La economía y los bienes económicos
Las necesidades surgen de nuestros impulsos, y los impulsos están arraigados en nuestra naturaleza. Una satisfacción imperfecta de las necesidades conduce a la atrofia de nuestra naturaleza. No satisfacerlas acarrea nuestra destrucción. Pero satisfacer nuestras necesidades es vivir y prosperar. Así pues, el intento de proveer a la satisfacción de nuestras necesidades es sinónimo del intento de proveer a nuestra vida y bienestar. Es el más importante de todos los empeños humanos, ya que constituye el requisito previo y el fundamento de todos los demás.
En la práctica, la preocupación de los hombres por la satisfacción de sus necesidades se expresa como un intento de alcanzar el dominio sobre todas las cosas de las que depende la satisfacción de sus necesidades. Si una persona dispone del dominio sobre todos los bienes de consumo necesarios para satisfacer sus necesidades, la satisfacción efectiva de estas depende únicamente de su voluntad. Podemos, por tanto, considerar alcanzado su objetivo cuando se halla en posesión de estos bienes, pues su vida y bienestar quedan entonces en sus propias manos. Las cantidades de bienes de consumo que una persona debe tener para satisfacer sus necesidades pueden denominarse sus requerimientos.15 La preocupación de los hombres por el mantenimiento de su vida y bienestar se convierte, por consiguiente, en un intento de proveerse de sus requerimientos.
Pero si los hombres se preocuparan de proveerse de sus requerimientos de bienes solo cuando experimentaran una necesidad inmediata de ellos, la satisfacción de sus necesidades, y por ende su vida y bienestar, quedaría asegurada de manera muy insuficiente.
Si suponemos que los habitantes de un país carecen por completo de existencias de víveres y de ropa al comienzo del invierno, no cabe duda de que la mayoría de ellos sería incapaz de salvarse de la destrucción, aun con los esfuerzos más desesperados dirigidos a la satisfacción de sus necesidades. Pero cuanto más avanza la civilización, y cuanto más llegan los hombres a depender de la obtención de los bienes necesarios para la satisfacción de sus necesidades mediante un largo proceso de producción (pp. 67 ss.), tanto más imperiosa se vuelve la necesidad de disponer con antelación lo conducente a la satisfacción de sus necesidades, es decir, de proveer sus requerimientos para periodos de tiempo futuros.
Ni siquiera un salvaje australiano aplaza la caza hasta experimentar realmente el hambre. Tampoco aplaza la construcción de su refugio hasta que ha comenzado el mal tiempo y ya se halla expuesto a sus efectos nocivos.16 Pero solo los hombres de las sociedades civilizadas, entre todos los individuos que economizan, planifican la satisfacción de sus necesidades no para un periodo breve únicamente, sino para periodos de tiempo mucho más largos. Los hombres civilizados se esfuerzan por asegurar la satisfacción de sus necesidades durante muchos años venideros. En efecto, no solo planifican para toda su vida, sino que, por regla general, extienden sus planes aún más allá, en su preocupación por que ni siquiera sus descendientes carezcan de medios para la satisfacción de sus necesidades.
Dondequiera que dirijamos la mirada entre los pueblos civilizados, hallamos un sistema de provisión anticipada a gran escala para la satisfacción de las necesidades humanas. Cuando aún llevamos puesta nuestra ropa de abrigo para protegernos del frío del invierno, no solo van ya de camino a las tiendas minoristas las prendas de primavera confeccionadas, sino que en las fábricas se tejen las telas ligeras que vestiremos el próximo verano, mientras se hilan los hilos para la ropa de abrigo que usaremos el invierno siguiente. Cuando enfermamos necesitamos los servicios de un médico. En las disputas legales requerimos el consejo de un abogado. Pero sería demasiado tarde, para una persona en cualquiera de ambas contingencias, atender su necesidad si solo entonces intentara adquirir por sí misma los conocimientos y aptitudes médicos o jurídicos, o intentara organizar la formación especial de otras personas a su servicio, aun cuando poseyera los medios necesarios. En los países civilizados, las necesidades de la sociedad de estos y similares servicios se proveen a su debido tiempo, ya que hombres experimentados y probados, habiéndose preparado para sus profesiones hace muchos años, y habiendo reunido desde entonces ricas experiencias en su ejercicio, ponen sus servicios a disposición de la sociedad. Y mientras así disfrutamos de los frutos de la previsión de tiempos pasados, muchos hombres se forman en nuestras universidades para atender las necesidades de la sociedad de servicios semejantes en el futuro.
La preocupación de los hombres por la satisfacción de sus necesidades se convierte así en un intento de proveer con antelación a la cobertura de sus requerimientos en el futuro, y llamaremos por ello requerimientos de una persona a aquellas cantidades de bienes que son necesarias para satisfacer sus necesidades dentro del periodo de tiempo abarcado por sus planes.17
Hay dos clases de conocimiento que los hombres deben poseer como requisito previo para cualquier intento exitoso de proveer con antelación a la satisfacción de sus necesidades. Deben tener claridad: (a) acerca de sus requerimientos, es decir, acerca de las cantidades de bienes que necesitarán para satisfacer sus necesidades durante el periodo de tiempo sobre el que se extienden sus planes, y (b) acerca de las cantidades de bienes de que disponen con el fin de cubrir estos requerimientos.
Toda actividad previsora dirigida a la satisfacción de las necesidades humanas se basa en el conocimiento de estas dos clases de cantidades. A falta del conocimiento de la primera, la actividad de los hombres se llevaría a cabo a ciegas, pues ignorarían su objetivo. A falta del conocimiento de la segunda, su actividad carecería de plan, pues no tendrían noción de los medios disponibles.
En lo que sigue, se mostrará primero cómo llegan los hombres a un conocimiento de sus requerimientos para periodos de tiempo futuros; luego se mostrará cómo estiman las cantidades de bienes de que dispondrán durante estos periodos de tiempo; y finalmente se ofrecerá una descripción de la actividad mediante la cual los hombres se esfuerzan por dirigir las cantidades de bienes (bienes de consumo y medios de producción) de que disponen hacia la satisfacción más eficaz de sus necesidades.
1. Los requerimientos humanos
A. Requerimientos de bienes de primer orden (bienes de consumo).
Los seres humanos experimentan directa e inmediatamente solo necesidades de bienes de primer orden, es decir, de bienes que pueden emplearse directamente para la satisfacción de sus necesidades (p. 56). Si no existieran requerimientos de estos bienes, no podrían surgir requerimientos de bienes de orden superior. Los requerimientos de bienes de orden superior dependen, por tanto, de los requerimientos de bienes de primer orden, y una investigación de estos últimos constituye el fundamento necesario para la investigación de los requerimientos humanos en general. En consecuencia, nos ocuparemos primero de los requerimientos humanos de bienes de primer orden, y luego de una exposición de los principios conforme a los cuales se regulan los requerimientos humanos de bienes de orden superior.
La cantidad de un bien de primer orden necesaria para satisfacer una necesidad humana concreta18 (y por ende también la cantidad necesaria para satisfacer todas las necesidades de un bien de primer orden que surjan en un determinado periodo de tiempo) viene determinada directamente por la necesidad misma (por las necesidades mismas) y guarda con ella (con ellas) una relación cuantitativa directa. Si, por tanto, los hombres estuvieran siempre correcta y completamente informados, como resultado de la experiencia previa, acerca de las necesidades concretas que habrán de tener, y acerca de la intensidad con que estas necesidades se experimentarán durante el periodo de tiempo para el que planifican, nunca podrían tener duda acerca de las cantidades de bienes necesarias para la satisfacción de sus necesidades, es decir, acerca de la magnitud de sus requerimientos de bienes de primer orden.
Pero la experiencia nos dice que a menudo tenemos más o menos dudas de si ciertas necesidades se sentirán en el futuro siquiera. Somos conscientes, por supuesto, de que necesitaremos alimento, bebida, ropa, cobijo, etc., durante un determinado periodo de tiempo. Pero la misma certeza no existe respecto de muchos otros bienes, como los servicios médicos, las medicinas, etc., pues que experimentemos o no una necesidad de estos bienes depende a menudo de influencias que no podemos prever con certeza.
Incluso respecto de necesidades que sabemos de antemano que se experimentarán en el periodo de tiempo para el que planificamos, podemos estar inseguros acerca de las cantidades implicadas. Bien sabemos que estas necesidades se harán sentir, pero no sabemos de antemano en qué grado exacto, es decir, no conocemos las cantidades exactas de bienes que serán necesarias para su satisfacción. Y son precisamente estas cantidades las que aquí están en cuestión.
En el caso de necesidades respecto de las cuales existe incertidumbre en cuanto a si surgirán siquiera en los periodos de tiempo para los que los hombres hacen sus planes, la experiencia nos enseña que, pese a su previsión deficiente, los hombres en modo alguno dejan de proveer a su eventual satisfacción. Incluso las personas sanas que viven en el campo poseen, en la medida que sus medios lo permiten, un botiquín, o al menos unos pocos fármacos para emergencias imprevistas. Los administradores domésticos cuidadosos tienen extintores para preservar su propiedad en caso de incendio, armas para protegerla si fuera necesario, probablemente también cajas fuertes a prueba de fuego y de robo, y muchos bienes similares. En efecto, aun entre los bienes de las personas más pobres creo que se hallarán algunos bienes destinados a utilizarse solo en contingencias imprevistas.
La circunstancia de que sea incierto si una necesidad de un bien se sentirá durante el periodo de nuestros planes no excluye, por tanto, la posibilidad de que proveamos a su eventual satisfacción, y por ende no hace que la realidad de nuestros requerimientos de los bienes necesarios para satisfacer tales necesidades quede en cuestión. Al contrario, los hombres proveen con antelación, y en la medida que sus medios lo permiten, a la eventual satisfacción de estas necesidades también, e incluyen los bienes necesarios para su satisfacción en sus cálculos siempre que determinan sus requerimientos en conjunto.
Pero lo que aquí se ha dicho de las necesidades cuya aparición es del todo incierta es plenamente cierto también allí donde no hay duda de que surgirá una necesidad de un bien, sino solo incertidumbre en cuanto a la intensidad con que se sentirá, pues también en este caso los hombres consideran acertadamente sus requerimientos plenamente cubiertos cuando pueden tener a su disposición cantidades de bienes suficientes para todas las eventualidades previstas.
Otro punto que debe tenerse aquí en consideración es la capacidad de las necesidades humanas de crecer. Si las necesidades humanas son susceptibles de crecimiento y, como a veces se sostiene, susceptibles de crecimiento infinito, podría parecer como si este crecimiento extendiera los límites de las cantidades de bienes necesarias para la satisfacción de las necesidades humanas de manera continua, en efecto incluso hasta el infinito completo, y que, por tanto, toda provisión anticipada de los hombres respecto de sus requerimientos resultara absolutamente imposible.
Sobre este asunto de la capacidad de las necesidades humanas para el crecimiento infinito, me parece, ante todo, que el concepto de infinito es aplicable solo al progreso ilimitado en el desarrollo de las necesidades humanas, pero no a las cantidades de bienes necesarias para la satisfacción de estas necesidades durante un periodo de tiempo dado. Aunque se conceda que la serie es infinita, cada elemento individual de la serie es, no obstante, finito. Aun cuando las necesidades humanas puedan considerarse ilimitadas en su desarrollo hacia los periodos más remotos del futuro, son, no obstante, susceptibles de determinación cuantitativa para todos los periodos de tiempo dados, y especialmente para todos los periodos de tiempo económicamente significativos. Así pues, incluso bajo el supuesto de un progreso ininterrumpido en el desarrollo de las necesidades humanas, tenemos que vérnoslas con magnitudes finitas y nunca con magnitudes infinitas, y por ello completamente indeterminadas, si nos ocupamos solo de periodos de tiempo definidos.
Si observamos a las personas en una actividad previsora dirigida a la satisfacción de sus necesidades futuras, podemos ver fácilmente que están lejos de dejar escapar de su atención la capacidad de sus necesidades de crecer. Al contrario, se preocupan con la mayor diligencia por tenerla en cuenta. Una persona que espera un aumento de su familia o una posición social más elevada prestará la debida atención a sus mayores necesidades futuras en la construcción y el amueblamiento de las viviendas y en la compra de carruajes y de bienes duraderos similares. Por regla general, y en la medida que sus medios lo permitan, intentará tener en cuenta las mayores exigencias del futuro, no en una sola relación únicamente, sino respecto de sus existencias de bienes en conjunto. Podemos observar un fenómeno análogo en las actividades de los gobiernos municipales. Vemos a los municipios construir obras hidráulicas, edificios públicos (escuelas, hospitales, etc.), parques, calles, etc., atendiendo no solo a las necesidades del presente, sino con la debida consideración de las mayores necesidades del futuro. Naturalmente, esta tendencia a prestar atención a las necesidades futuras se manifiesta de manera aún más nítida en las actividades de los gobiernos nacionales.
Para resumir lo dicho, resulta que los requerimientos humanos de bienes de consumo son magnitudes cuya determinación cuantitativa respecto de periodos de tiempo futuros no plantea dificultades fundamentales. Son magnitudes acerca de las cuales, en las actividades dirigidas a la satisfacción de sus necesidades, los hombres se esfuerzan realmente por alcanzar claridad dentro de límites factibles y en la medida en que una necesidad práctica los compele a ello, es decir, sus intentos de determinar estas magnitudes se limitan, por una parte, a aquellos periodos de tiempo para los que, en cada momento, planean hacer provisión y, por otra parte, a un grado de exactitud que sea suficiente para el éxito práctico de su actividad.
B. Requerimientos de bienes de orden superior (medios de producción)
Si nuestros requerimientos de bienes de primer orden para un periodo de tiempo venidero ya están directamente cubiertos por las cantidades existentes de estos bienes, no puede hablarse de una ulterior provisión de estos mismos requerimientos por medio de bienes de orden superior. Pero si estos requerimientos no están cubiertos, o no están completamente cubiertos, por los bienes de primer orden existentes (es decir, si no están cubiertos directamente), surgen requerimientos de bienes de orden superior para el periodo de tiempo en cuestión. Estos requerimientos son las cantidades de bienes de orden superior que son necesarias, en el estado existente de la tecnología de las ramas de producción pertinentes, para suministrar la totalidad de nuestros requerimientos de bienes de primer orden.
La sencilla relación que acaba de presentarse respecto de nuestros requerimientos de los medios de producción se observa, sin embargo, como veremos en lo que sigue, solo en raros casos. Una importante modificación de este principio surge de las interrelaciones causales entre los bienes.
Se demostró antes (pp. 58 ss.) que es imposible para los hombres emplear cualquier bien de orden superior para la producción de los correspondientes bienes de orden inferior a menos que puedan, al mismo tiempo, tener a su disposición los bienes complementarios. Ahora bien, lo que antes se dijo de los bienes en general adquiere aquí una precisión más aguda cuando tenemos en cuenta las cantidades disponibles de bienes. Antes se mostró que podemos transformar bienes de orden superior en bienes de orden inferior, y emplearlos así para la satisfacción de las necesidades humanas, solo si tenemos los bienes complementarios simultáneamente a nuestra disposición. Este principio puede ahora reformularse en los términos siguientes: podemos aplicar cantidades de bienes de orden superior a la producción de cantidades dadas de bienes de orden inferior, y así finalmente a la cobertura de nuestros requerimientos, solo si estamos en la posición de tener las cantidades complementarias de los demás bienes de orden superior simultáneamente a nuestra disposición. Así, por ejemplo, ni siquiera la mayor cantidad de tierra puede emplearse para la producción de una cantidad de grano, por pequeña que sea, a menos que tengamos a nuestra disposición las cantidades (complementarias) de semilla, servicios de trabajo, etc. que son necesarias para la producción de esta pequeña cantidad de grano.
De ahí que nunca se encuentren requerimientos de un único bien de orden superior. Al contrario, observamos con frecuencia que, siempre que los requerimientos de un bien de orden inferior no están en absoluto cubiertos o lo están solo de manera incompleta, los requerimientos de cada uno de los correspondientes bienes de orden superior se experimentan únicamente de forma conjunta con requerimientos cuantitativamente correspondientes de los demás bienes complementarios de orden superior.
Supongamos, por ejemplo, que, con requerimientos aún no cubiertos de 10.000 pares de zapatos para un periodo de tiempo dado, disponemos de las cantidades de herramientas, servicios de trabajo, etc. necesarias para la producción de esta cantidad de zapatos, pero solo del cuero suficiente para la producción de 5.000 pares. O bien supongamos que estamos en posición de disponer de todos los demás bienes de orden superior necesarios para la producción de 10.000 pares de zapatos, pero solo de los servicios de trabajo suficientes para la producción de 5.000 pares. En ambos casos, no cabe duda de que nuestros requerimientos plenos, respecto del periodo de tiempo dado, se extenderían a tales cantidades de los diversos bienes de orden superior necesarios para la producción de zapatos como bastaran para la producción de 10.000 pares. Nuestros requerimientos efectivos, sin embargo, respecto de los demás bienes complementarios, se extenderían, en cada caso, solo a tales cantidades como las que se necesitan para la producción de 5.000 pares. Los requerimientos restantes quedarían latentes, y solo se volverían efectivos si las otras cantidades complementarias faltantes llegaran también a estar disponibles.
De lo dicho derivamos el principio de que, respecto de periodos de tiempo futuros dados, nuestros requerimientos efectivos de bienes particulares de orden superior dependen de la disponibilidad de cantidades complementarias de los correspondientes bienes de orden superior.
Cuando las importaciones de algodón a Europa descendieron considerablemente a causa de la guerra civil estadounidense, los requerimientos de géneros de algodón permanecieron evidentemente bastante inalterados, ya que esa guerra no podía modificar de manera significativa las necesidades de estos bienes. En la medida en que había requerimientos futuros de géneros de algodón que no estaban ya cubiertos por productos manufacturados acabados, había también, en consecuencia, requerimientos de las correspondientes cantidades de bienes de orden superior necesarios para la producción de tela de algodón. De ahí que estos requerimientos tampoco pudieran, en conjunto, alterarse significativamente de modo alguno por la guerra civil. Pero, dado que la cantidad disponible de uno de los bienes necesarios de orden superior, a saber, el algodón en bruto, descendió considerablemente, la consecuencia natural fue que una parte de los anteriores requerimientos de los bienes complementarios del algodón en bruto respecto de la producción de tela de algodón (servicios de trabajo, máquinas, etc.) quedó latente, y los requerimientos efectivos de ellos disminuyeron hasta tales cantidades como las que eran necesarias para procesar las cantidades disponibles de algodón en bruto. Sin embargo, tan pronto como las importaciones de algodón en bruto se reanimaron de nuevo, los requerimientos efectivos de estos bienes experimentaron también un aumento, hasta la medida exacta, por supuesto, en que disminuyeron los requerimientos latentes.
Los inmigrantes, que traen consigo puntos de vista adquiridos en países de origen altamente desarrollados, incurren a menudo en el error de aspirar desde un principio a una extensa propiedad territorial en descuido de consideraciones más importantes, e incluso sin atender a si las correspondientes cantidades de los demás bienes, complementarios de la tierra, están disponibles en sus asentamientos. Y, sin embargo, nada es más cierto que el hecho de que solo pueden progresar en el uso de la tierra para la satisfacción de sus necesidades en la medida en que sean capaces de adquirir las correspondientes cantidades complementarias de grano de siembra, ganado, instrumentos agrícolas, etc. Su modo de actuar delata una ignorancia del principio anterior, que se hace sentir de forma tan inexorable que los hombres deben o bien someterse a su validez o bien soportar las consecuencias perjudiciales de su descuido.
Cuanto más progresa la civilización con una división del trabajo altamente desarrollada, tanto más se acostumbran las personas en las diversas ramas a producir cantidades de bienes de orden superior bajo el supuesto implícito y, por regla general, correcto de que otras personas producirán las correspondientes cantidades de los bienes complementarios. Los fabricantes de gemelos de teatro muy rara vez producen las lentes de vidrio, las cajas de marfil o de carey y las piezas de bronce que se emplean en el ensamblaje de los gemelos de teatro. Al contrario, es sabido que los productores de estos gemelos obtienen por lo general las partes separadas de fabricantes o artesanos especializados y solo ensamblan estas partes, añadiendo quizá unos pocos retoques finales. El tallista de vidrio que hace las lentes, el artesano de objetos de fantasía que hace las cajas de marfil o de carey, y el broncista que hace las piezas fundidas de bronce, todos operan bajo el supuesto implícito de que existen requerimientos de sus productos. Y, sin embargo, nada es más cierto que el hecho de que los requerimientos efectivos de los productos de cada uno de ellos dependen de la producción de las cantidades complementarias de tal modo que, si la producción de lentes de vidrio sufriera una interrupción, los requerimientos efectivos de los demás bienes de orden superior necesarios para la producción de telescopios, gemelos de teatro y bienes similares quedarían latentes. En este punto aparecerían perturbaciones económicas que los legos suelen considerar completamente anormales, pero que son, en realidad, enteramente conformes a las leyes económicas.
mentos iguales a las cantidades de bienes que serían necesarias para satisfacer sus necesidades. Los comerciantes e industriales suelen emplear el término «necesidades» en el sentido más estrecho de la palabra, y a menudo entienden por él la «demanda esperada» de un bien. También en este sentido se dice que existen necesidades de una mercancía «a un precio dado» pero no a otro precio, etc.
C. Los límites temporales dentro de los cuales se sienten las necesidades humanas.
En nuestra investigación actual, el único tema que aún resta por considerar es el problema del tiempo, y debemos demostrar para qué períodos de tiempo planifican los hombres efectivamente sus necesidades.
Sobre esta cuestión, está claro, en primer lugar, que nuestras necesidades de bienes de primer orden parecen quedar cubiertas, con referencia a un período de tiempo futuro dado, si, dentro de ese período de tiempo, estaremos en condiciones de tener directamente a nuestra disposición las cantidades de bienes de primer orden que requerimos. La situación es distinta si debemos cubrir nuestras necesidades de bienes de primer orden o, en general, de orden inferior de manera indirecta (es decir, mediante cantidades de los correspondientes bienes de orden superior), a causa del lapso de tiempo que es inevitable en todo proceso de producción. Designemos como Período I el período de tiempo que comienza ahora y se extiende hasta el momento en que un bien de primer orden puede producirse a partir de los correspondientes bienes de segundo orden de los que ahora disponemos. Llamemos Período II al período de tiempo que sigue al Período I y se extiende hasta el momento en que un bien de primer orden puede producirse a partir de los bienes de tercer orden ahora disponibles para nosotros. Y de modo similar, designemos los períodos de tiempo siguientes como III, IV, y así sucesivamente. De este modo queda definida una secuencia de períodos de tiempo para cada clase particular de bien. Para cada uno de estos períodos de tiempo tenemos necesidades inmediatas y directas del bien de primer orden, y estas necesidades quedan efectivamente cubiertas, puesto que, durante estos períodos de tiempo, llegamos a tener disposición directa de las cantidades necesarias del bien de primer orden.
Supongamos, sin embargo, que intentáramos cubrir nuestras necesidades de un bien de primer orden durante el Período II por medio de bienes de cuarto orden. Está claro que esto sería físicamente imposible, y que una provisión efectiva de nuestras necesidades del bien de primer orden dentro del período de tiempo postulado solo podría resultar del uso de bienes de primer o segundo orden.
La misma observación puede hacerse no solo respecto de nuestras necesidades de bienes de primer orden, sino respecto de nuestras necesidades de todos los bienes de orden inferior en relación con los bienes de orden superior disponibles. No podemos, por ejemplo, proveer nuestras necesidades de bienes de tercer orden durante el Período V obteniendo disposición, durante ese período de tiempo, de las correspondientes cantidades de bienes de sexto orden. Por el contrario, está claro que para tal fin habríamos tenido que obtener ya la disposición de estos últimos bienes durante el Período II.19
Si las necesidades de un pueblo de grano para el año en curso no quedaran directamente cubiertas a finales del otoño por las existencias de grano entonces disponibles, sería ya demasiado tarde para intentar emplear con ese fin la tierra disponible, los aperos agrícolas, los servicios de trabajo, etc. Pero el otoño sería el momento apropiado para proveer las necesidades de grano del año siguiente utilizando los mencionados bienes de orden superior. De modo similar, para cubrir nuestras necesidades de los servicios de trabajo de maestros competentes dentro de una década, debemos ya, en el momento presente, educar a personas capaces con ese fin.
Las necesidades humanas de bienes de orden superior, al igual que las de bienes de orden inferior, no son solo magnitudes que están determinadas cuantitativamente en estricta conformidad con leyes definidas, y que pueden estimarse de antemano por los hombres allí donde existe una necesidad práctica, sino que son también magnitudes que, dentro de ciertos límites temporales, los hombres efectivamente calculan con una exactitud suficiente para sus asuntos prácticos. Además, el testimonio del pasado demuestra que, sobre la base de la experiencia previa en cuanto a sus necesidades y en cuanto a los procesos de producción, los hombres mejoran continuamente su capacidad de estimar con mayor exactitud las cantidades de los diversos bienes que se necesitarán para satisfacer sus necesidades, así como los períodos de tiempo particulares dentro de los cuales surgirán estas necesidades de los diversos bienes.
2. Las cantidades disponibles
Si es generalmente correcto que la claridad acerca del objetivo de sus esfuerzos es un factor esencial en el éxito de toda actividad de los hombres, también es cierto que el conocimiento de las necesidades de bienes en períodos de tiempo futuros es el primer requisito para la planificación de toda actividad humana dirigida a la satisfacción de las necesidades. Cualesquiera que sean, por tanto, las condiciones externas bajo las cuales se desarrolla esta actividad de los hombres, su éxito dependerá principalmente de la correcta previsión de las cantidades de bienes que encontrarán necesarias en períodos de tiempo futuros, esto es, de la correcta formulación anticipada de sus necesidades. Está claro también que una completa falta de previsión haría enteramente imposible cualquier planificación de actividad dirigida a la satisfacción de las necesidades humanas.
El segundo factor que determina el éxito de la actividad humana es el conocimiento adquirido por los hombres de los medios de que disponen para la consecución de los fines deseados. Dondequiera, por tanto, que puedan observarse hombres en actividades dirigidas a la satisfacción de sus necesidades, se los ve seriamente preocupados por obtener un conocimiento lo más exacto posible de las cantidades de bienes de que disponen para tal fin. El modo en que proceden a hacerlo es el tema que nos ocupará en esta sección.
Las cantidades de bienes disponibles, en cualquier momento, para los diversos miembros de una sociedad están fijadas por las circunstancias existentes, y para determinar estas cantidades los únicos problemas que tienen son los de medir e inventariar los bienes de que disponen. El resultado ideal de estas dos variedades de actividad humana previsora es la enumeración completa de los bienes disponibles para ellos en un momento dado, su clasificación en categorías perfectamente homogéneas, y la determinación exacta del número de elementos de cada categoría. En la vida práctica, sin embargo, lejos de perseguir este ideal, los hombres acostumbran no intentar siquiera obtener resultados tan plenamente exactos como es posible en el estado existente de las artes de medir e inventariar, sino que se contentan con justo el grado de exactitud que es necesario para fines prácticos. Con todo, es una prueba significativa de la gran importancia práctica que el conocimiento exacto de las cantidades existentes de bienes disponibles tiene para muchas personas el que encontremos un grado bastante excepcional de exactitud de este conocimiento entre los comerciantes, los industriales, y aquellas personas en general que han desarrollado un alto grado de actividad previsora. Pero aun en los niveles más bajos de civilización encontramos cierta medida de conocimiento de las cantidades disponibles de bienes, ya que es evidente que una completa falta de este conocimiento haría imposible cualquier actividad previsora de los hombres dirigida a la satisfacción de sus necesidades.
En la medida en que los hombres se ocupan de la actividad de planificación dirigida a la satisfacción de sus necesidades, se esfuerzan por alcanzar claridad respecto de las cantidades de bienes de que disponen en cada momento. Dondequiera que ya existe un comercio considerable de bienes, por tanto, encontraremos a hombres intentando formarse un juicio sobre las cantidades de bienes actualmente disponibles para los demás miembros de la sociedad con quienes mantienen relaciones comerciales.
Mientras los hombres no mantengan entre sí un comercio considerable, cada hombre tiene evidentemente solo un pequeño interés en saber qué cantidades de bienes están en manos de otras personas. Tan pronto, sin embargo, como se desarrolla un comercio extenso, principalmente como resultado de la división del trabajo, y los hombres se encuentran dependientes en gran parte del intercambio para cubrir sus necesidades, adquieren naturalmente un interés muy evidente en estar informados no solo sobre todos los bienes en su propia posesión, sino también sobre los bienes de todas las demás personas con quienes mantienen relaciones comerciales, puesto que parte de las posesiones de estas otras personas les es entonces accesible, si no directamente, sí indirectamente (por vía del comercio).
Tan pronto como una sociedad alcanza cierto nivel de civilización, la creciente división del trabajo provoca el desarrollo de una clase profesional especial que opera como intermediaria en los intercambios y desempeña para los demás miembros de la sociedad no solo la parte mecánica de las operaciones comerciales (el transporte, la distribución, el almacenamiento de los bienes, etc.), sino también la tarea de llevar registro de las cantidades disponibles. Así observamos que una clase específica de personas tiene un interés profesional especial en recopilar datos sobre las cantidades de bienes, las llamadas existencias en el sentido más amplio de la palabra, actualmente a disposición de los diversos pueblos y naciones cuyo comercio median. Los datos que recopilan abarcan regiones comerciales más pequeñas o más grandes (condados o provincias aislados, o incluso países o continentes enteros) según la posición que los intermediarios en cuestión ocupan en la vida comercial. Tienen, además, interés en muchas otras clases generales de información, pero tendremos ocasión de tratar esto en un punto posterior.
El mantenimiento de tales registros estadísticos, en cuanto se refieren a las cantidades de bienes actualmente a disposición de grupos considerables de individuos, o incluso a disposición de naciones enteras o grupos de naciones, tropieza, sin embargo, con dificultades nada desdeñables, puesto que la determinación exacta de estas existencias solo puede hacerse mediante un censo. El procedimiento de un censo presupone un complicado aparato de funcionarios públicos, que cubra toda un área comercial y esté dotado de las facultades necesarias. Tal aparato solo pueden suministrarlo los gobiernos nacionales, y estos solo dentro de sus propios territorios. Además, un censo deja de ser eficiente incluso dentro de estos límites, como sabe todo experto, cuando se ocupa de bienes cuyas cantidades disponibles no son fácilmente accesibles a la enumeración oficial.
Los censos, además, solo pueden emprenderse cómodamente de cuando en cuando. En efecto, ordinariamente solo es posible emprenderlos a considerables intervalos de tiempo. De ahí que los datos obtenidos en un momento determinado para todos los bienes cuyas cantidades disponibles están sujetas a fuertes fluctuaciones no pocas veces hayan perdido ya su valor práctico, aunque las cifras puedan pretender fiabilidad.
La actividad gubernamental dirigida a la determinación de las cantidades de bienes disponibles en cada momento para un pueblo o nación dada está, por tanto, naturalmente circunscrita: (1) a los bienes cuyas cantidades están sujetas solo a ligeros cambios, como es el caso de la tierra, los edificios, los animales domésticos, los medios de transporte, etc., ya que un censo de tales elementos, levantado en un momento determinado, mantiene su validez también para momentos posteriores, y (2) a los bienes cuyas cantidades disponibles están sujetas a un grado tal de control público que la corrección de las cifras obtenidas queda con ello garantizada, al menos en cierta medida.
Con el notable interés que el mundo de los negocios, en las circunstancias que se acaban de describir, tiene en un conocimiento lo más exacto posible de las cantidades de bienes disponibles en ciertas áreas comerciales, es comprensible que no se contente con los incompletos resultados de esta actividad de los gobiernos, realizada, como lo está en su mayor parte, con escasa comprensión comercial y abarcando siempre solo países o partes de países particulares en lugar de áreas comerciales enteras. Por el contrario, el mundo de los negocios mismo intenta proporcionarse de manera independiente, y no pocas veces a costa de considerable sacrificio financiero, una información tan inclusiva y tan exacta como sea posible de las cantidades en cuestión. Esta necesidad ha producido muchos órganos al servicio de los intereses especiales del mundo de los negocios, cuya tarea consiste, en parte considerable, en informar a los miembros de cada rama de la producción sobre el estado actual de las existencias en las diversas áreas comerciales.
Entre estos órganos están los corresponsales que las grandes casas comerciales mantienen en los principales mercados de cada una de sus mercancías. Uno de los deberes principales de estos corresponsales es mantener a sus empleadores continuamente informados sobre la situación de las existencias de mercancías. Para toda mercancía importante existe asimismo un número considerable de informes comerciales publicados periódicamente que sirven al mismo propósito. Quien siga con atención los informes sobre el grano de Bell en Londres o de Meyer en Berlín, los informes sobre el azúcar de Licht en Magdeburgo, los informes sobre el algodón de Ellison y Haywood en Liverpool, etc., encontrará en ellos información fiable sobre el estado actual de las existencias de mercancías (y muchos otros datos de importancia para el mundo de los negocios, que trataré más adelante) basada en investigaciones de diversa índole y en ingenioso cálculo allí donde la investigación no es factible. Estas estimaciones de las existencias de mercancías tienen una influencia muy definida, como veremos, sobre los fenómenos económicos, en particular sobre la formación de los precios. Los informes sobre el algodón de Ellison y Haywood, por ejemplo, contienen información periódica sobre las existencias actuales de los distintos grados de algodón en Liverpool, en Inglaterra en general, en el continente, y en América, la India, Egipto y las demás regiones productoras; nos informan regularmente sobre las cantidades de algodón en proceso de transporte en alta mar (carga flotante), sobre los puertos a los que están consignadas, y sobre si las cantidades en Inglaterra están aún en manos de los mayoristas, ya en los almacenes de los hilanderos u otros compradores, o destinadas a la exportación, etc.
Estos informes se basan en censos públicos de toda clase, que el mundo de los negocios se esfuerza de inmediato por hacer aprovechables si resultan en algún grado dignos de confianza, en información reunida por corresponsales expertos en diversos lugares, y en parte también en las estimaciones de hombres de negocios experimentados de probada fiabilidad. Abarcan no solo las existencias disponibles en un momento dado, sino también las cantidades de bienes que se espera estén a disposición de los hombres en períodos de tiempo futuros.20 En los mencionados informes de Licht, por ejemplo, se encuentran no solo noticias de las fluctuaciones de las existencias de azúcar en todas las áreas comerciales en contacto con Alemania, sino también una recopilación exhaustiva de hechos relativos a la materia prima y a la producción manufacturera. En particular, se encuentran informes actuales sobre la superficie de tierra plantada de caña de azúcar y de remolacha azucarera, sobre el estado presente de las cosechas de caña y de remolacha, sobre la influencia esperada del clima en el momento y en los resultados cuantitativos y cualitativos de la cosecha, sobre la cosecha misma, sobre las capacidades de las fábricas y refinerías de azúcar, sobre el número de estas plantas que están en actividad y el número de las que están inactivas, sobre la cantidad de producción extranjera y nacional que se espera que llegue al mercado alemán y los momentos de llegada esperados, sobre los progresos técnicos en los métodos de producción de azúcar, sobre las perturbaciones en el aparato de distribución, etc. Datos similares sobre otras mercancías están contenidos en los demás informes comerciales mencionados en el párrafo anterior.
Tales informes suelen bastar para informar al mundo de los negocios sobre las cantidades disponibles de ciertas mercancías en las áreas comerciales más o menos extensas pertinentes para cada mercancía, y para proporcionarle una base para juzgar los cambios prospectivos en las existencias. Allí donde existen incertidumbres reales, los informes sirven para llamar la atención sobre esta circunstancia, de modo que, en todos los casos en que el resultado de una determinada transacción depende de la mayor o menor cantidad disponible de un bien, su carácter arriesgado es puesto en conocimiento del mundo de los negocios.
3. El origen de la economía humana y de los bienes económicos
A. Los bienes económicos.
En las dos secciones precedentes hemos visto cómo individuos aislados, así como los habitantes de países enteros y de grupos de países unidos por el comercio, intentan formarse un juicio, por un lado, sobre sus necesidades para períodos de tiempo futuros y, por otro, sobre las cantidades de bienes de que disponen para cubrir estas necesidades, a fin de obtener de este modo el fundamento indispensable para la actividad dirigida a la satisfacción de sus necesidades. La tarea a la que ahora nos volvemos es mostrar cómo los hombres, sobre la base de este conocimiento, dirigen las cantidades de bienes disponibles (bienes de consumo y medios de producción) a la mayor satisfacción posible de sus necesidades.
Una investigación de las necesidades de un bien y de las cantidades disponibles del mismo puede establecer la existencia de cualquiera de las tres relaciones siguientes:
(a) que las necesidades son mayores que la cantidad disponible.
(b) que las necesidades son menores que la cantidad disponible.
(c) que las necesidades y la cantidad disponible son iguales.
Podemos observar regularmente la primera de estas relaciones —en la que una parte de las necesidades de un bien debe necesariamente permanecer insatisfecha— en el número con mucho mayor de bienes. No me refiero aquí a los artículos de lujo, ya que, en ellos, esta relación parece evidente por sí misma. Pero incluso las prendas de vestir más bastas, los alojamientos y mobiliarios más ordinarios, los alimentos más comunes, etc., son bienes de esta clase. Incluso la tierra, las piedras, y las clases más insignificantes de desechos no están, por regla general, disponibles para nosotros en cantidades tan grandes que no pudiéramos emplear cantidades aún mayores de ellos.
Dondequiera que esta relación aparece respecto de un período de tiempo dado —esto es, dondequiera que los hombres reconocen que las necesidades de un bien son mayores que su cantidad disponible— alcanzan la ulterior comprensión de que ninguna parte de la cantidad disponible, de manera prácticamente significativa en algún sentido, puede perder sus propiedades útiles o ser sustraída al control humano sin causar que algunas necesidades humanas concretas, antes provistas, permanezcan insatisfechas, o sin causar que estas necesidades queden ahora satisfechas de manera menos completa que antes.
Los primeros efectos de esta comprensión sobre la actividad de los hombres empeñados en satisfacer sus necesidades de la manera más completa posible son que se esfuerzan: (1) por mantener a su disposición cada unidad de un bien que se halla en esta relación cuantitativa, y (2) por conservar sus propiedades útiles.
Un efecto ulterior del conocimiento de esta relación entre las necesidades y las cantidades disponibles es que los hombres adquieren conciencia, por un lado, de que en toda circunstancia una parte de sus necesidades del bien en cuestión permanecerá insatisfecha y, por otro, de que cualquier empleo inapropiado de cantidades parciales de este bien debe necesariamente tener por resultado que una parte de las necesidades que serían provistas mediante el empleo apropiado de la cantidad disponible quede insatisfecha.
En consecuencia, respecto de un bien sujeto a la relación que se discute, los hombres se esfuerzan, en la actividad previsora dirigida a la satisfacción de sus necesidades: (3) por hacer una elección entre sus necesidades más importantes, que satisfarán con la cantidad disponible del bien en cuestión, y las necesidades que deberán dejar insatisfechas, y (4) por obtener el mayor resultado posible con una cantidad dada del bien o un resultado dado con la menor cantidad posible —o, en otras palabras, por dirigir las cantidades de bienes de consumo de que disponen, y en particular las cantidades disponibles de los medios de producción, a la satisfacción de sus necesidades de la manera más apropiada.
El conjunto de las actividades humanas dirigidas a estos cuatro objetivos se denomina economizar, y los bienes que se hallan en la relación cuantitativa implicada en la discusión precedente son su objeto exclusivo. Estos bienes son bienes económicos en contraste con aquellos bienes respecto de los cuales los hombres no encuentran necesidad práctica de economizar —por razones que, como veremos más adelante, pueden remontarse a relaciones cuantitativas accesibles a la medición exacta, tal como esto se ha mostrado posible en el caso de los bienes económicos.
Pero antes de proceder a demostrar estas relaciones y los fenómenos de la vida en última instancia determinados por ellas, consideraremos un fenómeno de la vida social que ha asumido una significación inconmensurable para el bienestar humano y que, en sus causas últimas, brota de la misma relación cuantitativa que conocimos antes en esta sección.
Hasta aquí hemos presentado los fenómenos de la vida que resultan del hecho de que las necesidades de los hombres de muchos bienes son mayores que las cantidades disponibles para ellos, de un modo muy general y sin atención especial a la organización social de los hombres. Lo dicho hasta este punto se aplica, por tanto, por igual a un individuo aislado y a una sociedad entera, cualquiera que sea su forma de organización. Pero la vida social de los hombres, que persiguen sus intereses individuales aun como miembros de la sociedad, pone a la vista un fenómeno especial en el caso de todos los bienes cuyas cantidades disponibles son menores que las necesidades de los mismos. Una exposición de este fenómeno puede encontrar aquí su lugar.
Si la relación cuantitativa que examinamos se presenta en una sociedad (es decir, si las necesidades de una sociedad respecto de un bien son mayores que la cantidad disponible del mismo), resulta imposible, conforme a lo dicho anteriormente, que las respectivas necesidades de todos los individuos que componen la sociedad queden completamente satisfechas. Por el contrario, nada hay más cierto que el hecho de que las necesidades de algunos miembros de esta sociedad no serán satisfechas en absoluto o, en todo caso, lo serán solo de manera incompleta. Aquí el interés propio del hombre encuentra un incentivo para manifestarse, y allí donde la cantidad disponible no basta para todos, cada individuo intentará asegurar sus propias necesidades de la manera más completa posible, con exclusión de los demás.
En esta pugna, los distintos individuos alcanzarán grados de éxito muy diferentes. Pero cualquiera que sea el modo en que se repartan los bienes sujetos a esta relación cuantitativa, las necesidades de algunos miembros de la sociedad no quedarán satisfechas en absoluto, o solo lo estarán de manera incompleta. Por consiguiente, estas personas tendrán intereses opuestos a los de los actuales poseedores respecto de cada porción de la cantidad disponible de bienes. Pero con esta oposición de intereses se hace necesario que la sociedad proteja a los distintos individuos en la posesión de los bienes sujetos a esta relación contra todos los posibles actos de fuerza. De este modo, pues, llegamos al origen económico de nuestro actual orden jurídico, y en especial de la llamada protección de la posesión, fundamento de la propiedad.
Así, la economía humana y la propiedad tienen un origen económico común, puesto que ambas tienen, como razón última de su existencia, el hecho de que existen bienes cuyas cantidades disponibles son menores que las necesidades de los hombres. La propiedad, por tanto, al igual que la economía humana, no es una invención arbitraria, sino la única solución prácticamente posible del problema que, por la naturaleza misma de las cosas, nos impone la disparidad entre las necesidades de todos los bienes económicos y las cantidades disponibles de ellos.
En consecuencia, es imposible abolir la institución de la propiedad sin eliminar las causas que necesariamente la generan; es decir, sin aumentar simultáneamente las cantidades disponibles de todos los bienes económicos en tal medida que las necesidades de todos los miembros de la sociedad puedan satisfacerse por completo, o sin reducir las necesidades de los hombres lo suficiente como para que los bienes disponibles basten para la satisfacción completa de tales necesidades. Sin establecer semejante equilibrio entre las necesidades y las cantidades disponibles, un nuevo orden social podría, ciertamente, lograr que las cantidades disponibles de bienes económicos se emplearan en la satisfacción de las necesidades de personas distintas de las actuales. Pero mediante tal redistribución nunca podría superar el hecho de que habría personas cuyas necesidades de bienes económicos no quedarían satisfechas en absoluto, o lo serían solo de manera incompleta, y contra cuyos posibles actos de fuerza habría que proteger a los poseedores de bienes económicos. La propiedad, en este sentido, es por tanto inseparable de la economía humana en su forma social, y todos los planes de reforma social solo pueden orientarse razonablemente hacia una distribución adecuada de los bienes económicos, pero nunca hacia la abolición de la institución de la propiedad misma.
B. Bienes no económicos.
En la sección precedente he descrito los fenómenos cotidianos que resultan del hecho de que las necesidades de ciertos bienes son mayores que sus cantidades disponibles. Ahora demostraré los fenómenos que surgen de la relación opuesta; es decir, como consecuencia de una relación en la que las necesidades de los hombres respecto de un bien son menores que la cantidad de él disponible para ellos.
El primer resultado de esta relación es que los hombres no solo saben que la satisfacción de todas sus necesidades de tales bienes está completamente asegurada, sino que saben también que serán incapaces de agotar toda la cantidad disponible de tales bienes para la satisfacción de esas necesidades.
Supóngase que una aldea depende para su abastecimiento de agua de un arroyo de montaña con un caudal normal de 200.000 cubos de agua al día. Sin embargo, cuando hay tormentas de lluvia, y en primavera, cuando la nieve se derrite en las montañas, el caudal asciende a 300.000 cubos. En tiempos de mayor sequía desciende a tan solo 100.000 cubos de agua diarios. Supóngase además que los habitantes de la aldea, para beber y para otros usos, necesitan habitualmente 200, y a lo sumo 300, cubos diarios para la satisfacción completa de sus necesidades. Su necesidad máxima de 300 cubos contrasta con un mínimo disponible de al menos 100.000 cubos por día. En este y en todo otro caso en que se da una relación cuantitativa de esta clase, resulta claro no solo que la satisfacción de todas las necesidades del bien en cuestión está asegurada, sino también que los individuos que economizan podrán utilizar la cantidad disponible solo parcialmente para la satisfacción de sus necesidades. Es evidente, asimismo, que cantidades parciales de estos bienes pueden serles sustraídas, o pueden perder sus propiedades útiles, sin que de ello resulte disminución alguna en la satisfacción de sus necesidades, siempre que con ello no se invierta la mencionada relación cuantitativa. En consecuencia, los hombres que economizan no se hallan bajo la necesidad práctica ni de conservar cada unidad de tales bienes a su disposición ni de preservar sus propiedades útiles.
Tampoco pueden observarse el tercero y el cuarto de los fenómenos antes descritos de la actividad económica humana en el caso de bienes cuyas cantidades disponibles exceden las necesidades de ellos. Si existiera tal relación, ¿qué sentido tendría intentar elegir entre las necesidades que los hombres habrían de satisfacer con la cantidad disponible y las necesidades que se resignarían a dejar insatisfechas, cuando son incapaces de agotar la cantidad total disponible para ellos aun con la satisfacción más completa de todas sus necesidades? ¿Y qué podría mover a los hombres a lograr el mayor resultado posible con cada cantidad de tales bienes, y un resultado cualquiera dado con la menor cantidad posible?
Resulta claro, por consiguiente, que todas las diversas formas en que se expresa la actividad económica humana están ausentes en el caso de los bienes cuyas cantidades disponibles son mayores que las necesidades de ellos, con la misma naturalidad con que necesariamente estarán presentes en el caso de los bienes sujetos a la relación cuantitativa opuesta. De ahí que no sean objeto de la economía humana, y por esta razón los llamamos bienes no económicos.
Hasta aquí hemos considerado de manera general la relación que subyace al carácter no económico de los bienes; es decir, sin atender a la actual organización social de los hombres. Queda solo la tarea de señalar los fenómenos sociales especiales que resultan de esta relación cuantitativa.
Como hemos visto, el esfuerzo de los miembros individuales de una sociedad por alcanzar el dominio de cantidades de bienes suficientes para sus necesidades con exclusión de todos los demás miembros tiene su origen en el hecho de que la cantidad de ciertos bienes disponible para la sociedad es menor que las necesidades de ellos. Puesto que, por tanto, es imposible, cuando existe tal relación, satisfacer por completo las necesidades de todos los individuos, cada individuo se siente impulsado a satisfacer sus propias necesidades con exclusión de todos los demás individuos que economizan. Así, cuando todos los miembros de una sociedad compiten por una cantidad dada de bienes que, bajo cualquier circunstancia, es insuficiente para satisfacer completamente todas las necesidades de los distintos individuos, una solución práctica de este conflicto de intereses solo es concebible, como hemos visto, si las diversas porciones de la cantidad total de que dispone la sociedad pasan a la posesión de algunos de los individuos que economizan, y si estos individuos son protegidos por la sociedad en su posesión con exclusión de todos los demás individuos de la economía.
La situación respecto de los bienes que no tienen carácter económico es profundamente distinta. Aquí las cantidades de bienes de que dispone la sociedad son mayores que sus necesidades, con el resultado de que todos los individuos pueden satisfacer por completo sus respectivas necesidades, y porciones de la cantidad disponible de bienes quedan sin uso porque son inútiles para la satisfacción de las necesidades humanas. En tales circunstancias, no existe necesidad práctica alguna de que un individuo asegure una parte del conjunto suficiente para satisfacer sus necesidades, puesto que el mero reconocimiento de la relación cuantitativa responsable del carácter no económico de los bienes en cuestión le da garantía suficiente de que, aun cuando todos los demás miembros de la sociedad satisfagan por completo sus necesidades de estos bienes, le quedarán todavía cantidades más que suficientes para satisfacer las suyas.
Como enseña la experiencia, los esfuerzos de los individuos aislados en la sociedad no se dirigen, por tanto, a asegurarse la posesión de cantidades de bienes no económicos para la satisfacción de sus propias necesidades individuales con exclusión de otros individuos. Estos bienes no son, en consecuencia, ni objeto de la economía ni objeto del deseo humano de propiedad. Por el contrario, podemos observar de hecho un cuadro de comunismo respecto de todos los bienes que se hallan en la relación causante del carácter no económico; pues los hombres son comunistas siempre que ello es posible en las condiciones naturales existentes. En las localidades situadas a orillas de ríos con más agua de la que desean los habitantes para la satisfacción de sus necesidades, todos acuden al río a extraer cualquier cantidad de agua deseada. En los bosques vírgenes, todos toman sin estorbo la cantidad de madera que necesitan. Y cada uno admite en su casa tanta luz y tanto aire como considera oportuno. Este comunismo se funda con la misma naturalidad en una relación no económica con que la propiedad se funda en una que es económica.
C. La relación entre bienes económicos y no económicos.
En las dos secciones precedentes examinamos la naturaleza y el origen de la economía humana, y demostramos que la diferencia entre bienes económicos y no económicos se funda en último término en una diferencia, susceptible de determinación exacta, en la relación entre las necesidades de estos bienes y sus cantidades disponibles.
Pero una vez establecido esto, resulta también evidente que el carácter económico o no económico de los bienes no es nada inherente a ellos ni propiedad alguna de ellos, y que, por tanto, todo bien, sin atender a sus propiedades internas o a sus atributos externos, adquiere carácter económico cuando entra en la relación cuantitativa explicada más arriba, y lo pierde cuando esta relación se invierte.21
El carácter económico no está en modo alguno restringido a los bienes que son objeto de la economía humana en un contexto social. Si las necesidades de un individuo aislado respecto de un bien son mayores que la cantidad del bien disponible para él, lo observaremos conservar la posesión de cada unidad a su disposición, preservándola para emplearla del modo más apropiado a la satisfacción de sus necesidades, y haciendo una elección entre las necesidades que satisfará con la cantidad disponible para él y las necesidades que dejará insatisfechas. Hallaremos también que ese mismo individuo no tiene razón alguna para ocuparse de esta actividad respecto de los bienes que están disponibles para él en cantidades que exceden sus necesidades. De ahí que existan bienes económicos y no económicos también para un individuo aislado. La causa del carácter económico de un bien no puede, por tanto, ser el hecho de que sea un «objeto de cambio» o un «objeto de propiedad». Tampoco puede el hecho de que algunos bienes sean productos del trabajo mientras que otros nos son dados por la naturaleza sin trabajo presentarse con mayor justicia como criterio para distinguir el carácter económico del no económico, a pesar de que se haya dedicado mucho razonamiento ingenioso a intentar interpretar en un sentido contrario los fenómenos reales que contradicen esta tesis. Pues la experiencia nos dice que muchos bienes en los que no se ha empleado trabajo alguno (tierras de aluvión, fuerza hidráulica, etc.) exhiben carácter económico siempre que están disponibles en cantidades que no cubren nuestras necesidades. Tampoco el hecho de que una cosa sea producto del trabajo determina por sí solo, necesariamente, que tenga carácter de bien, y mucho menos carácter económico. De ahí que el trabajo empleado en la producción de un bien no pueda ser el criterio del carácter económico. Por el contrario, es evidente que este criterio debe buscarse exclusivamente en la relación entre las necesidades de los bienes y sus cantidades disponibles.
La experiencia, además, nos enseña que bienes de la misma clase no muestran carácter económico en algunos lugares, pero son bienes económicos en otros lugares, y que bienes de la misma clase y en el mismo lugar adquieren y pierden su carácter económico al cambiar las circunstancias.
Mientras que las cantidades de agua potable fresca en regiones abundantes en manantiales, la madera en bruto en los bosques vírgenes, y en algunos países incluso la tierra, no tienen carácter económico, estos mismos bienes exhiben carácter económico en otros lugares al mismo tiempo. No menos numerosos son los ejemplos de bienes que no tienen carácter económico en un determinado tiempo y lugar, pero que, en este mismo lugar, adquieren carácter económico en otro tiempo. Estas diferencias entre los bienes y su variabilidad no pueden, por tanto, fundarse en las propiedades de los bienes. Por el contrario, uno puede, si tiene dudas, convencerse en todos los casos, mediante un examen exacto y cuidadoso de estas relaciones, de que cuando bienes de la misma clase tienen un carácter distinto en dos lugares diferentes al mismo tiempo, la relación entre las necesidades y las cantidades disponibles es distinta en esos dos lugares, y de que dondequiera que, en un lugar, bienes que originalmente tenían carácter no económico se convierten en bienes económicos, o donde tiene lugar lo contrario, se ha producido un cambio en esta relación cuantitativa.
Según nuestro análisis, solo puede haber dos clases de razones por las cuales un bien no económico se convierte en un bien económico: un aumento de las necesidades humanas o una disminución de la cantidad disponible.
Las causas principales de un aumento de las necesidades son: (1) el crecimiento de la población, especialmente si se produce en un área limitada; (2) el crecimiento de las necesidades humanas, como resultado del cual las necesidades de una población dada aumentan; y (3) los avances en el conocimiento que los hombres tienen de la conexión causal entre las cosas y su bienestar, como resultado de los cuales surgen nuevos fines útiles para los bienes.
Apenas necesito señalar que todos estos fenómenos acompañan la transición de la humanidad de niveles inferiores a niveles superiores de civilización. De ello se sigue, como consecuencia natural, que con el avance de la civilización los bienes no económicos muestran una tendencia a adquirir carácter económico, principalmente porque uno de los factores implicados es la magnitud de las necesidades humanas, que aumentan con el desarrollo progresivo de la civilización. Si a esto se añade una disminución de las cantidades disponibles de bienes que antes no exhibían carácter económico (la madera, por ejemplo, mediante la tala o la devastación de los bosques asociadas a ciertas fases del desarrollo cultural), nada hay más natural que el hecho de que los bienes cuyas cantidades disponibles en un nivel anterior de civilización superaban con mucho las necesidades, y que por ello no mostraban carácter económico, se conviertan con el paso del tiempo en bienes económicos. En muchos lugares, especialmente en el nuevo mundo, esta transición del carácter no económico al económico puede probarse históricamente para muchos bienes, en especial la madera y la tierra. En efecto, la transición puede observarse aun en el presente. A pesar de que la información en este campo es solo fragmentaria, creo que en Alemania, en otro tiempo tan densamente arbolada, pocos lugares se encontrarán en los que los habitantes no hayan experimentado, en algún momento, esta transición; en el caso de la leña, por ejemplo.
De lo dicho resulta claro que todos los cambios por los cuales los bienes económicos se convierten en bienes no económicos y, a la inversa, por los cuales estos últimos se convierten en bienes económicos, pueden reducirse simplemente a un cambio en la relación entre las necesidades y las cantidades disponibles.
Los bienes que ocupan una posición intermedia entre los bienes económicos y los no económicos respecto de las características que exhiben pueden reclamar un interés científico especial.
En esta clase hay que contar, ante todo, aquellos bienes que en los países altamente civilizados son producidos por el Estado y ofrecidos al uso público en cantidades tan grandes que cualquier cantidad deseada de ellos está a disposición incluso del miembro más pobre de la sociedad, con el resultado de que no adquieren carácter económico para los consumidores.
La instrucción de la escuela pública, por ejemplo, en una sociedad altamente desarrollada es habitualmente un bien de esta índole. El agua potable pura y sana es también considerada un bien de tal importancia por los habitantes de muchas ciudades que, allí donde la naturaleza no la pone abundantemente a disposición, se la conduce mediante acueductos a las fuentes públicas en cantidades tan grandes que no solo quedan completamente cubiertas las necesidades de agua potable de los habitantes, sino que, por regla general, se dispone también de cantidades considerables por encima de tales necesidades. Mientras que la instrucción impartida por un maestro es un bien económico para quienes necesitan tal instrucción en sociedades de bajo nivel de civilización, este mismo bien se convierte en un bien no económico en sociedades más altamente desarrolladas, puesto que es provisto por el Estado. De modo análogo, en muchas grandes ciudades el agua potable pura y sana, que antes tenía carácter económico para los consumidores, se convierte en un bien no económico.
A la inversa, los bienes que están naturalmente disponibles en cantidades que exceden las necesidades pueden adquirir carácter económico para sus consumidores si un individuo poderoso excluye a los demás miembros de la economía de adquirirlos y usarlos libremente. En los países densamente arbolados hay muchas aldeas rodeadas de bosques naturales abundantes en madera. En tales lugares, la cantidad disponible de madera excede con mucho las necesidades de los habitantes, y la madera sin cortar no tendría carácter económico en el curso natural de los acontecimientos. Pero cuando una persona poderosa se apodera del bosque entero, o de la mayor parte de él, puede regular las cantidades de madera efectivamente disponibles para los habitantes de su aldea de tal modo que la madera adquiera, no obstante, carácter económico para ellos. En los muy boscosos Cárpatos, por ejemplo, hay numerosos lugares donde los campesinos (los antiguos siervos) deben comprar la madera que necesitan a los grandes terratenientes, aun cuando estos dejan pudrir en el bosque, cada año, muchos miles de troncos porque las cantidades de que disponen exceden con mucho sus necesidades presentes. Este, sin embargo, es un caso en que bienes que no poseerían carácter económico en el curso natural de los acontecimientos se convierten artificialmente en bienes económicos para los consumidores. En tales circunstancias, estos bienes manifiestan efectivamente todos los fenómenos de la vida económica que son característicos de los bienes económicos.22
Por último, pertenecen a esta categoría bienes que no exhiben carácter económico en el presente, pero que, en vista de desarrollos futuros, ya son considerados por los hombres que economizan como bienes económicos en muchos aspectos. Más precisamente, si la cantidad disponible de un bien no económico disminuye continuamente, o si las necesidades de él aumentan continuamente, y la relación entre las necesidades y la cantidad disponible es tal que puede preverse la transición final del bien en cuestión del estatus no económico al económico, los individuos que economizan harán por lo común de porciones de la cantidad disponible objeto de su actividad económica. Lo harán incluso cuando aún prevalezca efectivamente la relación cuantitativa responsable del carácter no económico del bien, y, cuando vivan como miembros de una sociedad, se garantizarán por lo común sus necesidades individuales tomando posesión de cantidades correspondientes a esas necesidades. El mismo razonamiento se aplica a los bienes no económicos cuyas cantidades disponibles están sujetas a fluctuaciones tan violentas que solo el dominio de cierto excedente en tiempos normales asegura el dominio de las necesidades en tiempos de escasez. Se aplica también a todos los bienes no económicos respecto de los cuales el límite entre las necesidades y las cantidades disponibles es ya tan estrecho (a esta categoría pertenece, ante todo, el tercer caso mencionado en la p. 94) que cualquier mal uso o ignorancia por parte de algunos miembros de la economía puede fácilmente resultar perjudicial para los demás, o cuando consideraciones especiales (consideraciones de comodidad o de limpieza, por ejemplo) hacen aparentemente conveniente la apropiación de cantidades parciales de los bienes no económicos. Por estas y otras razones semejantes, el fenómeno de la propiedad puede observarse también en el caso de bienes que todavía se nos presentan, respecto de otros aspectos de la vida económica, como bienes no económicos.
Por último, quisiera dirigir la atención de mis lectores a una circunstancia de gran importancia para juzgar el carácter económico de los bienes. Me refiero a las diferencias en la calidad de los bienes. Si la cantidad total disponible de un bien no basta para satisfacer las necesidades de él, toda parte apreciable de la cantidad total se convierte en objeto de la economía humana y, por tanto, en un bien económico, sea cual fuere su calidad. Y si las cantidades disponibles de un bien son mayores que las necesidades de él, y hay por consiguiente porciones de las existencias totales que no se emplean para la satisfacción de necesidad alguna, todas las unidades del bien deben, conforme a lo que ya se ha dicho sobre la naturaleza de los bienes no económicos, tener carácter no económico, si todas son exactamente de la misma calidad. Pero si algunas porciones de las existencias disponibles de un bien presentan ciertas ventajas sobre las demás porciones, y estas ventajas son de tal índole que diversas necesidades humanas pueden satisfacerse mejor o, en general, de modo más completo empleando estas porciones en lugar de las otras, menos útiles, puede ocurrir que los bienes de mejor calidad alcancen carácter económico, mientras que los otros bienes (inferiores) sigan presentando carácter no económico. Así, en un país con sobreabundancia de tierra, por ejemplo, la tierra que es preferible por la composición del suelo o en razón de su ubicación puede haber alcanzado ya carácter económico, mientras que las tierras peores siguen presentando carácter no económico. Y en una ciudad situada junto a un río de agua potable de calidad inferior, ciertas cantidades de agua de manantial pueden ser ya objetos de la economía individual cuando el agua del río no muestra aún carácter económico.
Así pues, si a veces comprobamos que distintas porciones de la totalidad de las existencias de un bien difieren en su carácter al mismo tiempo, la razón, también en este caso, radica siempre únicamente en el hecho de que las cantidades disponibles de los bienes de mejor grado son menores que las necesidades, mientras que los bienes peores están disponibles en cantidades que exceden las necesidades (necesidades no cubiertas por los bienes de mejor grado). Tales casos no constituyen, por tanto, excepciones, sino que son, por el contrario, una confirmación de los principios expuestos en este capítulo.
D. Las leyes que rigen el carácter económico de los bienes.
En nuestra investigación de las leyes que rigen las necesidades humanas hemos llegado al resultado de que la existencia de necesidades de bienes de orden superior depende: (1) de que tengamos necesidades de los correspondientes bienes de orden inferior, y también (2) de que estas necesidades de bienes de orden inferior no estén ya satisfechas, o al menos no estén completamente satisfechas. Hemos definido el bien económico como un bien cuya cantidad disponible no satisface por completo las necesidades, y de este modo obtenemos el principio de que la existencia de necesidades de bienes de orden superior depende de que los correspondientes bienes de orden inferior tengan carácter económico.
En los lugares donde el agua potable pura y sana está presente en cantidades que exceden las necesidades de la población, y donde, por tanto, este bien no presenta carácter económico, no pueden surgir necesidades de los diversos utensilios o medios de transporte que sirven exclusivamente para acarrear o canalizar y filtrar el agua potable. Y en las regiones en que hay una sobreabundancia natural de leña (árboles, para ser exactos), y en las cuales, por consiguiente, este bien tiene carácter no económico, evidentemente faltan desde un principio todas las necesidades de bienes de orden superior aptos exclusivamente para la producción de leña. En cambio, en las regiones donde la leña o el agua potable tienen carácter económico, sin duda existirán necesidades de los correspondientes bienes de orden superior.
Pero si ya se ha establecido que las necesidades humanas de bienes de orden superior están determinadas por el carácter económico de los correspondientes bienes de orden inferior, y que las necesidades de bienes de orden superior no pueden surgir en absoluto si estos no son aplicables a la producción de bienes económicos, se sigue que las necesidades de bienes de orden superior nunca podrán, en tal caso, llegar a ser mayores que sus cantidades disponibles, por pequeñas que estas sean, y que, por tanto, es imposible desde un principio que alcancen carácter económico.
De aquí derivamos el principio general de que el carácter económico de los bienes de orden superior depende del carácter económico de los bienes de orden inferior para cuya producción sirven. Dicho de otro modo, ningún bien de orden superior puede alcanzar carácter económico ni conservarlo, a menos que sea apto para la producción de algún bien económico de orden inferior.
Si, por consiguiente, se consideran bienes de orden inferior que presentan carácter económico, y si se plantea la cuestión de cuáles son las causas últimas de su carácter económico, sería una inversión completa de la verdadera relación suponer que son bienes económicos porque los bienes empleados en producirlos presentaban carácter económico antes de emprender el proceso de producción. Tal suposición contradiría, en primer lugar, toda la experiencia, que nos enseña que, a partir de bienes de orden superior cuyo carácter económico está fuera de toda duda, pueden producirse cosas completamente inútiles, y que, a consecuencia de la ignorancia económica, de hecho se producen: cosas que ni siquiera tienen carácter de bien, y mucho menos carácter económico. Además, pueden concebirse casos en que, a partir de bienes económicos de orden superior, se produzcan cosas que tengan carácter de bien pero no carácter económico. A modo de ilustración, basta con imaginar a personas que emplean costosos bienes económicos para producir madera en selvas vírgenes, para almacenar agua potable en regiones que abundan en manantiales de agua dulce, o para fabricar aire, ¡etc.!
El carácter económico de un bien no puede, pues, ser consecuencia de la circunstancia de que haya sido producido a partir de bienes económicos de orden superior, y esta explicación tendría que rechazarse en todo caso, aun cuando no incurriera en una ulterior contradicción interna. La explicación del carácter económico de los bienes de orden inferior por el de los bienes de orden superior no es más que una pseudoexplicación y, aparte de ser incorrecta y contraria a toda experiencia, ni siquiera cumple las condiciones formales para la explicación de un fenómeno. Si explicamos el carácter económico de los bienes de primer orden por el de los bienes de segundo orden, el de estos por el carácter económico de los bienes de tercer orden, y este de nuevo por el carácter económico de los bienes de cuarto orden, y así sucesivamente, la solución del problema no avanza fundamentalmente ni un solo paso, puesto que la cuestión de la última y verdadera causa del carácter económico de los bienes sigue quedando siempre sin respuesta.
Nuestra explicación anterior demuestra, sin embargo, que el hombre, con sus necesidades y con su dominio de los medios para satisfacerlas, es él mismo el punto en que la vida económica humana a la vez comienza y termina. Inicialmente, el hombre experimenta necesidades de bienes de primer orden, y hace de aquellos cuyas cantidades disponibles son menores que sus necesidades los objetos de su actividad económica (es decir, los trata como bienes económicos), mientras que no encuentra ningún incentivo práctico para incorporar los demás bienes a la esfera de su actividad económica.
Más tarde, el pensamiento y la experiencia conducen a los hombres a percepciones cada vez más profundas de las conexiones causales entre las cosas, y especialmente de las relaciones entre las cosas y su bienestar. Aprenden a usar bienes de segundo, tercer y órdenes superiores. Pero con estos bienes, como con los bienes de primer orden, comprueban que algunos están disponibles en cantidades que exceden sus necesidades, mientras que con otros prevalece la relación contraria. De ahí que dividan también los bienes de orden superior en un grupo que incluyen en la esfera de su actividad económica y otro grupo que no sienten ninguna necesidad práctica de tratar de este modo. Este es el origen del carácter económico de los bienes de orden superior.
4. La riqueza
Anteriormente (p. 76) llamamos «la suma total de los bienes de que dispone una persona» a su propiedad. La suma total de los bienes económicos de que dispone un individuo económicamente activo23 la llamaremos, en cambio, su riqueza.24,25 Los bienes no económicos de que dispone un individuo económicamente activo no son objetos de su economía y, por tanto, no deben considerarse partes de su riqueza. Vimos que los bienes económicos son bienes cuyas cantidades disponibles son menores que las necesidades de ellos. La riqueza puede, por consiguiente, definirse también como la suma total de los bienes de que dispone un individuo económicamente activo, cuyas cantidades son menores que las necesidades de ellos. Así pues, si existiera una sociedad en la que todos los bienes estuvieran disponibles en cantidades que excedieran las necesidades de ellos, no habría bienes económicos ni «riqueza» alguna. Aunque la riqueza es, por tanto, una medida del grado de plenitud con que una persona puede satisfacer sus necesidades en comparación con otras personas que desarrollan actividad económica en las mismas condiciones, nunca es una medida absoluta de su bienestar,26 pues el más alto bienestar de todos los individuos y de la sociedad se alcanzaría si las cantidades de bienes a disposición de la sociedad fueran tan grandes que nadie tuviera necesidad de riqueza.
Estas observaciones tienen por objeto introducir la solución de un problema que, por las aparentes contradicciones a que conduce, es capaz de suscitar desconfianza acerca de la exactitud de los principios de nuestra ciencia. El problema surge del hecho de que un aumento continuo de las cantidades de bienes económicos disponibles para los individuos económicamente activos haría necesariamente que estos bienes acabaran por perder su carácter económico y, de este modo, que los componentes de la riqueza sufrieran una disminución. De ahí la extraña contradicción de que un aumento continuo de los objetos de la riqueza tendría, como consecuencia final necesaria, una disminución de la riqueza.27
Supongamos que la cantidad de cierta agua mineral disponible para un pueblo sea menor que las necesidades de ella. Las diversas porciones de este bien de que disponen las distintas personas económicamente activas, así como los propios manantiales minerales, son por tanto bienes económicos y, en consecuencia, partes constitutivas de la riqueza. Supongamos ahora que esta agua medicinal comenzara de repente a manar en varios arroyos en medida tan abundante que perdiera su anterior carácter económico. Nada hay más cierto que el hecho de que las cantidades de agua mineral de que disponían los individuos económicamente activos antes de este suceso, así como los propios manantiales minerales, dejarían ahora de ser componentes de la riqueza. Sería pues, en efecto, el caso de que un aumento progresivo de las partes componentes de la riqueza habría provocado finalmente una disminución de la riqueza.
Esta paradoja resulta sumamente impresionante a primera vista, pero, considerada con mayor precisión, se revela como meramente aparente. Como vimos antes, los bienes económicos son bienes cuyas cantidades disponibles son menores que las necesidades de ellos. Son bienes de los que hay una deficiencia parcial, y la riqueza de los individuos económicamente activos no es sino la suma de estos bienes. Si sus cantidades disponibles aumentan progresivamente hasta que finalmente pierden su carácter económico, ya no existe deficiencia alguna, y salen de la categoría de bienes que constituyen la riqueza de los individuos económicamente activos; es decir, abandonan la clase de bienes de los que hay una deficiencia parcial. No hay ciertamente contradicción alguna en el hecho de que el aumento progresivo de un bien del que antes había deficiencia traiga finalmente como resultado que el bien deje de escasear.
Al contrario, que el aumento progresivo de los bienes económicos deba conducir finalmente a una reducción del número de bienes de los que antes había deficiencia es una proposición tan inmediatamente evidente para todos como la proposición contraria: que una disminución prolongada de bienes (no económicos) disponibles en abundancia debe finalmente hacerlos escasos en algún grado, y por tanto componentes de la riqueza, la cual queda así aumentada.
La paradoja anterior, que se planteó no solo respecto a la magnitud de los objetos de la riqueza, sino, de manera análoga, también respecto al valor y al precio de los bienes económicos,28 es, por consiguiente, meramente aparente, y se funda en una interpretación errónea de la naturaleza de la riqueza y de sus componentes.
Hemos definido la riqueza como la suma total de los bienes económicos de que dispone un individuo económicamente activo. La existencia de cualquier elemento de riqueza presupone, por tanto, un individuo económicamente activo, o en todo caso uno en cuyo beneficio se realizan actos de economía. Las cantidades de bienes económicos destinadas a un fin específico no son, pues, riqueza en el sentido económico de la palabra. La ficción de una persona jurídica puede ser válida para los fines de la práctica jurídica, o incluso para los fines de las construcciones jurídicas, pero no para nuestra ciencia, que rechaza decididamente toda ficción. Los llamados «fondos fiduciarios»29 son, por tanto, cantidades de bienes económicos consagradas a fines específicos, pero no son riqueza en el sentido económico de la palabra.
Esto nos lleva a la cuestión de la naturaleza de la riqueza pública. Los Estados, las provincias, los municipios y las asociaciones en general tienen a su disposición cantidades de bienes económicos para satisfacer sus necesidades, para realizar sus fines. Aquí la ficción de una persona jurídica no es necesaria para el economista político. Sin recurrir a ficción alguna, puede observar una unidad económicamente activa, una organización social, cuyo personal administra ciertos bienes económicos de que dispone con el propósito de satisfacer sus necesidades, y los dirige hacia este objetivo. Por ello, nadie vacilará en admitir la existencia de una riqueza estatal, provincial, municipal y corporativa.
La situación es distinta con lo que se designa mediante el término «riqueza nacional». Aquí no tenemos que vérnoslas con la suma total de los bienes económicos de que dispone una nación para la satisfacción de sus necesidades, administrados por empleados del gobierno y consagrados por ellos a sus fines, sino con la totalidad de los bienes de que disponen los distintos individuos y asociaciones económicamente activos de una sociedad para sus fines individuales. Tenemos, pues, que vérnoslas con un concepto que se desvía en varios aspectos importantes de lo que denominamos riqueza.
Si empleamos la ficción de concebir la totalidad de las personas económicamente activas de una sociedad, cada una afanándose por la satisfacción de sus necesidades particulares, y no pocas veces movidas por intereses opuestos a los intereses de las demás, como una sola gran unidad económicamente activa, y si suponemos además que las cantidades de bienes económicos de que disponen los distintos individuos económicamente activos no se aplican a la satisfacción de sus necesidades particulares, sino a la satisfacción de las necesidades de la totalidad de los individuos que componen la economía, entonces llegamos, por supuesto, al concepto de una suma de bienes económicos de que dispone una unidad económicamente activa (aquí, de que dispone la sociedad) y que están disponibles con el propósito de satisfacer sus necesidades colectivas. Tal concepto podría correctamente designarse con el término riqueza nacional. Pero bajo nuestras presentes disposiciones sociales, la suma de los bienes económicos de que disponen los individuos económicamente activos de la sociedad con el propósito de satisfacer sus necesidades individuales particulares evidentemente no constituye una riqueza en el sentido económico del término, sino más bien un complejo de riquezas vinculadas entre sí por el trato y el comercio humanos.30
La necesidad de una designación científica para la suma de bienes que acaba de mencionarse es, sin embargo, tan justa, y el término «riqueza nacional» para ese concepto está tan generalmente aceptado y sancionado por el uso, que serviríamos mal a esta necesidad si abandonáramos el término existente a medida que adquirimos mayor claridad sobre la verdadera naturaleza de la llamada riqueza nacional.
Solo es necesario, pues, que nos guardemos del error que ha de surgir si no prestamos atención a la distinción aquí examinada. En todas las cuestiones en que el asunto es meramente la determinación cuantitativa de la llamada riqueza nacional, la suma de las riquezas de los individuos de la nación puede designarse como riqueza nacional. Pero cuando se trata de inferencias que van de la magnitud de la riqueza nacional al bienestar de un pueblo, o de fenómenos que resultan de los contactos entre los distintos individuos económicamente activos, el concepto de riqueza nacional en el sentido literal del término ha de conducir necesariamente a frecuentes errores. En todos estos casos, la riqueza nacional debe considerarse más bien como un complejo compuesto de las riquezas de los miembros de la sociedad, y debemos dirigir nuestra atención a las diferentes magnitudes de estas riquezas individuales.