recorrer, no es retenida innecesariamente, si en su acabado no se desperdician trabajo y material. ¿Qué posibilidad tendría de averiguar si éste o aquel modo de producción es el más ventajoso? A lo sumo puede comparar la calidad y la cantidad del resultado final maduro para el disfrute, pero sólo en los casos más raros estará en condiciones de comparar el dispendio efectuado en la producción. Sabe exactamente a qué fines debe tender su gestión económica, o cree saberlo, y debe obrar conforme a ello, es decir, debe alcanzar los fines perseguidos con el menor dispendio. Para hallar el camino más barato, tiene que calcular. Este cálculo, naturalmente, sólo puede ser un cálculo de valor; es evidente sin más y no necesita ninguna fundamentación más detallada que no puede ser técnico, no puede edificarse sobre el valor de uso objetivo (valor de utilidad) de los bienes y servicios.

En el orden económico que se basa en la propiedad particular de los medios de producción, el cálculo de valor lo llevan a cabo todos los miembros independientes de la sociedad. Cada cual participa de un doble modo en su realización: una vez como consumidor, la otra como productor. Como consumidor establece el orden de rango de los bienes maduros para el uso y el consumo; como productor lleva los bienes de orden superior a aquel empleo en que prometen rendir el mayor producto. Con ello, también todos los bienes de orden superior reciben el orden de rango que les corresponde según el estado momentáneo de las relaciones sociales de producción y de las necesidades sociales. Mediante la conjunción de ambos procesos de valoración se vela por que el principio económico llegue por todas partes a imperar, tanto en el consumo como en la producción. Se forma aquel sistema de precios exactamente graduado que permite a cada cual, en cada instante, poner su propia necesidad en consonancia con el cálculo de la economicidad.

Todo esto falta necesariamente en la comunidad socialista. La dirección económica quizá sepa con exactitud qué bienes necesita con mayor urgencia. Pero con ello ha hallado sólo la una parte de lo requerido para el cálculo económico. La otra parte, la valoración de los medios de producción, ha de echarla de menos. El valor que corresponde a la totalidad de los medios de producción es capaz de constatarlo; éste es, evidentemente, igual al valor que corresponde a la totalidad de las necesidades satisfechas por él. Es capaz también de calcular cuán grande es el valor de un medio de producción aislado, si calcula la importancia de la pérdida de satisfacción de necesidades que surge por su supresión. Pero no puede reducirlo a una expresión de precio unitaria, como es capaz de hacerlo la economía libre, en la que todos los precios pueden reducirse a una expresión común en dinero.

En la economía socialista, que ciertamente no necesita suprimir por completo el dinero, pero sí hace imposible la expresión en dinero de los precios de los medios de producción (incluido el trabajo), el dinero no puede desempeñar papel alguno en el cálculo económico1.

Piénsese en la construcción de una nueva línea ferroviaria. ¿Debe construirse en absoluto y, en caso afirmativo, cuál de los varios trazados posibles debe construirse? En la economía libre de tráfico y de dinero es posible plantear el cálculo en dinero. La nueva línea abaratará determinados transportes de mercancías, y entonces es posible calcular si ese abaratamiento es tan grande que supera los gastos que exigen la construcción y la explotación de la nueva línea. Esto solo puede calcularse en dinero. Mediante la contraposición de gastos y ahorros en especie de naturaleza diversa no es posible llegar aquí a un resultado. Si no se tiene posibilidad alguna de reducir a una expresión común las horas de trabajo de distinta calificación, el hierro, el carbón, los materiales de construcción de toda clase, las máquinas y las demás cosas que exigen la construcción y la explotación de ferrocarriles, entonces no puede llevarse a cabo el cálculo. El trazado económico solo es posible si se logra reducir a dinero todos los bienes que entran en consideración. Cierto que el cálculo en dinero tiene sus imperfecciones y sus graves deficiencias, pero precisamente no tenemos nada mejor que poner en su lugar; para los fines prácticos de la vida el cálculo en dinero de un sistema monetario sano basta a fin de cuentas. Si renunciamos a él, entonces todo cálculo económico se vuelve sencillamente imposible.

La comunidad socialista sabrá, desde luego, arreglárselas. Pronunciará una orden imperativa y decidirá a favor o en contra de la construcción proyectada. Pero esa decisión se producirá, en el mejor de los casos, sobre la base de estimaciones vagas; nunca estará edificada sobre la base de un cálculo de valor exacto.

La economía estática es capaz de prescindir del cálculo económico. Aquí, en efecto, se repite en lo económico una y otra vez siempre lo mismo, y si suponemos que la primera implantación de la economía socialista estática se produce sobre la base de los últimos resultados de la economía libre, entonces podríamos a lo sumo imaginarnos una producción socialista dirigida de modo económicamente racional. Pero eso solo es posible justamente en el pensamiento. Prescindiendo por completo de que en la vida nunca puede haber economía estática, ya que los datos se modifican sin cesar, de suerte que la estática del actuar económico es solo un supuesto del pensamiento —aunque necesario para nuestro pensar y para la formación de nuestro conocimiento de lo económico— al que en la vida no corresponde ningún estado, hemos de suponer, no obstante, que el tránsito al socialismo, ya a consecuencia de la nivelación de las diferencias de renta y de los desplazamientos en el consumo y, por consiguiente, también en la producción condicionados por ella, modifica todos los datos de tal manera que es imposible enlazar con el último estado de la economía libre. Pero entonces tenemos ante nosotros un orden económico socialista que navega de un lado a otro en el océano de las combinaciones económicas posibles y concebibles sin la brújula del cálculo económico.

Así, toda transformación económica se convierte en la comunidad socialista en una empresa cuyo éxito no puede estimarse de antemano ni tampoco comprobarse después retrospectivamente. Aquí todo anda a tientas en la oscuridad. El socialismo es la supresión de la racionalidad de la economía.

En toda empresa de cierta magnitud, los distintos establecimientos o secciones de la explotación son, en la contabilidad, autónomos hasta cierto grado. Se cargan recíprocamente materiales y trabajo, y en todo momento es posible establecer para cada grupo particular un balance especial y captar mediante el cálculo los resultados económicos de su actividad. De este modo es posible comprobar con qué éxito ha trabajado cada sección particular y, conforme a ello, adoptar decisiones sobre la reorganización, la restricción, el cierre o la ampliación de los grupos existentes y sobre la implantación de otros nuevos. Ciertos errores son, desde luego, inevitables en tales cálculos. Provienen en parte de las dificultades que se presentan en el reparto de los gastos generales. Otros errores, a su vez, surgen de la necesidad de calcular, en algunos respectos, con datos que no pueden determinarse con exactitud, por ejemplo cuando, al determinar la rentabilidad de un procedimiento, se calcula la amortización de las máquinas empleadas suponiendo una determinada duración de su capacidad de uso. Pero todos los errores de esta clase pueden mantenerse dentro de ciertos límites estrechos, de suerte que no perturban el resultado global del cálculo. Lo que de incertidumbre queda corre a cuenta de la incertidumbre de las relaciones futuras, que en el estado dinámico de la economía nacional está dada necesariamente.

Parece ahora estar próximo intentar también en la comunidad socialista, de manera análoga, una contabilidad autónoma de los distintos grupos de producción. Pero eso es del todo imposible. Pues aquella contabilidad autónoma de las distintas ramas de una y la misma empresa reposa exclusivamente en que precisamente en el tráfico del mercado se forman, para todas las clases de bienes y de trabajos empleados, precios de mercado que pueden tomarse como fundamento del cálculo. Donde falta el libre tráfico del mercado, no hay formación de precios; sin formación de precios no hay cálculo económico.

Cabría tal vez pensar en permitir el intercambio entre los distintos grupos de explotación, para llegar por esta vía a la formación de relaciones de intercambio (precios) y crear así un fundamento para el cálculo económico también en la comunidad socialista. Se constituyen, en el marco de la economía unitaria, que no conoce propiedad particular alguna sobre los medios de producción, los distintos grupos de trabajo como facultados a disponer de modo autónomo, los cuales, si bien han de comportarse conforme a las instrucciones de la dirección económica suprema, solo se transfieren recíprocamente bienes materiales y prestaciones de trabajo a cambio de una contraprestación que habría de pagarse en un medio de cambio general. Más o menos así se imagina uno, sin duda, la organización de la explotación socialista de la producción cuando hoy se habla de socialización plena y cosas semejantes. Pero de nuevo no se logra rodear con ello el punto decisivo. Las relaciones de intercambio de los bienes productivos solo pueden formarse sobre el suelo de la propiedad particular de los medios de producción. Cuando la «comunidad del carbón» entrega carbón a la «comunidad del hierro», no puede formarse precio alguno, a no ser que ambas comunidades sean propietarias de los medios de producción de sus explotaciones. Pero eso no sería socialización, sino capitalismo obrero y sindicalismo.

Para el teórico socialista que se sitúa en el suelo de la teoría del valor-trabajo, la cosa resulta, desde luego, bastante sencilla. «Tan pronto como la sociedad se pone en posesión de los medios de producción y los emplea en la producción mediante socialización inmediata, el trabajo de cada uno, por diverso que sea su carácter específicamente útil, se convierte de antemano y directamente en trabajo social. La cantidad de trabajo social que se encierra en un producto no necesita entonces ser averiguada primero por un rodeo; la experiencia diaria indica directamente cuánto de él hace falta por término medio. La sociedad puede calcular sencillamente cuántas horas de trabajo se encierran en una máquina de vapor, en un hectolitro de trigo de la última cosecha, en cien metros cuadrados de paño de determinada calidad. … Por cierto que también entonces la sociedad tendrá que saber cuánto trabajo necesita cada objeto de uso para su producción. Tendrá que organizar el plan de producción conforme a los medios de producción, a los que pertenecen muy especialmente también las fuerzas de trabajo. Los efectos útiles de los distintos objetos de uso, sopesados entre sí y frente a las cantidades de trabajo necesarias para su producción, determinarán por fin el plan. La gente lo resuelve todo de manera muy sencilla sin la intervención del tan celebrado ‚valor‘»⁷.

No es aquí nuestra tarea exponer una vez más las objeciones críticas contra la teoría del valor-trabajo. En este contexto solo pueden interesarnos en la medida en que tengan importancia para el enjuiciamiento de la utilizabilidad del trabajo para el cálculo de valor de una comunidad socialista.

El cálculo del trabajo tiene en cuenta, según una primera apariencia, también las condiciones naturales de la producción situadas fuera del hombre. En el concepto del tiempo de trabajo medio socialmente necesario se toma ya en consideración la ley del rendimiento decreciente en la medida en que se hace efectiva a causa de la diversidad de las condiciones naturales de la producción. Si sube la demanda de una mercancía y, por ello, han de recurrirse a su explotación peores condiciones naturales de producción, entonces sube también el tiempo de trabajo social término medio necesario para producir una unidad. Si se logra encontrar condiciones naturales de producción más favorables, entonces desciende la cantidad de trabajo socialmente necesaria⁸. Pero esta consideración de las condiciones naturales de la producción alcanza exactamente solo hasta donde se manifiesta en modificaciones de la cantidad de trabajo socialmente necesaria. Más allá de ello, el cálculo del trabajo falla. Deja por completo de lado el consumo de factores materiales de producción. Supóngase que el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir las dos mercancías P y Q sea de 10 horas para cada una. Que para producir tanto una unidad de P como una unidad de Q haya que emplear, además del trabajo, también el material a, una unidad del cual se produce en una hora de trabajo socialmente necesario, y, en efecto, que para producir P se necesiten dos unidades de a y, además, 9 horas de trabajo, y para producir Q una unidad de a y, además, 9 horas de trabajo. En el cálculo del trabajo, P y Q aparecen como equivalentes; en el cálculo de valor, P tendría que valorarse más alto que Q. Aquel es falso, este es el único que corresponde a la esencia y al fin del cálculo. Es verdad que ese plus, en virtud del cual el cálculo de valor sitúa a P más alto que a Q, ese sustrato material, «existe por naturaleza sin intervención del hombre»⁹. Pero si solo existe en una cantidad tal que se convierte en objeto de administración económica, también ha de entrar en alguna forma en el cálculo de valor.

La segunda deficiencia del cálculo del trabajo es la no consideración de la diversa calidad del trabajo. Para Marx, todo trabajo humano es económicamente de la misma especie, porque siempre es «gasto productivo de cerebro, músculo, nervio, mano humanos, etc.». «El trabajo complicado solo vale como trabajo simple potenciado o, más bien, multiplicado, de suerte que una cantidad menor de trabajo complicado es igual a una cantidad mayor de trabajo simple. Que esta reducción se produce constantemente lo muestra la experiencia. Una mercancía puede ser el producto del trabajo más complicado, su valor la equipara al producto del trabajo simple y representa, por tanto, ella misma solo una determinada cantidad de trabajo simple»¹⁰. No le falta razón a Böhm-Bawerk cuando llama a esta argumentación «un truco teórico de pasmosa ingenuidad»¹¹. Para el enjuiciamiento de la afirmación de Marx puede dejarse perfectamente en suspenso si es posible encontrar una medida fisiológica unitaria de todo trabajo humano —tanto del físico como del llamado intelectual—. Pues lo que está fuera de duda es que entre los hombres mismos existen diferencias de capacidades y destrezas que traen consigo que los productos del trabajo y las prestaciones de trabajo tengan distinta calidad. Lo que ha de ser decisivo para resolver la cuestión de si el cálculo del trabajo es utilizable como cálculo económico es si es posible reducir a un denominador común el trabajo de distinta clase sin el eslabón intermedio de la valoración de sus productos por parte de los sujetos económicos. La prueba que Marx intenta aportar de ello ha fracasado. La experiencia muestra, ciertamente, que las mercancías, sin atender a si son productos de trabajo simple o complicado, se ponen en relaciones de intercambio. Pero esto solo sería una prueba de que determinadas cantidades de trabajo simple se equiparan inmediatamente a determinadas cantidades de trabajo complicado si estuviera resuelto que el trabajo es la fuente del valor de cambio. Pero eso no solo no está resuelto, sino que es precisamente lo que Marx quiere demostrar primero con aquellas exposiciones.

Que en el tráfico de intercambio se haya formado en la tasa de salario una relación de sustitución entre trabajo simple y complicado —a lo cual Marx, en aquel pasaje, no alude— tampoco es una prueba de esta homogeneidad. Esa equiparación es, en efecto, un resultado del tráfico del mercado, no su presupuesto. El cálculo del trabajo tendría que fijar para la sustitución del trabajo complicado por trabajo simple una relación arbitraria, lo que excluye su utilizabilidad para la dirección económica.

Durante mucho tiempo se creyó que la teoría del valor-trabajo era necesaria para el socialismo a fin de fundamentar éticamente la exigencia de la socialización de los medios de producción. Hoy sabemos que esto es un error. Aunque la mayoría de sus partidarios socialistas la haya empleado de este modo, e incluso aunque el propio Marx, por más que adoptara en principio otra posición, no fuera capaz de mantenerse del todo libre de este desacierto, está claro, sin embargo, que, por una parte, el anhelo político de introducir el modo de producción socialista no necesita apoyo alguno de la teoría del valor-trabajo ni tampoco puede recibir apoyo de esta doctrina, y que, por otra parte, también quienes sostienen una concepción distinta acerca de la esencia y el origen del valor económico pueden ser socialistas por convicción. Pero en un sentido distinto del que habitualmente se le atribuye, la teoría del valor-trabajo constituye una necesidad interna para quienes propugnan el modo de producción socialista. La producción socialista en gran escala solo podría parecer realizable de manera racional si existiera una magnitud de valor objetivamente cognoscible que hiciera posible el cálculo económico también en una economía sin tráfico mercantil ni dinero. Pero como tal magnitud, pensándolo bien, solo podría entrar en consideración el trabajo.

Capítulo IV.

Responsabilidad e iniciativa en la empresa de economía colectiva

En estrecha conexión con el problema del cálculo económico se halla el de la responsabilidad y la iniciativa en la empresa de economía colectiva. Que «la eliminación de la libre iniciativa y de la disposición individual a asumir responsabilidades, sobre las cuales descansan los éxitos de la gestión privada» constituye el peligro más grave para las organizaciones de economía colectiva, se admite ya de manera general¹².

La mayoría de los socialistas pasan por alto este problema guardando silencio. Otros, en cambio, creen poder despacharlo remitiéndose a los directores de las sociedades anónimas. Estos tampoco son, en efecto, propietarios de los medios de producción y, sin embargo, las empresas prosperan bajo su dirección. Si, en lugar de los accionistas, la sociedad pasara a ser propietaria de los medios de producción, nada cambiaría. Los directores no trabajarían peor para la sociedad que por cuenta de los accionistas.

Debemos distinguir dos grupos de sociedades anónimas y de empresas análogas. En las unas —se trata por lo general solo de las sociedades menores— unas pocas personas se asocian, bajo la forma jurídica de la sociedad anónima, para una actividad empresarial común: con frecuencia son los herederos del fundador de la empresa, a menudo también antiguos competidores que ahora se han unido. La verdadera dirección y conducción de los negocios reside aquí en manos de los accionistas mismos, o al menos de una parte de los accionistas, que llevan los negocios en interés propio y en el de aquellos accionistas próximos a ellos por parentesco —esposas, menores de edad, etc.—. Como miembros del consejo de administración o del consejo de vigilancia, como directores, en ocasiones también en una posición jurídicamente modesta, ejercen ellos mismos la influencia determinante sobre la marcha de los negocios. Tampoco altera esto el hecho de que a veces una parte del capital accionario se encuentre en manos de un consorcio financiero o de un banco. Aquí la sociedad anónima se distingue de la sociedad colectiva, en efecto, solo por la forma jurídica.

En las grandes sociedades anónimas la cosa es distinta. Aquí solo una parte de los accionistas —los grandes accionistas— participa en la dirección efectiva de la empresa. Estos tienen, por regla general, el mismo interés en la prosperidad de la empresa que cualquier propietario. Pero puede ocurrir que tengan intereses distintos de los de la gran masa de pequeños accionistas, quienes, aun cuando posean la mayoría del capital accionario, están excluidos de la dirección. Entonces pueden producirse graves colisiones cuando, por ejemplo, los negocios de la empresa se conducen, en interés de los directivos, de un modo que perjudica a los accionistas. Pero, sea como fuere, está claro que los verdaderos detentadores del poder en las sociedades llevan los negocios en su propio interés, coincida este o no con el de los accionistas. Para el administrador sólido de una sociedad anónima, que no quiere obtener meramente una ganancia pasajera, será por lo general ventajoso a la larga representar siempre únicamente el interés de los accionistas y abstenerse de manipulaciones que puedan perjudicarlos. Esto vale en primer término para los bancos y los grupos financieros, que no quieren poner en juego el crédito de emisión del que gozan ante el público. No son, pues, únicamente motivos éticos los determinantes cuando las sociedades anónimas prosperan.

Todo esto cambia cuando una empresa se estatiza. Con la eliminación del interés material de los particulares desaparece la fuerza motriz, y si las empresas estatales y municipales prosperan económicamente en general, lo deben a la adopción de instituciones procedentes de empresas privadas, o bien a la circunstancia de que los empresarios a los que compran medios de producción y materias primas las empujan una y otra vez a reformas e innovaciones.

Que de las empresas de economía colectiva no parte impulso alguno hacia reformas y mejoras de la producción, que no son capaces de adaptarse a las cambiantes condiciones de la demanda, que constituyen, en una palabra, un miembro muerto en el organismo de la economía nacional, es algo ahora generalmente reconocido, dado que estamos en condiciones de echar la vista atrás sobre decenios de experimentos de socialismo estatal y municipal. Todos los intentos de insuflarles vida han resultado hasta hoy vanos. Se creyó poder lograrlo mediante reformas salariales. Se quiso interesar a los directores de estas empresas en el rendimiento y se pensó que así se los equipararía a los directores de las grandes sociedades anónimas. Esto es un gran error. Los directores de las grandes sociedades anónimas están ligados a los intereses de las empresas que administran de un modo muy distinto del que jamás puede darse en las empresas públicas. O bien son ya propietarios de una parte no insignificante del capital accionario, o bien esperan llegar a serlo con el tiempo. Están además en condiciones de obtener ganancias mediante el juego bursátil con los valores de su empresa. Tienen la perspectiva de transmitir por herencia su puesto, o al menos de asegurar a sus herederos una parte de su propia influencia. No es el director general acomodado, en cierto modo semejante en su manera de pensar y de sentir al funcionario público, el tipo al que las empresas explotadas en forma de sociedad anónima deben sus éxitos, sino más bien el director interesado por la posesión de acciones y el promotor y el faiseur, es decir, justamente aquellos cuya eliminación es el objetivo de todas las acciones de estatización y nacionalización.

No es en absoluto un pensamiento consecuente en sentido socialista recurrir a tales expedientes para asegurar la prosperidad de un orden económico de base socialista. Todo socialismo —también el de Karl Marx y el de sus partidarios ortodoxos— parte de la concepción de que en la comunidad socialista no podrá surgir oposición alguna entre los intereses de los individuos y los del conjunto. Cada cual se esforzará ya por interés propio en dar lo mejor de sí, puesto que participa también del rendimiento de toda la actividad económica. La objeción evidente de que para el individuo importa muy poco que él mismo sea diligente y aplicado, de que para él es más importante que lo sean todos los demás, o bien no es tenida en cuenta por ellos en absoluto, o lo es de manera insuficiente. Creen poder edificar la comunidad socialista únicamente sobre el imperativo categórico. Con cuánta facilidad suelen tomárselo lo muestra acaso mejor que nadie Kautsky, quien formula la afirmación: «Si el socialismo es una necesidad social, entonces, si entrara en conflicto con la naturaleza humana, sería esta la que llevaría la peor parte, y no el socialismo»2. Esto es el más puro utopismo.

Pero supongamos incluso el caso de que estas expectativas utópicas de los socialistas pudieran realmente cumplirse, de que en la comunidad socialista cada individuo se esforzara por desplegar una actividad con no menor celo que hoy allí donde se halla bajo la presión de la libre competencia: aún quedaría entonces por resolver el problema de en qué se medirá, en la comunidad socialista, que no conocerá cálculo económico alguno, el éxito de la actividad económica. Quien no es capaz de hacerse una idea clara sobre la economicidad no puede obrar económicamente.

Un eslogan muy difundido sostiene que en las empresas de economía colectiva habría que pensar de manera menos burocrática y más mercantil; entonces trabajarían de modo tan económico como las empresas privadas. Habría que ocupar los puestos directivos con comerciantes, y entonces el rendimiento crecería de inmediato. Pero lo «mercantil» no es en modo alguno algo externo que pueda transferirse a voluntad. La cualidad de comerciante no es una propiedad de una persona que descanse en un don innato o que se adquiera mediante estudios en un instituto de enseñanza comercial, mediante la colaboración en una casa de comercio o por el hecho de haber sido uno mismo empresario durante un tiempo. El pensar y el obrar mercantiles del empresario brotan de su posición en el proceso económico y se pierden con ella. Si se nombra a un empresario exitoso director de una empresa de economía colectiva, podrá traer consigo ciertas experiencias de su anterior posición y aprovecharlas todavía rutinariamente durante un tiempo. Pero con su ingreso en la actividad de economía colectiva deja de ser comerciante y se convierte en burócrata, como cualquier otro empleado del servicio público. No son el conocimiento de la contabilidad, de la organización de la empresa y del estilo epistolar mercantil, ni la conclusión de estudios en una escuela superior de comercio, lo que hace al comerciante, sino su posición característica en el proceso de producción, que hace coincidir el interés de la empresa con sus propios intereses. No constituye, por tanto, solución alguna del problema que Otto Bauer, en su escrito recientemente publicado, proponga que los directores del banco central nacional, al que ha de transferirse la conducción del proceso económico, sean designados por un colegio del que habrían de formar parte también representantes del cuerpo docente de las escuelas superiores de comercio¹⁴. Los directores así nombrados podrán ser los más sabios y los mejores, igual que los filósofos de Platón; comerciantes nunca podrán serlo en sus puestos como directores de una comunidad socialista, aun cuando lo hayan sido antes.

General es la queja de que a las direcciones de las empresas de economía colectiva les falta iniciativa. Se cree poder subsanar esto mediante cambios en la organización. También esto es un grave error. En una empresa de economía colectiva no se puede poner la conducción por entero en manos de un solo hombre, porque hay que temer que cometa errores que causen graves daños a la colectividad. Pero si se hacen depender las decisiones determinantes de votaciones en colegios o de la aprobación de instancias superiores, entonces se ponen precisamente límites a la iniciativa de los individuos. Los colegios rara vez se inclinan a introducir innovaciones audaces. La falta de libre iniciativa en la empresa pública no descansa en deficiencias de la organización; está fundada en la esencia misma de esta empresa. No es admisible transferir a un funcionario, por más alta que sea su posición, la libre disposición sobre los medios de producción, y tanto menos cuanto más fuertemente se lo interese materialmente en el buen resultado de su actividad. Pues, en caso de pérdidas, al director carente de patrimonio prácticamente solo se le puede pedir cuentas siempre de manera moral. A la posibilidad material de ganancia se contrapondrían, pues, únicamente posibilidades morales de pérdida. El propietario, en cambio, soporta él mismo la responsabilidad, porque el daño que se origina por empresas fracasadas es él quien lo siente en primer lugar. Justamente en esto reside la diferencia característica entre el modo de producción liberal y el socialista.

Capítulo V.

La más reciente doctrina socialista y el problema del cálculo económico

Desde que los acontecimientos más recientes en Rusia, Hungría, Alemania y Austria han ayudado a los partidos socialistas a alcanzar el poder y han acercado con ello de manera inmediata la realización del programa socialista de socialización, también los escritores marxistas han comenzado a ocuparse más de cerca de los problemas de la organización de la comunidad socialista. Pero también ahora siguen eludiendo todavía con cautela las cuestiones medulares, dejando a los despreciados «utopistas» la tarea de ocuparse de ellas. Ellos mismos prefieren limitarse a lo que hay que hacer en lo inmediato; presentan siempre únicamente programas sobre el camino hacia el socialismo, no sobre el socialismo mismo. Solo una cosa podemos deducir de todos estos escritos: que el gran problema del cálculo económico en el Estado socialista no ha llegado en modo alguno a su conciencia.

Como último y decisivo paso para la realización del programa socialista de socialización, Otto Bauer ve la socialización de los bancos. Una vez que todos los bancos estén socializados y fundidos en un único banco central, su consejo de administración se convertirá en «la suprema autoridad económica, en el órgano rector supremo de toda la economía nacional. Solo mediante la socialización de los bancos adquiere la sociedad el poder de dirigir su trabajo de manera planificada, de distribuirlo de manera planificada entre las distintas ramas de la producción, de adaptarlo de manera planificada a las necesidades del pueblo»¹⁵. Del orden monetario que debería regir en el ente colectivo socialista tras la realización de la socialización de los bancos, Bauer no dice nada. Al igual que otros marxistas, trata de mostrar cuán sencilla y evidentemente se despliega el futuro orden social socialista a partir de las condiciones del capitalismo desarrollado. «Basta con transferir a los representantes de la colectividad popular el poder que hoy ejercen los accionistas de los bancos a través de los consejos de administración por ellos elegidos»¹⁶, para socializar los bancos y colocar así la clave de bóveda del edificio del socialismo. Bauer deja con ello a sus lectores completamente a oscuras sobre el hecho de que la esencia de los bancos se transforma por completo mediante la socialización y la fusión en un único banco central. Una vez que todos los bancos se hayan integrado en un solo banco, su esencia queda enteramente transformada; entonces están en condiciones de emitir medios circulantes sin ninguna restricción. Con ello, el orden monetario tal como hoy lo tenemos queda eliminado por sí mismo¹⁷. Pero si, además, el único banco central es también socializado en un ente colectivo que, por lo demás, ya es plenamente socialista, entonces se elimina el tráfico de mercado y se suprime todo tráfico de intercambio. Entonces el banco deja de ser banco, sus funciones específicas se extinguen, porque para él ya no hay ningún lugar en semejante sociedad. Puede ser que se conserve el nombre de banco, que a la dirección económica suprema del ente colectivo socialista se la denomine dirección bancaria y que esta establezca su sede en un edificio antes ocupado por un banco. Pero ya no es entonces un banco, no cumple ninguna de aquellas funciones que los bancos cumplen en el orden económico que se basa en la propiedad particular de los medios de producción y en el empleo de un mediador general del intercambio, el dinero. Ya no concede créditos, porque en el ente colectivo socialista, como es comprensible, no puede haber créditos. El propio Bauer no dice qué es un banco, pero en su escrito introduce el capítulo sobre la socialización de los bancos con estas frases: «Todos los capitales disponibles ... afluyen a los bancos»¹⁸. ¿No tendría que haberse planteado, como marxista, la pregunta de cuál será la actividad de los bancos tras la abolición de la relación de capital?

De una falta de claridad semejante se hacen culpables también todos los demás escritores que se ocupan de los problemas de la organización del ente colectivo socialista. No ven que, mediante la eliminación del intercambio y de la formación de precios en el mercado, se suprimen los fundamentos del cálculo económico, y que en su lugar habría que poner algo distinto, si no se quiere que toda economía quede abolida y sobrevenga un caos total. Se cree que las instituciones socialistas podrían formarse sin más a partir de las de la economía capitalista privada. Esto no es cierto en ningún caso. Pero resulta francamente grotesco cuando se habla de bancos, de una dirección bancaria y cosas semejantes en el ente colectivo socialista.

La remisión a las condiciones que se han ido formando en la Gran Rusia y en Hungría bajo el dominio de los soviets no dice absolutamente nada. Lo que allí vemos no es otra cosa que la imagen de la destrucción de un orden existente de la producción social, en cuyo lugar entra la economía doméstica campesina cerrada. Todas las ramas de producción que se basan en la división social del trabajo se hallan en plena disolución. Lo que ocurre bajo el dominio de Lenin y Trotski no es más que destrucción y aniquilación. Si el socialismo tiene que acarrear necesariamente estas consecuencias, como opinan los liberales, o si esto es solo consecuencia de la circunstancia de que la república soviética es combatida desde el extranjero, como afirman los socialistas, es una cuestión que aquí no nos interesa. Solo cabe constatar que el ente colectivo socialista del dominio de los consejos no ha tocado en absoluto el problema del cálculo económico, ni tampoco tuvo motivo alguno para tocarlo. Pues allí donde en la Rusia soviética, pese a todas las prohibiciones del gobierno, todavía se produce en general para el mercado, también se calcula en dinero, porque en esa medida aún subsiste propiedad particular de los medios de producción y se venden mercancías contra dinero. Tampoco el gobierno puede sustraerse a ello; más aún, al aumentar él mismo la cantidad de dinero circulante, confirma con ello la necesidad de mantener el orden monetario al menos durante el período de transición.

Que la esencia del problema de que se trata aún no ha salido visiblemente a la luz en el Estado soviético lo muestran del mejor modo las exposiciones de Lenin en su escrito sobre «Las tareas inmediatas del poder soviético». En las consideraciones del dictador retorna una y otra vez la idea de que la tarea inmediata y más urgente del comunismo ruso es «la organización de la contabilidad y del control en las empresas en las que los capitalistas ya han sido expropiados, y en todas las demás empresas económicas»³⁹. Pero Lenin está muy lejos de reconocer que aquí se trata de un problema enteramente nuevo, que no se puede resolver con los medios intelectuales de la cultura «burguesa». Como auténtico político realista, no piensa más allá de las tareas del día siguiente. Ve a su alrededor todavía el tráfico monetario y no advierte que, con el avance de la socialización, también el dinero ha de perder su posición como medio de intercambio de uso general en la medida en que desaparezcan la propiedad particular y, con ella, el intercambio. La contabilidad «burguesa», que calcula en dinero, quiere Lenin reintroducirla en las empresas soviéticas; ese es el sentido de sus consideraciones. Por eso quiere también readmitir con clemencia a los «especialistas burgueses»²⁰. Por lo demás, Lenin advierte tan poco como Bauer que en el ente colectivo socialista la función de los bancos en su sentido actual no es concebible. Quiere proseguir «la estatización de los bancos» y avanzar «hacia la transformación de los bancos en nudos de la contabilidad social bajo el socialismo»²¹.

En general, las representaciones que Lenin tiene de la economía del socialismo, al que se esfuerza por conducir a su pueblo, son bastante confusas. «El Estado socialista», opina, «solo puede surgir como una red de comunas productivo-consumidoras que llevan concienzudamente la contabilidad de su producción y de su consumo, administran económicamente el trabajo, elevan sin cesar la productividad del trabajo y alcanzan así la posibilidad de reducir la jornada laboral a siete, a seis horas y aún a menos»²². «Cada fábrica, cada aldea aparece como una comuna productivo-consumidora que tiene el derecho y la obligación de aplicar a su manera las disposiciones generales de las leyes soviéticas ("a su manera", no en el sentido de su vulneración, sino en el sentido de la diversidad de las formas de su realización en la vida) y de resolver a su manera el problema del cálculo de la producción y de la distribución de los productos»²³. «Las comunas modelo deben servir y servirán a las comunas atrasadas como educadoras, maestras e impulsoras». Se darán a conocer en todos sus detalles los éxitos de las comunas modelo, para que se conviertan en buen ejemplo. A las comunas que presenten buenos «resultados de gestión de la economía» se las recompensará sin dilación «mediante la reducción de un determinado lapso de la jornada laboral, mediante el aumento de la remuneración, mediante la cesión de una mayor cantidad de bienes y valores culturales y estéticos, etc.»²⁴.

De ello se infiere que el ideal de Lenin es un estado social en el que los medios de producción son propiedad de todo el ente colectivo, no propiedad de distritos, municipios o incluso de los obreros de la empresa por separado. Su ideal es socialista, no sindicalista. En un marxista como lo es Lenin, esto no necesitaría destacarse de modo especial. Resulta llamativo no en el Lenin teórico, sino en el Lenin estadista, el caudillo de la revolución rusa sindicalista y de pequeños campesinos. Pero por el momento solo tenemos que vérnoslas con el escritor y podemos considerar su ideal en sí mismo, sin dejarnos perturbar por la imagen de la realidad. Cada empresa agraria o industrial de gran tamaño constituye, según esto, un eslabón de la gran comunidad de trabajo. Quienes en ella trabajan poseen el derecho de autogobierno; tienen una influencia de largo alcance en la organización de la producción y luego, a su vez, en la distribución de los bienes que se les asignan para el consumo. Pero los medios de trabajo son propiedad de toda la sociedad y, por ello, también el producto recae en la sociedad, para que esta disponga de su distribución. ¿Cómo se calculará entonces, hemos de preguntarnos ahora, en la economía del ente colectivo socialista así organizado? A esto da Lenin solo una respuesta enteramente insuficiente, al remitir a la estadística. Habría que llevar la estadística «a la masa, popularizarla, para que los trabajadores aprendieran poco a poco por sí mismos a comprender y a ver cómo y cuánto hay que trabajar, cómo y cuánto se puede descansar, de modo que la comparación de los resultados de gestión de la economía de las distintas comunas se convirtiera en objeto del interés general y del aprendizaje»²⁵. De estas parcas indicaciones no cabe colegir qué entiende aquí Lenin por estadística, si piensa en el cálculo en dinero o en el cálculo en especie. En cualquier caso, hemos de remitir a lo que más arriba se dijo sobre la imposibilidad de conocer en un ente colectivo socialista precios monetarios de los bienes de producción, y sobre las dificultades que se oponen al cálculo en especie²⁶. Para el cálculo económico la estadística solo sería utilizable si pudiera ir más allá del cálculo en especie, cuya escasa idoneidad para estos fines hemos demostrado. Esto, naturalmente, no es posible allí donde no se forma ninguna relación de intercambio de los bienes en el tráfico.

Ante lo que hemos podido constatar en las consideraciones precedentes, ha de resultar llamativo que los adalides del modo de producción socialista reclamen para este, frente al ordenamiento económico que se basa en la propiedad particular de los medios de producción, la ventaja de una mayor racionalidad. En el marco de este trabajo no hemos de ocuparnos de esta opinión en la medida en que se apoya en la afirmación de que en la economía liberal la racionalidad de la actividad económica no puede ser necesariamente perfecta, porque actúan determinadas fuerzas que estorban su imposición. En este contexto solo puede ocuparnos la fundamentación económico-técnica de esta opinión. A los representantes de esta doctrina les ronda un concepto confuso de una racionalidad técnica que habría de estar en oposición a la racionalidad económica, de la que tampoco se forman una representación precisa. Se suele pasar por alto que «toda racionalidad técnica de la producción es una sola cosa con un bajo nivel del gasto específico en el producir»²⁷. Se pasa por alto que el cálculo técnico no basta para reconocer el «grado de adecuación total y de adecuación final»²⁸ de un proceso, que solo es capaz de graduar siempre procesos singulares según su importancia, pero que nunca nos conduce a aquellos juicios que la situación económica de conjunto exige. Solo gracias a que la técnica puede orientarse por la rentabilidad se superan las dificultades de la ponderación que se derivan de la complejidad de las conexiones entre el poderoso sistema de la producción actual, por una parte, y las necesidades y la capacidad de rendimiento de las empresas y unidades económicas, por otra, y puede obtenerse aquella visión de conjunto sobre la situación general que el obrar económicamente racional exige²⁹.

Es la representación confusa de una primacía del valor de uso objetivo la que domina estas teorías. En verdad, el valor de uso objetivo solo puede adquirir importancia para la economía a través de la influencia que ejerce, por medio del valor de uso subjetivo, sobre la formación de las relaciones de intercambio de los bienes económicos. Una segunda representación confusa se entremezcla: el juicio personal del observador sobre la utilidad de los bienes, que se contrapone al juicio de la multitud que participa en el tráfico económico. Si alguien encuentra que es «irracional» gastar tanto en fumar, beber y goces semejantes como se gasta en ello en la economía nacional, tiene sin duda razón desde el punto de vista de su valoración personal. Pero pasa por alto con ello que la economía es solo búsqueda de medios, y que la jerarquía de los fines últimos, sin perjuicio de todas las consideraciones racionales que influyen en su fijación, es asunto del querer y no del conocer.

El reconocimiento del hecho de que en la comunidad socialista no es posible una economía racional no puede, naturalmente, hablar ni a favor ni en contra del socialismo. Quien por razones éticas esté dispuesto a defender el socialismo incluso bajo el supuesto de que la propiedad común de los bienes de producción reduzca el abastecimiento de los hombres con bienes económicos de primer orden, o quien, guiado por ideales ascéticos, quiera el socialismo, no se dejará influir por ello en su aspiración. Menos aún podrá esto disuadir a aquellos socialistas de la cultura que, como Muckle, esperan del socialismo en primer término la «redención de la más espantosa de todas las barbaries: el racionalismo capitalista»3. Pero quien espere del socialismo una economía racional se verá obligado a someter sus concepciones a un examen.

APPARATUS

Notas

Footnotes

  1. ⁶ Esto también lo reconoció Neurath (Durch die Kriegswirtschaft zur Naturalwirtschaft. München 1919, pág. 216 s.). Sostiene la afirmación de que toda economía administrativa completa es en última instancia economía natural. «Socializar significa, por tanto, fomentar la economía natural.» Neurath solo pasa por alto las dificultades insuperables que necesariamente han de surgir para la economía de cálculo en la comunidad socialista.

  2. ¹³ Cf. Kautsky, Vorrede zu Atlanticus (Ballod), Produktion und Konsum im Sozialstaat. Stuttgart 1898, pág. XIV.

  3. ³⁰ Cf. Muckle, Das Kulturideal des Sozialismus. München und Leipzig 1919, pág. 213. – Muckle, por otra parte, exige a su vez la «máxima racionalización de la vida económica, a fin de que se acorte el tiempo de trabajo y el hombre pueda retirarse de nuevo a una isla para escuchar las melodías de su ser», op. cit., pág. 208.

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