Todo aquel que, actuando en la vida económica, elige entre la satisfacción de dos necesidades de las que solo una puede satisfacerse, emite juicios de valor. Los juicios de valor captan en primer término y de modo inmediato únicamente la satisfacción misma de la necesidad; desde ella se remontan a los bienes de primer orden y luego, más atrás, a los bienes de órdenes superiores. Por regla general, el hombre dueño de sus sentidos está sin más en condiciones de valorar los bienes de primer orden. En circunstancias sencillas logra también sin esfuerzo formarse un juicio sobre la importancia que los bienes de orden superior tienen para él. Pero allí donde la situación de las cosas se vuelve algo más enredada y los nexos son más difíciles de penetrar, han de hacerse consideraciones más finas para llevar a cabo correctamente la valoración de los medios de producción, naturalmente solo en el sentido del sujeto que valora y no en un sentido objetivo, de algún modo universalmente válido. Puede que al agricultor que economiza de forma aislada no le resulte difícil tomar una decisión entre la ampliación de la cría de ganado y la extensión de la actividad cinegética. Las vías de producción que han de seguirse son aquí todavía relativamente cortas, y el gasto que requieren y el rendimiento que prometen pueden abarcarse fácilmente con la mirada. Pero la cosa es muy distinta cuando se ha de elegir, por ejemplo, entre el aprovechamiento de un curso de agua para la producción de energía eléctrica y la ampliación de la minería del carbón y la creación de instalaciones para un mejor aprovechamiento de la energía contenida en el carbón. Aquí las producciones indirectas son muy numerosas, y cada una de ellas es tan larga, aquí las condiciones para el éxito de las empresas que han de iniciarse son tan múltiples, que en modo alguno cabe contentarse con meras estimaciones vagas, y se requieren cálculos más exactos para formarse un juicio sobre la rentabilidad del proceder.
Solo se puede calcular con unidades. Pero no puede existir una unidad del valor subjetivo de uso de los bienes. La utilidad marginal no representa una unidad de valor, ya que, como es sabido, el valor de dos unidades de una provisión dada no es el doble de grande que el de u n a unidad, sino que necesariamente ha de ser mayor. El juicio de valor no mide, gradúa, escalona². También el economista aislado de una economía sin intercambio, por lo tanto, cuando ha de tomar una decisión allí donde el juicio de valor no aparece inmediatamente evidente y su juicio solo puede edificarse sobre un cálculo más o menos exacto, no puede operar únicamente con el valor subjetivo de uso; ha de construir relaciones de sustitución entre los bienes, sirviéndose de las cuales puede entonces calcular. Por regla general no logrará en esto reducirlo todo a una unidad; pero, tan pronto como simplemente consiga reducir todos los elementos que han de incluirse en el cálculo a tales bienes económicos que puedan ser captados por un juicio de valor inmediatamente evidente, es decir, a los bienes de primer orden y a la penosidad del trabajo, tendrá con ello bastante para su cálculo. Que esto solo es posible en circunstancias bastante sencillas es bien evidente. Para procedimientos de producción más enredados y más largos esto no bastaría en absoluto.
En la economía de mercado el valor de cambio objetivo de los bienes aparece como unidad del cálculo económico. Esto reporta una triple ventaja. En primer lugar, permite edificar el cálculo sobre la valoración de todos los economistas que participan en el intercambio. El valor subjetivo de uso del individuo, como fenómeno puramente individual, no es directamente comparable con el valor subjetivo de uso de otros hombres. Solo llega a serlo en el valor de cambio, que surge del juego conjunto de la estimación subjetiva de valor de todos los economistas que participan en el intercambio. Pero, además, el cálculo según el valor de cambio aporta un control sobre el empleo adecuado de los bienes. Quien quiere calcular un proceso de producción complicado advierte enseguida si trabaja de modo más económico que los demás o no; si, a la vista de las relaciones de cambio que dominan en el mercado, no puede llevar a cabo la producción de manera rentable, en ello reside la indicación de que otros saben aprovechar mejor los bienes de orden superior de que se trata. Por último, sin embargo, el cálculo según el valor de cambio permite reducir los valores a una unidad. Para ello puede elegirse cualquier bien, dado que los bienes son sustituibles entre sí según la relación de cambio del mercado. En la economía monetaria se elige aquí el dinero.
El cálculo en dinero tiene sus límites. El dinero no es una medida del valor, ni tampoco una medida del precio. Pues el valor no se mide en dinero. Tampoco los precios se miden en dinero, sino que consisten en dinero. El dinero, como bien económico, no es «estable en su valor», como ingenuamente suele suponerse al emplearlo como standard of deferred payments. La relación de cambio existente entre los bienes y el dinero está sometida a oscilaciones constantes, aunque por regla general no demasiado violentas, que proceden no solo del lado de los demás bienes económicos, sino también del lado del dinero. Esto, por cierto, es lo que menos perturba el cálculo del valor, el cual, en vista de las nunca cesantes variaciones de las restantes condiciones económicas, suele abarcar con la mirada solo lapsos cortos, lapsos en los que al menos el dinero «bueno» suele estar sometido por su parte, por regla general, solo a oscilaciones menores de las relaciones de cambio. La insuficiencia del cálculo en dinero del valor no proviene en su parte principal de que se calcule en un medio de cambio de uso general, en el dinero, sino de que sea en general el valor de cambio lo que se pone como fundamento del cálculo, y no el valor subjetivo de uso. Así, no pueden entrar en el cálculo todos aquellos momentos determinantes del valor que se hallan fuera del intercambio. Quien calcula la rentabilidad de la explotación de una fuerza hidráulica no puede incluir en este cálculo la belleza del salto de agua, que habría de sufrir bajo la instalación, a no ser que tenga en cuenta, por ejemplo, el retroceso del turismo y cosas semejantes, que en el intercambio tienen su valor de cambio. Y, sin embargo, se da aquí una circunstancia que, en la cuestión de si la obra debe ejecutarse o no, se incluye también en la ponderación. Suele designarse a estos momentos como «extraeconómicos». Esto puede ser acertado. Sobre terminologías no ha de disputarse. Pero no se pueden calificar de irracionales las consideraciones que llevan a tenerlos también en cuenta. La belleza de un paraje o de un edificio, la salud, la dicha y el contento de los hombres, el honor de individuos o de pueblos enteros son, cuando los hombres los reconocen como significativos, aun cuando no aparezcan como sustituibles en el intercambio y por ello no entren en ninguna relación de cambio, motivos del obrar racional al igual que los económicos en sentido propio. Que el cálculo en dinero no pueda captarlos reside en su esencia, pero no puede menoscabar la importancia del cálculo en dinero para nuestro hacer y omitir económicos. Pues todos aquellos bienes ideales son bienes de primer orden, pueden ser captados de modo inmediato por nuestro juicio de valor, y por ello no ofrece dificultad alguna tenerlos en cuenta, aun cuando hayan de quedar fuera del cálculo en dinero. Que el cálculo en dinero no los tenga en cuenta no hace más difícil su consideración en la vida, sino que más bien la facilita. Si sabemos con exactitud cuán caros nos resultan la belleza, la salud, el honor, el orgullo, nada puede impedirnos tenerlos en cuenta como corresponde. Puede parecerle penoso a un ánimo delicado tener que sopesar bienes ideales frente a bienes materiales. Pero de ello no tiene la culpa el cálculo en dinero, sino que reside en la esencia de las cosas. También allí donde se emiten juicios de valor de modo inmediato, sin cálculo de valor ni de dinero, no puede eludirse la elección entre la satisfacción material y la ideal. También el economista aislado, también la sociedad socialista han de elegir entre bienes «ideales» y «materiales». Las naturalezas nobles nunca lo sentirán como penoso cuando hayan de elegir entre el honor y, por ejemplo, el alimento. Sabrán cómo han de obrar en tales casos. Aunque el honor tampoco se pueda comer, sí se puede renunciar a la comida en aras del honor. Solo quienes quieren verse libres del tormento de semejante elección, porque no podrían decidirse a renunciar a goces materiales en aras de ventajas ideales, ven ya en la elección misma una profanación de los verdaderos valores.
El cálculo monetario sólo tiene sentido en la gestión económica. Aquí se lo emplea para adecuar la disposición de los bienes económicos a las reglas de la economicidad. Los bienes económicos entran en él únicamente en aquellas cantidades que se intercambian por dinero. Toda ampliación del ámbito de aplicación del cálculo monetario conduce a errores. El cálculo monetario fracasa cuando se intenta utilizarlo en investigaciones históricas sobre la evolución de las condiciones económicas como medida del mundo de los bienes; fracasa cuando con su ayuda se intenta estimar la riqueza nacional y la renta nacional; cuando con él se quiere calcular el valor de bienes que se hallan fuera del intercambio comercial, como, por ejemplo, cuando se aspira a calcular en dinero las pérdidas humanas causadas por la emigración o por las guerras³. Esos son juegos de diletantes, aunque a veces los practiquen economistas muy perspicaces.
Pero dentro de estos límites, que en la vida económica nunca traspasa, el cálculo monetario rinde todo aquello que debemos exigir del cálculo económico. Nos ofrece una guía a través de la abrumadora abundancia de las posibilidades económicas. Nos permite extender a todos los bienes de orden superior el juicio de valor que en evidencia inmediata sólo se vincula a los bienes maduros para el disfrute y, a lo sumo, a los bienes productivos de los órdenes más bajos. Hace que el valor sea calculable, y con ello nos proporciona por vez primera los fundamentos de toda actividad económica con bienes de orden superior. Si no lo tuviéramos, entonces toda producción mediante procesos de largo alcance, entonces todas las prolongadas producciones indirectas capitalistas, serían un andar a tientas en la oscuridad.
Son dos las condiciones que hacen posible el cálculo del valor en dinero. En primer lugar, no sólo los bienes de primer orden, sino también los bienes de orden superior, en la medida en que hayan de ser captados por él, deben hallarse en el intercambio comercial. Si no estuvieran en el intercambio comercial, no se llegaría a la formación de relaciones de cambio. Es verdad que también las consideraciones que debe hacer el agente económico aislado, cuando dentro de su casa quiere intercambiar mediante la producción trabajo y harina por pan, no se diferencian de aquellas que hace cuando en el mercado quiere intercambiar pan por vestido, y por ello, en cierto sentido, se está en lo cierto al designar todo obrar económico, y por tanto también la producción del agente económico aislado, como intercambio⁴. Pero el espíritu de un solo hombre por sí solo —por genial que fuere— es demasiado débil para captar la importancia de cada uno de los infinitos bienes de orden superior. Ningún individuo aislado puede dominar la infinita abundancia de las diversas posibilidades de producción de tal modo que estuviera en condiciones de emitir, sin cálculo auxiliar, juicios de valor de inmediata evidencia. La distribución del poder de disposición sobre los bienes económicos de la economía social, que produce con división del trabajo, entre muchos individuos, provoca una especie de división intelectual del trabajo, sin la cual no serían posibles el cálculo de producción ni la economía.
La segunda condición consiste en que esté en uso un medio de cambio de uso general, un dinero, que desempeñe su papel mediador también en el intercambio de los bienes de producción. Si no fuera así, no sería posible reducir todas las relaciones de cambio a un denominador único.
Sólo bajo condiciones sencillas logra la economía arreglárselas sin cálculo monetario. En la estrechez de la economía doméstica cerrada, donde el padre de familia es capaz de abarcar con la mirada todo el mecanismo económico, se puede estimar con mayor o menor exactitud la importancia de las modificaciones del procedimiento productivo incluso sin el apoyo que éste presta al espíritu. El proceso de producción se desenvuelve aquí con una aplicación relativamente escasa de capital. Toma pocas producciones indirectas capitalistas; lo que se produce son, por regla general, bienes de disfrute o, en todo caso, bienes de orden superior no demasiado alejados de los bienes de disfrute. La división del trabajo se halla todavía en sus primerísimos comienzos; uno y el mismo trabajador realiza la labor de todo un procedimiento productivo desde su comienzo hasta la conclusión del bien maduro para el disfrute. Todo esto es distinto en la producción social desarrollada. No cabe buscar en las experiencias de una época largamente superada de producción sencilla un argumento en favor de la posibilidad de arreglárselas, en la actividad económica, sin cálculo monetario.
Pues en las sencillas condiciones de la economía doméstica cerrada se puede abarcar todo el camino desde el comienzo del proceso de producción hasta su conclusión y juzgar siempre si uno u otro procedimiento rinde más bienes maduros para el disfrute. Eso ya no es posible en las incomparablemente complicadas condiciones de nuestra economía. También para la sociedad socialista resultará sin más evidente que 1000 hl de vino son mejores que 800 hl, y podrá tomar sin dificultad la decisión de si prefiere 1000 hl de vino a 500 hl de aceite o no. Para constatar esto no se necesita ningún cálculo; aquí decide la voluntad de los sujetos económicos actuantes. Pero una vez tomada esta decisión, comienza recién la verdadera tarea de la gestión económica racional: poner los medios al servicio de los fines de manera económica. Eso sólo puede ocurrir con ayuda del cálculo económico. El espíritu humano no puede orientarse en la desconcertante abundancia de los productos intermedios y de las posibilidades de producción, si le falta este apoyo. Quedaría perplejo ante todas las cuestiones de procedimiento y de emplazamiento⁵.
Es una ilusión creer que se podría sustituir el cálculo monetario en la economía socialista por el cálculo en especie. El cálculo en especie sólo puede captar siempre, en la economía sin intercambio, los bienes maduros para el disfrute; fracasa por completo ante todos los bienes de orden superior. Tan pronto como se renuncia a la libre formación de los precios monetarios de los bienes de orden superior, se ha hecho imposible toda producción racional. Cada paso que nos aparta de la propiedad particular de los medios de producción y del uso del dinero nos aparta también de la economía racional.
Esto se pudo pasar por alto porque todo aquello que ya vemos realizado del socialismo en torno nuestro no son más que oasis socialistas en una economía con tráfico monetario que, hasta cierto grado, sigue siendo todavía libre. En el único sentido en que se puede coincidir con la por lo demás insostenible afirmación de los socialistas —sostenida sólo por motivos de agitación— de que la estatización y municipalización de empresas no representa aún ninguna porción de socialismo, es en éste: que estas empresas, en su gestión, se hallan a tal punto sostenidas por el organismo económico del libre tráfico que las rodea, que la peculiaridad esencial de la economía socialista no podía manifestarse en ellas en modo alguno. En las empresas estatales y municipales se llevan a cabo mejoras técnicas porque su efecto puede observarse en empresas privadas semejantes del país y del extranjero, y porque la industria privada, que produce los recursos auxiliares de estas mejoras, da el impulso para su introducción. Se pueden constatar en estas empresas las ventajas de las transformaciones, porque están rodeadas por todas partes de una sociedad que se basa en la propiedad particular de los medios de producción y en el tráfico monetario, de suerte que están en condiciones de calcular y llevar libros, cosa que las empresas socialistas en un entorno puramente socialista no podrían hacer.
Sin cálculo económico no hay economía. En la comunidad socialista no puede haber, dado que la realización del cálculo económico es imposible, economía alguna en nuestro sentido. En lo pequeño y en cosas particulares secundarias quizá pueda seguir obrándose racionalmente. Pero en general ya no podría hablarse de producción racional. No habría medio alguno de reconocer qué es racional, y así la producción no podría orientarse conscientemente hacia la economicidad. Lo que esto significa, prescindiendo por completo de las consecuencias para el abastecimiento de los hombres con bienes, es evidente. La racionalidad del obrar resulta desalojada del terreno donde se halla su verdadero dominio. ¿Habrá entonces todavía racionalidad del obrar, más aún, racionalidad y lógica en el pensar? Históricamente, el racionalismo humano ha surgido de la economía. ¿Podrá siquiera sostenerse cuando haya sido desalojado de aquí?
Durante algún tiempo, el recuerdo de las experiencias acumuladas en el transcurso de los milenios de economía libre quizá sea capaz de detener la plena decadencia del arte económico. Las antiguas maneras de proceder se conservarán, no porque sean racionales, sino porque aparecen santificadas por la tradición. Entretanto se habrán vuelto irracionales, porque ya no se corresponden con las nuevas condiciones. Experimentarán, por el general retroceso del pensamiento económico, modificaciones que las harán antieconómicas. El abastecimiento ya no transcurrirá de manera anárquica, eso es verdad. Sobre todas las acciones que sirven a la satisfacción de las necesidades imperará la orden de una instancia suprema. Pero en lugar de la economía del modo de producción anárquico habrá entrado el insensato proceder de un aparato carente de razón. Las ruedas girarán, pero girarán en el vacío.
Represéntese uno la situación de la comunidad socialista. Hay allí cientos y miles de talleres en los que se trabaja. Los menos de ellos producen mercancías listas para el uso; en su mayoría se producen medios de producción y productos semielaborados. Todas estas empresas se hallan en conexión entre sí. Cada bien económico las recorre una tras otra hasta que se vuelve maduro para el disfrute. Pero en el incesante mecanismo de este proceso le falta a la dirección económica toda posibilidad de orientarse. No puede constatar si la pieza, en el camino que ha de recorrer, no es retenida innecesariamente, si en su acabado no se desperdician trabajo y material. ¿Qué posibilidad tendría de averiguar si éste o aquel modo de producción es el más ventajoso? A lo sumo puede comparar la calidad y la cantidad del resultado final maduro para el disfrute, pero sólo en los casos más raros estará en condiciones de comparar el dispendio efectuado en la producción. Sabe exactamente a qué fines debe tender su gestión económica, o cree saberlo, y debe obrar conforme a ello, es decir, debe alcanzar los fines perseguidos con el menor dispendio. Para hallar el camino más barato, tiene que calcular. Este cálculo, naturalmente, sólo puede ser un cálculo de valor; es evidente sin más y no necesita ninguna fundamentación más detallada que no puede ser técnico, no puede edificarse sobre el valor de uso objetivo (valor de utilidad) de los bienes y servicios.
En el orden económico que se basa en la propiedad particular de los medios de producción, el cálculo de valor lo llevan a cabo todos los miembros independientes de la sociedad. Cada cual participa de un doble modo en su realización: una vez como consumidor, la otra como productor. Como consumidor establece el orden de rango de los bienes maduros para el uso y el consumo; como productor lleva los bienes de orden superior a aquel empleo en que prometen rendir el mayor producto. Con ello, también todos los bienes de orden superior reciben el orden de rango que les corresponde según el estado momentáneo de las relaciones sociales de producción y de las necesidades sociales. Mediante la conjunción de ambos procesos de valoración se vela por que el principio económico llegue por todas partes a imperar, tanto en el consumo como en la producción. Se forma aquel sistema de precios exactamente graduado que permite a cada cual, en cada instante, poner su propia necesidad en consonancia con el cálculo de la economicidad.
Todo esto falta necesariamente en la comunidad socialista. La dirección económica quizá sepa con exactitud qué bienes necesita con mayor urgencia. Pero con ello ha hallado sólo la una parte de lo requerido para el cálculo económico. La otra parte, la valoración de los medios de producción, ha de echarla de menos. El valor que corresponde a la totalidad de los medios de producción es capaz de constatarlo; éste es, evidentemente, igual al valor que corresponde a la totalidad de las necesidades satisfechas por él. Es capaz también de calcular cuán grande es el valor de un medio de producción aislado, si calcula la importancia de la pérdida de satisfacción de necesidades que surge por su supresión. Pero no puede reducirlo a una expresión de precio unitaria, como es capaz de hacerlo la economía libre, en la que todos los precios pueden reducirse a una expresión común en dinero.
En la economía socialista, que ciertamente no necesita suprimir por completo el dinero, pero sí hace imposible la expresión en dinero de los precios de los medios de producción (incluido el trabajo), el dinero no puede desempeñar papel alguno en el cálculo económico1.
Piénsese en la construcción de una nueva línea ferroviaria. ¿Debe construirse en absoluto y, en caso afirmativo, cuál de los varios trazados posibles debe construirse? En la economía libre de tráfico y de dinero es posible plantear el cálculo en dinero. La nueva línea abaratará determinados transportes de mercancías, y entonces es posible calcular si ese abaratamiento es tan grande que supera los gastos que exigen la construcción y la explotación de la nueva línea. Esto solo puede calcularse en dinero. Mediante la contraposición de gastos y ahorros en especie de naturaleza diversa no es posible llegar aquí a un resultado. Si no se tiene posibilidad alguna de reducir a una expresión común las horas de trabajo de distinta calificación, el hierro, el carbón, los materiales de construcción de toda clase, las máquinas y las demás cosas que exigen la construcción y la explotación de ferrocarriles, entonces no puede llevarse a cabo el cálculo. El trazado económico solo es posible si se logra reducir a dinero todos los bienes que entran en consideración. Cierto que el cálculo en dinero tiene sus imperfecciones y sus graves deficiencias, pero precisamente no tenemos nada mejor que poner en su lugar; para los fines prácticos de la vida el cálculo en dinero de un sistema monetario sano basta a fin de cuentas. Si renunciamos a él, entonces todo cálculo económico se vuelve sencillamente imposible.
La comunidad socialista sabrá, desde luego, arreglárselas. Pronunciará una orden imperativa y decidirá a favor o en contra de la construcción proyectada. Pero esa decisión se producirá, en el mejor de los casos, sobre la base de estimaciones vagas; nunca estará edificada sobre la base de un cálculo de valor exacto.
La economía estática es capaz de prescindir del cálculo económico. Aquí, en efecto, se repite en lo económico una y otra vez siempre lo mismo, y si suponemos que la primera implantación de la economía socialista estática se produce sobre la base de los últimos resultados de la economía libre, entonces podríamos a lo sumo imaginarnos una producción socialista dirigida de modo económicamente racional. Pero eso solo es posible justamente en el pensamiento. Prescindiendo por completo de que en la vida nunca puede haber economía estática, ya que los datos se modifican sin cesar, de suerte que la estática del actuar económico es solo un supuesto del pensamiento —aunque necesario para nuestro pensar y para la formación de nuestro conocimiento de lo económico— al que en la vida no corresponde ningún estado, hemos de suponer, no obstante, que el tránsito al socialismo, ya a consecuencia de la nivelación de las diferencias de renta y de los desplazamientos en el consumo y, por consiguiente, también en la producción condicionados por ella, modifica todos los datos de tal manera que es imposible enlazar con el último estado de la economía libre. Pero entonces tenemos ante nosotros un orden económico socialista que navega de un lado a otro en el océano de las combinaciones económicas posibles y concebibles sin la brújula del cálculo económico.
Así, toda transformación económica se convierte en la comunidad socialista en una empresa cuyo éxito no puede estimarse de antemano ni tampoco comprobarse después retrospectivamente. Aquí todo anda a tientas en la oscuridad. El socialismo es la supresión de la racionalidad de la economía.
En toda empresa de cierta magnitud, los distintos establecimientos o secciones de la explotación son, en la contabilidad, autónomos hasta cierto grado. Se cargan recíprocamente materiales y trabajo, y en todo momento es posible establecer para cada grupo particular un balance especial y captar mediante el cálculo los resultados económicos de su actividad. De este modo es posible comprobar con qué éxito ha trabajado cada sección particular y, conforme a ello, adoptar decisiones sobre la reorganización, la restricción, el cierre o la ampliación de los grupos existentes y sobre la implantación de otros nuevos. Ciertos errores son, desde luego, inevitables en tales cálculos. Provienen en parte de las dificultades que se presentan en el reparto de los gastos generales. Otros errores, a su vez, surgen de la necesidad de calcular, en algunos respectos, con datos que no pueden determinarse con exactitud, por ejemplo cuando, al determinar la rentabilidad de un procedimiento, se calcula la amortización de las máquinas empleadas suponiendo una determinada duración de su capacidad de uso. Pero todos los errores de esta clase pueden mantenerse dentro de ciertos límites estrechos, de suerte que no perturban el resultado global del cálculo. Lo que de incertidumbre queda corre a cuenta de la incertidumbre de las relaciones futuras, que en el estado dinámico de la economía nacional está dada necesariamente.
Parece ahora estar próximo intentar también en la comunidad socialista, de manera análoga, una contabilidad autónoma de los distintos grupos de producción. Pero eso es del todo imposible. Pues aquella contabilidad autónoma de las distintas ramas de una y la misma empresa reposa exclusivamente en que precisamente en el tráfico del mercado se forman, para todas las clases de bienes y de trabajos empleados, precios de mercado que pueden tomarse como fundamento del cálculo. Donde falta el libre tráfico del mercado, no hay formación de precios; sin formación de precios no hay cálculo económico.
Cabría tal vez pensar en permitir el intercambio entre los distintos grupos de explotación, para llegar por esta vía a la formación de relaciones de intercambio (precios) y crear así un fundamento para el cálculo económico también en la comunidad socialista. Se constituyen, en el marco de la economía unitaria, que no conoce propiedad particular alguna sobre los medios de producción, los distintos grupos de trabajo como facultados a disponer de modo autónomo, los cuales, si bien han de comportarse conforme a las instrucciones de la dirección económica suprema, solo se transfieren recíprocamente bienes materiales y prestaciones de trabajo a cambio de una contraprestación que habría de pagarse en un medio de cambio general. Más o menos así se imagina uno, sin duda, la organización de la explotación socialista de la producción cuando hoy se habla de socialización plena y cosas semejantes. Pero de nuevo no se logra rodear con ello el punto decisivo. Las relaciones de intercambio de los bienes productivos solo pueden formarse sobre el suelo de la propiedad particular de los medios de producción. Cuando la «comunidad del carbón» entrega carbón a la «comunidad del hierro», no puede formarse precio alguno, a no ser que ambas comunidades sean propietarias de los medios de producción de sus explotaciones. Pero eso no sería socialización, sino capitalismo obrero y sindicalismo.
Para el teórico socialista que se sitúa en el suelo de la teoría del valor-trabajo, la cosa resulta, desde luego, bastante sencilla. «Tan pronto como la sociedad se pone en posesión de los medios de producción y los emplea en la producción mediante socialización inmediata, el trabajo de cada uno, por diverso que sea su carácter específicamente útil, se convierte de antemano y directamente en trabajo social. La cantidad de trabajo social que se encierra en un producto no necesita entonces ser averiguada primero por un rodeo; la experiencia diaria indica directamente cuánto de él hace falta por término medio. La sociedad puede calcular sencillamente cuántas horas de trabajo se encierran en una máquina de vapor, en un hectolitro de trigo de la última cosecha, en cien metros cuadrados de paño de determinada calidad. … Por cierto que también entonces la sociedad tendrá que saber cuánto trabajo necesita cada objeto de uso para su producción. Tendrá que organizar el plan de producción conforme a los medios de producción, a los que pertenecen muy especialmente también las fuerzas de trabajo. Los efectos útiles de los distintos objetos de uso, sopesados entre sí y frente a las cantidades de trabajo necesarias para su producción, determinarán por fin el plan. La gente lo resuelve todo de manera muy sencilla sin la intervención del tan celebrado ‚valor‘»⁷.
No es aquí nuestra tarea exponer una vez más las objeciones críticas contra la teoría del valor-trabajo. En este contexto solo pueden interesarnos en la medida en que tengan importancia para el enjuiciamiento de la utilizabilidad del trabajo para el cálculo de valor de una comunidad socialista.
El cálculo del trabajo tiene en cuenta, según una primera apariencia, también las condiciones naturales de la producción situadas fuera del hombre. En el concepto del tiempo de trabajo medio socialmente necesario se toma ya en consideración la ley del rendimiento decreciente en la medida en que se hace efectiva a causa de la diversidad de las condiciones naturales de la producción. Si sube la demanda de una mercancía y, por ello, han de recurrirse a su explotación peores condiciones naturales de producción, entonces sube también el tiempo de trabajo social término medio necesario para producir una unidad. Si se logra encontrar condiciones naturales de producción más favorables, entonces desciende la cantidad de trabajo socialmente necesaria⁸. Pero esta consideración de las condiciones naturales de la producción alcanza exactamente solo hasta donde se manifiesta en modificaciones de la cantidad de trabajo socialmente necesaria. Más allá de ello, el cálculo del trabajo falla. Deja por completo de lado el consumo de factores materiales de producción. Supóngase que el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir las dos mercancías P y Q sea de 10 horas para cada una. Que para producir tanto una unidad de P como una unidad de Q haya que emplear, además del trabajo, también el material a, una unidad del cual se produce en una hora de trabajo socialmente necesario, y, en efecto, que para producir P se necesiten dos unidades de a y, además, 9 horas de trabajo, y para producir Q una unidad de a y, además, 9 horas de trabajo. En el cálculo del trabajo, P y Q aparecen como equivalentes; en el cálculo de valor, P tendría que valorarse más alto que Q. Aquel es falso, este es el único que corresponde a la esencia y al fin del cálculo. Es verdad que ese plus, en virtud del cual el cálculo de valor sitúa a P más alto que a Q, ese sustrato material, «existe por naturaleza sin intervención del hombre»⁹. Pero si solo existe en una cantidad tal que se convierte en objeto de administración económica, también ha de entrar en alguna forma en el cálculo de valor.
La segunda deficiencia del cálculo del trabajo es la no consideración de la diversa calidad del trabajo. Para Marx, todo trabajo humano es económicamente de la misma especie, porque siempre es «gasto productivo de cerebro, músculo, nervio, mano humanos, etc.». «El trabajo complicado solo vale como trabajo simple potenciado o, más bien, multiplicado, de suerte que una cantidad menor de trabajo complicado es igual a una cantidad mayor de trabajo simple. Que esta reducción se produce constantemente lo muestra la experiencia. Una mercancía puede ser el producto del trabajo más complicado, su valor la equipara al producto del trabajo simple y representa, por tanto, ella misma solo una determinada cantidad de trabajo simple»¹⁰. No le falta razón a Böhm-Bawerk cuando llama a esta argumentación «un truco teórico de pasmosa ingenuidad»¹¹. Para el enjuiciamiento de la afirmación de Marx puede dejarse perfectamente en suspenso si es posible encontrar una medida fisiológica unitaria de todo trabajo humano —tanto del físico como del llamado intelectual—. Pues lo que está fuera de duda es que entre los hombres mismos existen diferencias de capacidades y destrezas que traen consigo que los productos del trabajo y las prestaciones de trabajo tengan distinta calidad. Lo que ha de ser decisivo para resolver la cuestión de si el cálculo del trabajo es utilizable como cálculo económico es si es posible reducir a un denominador común el trabajo de distinta clase sin el eslabón intermedio de la valoración de sus productos por parte de los sujetos económicos. La prueba que Marx intenta aportar de ello ha fracasado. La experiencia muestra, ciertamente, que las mercancías, sin atender a si son productos de trabajo simple o complicado, se ponen en relaciones de intercambio. Pero esto solo sería una prueba de que determinadas cantidades de trabajo simple se equiparan inmediatamente a determinadas cantidades de trabajo complicado si estuviera resuelto que el trabajo es la fuente del valor de cambio. Pero eso no solo no está resuelto, sino que es precisamente lo que Marx quiere demostrar primero con aquellas exposiciones.
Que en el tráfico de intercambio se haya formado en la tasa de salario una relación de sustitución entre trabajo simple y complicado —a lo cual Marx, en aquel pasaje, no alude— tampoco es una prueba de esta homogeneidad. Esa equiparación es, en efecto, un resultado del tráfico del mercado, no su presupuesto. El cálculo del trabajo tendría que fijar para la sustitución del trabajo complicado por trabajo simple una relación arbitraria, lo que excluye su utilizabilidad para la dirección económica.
Durante mucho tiempo se creyó que la teoría del valor-trabajo era necesaria para el socialismo a fin de fundamentar éticamente la exigencia de la socialización de los medios de producción. Hoy sabemos que esto es un error. Aunque la mayoría de sus partidarios socialistas la haya empleado de este modo, e incluso aunque el propio Marx, por más que adoptara en principio otra posición, no fuera capaz de mantenerse del todo libre de este desacierto, está claro, sin embargo, que, por una parte, el anhelo político de introducir el modo de producción socialista no necesita apoyo alguno de la teoría del valor-trabajo ni tampoco puede recibir apoyo de esta doctrina, y que, por otra parte, también quienes sostienen una concepción distinta acerca de la esencia y el origen del valor económico pueden ser socialistas por convicción. Pero en un sentido distinto del que habitualmente se le atribuye, la teoría del valor-trabajo constituye una necesidad interna para quienes propugnan el modo de producción socialista. La producción socialista en gran escala solo podría parecer realizable de manera racional si existiera una magnitud de valor objetivamente cognoscible que hiciera posible el cálculo económico también en una economía sin tráfico mercantil ni dinero. Pero como tal magnitud, pensándolo bien, solo podría entrar en consideración el trabajo.