La teoría general del bien
Todas las cosas están sujetas a la ley de causa y efecto. Este gran principio no conoce excepción, y en vano buscaríamos en el ámbito de la experiencia un ejemplo en contrario. El progreso humano no tiene tendencia alguna a ponerlo en duda, sino más bien el efecto de confirmarlo y de ampliar siempre más el conocimiento del alcance de su validez. Su reconocimiento continuado y creciente está, por tanto, estrechamente ligado al progreso humano.
La propia persona, además, y cualquiera de sus estados son eslabones de esta gran estructura universal de relaciones. Es imposible concebir un cambio de la propia persona de un estado a otro de otro modo que no sea sometido a la ley de la causalidad. Si, por tanto, se pasa de un estado de necesidad a un estado en que la necesidad queda satisfecha, deben existir causas suficientes para este cambio. Deben actuar fuerzas en el interior del propio organismo que remedien el estado perturbado, o deben existir cosas externas que actúen sobre él y que, por su naturaleza, sean capaces de producir el estado que llamamos satisfacción de nuestras necesidades.
A las cosas que pueden ponerse en una conexión causal con la satisfacción de las necesidades humanas las denominamos cosas útiles.3 Si, sin embargo, reconocemos esta conexión causal y poseemos además el poder de dirigir efectivamente las cosas útiles a la satisfacción de nuestras necesidades, las llamamos bienes.4
Para que una cosa llegue a ser un bien, o dicho de otro modo, para que adquiera el carácter de bien, los cuatro requisitos siguientes deben estar presentes simultáneamente:
- Una necesidad humana.
- Tales propiedades que hagan a la cosa capaz de ser puesta en una conexión causal con la satisfacción de esta necesidad.
- El conocimiento humano de esta conexión causal.
- Un dominio de la cosa suficiente para dirigirla a la satisfacción de la necesidad.
Solo cuando estos cuatro requisitos están presentes simultáneamente puede una cosa llegar a ser un bien. Cuando falta siquiera uno de ellos, una cosa no puede adquirir el carácter de bien,5 y una cosa que ya posee el carácter de bien lo perdería de inmediato si tan solo uno de los cuatro requisitos dejara de estar presente.6
De ahí que una cosa pierda su carácter de bien: (1) si, a causa de un cambio en las necesidades humanas, desaparecen las necesidades concretas que la cosa es capaz de satisfacer, (2) cuando la capacidad de la cosa para ser puesta en una conexión causal con la satisfacción de las necesidades humanas se pierde como resultado de un cambio en sus propias propiedades, (3) si desaparece el conocimiento de la conexión causal entre la cosa y la satisfacción de las necesidades humanas, o (4) si los hombres pierden el dominio de ella de manera tan completa que ya no pueden aplicarla directamente a la satisfacción de sus necesidades y carecen de medios para restablecer su poder de hacerlo.
Puede observarse una situación especial siempre que cosas incapaces de ser puestas en cualquier tipo de conexión causal con la satisfacción de las necesidades humanas son, no obstante, tratadas por los hombres como bienes. Esto ocurre (1) cuando se atribuyen erróneamente a las cosas atributos, y por tanto capacidades, que en realidad no poseen, o (2) cuando se supone equivocadamente que existen necesidades humanas inexistentes. En ambos casos tenemos que vérnoslas con cosas que, en realidad, no se hallan en la relación ya descrita como determinante del carácter de bien de las cosas, sino que lo hacen únicamente en las opiniones de las personas. Entre las cosas de la primera clase se cuentan la mayoría de los cosméticos, todos los amuletos, la mayor parte de los medicamentos administrados a los enfermos por los pueblos de las civilizaciones tempranas y por los primitivos aún hoy, las varitas adivinatorias, los filtros de amor, etc. Pues todas estas cosas son incapaces de satisfacer efectivamente las necesidades a las que se supone que sirven. Entre las cosas de la segunda clase se cuentan los medicamentos para enfermedades que en realidad no existen, los utensilios, las estatuas, los edificios, etc., empleados por los pueblos paganos para el culto a los ídolos, los instrumentos de tortura y cosas semejantes. Tales cosas, por tanto, que derivan su carácter de bien meramente de propiedades que se imagina que poseen o de necesidades meramente imaginadas por los hombres, pueden denominarse con propiedad bienes imaginarios.7
A medida que un pueblo alcanza niveles más altos de civilización, y a medida que los hombres penetran más profundamente en la verdadera constitución de las cosas y de su propia naturaleza, el número de bienes verdaderos se hace constantemente mayor y, como fácilmente puede comprenderse, el número de bienes imaginarios se hace progresivamente menor. No es una prueba sin importancia de la conexión entre el conocimiento exacto y el bienestar humano el hecho de que la experiencia muestre que el número de los llamados bienes imaginarios suele ser mayor entre los pueblos más pobres en bienes verdaderos.
De especial interés científico son los bienes que algunos autores de nuestra disciplina han tratado como una clase especial de bienes denominada «relaciones».8 En esta categoría se incluyen las empresas, el fondo de comercio, los monopolios, los derechos de copia, las patentes, las licencias comerciales, los derechos de autor, y también, según algunos autores, los vínculos familiares, la amistad, el amor, las comunidades religiosas y científicas, etc. Bien puede concederse que cierto número de estas relaciones no admite una prueba rigurosa de su carácter de bien. Pero que muchas de ellas, tales como las empresas, los monopolios, los derechos de copia, el fondo de comercio derivado de la clientela y cosas semejantes, son efectivamente bienes lo muestra, aun sin recurrir a una prueba ulterior, el hecho de que con frecuencia las encontramos como objetos de comercio. No obstante, si el teórico que más de cerca se ha consagrado a este tema9,10 admite que la clasificación de estas relaciones como bienes tiene algo de extraño y aparece ante el ojo no prevenido como una anomalía, debe de haber, en mi opinión, una razón algo más profunda para tales dudas que el funcionamiento inconsciente del sesgo materialista de nuestra época, que considera cosas, y por tanto también bienes, únicamente a los materiales y las fuerzas (objetos tangibles y servicios de trabajo).
Los estudiosos del derecho han señalado en varias ocasiones que nuestro idioma carece de un término para las «acciones útiles» en general, y solo dispone de uno para los «servicios de trabajo». Sin embargo, existe toda una serie de acciones, e incluso de meras inacciones, que no pueden llamarse servicios de trabajo pero que son, no obstante, decididamente útiles para ciertas personas, para quienes pueden tener incluso un considerable valor económico. Que alguien me compre mercancías, o se sirva de mis servicios jurídicos, ciertamente no constituye un servicio de trabajo por su parte, pero es, no obstante, una acción beneficiosa para mí. Que un médico acomodado cese el ejercicio de la medicina en un pequeño pueblo rural en el que no hay más que otro médico además de él puede llamarse con aún menos justicia un servicio de trabajo. Pero es ciertamente una inacción de considerable beneficio para el médico restante, que de ese modo se convierte en monopolista.
Que un número mayor o menor de personas realice regularmente acciones beneficiosas para alguien (un número de clientes respecto de un comerciante, por ejemplo) no altera la naturaleza de estas acciones. Y que ciertas inacciones por parte de algunos o de todos los habitantes de una ciudad o de un Estado, que son útiles para alguien, se produzcan voluntariamente o por coacción legal (monopolios naturales o legales, derechos de copia, marcas comerciales, etc.), no altera en modo alguno la naturaleza de estas inacciones útiles. Desde un punto de vista económico, por tanto, lo que se denomina clientelas, fondo de comercio, monopolios, etc., son las acciones o inacciones útiles de otras personas o (como en el caso de las empresas, por ejemplo) agregados de bienes materiales, servicios de trabajo y otras acciones e inacciones útiles. Incluso las relaciones de amistad y de amor, las comunidades religiosas y cosas semejantes consisten, evidentemente, en acciones o inacciones de otras personas que nos son beneficiosas.
Si, como sucede con el fondo de comercio derivado de la clientela, las empresas, los derechos de monopolio, etc., estas acciones o inacciones útiles son de tal índole que podemos disponer de ellas, no hay razón alguna para que no las clasifiquemos como bienes, sin que sea necesario recurrir al oscuro concepto de «relaciones» ni contraponer estas «relaciones» a todos los demás bienes como una categoría especial. Por el contrario, todos los bienes pueden, a mi juicio, dividirse en las dos clases de bienes materiales (incluidas todas las fuerzas de la naturaleza en la medida en que son bienes) y de acciones humanas útiles (e inacciones), de las cuales las más importantes son los servicios de trabajo.
2. Las conexiones causales entre los bienes
Antes de pasar a otros temas, me parece de eminente importancia para nuestra ciencia que lleguemos a esclarecer las conexiones causales entre los bienes. En la nuestra, como en todas las demás ciencias, solo se hará un progreso verdadero y duradero cuando dejemos de considerar los objetos de nuestras observaciones científicas como meros sucesos inconexos e intentemos descubrir sus conexiones causales y las leyes a las que están sujetos. El pan que comemos, la harina con la que horneamos el pan, el grano que molemos para hacer harina y el campo en el que se cultiva el grano: todas estas cosas son bienes. Pero el conocimiento de este hecho no basta para nuestros propósitos. Por el contrario, es necesario, al modo de todas las demás ciencias empíricas, intentar clasificar los diversos bienes según sus características inherentes, conocer el lugar que cada bien ocupa en el nexo causal de los bienes y, por último, descubrir las leyes económicas a las que están sujetos.
Nuestro bienestar en cualquier momento dado, en la medida en que depende de la satisfacción de nuestras necesidades, queda asegurado si tenemos a nuestra disposición los bienes requeridos para su satisfacción directa. Si, por ejemplo, disponemos de la cantidad necesaria de pan, estamos en condiciones de satisfacer directamente nuestra necesidad de alimento. La conexión causal entre el pan y la satisfacción de una de nuestras necesidades es, así, directa, y una comprobación del carácter de bien del pan conforme a los principios expuestos en la sección precedente no presenta dificultad alguna. Lo mismo vale para todos los demás bienes que pueden emplearse directamente para la satisfacción de nuestras necesidades, tales como las bebidas, la ropa, las joyas, etc.
Pero todavía no hemos agotado la lista de las cosas cuyo carácter de bien reconocemos. Pues además de los bienes que sirven directamente a nuestras necesidades (y que, en aras de la brevedad, en adelante llamaremos «bienes de primer orden»), encontramos en nuestra economía un gran número de otras cosas que no pueden ponerse en ninguna conexión causal directa con la satisfacción de nuestras necesidades, pero que poseen el carácter de bien con no menor certeza que los bienes de primer orden. En nuestros mercados, junto al pan y a otros bienes capaces de satisfacer directamente las necesidades humanas, vemos también cantidades de harina, de combustible y de sal. Comprobamos que los útiles y herramientas para la producción del pan, y los servicios de trabajo cualificado necesarios para su uso, se comercian con regularidad. Todas estas cosas, o en todo caso con mucho la mayor parte de ellas, son incapaces de satisfacer las necesidades humanas de manera directa alguna, pues ¿qué necesidad humana podría satisfacerse con un servicio de trabajo concreto de un oficial panadero, con un utensilio de panadería o incluso con una cantidad de harina ordinaria? Que estas cosas sean, no obstante, tratadas como bienes en la economía humana, igual que los bienes de primer orden, se debe al hecho de que sirven para producir pan y otros bienes de primer orden y, por consiguiente, son indirectamente, aunque no directamente, capaces de satisfacer las necesidades humanas. Lo mismo vale para miles de otras cosas que no tienen la capacidad de satisfacer directamente las necesidades humanas, pero que se emplean, no obstante, para la producción de bienes de primer orden y pueden, así, ponerse en una conexión causal indirecta con la satisfacción de las necesidades humanas. Estas consideraciones prueban que la relación responsable del carácter de bien de estas cosas, que llamaremos bienes de segundo orden, es fundamentalmente la misma que la de los bienes de primer orden. El hecho de que los bienes de primer orden tengan una relación causal directa, y los bienes de segundo orden una relación causal indirecta, con la satisfacción de nuestras necesidades no da lugar a ninguna diferencia en la esencia de esa relación, puesto que el requisito para la adquisición del carácter de bien es la existencia de alguna conexión causal entre las cosas y la satisfacción de las necesidades humanas, mas no necesariamente de una que sea directa.
Llegados a este punto, podría mostrarse fácilmente que ni siquiera con estos bienes hemos agotado la lista de las cosas cuyo carácter de bien reconocemos, y que, para continuar con nuestro ejemplo anterior, los molinos de grano, el trigo, el centeno y los servicios de trabajo aplicados a la producción de la harina, etc., aparecen como bienes de tercer orden, mientras que los campos, los instrumentos y aparejos necesarios para su cultivo y los servicios de trabajo concretos de los agricultores aparecen como bienes de cuarto orden. Creo, sin embargo, que la idea que vengo exponiendo es ya suficientemente clara.
En la sección anterior vimos que una relación causal entre una cosa y la satisfacción de necesidades humanas es uno de los requisitos de su carácter de bien. El pensamiento desarrollado en esta sección puede resumirse en la proposición de que no constituye un requisito del carácter de bien de una cosa el que pueda establecerse una conexión causal directa con la satisfacción de necesidades humanas. Se ha mostrado que los bienes que mantienen una relación causal indirecta con la satisfacción de necesidades humanas difieren en la cercanía de dicha relación. Pero también se ha mostrado que esta diferencia no afecta en modo alguno a la esencia del carácter de bien. En este contexto se estableció una distinción entre bienes de primer, segundo, tercer, cuarto y órdenes superiores.
De nuevo es necesario que nos guardemos, desde el principio, de una interpretación errónea de lo que se ha dicho. En la discusión general del carácter de bien ya señalé que el carácter de bien no es una propiedad inherente a los bienes mismos. La misma advertencia debe formularse también aquí, donde nos ocupamos del orden o lugar que un bien ocupa en el nexo causal de los bienes. Designar el orden de un bien determinado no es sino indicar que ese bien, en algún empleo particular, mantiene una relación causal más cercana o más lejana con la satisfacción de una necesidad humana. Por consiguiente, el orden de un bien no es nada inherente al bien mismo y mucho menos una propiedad suya.
Así pues, no atribuyo ningún peso especial a los órdenes asignados a los bienes, ni aquí ni en la exposición que sigue acerca de las leyes que rigen los bienes, aunque la asignación de estos órdenes, si se comprende correctamente, se convertirá en una ayuda importante para la exposición de un tema difícil e importante. Pero sí deseo subrayar especialmente la importancia de comprender la relación causal entre los bienes y la satisfacción de necesidades humanas y, según la naturaleza de esta relación en casos particulares, la conexión causal más o menos directa de los bienes con dichas necesidades.
3. Las leyes que rigen el carácter de bien
A. El carácter de bien de los bienes de orden superior depende de la disposición sobre los bienes complementarios correspondientes.
Cuando tenemos bienes de primer orden a nuestra disposición, está en nuestro poder emplearlos directamente para la satisfacción de nuestras necesidades. Si tenemos a nuestra disposición los bienes de segundo orden correspondientes, está en nuestro poder transformarlos en bienes de primer orden y, de este modo, servirnos de ellos de manera indirecta para la satisfacción de nuestras necesidades. De igual modo, si solo tuviéramos a nuestra disposición bienes de tercer orden, tendríamos el poder de transformarlos en los bienes de segundo orden correspondientes, y estos, a su vez, en los bienes de primer orden correspondientes. Tendríamos, por tanto, el poder de utilizar los bienes de tercer orden para la satisfacción de nuestras necesidades, aun cuando este poder deba ejercerse transformándolos en bienes de órdenes sucesivamente inferiores. La misma proposición vale para todos los bienes de orden superior, y no podemos dudar de que poseen carácter de bien si está en nuestro poder utilizarlos efectivamente para la satisfacción de nuestras necesidades.
Este último requisito, sin embargo, encierra una limitación de no escasa importancia con respecto a los bienes de orden superior. Pues nunca está en nuestro poder servirnos de un bien particular de orden superior para la satisfacción de nuestras necesidades a menos que dispongamos también de los demás bienes (complementarios) de orden superior.
Supongamos, por ejemplo, que un individuo que economiza no posee pan directamente, pero tiene a su disposición todos los bienes de segundo orden necesarios para producirlo. No cabe duda de que, no obstante, tendrá el poder de satisfacer su necesidad de pan. Supóngase, sin embargo, que esa misma persona dispone de la harina, la sal, la levadura, los servicios de trabajo e incluso de todas las herramientas y aparatos necesarios para la producción del pan, pero carece tanto de combustible como de agua. En este segundo caso es evidente que ya no tiene el poder de utilizar los bienes de segundo orden en su posesión para la satisfacción de su necesidad, puesto que el pan no puede elaborarse sin combustible ni agua, aun cuando todos los demás bienes necesarios estén a mano. Por consiguiente, los bienes de segundo orden perderán en este caso de inmediato su carácter de bien con respecto a la necesidad de pan, pues falta uno de los cuatro requisitos para la existencia de su carácter de bien (en este caso, el cuarto requisito).
Es posible que las cosas cuyo carácter de bien se ha perdido con respecto a la necesidad de pan conserven su carácter de bien con respecto a otras necesidades, si su poseedor tiene el poder de utilizarlas para la satisfacción de necesidades distintas de su necesidad de pan, o si son capaces, por sí mismas, de satisfacer directa o indirectamente una necesidad humana a pesar de la falta de uno o más bienes complementarios. Pero si la falta de uno o más bienes complementarios hace imposible que los bienes de segundo orden disponibles se utilicen, ya sea por sí solos o en combinación con otros bienes disponibles, para la satisfacción de cualquier necesidad humana, perderán por completo su carácter de bien. Pues los hombres que economizan dejarán de tener el poder de dirigir los bienes en cuestión a la satisfacción de sus necesidades, y falta, por tanto, uno de los requisitos esenciales de su carácter de bien.
Nuestra investigación arroja hasta aquí, como primer resultado, la proposición de que el carácter de bien de los bienes de segundo orden depende de que los hombres dispongan de los bienes complementarios del mismo orden con respecto a la producción de al menos un bien de primer orden.
La cuestión de la dependencia del carácter de bien de los bienes de orden superior al segundo respecto de la disponibilidad de bienes complementarios es más compleja. Pero la complejidad adicional no reside en modo alguno en la relación de los bienes de orden superior con los bienes correspondientes del orden inmediatamente inferior (la relación de los bienes de tercer orden con los bienes de segundo orden correspondientes, o la de los bienes de quinto orden con los de cuarto orden, por ejemplo). Pues la más breve consideración de la relación causal entre estos bienes ofrece una analogía completa con la relación que acabamos de demostrar entre los bienes de segundo orden y los bienes del orden inmediatamente inferior (el primero). El principio del párrafo anterior puede extenderse con toda naturalidad a la proposición de que el carácter de bien de los bienes de orden superior depende directamente de que se disponga de bienes complementarios del mismo orden con respecto a la producción de al menos un bien del orden inmediatamente inferior.
La complejidad adicional que surge con los bienes de orden superior al segundo reside más bien en el hecho de que ni siquiera la disposición sobre todos los bienes requeridos para la producción de un bien del orden inmediatamente inferior establece necesariamente su carácter de bien, a menos que los hombres dispongan también de todos sus bienes complementarios de este orden inmediatamente inferior y de todos los órdenes aún más bajos. Supóngase que alguien dispone de todos los bienes de tercer orden requeridos para producir un bien de segundo orden, pero no tiene a su disposición los demás bienes complementarios de segundo orden. En este caso, ni siquiera la disposición sobre todos los bienes de tercer orden requeridos para la producción de un único bien de segundo orden le dará el poder de dirigir efectivamente esos bienes de tercer orden a la satisfacción de necesidades humanas. Aunque tiene el poder de transformar los bienes de tercer orden (cuyo carácter de bien se halla aquí en cuestión) en bienes de segundo orden, no tiene el poder de transformar los bienes de segundo orden en los bienes de primer orden correspondientes. No tendrá, por tanto, el poder de dirigir los bienes de tercer orden a la satisfacción de sus necesidades y, al haber perdido este poder, los bienes de tercer orden pierden de inmediato su carácter de bien.
Es evidente, por consiguiente, que el principio antes enunciado —el carácter de bien de los bienes de orden superior depende directamente de que se disponga de bienes complementarios del mismo orden con respecto a la producción de al menos un bien del orden inmediatamente inferior— no comprende todos los requisitos para el establecimiento del carácter de bien de las cosas, puesto que la disposición sobre todos los bienes complementarios del mismo orden no nos da por sí sola el poder de dirigir estas cosas a la satisfacción de nuestras necesidades. Si tenemos bienes de tercer orden a nuestra disposición, su carácter de bien depende, en efecto, directamente de que podamos transformarlos en bienes de segundo orden. Pero un requisito ulterior de su carácter de bien es nuestra capacidad de transformar a su vez los bienes de segundo orden en bienes de primer orden, lo cual implica el requisito todavía ulterior de que debamos disponer de ciertos bienes complementarios de segundo orden.
Las relaciones de los bienes de cuarto, quinto y órdenes aún superiores son del todo análogas. También aquí el carácter de bien de cosas tan alejadas de la satisfacción de necesidades humanas depende directamente de la disponibilidad de bienes complementarios del mismo orden. Pero depende asimismo de que dispongamos de los bienes complementarios del orden inmediatamente inferior, a su vez de los bienes complementarios del orden inferior a este, y así sucesivamente, de tal modo que esté en nuestro poder dirigir efectivamente los bienes de orden superior a la producción de un bien de primer orden y, con ello, finalmente, a la satisfacción de una necesidad humana. Si designamos la suma total de los bienes que se requieren para utilizar un bien de orden superior en la producción de un bien de primer orden como sus bienes complementarios en el sentido más amplio del término, obtenemos el principio general de que el carácter de bien de los bienes de orden superior depende de que podamos disponer de sus bienes complementarios en este sentido más amplio del término.
Nada puede poner ante nuestros ojos con mayor viveza la gran interconexión causal entre los bienes que este principio de la interdependencia mutua de los bienes.
Cuando, en 1862, la Guerra de Secesión norteamericana agotó la fuente más importante de algodón de Europa, miles de otros bienes que eran complementarios del algodón perdieron su carácter de bien. Me refiero en particular a los servicios de trabajo de los obreros de las hilanderías de algodón ingleses y continentales, que entonces, en su mayor parte, quedaron desempleados y se vieron obligados a pedir la caridad pública. Los servicios de trabajo (de los que disponían estos obreros capaces) siguieron siendo los mismos, pero grandes cantidades de ellos perdieron su carácter de bien, puesto que su bien complementario, el algodón, no estaba disponible, y los servicios de trabajo específicos no podían, por sí solos y en su mayor parte, dirigirse a la satisfacción de ninguna necesidad humana. Pero estos servicios de trabajo se convirtieron de inmediato de nuevo en bienes cuando su bien complementario volvió a estar disponible como consecuencia del aumento de las importaciones de algodón, en parte procedente de otras fuentes de suministro y en parte, tras el fin de la Guerra de Secesión norteamericana, de la antigua fuente.
A la inversa, los bienes pierden con frecuencia su carácter de bien porque los hombres no disponen de los servicios de trabajo necesarios, complementarios de ellos. En los países escasamente poblados, y en particular en los países que cultivan una cosecha predominante como el trigo, suele producirse una escasez muy grave de servicios de trabajo tras cosechas especialmente buenas, tanto porque los trabajadores agrícolas, poco numerosos y viviendo dispersos, encuentran pocos incentivos para el trabajo duro en tiempos de abundancia, como porque la labor de recolección, a consecuencia del cultivo exclusivo del trigo, se concentra en un período de tiempo muy breve. En tales condiciones (en las fértiles llanuras de Hungría, por ejemplo), donde las exigencias de servicios de trabajo, dentro de un breve intervalo de tiempo, son muy grandes pero los servicios de trabajo disponibles no son suficientes, grandes cantidades de grano se echan a perder a menudo en los campos. La razón de ello es que faltan los bienes complementarios de las cosechas que están en pie en los campos (los servicios de trabajo necesarios para recolectarlas), con el resultado de que las cosechas mismas pierden su carácter de bien.
Cuando la economía de un pueblo está muy desarrollada, los diversos bienes complementarios se hallan por lo general en manos de personas distintas. Los productores de cada artículo individual suelen llevar adelante su actividad de un modo mecánico, mientras que los productores de los bienes complementarios advierten igual de poco que el carácter de bien de las cosas que producen o fabrican depende de la existencia de otros bienes que no están en su posesión. El error de que los bienes de orden superior poseen carácter de bien por sí mismos, y sin atender a la disponibilidad de bienes complementarios, surge con suma facilidad en países donde, a causa de un comercio activo y una economía muy desarrollada, casi todo producto llega a existir bajo la suposición tácita y, por regla general, del todo inconsciente del productor de que otras personas, vinculadas a él por el comercio, proveerán los bienes complementarios en el momento oportuno. Solo cuando esta suposición tácita se ve defraudada por un cambio de condiciones tal que las leyes que rigen los bienes hacen manifiestamente patente su operación, se interrumpen las habituales transacciones comerciales mecánicas, y solo entonces la atención pública se vuelve hacia estas manifestaciones y hacia sus causas subyacentes.
B. El carácter de bien de los bienes de orden superior se deriva del de los bienes correspondientes de orden inferior.
El examen de la naturaleza y las conexiones causales de los bienes, tal como las he presentado en las dos primeras secciones, conduce al reconocimiento de una ley ulterior que los bienes obedecen como tales, es decir, sin atención a su carácter económico.
Se ha mostrado que la existencia de necesidades humanas es uno de los requisitos esenciales del carácter de bien, y que, si las necesidades humanas con cuya satisfacción puede ponerse una cosa en conexión causal desaparecen por completo, el carácter de bien de la cosa se pierde de inmediato, a menos que surjan para ella nuevas necesidades.
De lo dicho acerca de la naturaleza de los bienes se desprende directamente que los bienes de primer orden pierden su carácter de bien de inmediato si las necesidades que antes servían para satisfacer desaparecen todas sin que surjan para ellos nuevas necesidades. El problema se vuelve más complejo cuando nos volvemos hacia toda la gama de bienes causalmente conectados con la satisfacción de una necesidad humana e indagamos el efecto de la desaparición de esta necesidad sobre el carácter de bien de los bienes de orden superior causalmente conectados con su satisfacción.
Supongamos que la necesidad del consumo humano directo de tabaco desapareciera a consecuencia de un cambio en los gustos, y que al mismo tiempo desaparecieran también todas las demás necesidades que el tabaco ya preparado para el consumo humano pudiera servir para satisfacer. En tal caso, es seguro que todos los productos de tabaco ya disponibles, en la forma final apta para el consumo humano, perderían de inmediato su carácter de bien. Pero ¿qué sucedería con los bienes de orden superior correspondientes? ¿Cuál sería la situación con respecto a las hojas de tabaco en bruto, las herramientas y los aparatos empleados en la producción de las diversas clases de tabaco, los servicios de trabajo especializados empleados en la industria y, en suma, con respecto a todos los bienes de segundo orden empleados en la producción de tabaco destinado al consumo humano? ¿Cuál sería, además, la situación con respecto a las semillas de tabaco, las plantaciones de tabaco, los servicios de trabajo y las herramientas y aparatos empleados en la producción de tabaco en bruto, y todos los demás bienes que pueden considerarse bienes de tercer orden en relación con la necesidad de tabaco? ¿Cuál sería, en fin, la situación con respecto a los bienes correspondientes de cuarto, quinto y órdenes superiores?
El carácter de bien de una cosa depende, como hemos visto, de que sea capaz de ponerse en conexión causal con la satisfacción de necesidades humanas. Pero también hemos visto que una conexión causal directa entre una cosa y la satisfacción de una necesidad no es en absoluto un requisito necesario de su carácter de bien. Al contrario, un gran número de cosas deriva su carácter de bien del hecho de que mantienen tan solo una relación causal más o menos indirecta con la satisfacción de necesidades humanas.
Si queda establecido que la existencia de necesidades humanas susceptibles de satisfacción es un requisito del carácter de bien en todos los casos, queda al mismo tiempo también demostrado el principio de que el carácter de bien de las cosas se pierde de inmediato al desaparecer las necesidades que antes servían para satisfacer. Este principio es válido tanto si los bienes pueden ponerse en conexión causal directa con la satisfacción de necesidades humanas, como si derivan su carácter de bien de una conexión causal más o menos indirecta con la satisfacción de necesidades humanas. Es claro que, con la desaparición de las necesidades correspondientes, deja de existir todo el fundamento de la relación que hemos visto ser responsable del carácter de bien de las cosas.
Así, la quinina dejaría de ser un bien si desaparecieran las enfermedades que sirve para curar, puesto que la única necesidad con cuya satisfacción está causalmente conectada dejaría de existir. Pero la desaparición de la utilidad de la quinina tendría la consecuencia ulterior de que una gran parte de los bienes de orden superior correspondientes quedaría también privada de su carácter de bien. Los habitantes de los países productores de quinina, que actualmente se ganan la vida cortando y descortezando árboles de quina, descubrirían de pronto que no solo sus existencias de corteza de quina, sino también, en consecuencia, sus árboles de quina, las herramientas y aparatos aplicables únicamente a la producción de quinina y, sobre todo, los servicios de trabajo especializados mediante los cuales antes se ganaban la vida, perderían de golpe su carácter de bien, puesto que, en las circunstancias cambiadas, todas estas cosas ya no tendrían relación causal alguna con la satisfacción de necesidades humanas.
Si, a consecuencia de un cambio en los gustos, la necesidad de tabaco desapareciera por completo, la primera consecuencia sería que todas las existencias de productos de tabaco acabados quedarían privadas de su carácter de bien. Una consecuencia ulterior sería que las hojas de tabaco en bruto, las máquinas, herramientas e instrumentos aplicables exclusivamente al procesamiento del tabaco, los servicios de trabajo especializados empleados en la producción de productos de tabaco, las existencias disponibles de semillas de tabaco, etc., perderían su carácter de bien. Los servicios, hoy tan bien remunerados, de los agentes que poseen tanta destreza en la clasificación y comercialización de los tabacos en lugares como Cuba, Manila, Puerto Rico y La Habana, así como los servicios de trabajo especializados de las numerosas personas que, tanto en Europa como en aquellos países lejanos, se emplean en la fabricación de cigarros, dejarían de ser bienes. Incluso las cajas de tabaco, los humidores, toda clase de pipas de tabaco, las boquillas de pipa, etc., perderían su carácter de bien. Este fenómeno aparentemente muy complejo se explica por el hecho de que todos los bienes enumerados arriba derivan su carácter de bien de su conexión causal con la satisfacción de la necesidad humana de tabaco. Con la desaparición de esta necesidad, queda destruido uno de los fundamentos en que descansa su carácter de bien.
Pero los bienes de primer orden con frecuencia, y los bienes de orden superior por regla general, derivan su carácter de bien no de una sola, sino de conexiones causales más o menos numerosas con la satisfacción de necesidades humanas. Los bienes de orden superior no pierden, por tanto, su carácter de bien si tan solo una, o si, en general, tan solo una parte de estas necesidades deja de estar presente. Al contrario, es evidente que este efecto tendrá lugar únicamente si desaparecen todas las necesidades con cuya satisfacción están causalmente relacionados los bienes de orden superior, pues de lo contrario su carácter de bien continuaría existiendo, en estricta conformidad con la ley económica, con respecto a las necesidades con cuya satisfacción han seguido estando causalmente relacionados incluso bajo las condiciones cambiadas. Pero aun en este caso, su carácter de bien continúa existiendo solo en la medida en que sigan manteniendo una relación causal con la satisfacción de necesidades humanas, y desaparecería de inmediato si las necesidades restantes también dejaran de existir.
Para continuar el ejemplo anterior, si la necesidad de las personas de consumir tabaco dejara por completo de existir, el tabaco ya manufacturado en productos aptos para el consumo humano, y probablemente también las existencias de hojas de tabaco en bruto, las semillas de tabaco y muchos otros bienes de orden superior que tienen una conexión causal con la satisfacción de la necesidad de tabaco, quedarían por completo privados de su carácter de bien. Pero no todos los bienes de orden superior empleados por la industria del tabaco correrían necesariamente esta suerte. La tierra y los aperos agrícolas empleados en el cultivo del tabaco, por ejemplo, y quizá también muchas herramientas y máquinas empleadas en la fabricación de productos de tabaco, conservarían su carácter de bien con respecto a otras necesidades humanas, puesto que pueden ponerse en conexión causal con estas otras necesidades incluso después de la desaparición de la necesidad de tabaco.
La ley según la cual el carácter de bien de los bienes de orden superior se deriva del carácter de bien de los bienes de orden inferior correspondientes en cuya producción sirven no debe considerarse una modificación que afecte a la sustancia del principio primario, sino meramente una reformulación de ese principio en una forma más concreta.
En lo que precede hemos considerado en términos generales todos los bienes que están causalmente conectados tanto entre sí como con la satisfacción de las necesidades humanas. El objeto de nuestra investigación era la cadena causal entera hasta el último eslabón, la satisfacción de las necesidades humanas. Una vez enunciado el principio de la presente sección, podemos ahora, en la sección siguiente, dirigir nuestra atención a unos pocos eslabones de la cadena cada vez —prescindiendo, por ejemplo, de la conexión causal entre los bienes de tercer orden y la satisfacción de las necesidades humanas por el momento, y observando solo la conexión causal de los bienes de ese orden con los bienes correspondientes de cualquier orden superior que elijamos.
4. El tiempo y el error
El proceso por el cual los bienes de orden superior se transforman progresivamente en bienes de orden inferior y por el cual estos se dirigen finalmente a la satisfacción de las necesidades humanas no es, como hemos visto en las secciones precedentes, irregular, sino que está sujeto, como todos los demás procesos de cambio, a la ley de la causalidad. La idea de causalidad, sin embargo, es inseparable de la idea de tiempo. Un proceso de cambio implica un comienzo y un devenir, y estos solo son concebibles como procesos en el tiempo. Por consiguiente, es seguro que nunca podremos comprender plenamente las interconexiones causales de los diversos acontecimientos de un proceso, ni el proceso mismo, a menos que lo consideremos en el tiempo y le apliquemos la medida del tiempo. Así pues, en el proceso de cambio por el cual los bienes de orden superior se transforman gradualmente en bienes de primer orden, hasta que estos últimos producen finalmente el estado llamado satisfacción de las necesidades humanas, el tiempo es un rasgo esencial de nuestras observaciones.
Cuando tenemos a nuestra disposición los bienes complementarios de algún orden superior particular, debemos transformarlos primero en bienes del siguiente orden inferior, y luego por etapas en bienes de órdenes sucesivamente aún más bajos hasta que hayan sido elaborados como bienes de primer orden, los únicos que pueden utilizarse directamente para la satisfacción de nuestras necesidades. Por breves que a menudo puedan parecer los períodos de tiempo que median entre las diversas fases de este proceso (y el progreso de la técnica y de los medios de transporte tiende continuamente a acortarlos), su completa desaparición es, no obstante, inconcebible. Es imposible transformar los bienes de un orden cualquiera en los bienes correspondientes de orden inferior con un mero movimiento de la mano. Por el contrario, nada hay más cierto que el hecho de que una persona que dispone de bienes de orden superior se hallará en la posición efectiva de disponer de los bienes del siguiente orden inferior solo después de un período de tiempo apreciable, que, según las circunstancias particulares del caso, podrá ser unas veces más corto y otras más largo. Pero lo que se ha dicho aquí de un solo eslabón de la cadena causal es aún más válido respecto del proceso entero.
El período de tiempo que este proceso requiere en casos particulares difiere considerablemente según la naturaleza del caso. Un individuo que disponga de toda la tierra, los servicios de trabajo, las herramientas y la semilla necesarios para la producción de un bosque de robles se verá obligado a esperar casi cien años antes de que la madera esté lista para el hacha, y en la mayoría de los casos la posesión efectiva de la madera en esta condición corresponderá únicamente a sus herederos u otros cesionarios. Por otra parte, en algunos casos una persona que disponga de los ingredientes y de las herramientas, los servicios de trabajo, etc., necesarios para la producción de alimentos o bebidas estará en condiciones de utilizar los alimentos o bebidas mismos en solo unos pocos instantes. Sin embargo, por grande que sea la diferencia entre los distintos casos, una cosa es cierta: el período de tiempo que media entre la disposición de los bienes de orden superior y la posesión de los bienes correspondientes de orden inferior nunca puede eliminarse por completo. Los bienes de orden superior adquieren y mantienen su carácter de bien, por lo tanto, no respecto de necesidades del presente inmediato, sino, como resultado de la previsión humana, solo respecto de necesidades que se experimentarán cuando el proceso de producción haya concluido.
Después de lo dicho, es evidente que la disposición de bienes de orden superior y la disposición de los bienes correspondientes de primer orden difieren, respecto de una clase particular de consumo, en que estos últimos pueden consumirse de inmediato, mientras que los primeros representan una etapa anterior en la formación de los bienes de consumo y, por ende, solo pueden utilizarse para el consumo directo tras el transcurso de un período de tiempo apreciable, más largo o más corto según la naturaleza del caso. Pero otra diferencia sumamente importante entre la disposición inmediata de un bien de consumo y la disposición indirecta del mismo (mediante la posesión de bienes de orden superior) reclama nuestra consideración.
Una persona que tiene bienes de consumo directamente a su disposición está segura de su cantidad y su calidad. Pero una persona que solo dispone de ellos de manera indirecta, mediante la posesión de los bienes correspondientes de orden superior, no puede determinar con la misma certeza la cantidad y la calidad de los bienes de primer orden que estarán a su disposición al final del proceso de producción.
Una persona que tiene cien bushels11 de grano puede planificar la disposición de este bien con aquella certeza, en cuanto a cantidad y calidad, que la posesión inmediata de cualquier bien generalmente es capaz de ofrecer. Pero una persona que dispone de las cantidades de tierra, semilla, fertilizante, servicios de trabajo, aperos agrícolas, etc., que normalmente se requieren para la producción de cien bushels de grano, se enfrenta a la posibilidad de cosechar más que esa cantidad de grano, pero también a la de cosechar menos. Tampoco puede excluirse la posibilidad de una pérdida total de la cosecha. Está expuesto, además, a una incertidumbre apreciable respecto de la calidad del producto.
Esta incertidumbre respecto de la cantidad y la calidad del producto del que se dispone mediante la posesión de los bienes correspondientes de orden superior es mayor en algunas ramas de la producción que en otras. Un individuo que disponga de los materiales, las herramientas y los servicios de trabajo necesarios para la producción de calzado podrá, a partir de la cantidad y la calidad de los bienes de orden superior de que dispone, extraer conclusiones con un grado considerable de precisión acerca de la cantidad y la calidad del calzado que tendrá al final del proceso de producción. Pero una persona que disponga de un campo apto para el cultivo del lino, los aperos agrícolas correspondientes, así como los servicios de trabajo necesarios, la linaza, el fertilizante, etc., será incapaz de formarse un juicio perfectamente cierto acerca de la cantidad y la calidad de la oleaginosa que cosechará al final del proceso de producción. Sin embargo, estará expuesta a menos incertidumbre respecto de la cantidad y la calidad de su producto que un cultivador de lúpulo, un cazador o incluso un pescador de perlas. Por grandes que sean estas diferencias entre las diversas ramas de la producción, y aun cuando el progreso de la civilización tienda a disminuir la incertidumbre implicada, es cierto que siempre estará presente un grado apreciable de incertidumbre respecto de la cantidad y la calidad de un producto que finalmente se ha de obtener, aunque unas veces en mayor y otras en menor medida, según la naturaleza del caso.
La razón última de este fenómeno se halla en la peculiar posición del hombre en relación con el proceso causal llamado producción de bienes. Los bienes de orden superior se transforman, conforme a las leyes de la causalidad, en bienes del siguiente orden inferior; estos se transforman a su vez hasta convertirse en bienes de primer orden, y producen finalmente el estado que llamamos satisfacción de las necesidades humanas. Los bienes de orden superior son los elementos más importantes de este proceso causal, pero en modo alguno son los únicos. Hay otros elementos, aparte de los que pertenecen al mundo de los bienes, que afectan a la cantidad y la calidad del resultado del proceso causal llamado producción de bienes. Estos otros elementos son o bien de tal índole que no hemos reconocido su conexión causal con nuestro bienestar, o bien elementos cuya influencia sobre el producto conocemos bien, pero que, por alguna razón, escapan a nuestro control.
Así, hasta hace poco tiempo, los hombres no conocían la influencia de los diferentes tipos de suelos, productos químicos y fertilizantes sobre el crecimiento de las diversas plantas y, por ende, no sabían que estos factores tienen unas veces un efecto más favorable y otras menos favorable (o incluso desfavorable) sobre el resultado del proceso de producción, tanto respecto de su cantidad como de su calidad. Como consecuencia de los descubrimientos en el campo de la química agrícola, ya se ha eliminado una cierta porción de las incertidumbres de la agricultura, y el hombre está en condiciones, en la medida en que lo permiten los descubrimientos mismos, de inducir en cada caso los efectos favorables de los factores conocidos y de evitar los que son perjudiciales.
Los cambios del tiempo atmosférico ofrecen un ejemplo de la segunda categoría. Los agricultores suelen tener bastante claro cuál es la clase de tiempo más favorable para el crecimiento de las plantas. Pero como no tienen el poder de crear un tiempo favorable ni de impedir un tiempo dañino para las plántulas, dependen en no escasa medida de su influencia sobre la cantidad y la calidad del producto cosechado. Aunque el tiempo atmosférico, como todas las demás fuerzas naturales, se hace sentir conforme a leyes causales inexorables, se les presenta a los hombres que economizan como una serie de accidentes, puesto que se halla fuera de su esfera de control.
El mayor o menor grado de certeza al predecir la calidad y la cantidad de un producto del que los hombres dispondrán gracias a su posesión de los bienes de orden superior requeridos para su producción depende del mayor o menor grado de completitud de su conocimiento de los elementos del proceso causal de producción, y del mayor o menor grado de control que pueden ejercer sobre estos elementos. El grado de incertidumbre al predecir tanto la cantidad como la calidad de un producto está determinado por relaciones opuestas. La incertidumbre humana acerca de la cantidad y la calidad del producto (los bienes correspondientes de primer orden) del proceso causal entero es tanto mayor cuanto mayor es el número de elementos implicados de cualquier modo en la producción de bienes de consumo que, o bien no comprendemos, o bien, aun comprendiéndolos, no podemos controlar —es decir, cuanto mayor es el número de elementos que no poseen carácter de bien.
Esta incertidumbre es uno de los factores más importantes de la incertidumbre económica de los hombres y, como veremos en lo que sigue, es de la mayor importancia práctica en la economía humana.
5. Las causas del progreso del bienestar humano
«La mayor mejora en las facultades productivas del trabajo», dice Adam Smith, «y la mayor parte de la destreza, la habilidad y el juicio con que se lo dirige o aplica en cualquier lugar parecen haber sido los efectos de la división del trabajo.»12 Y: «Es la gran multiplicación de las producciones de todas las distintas artes, como consecuencia de la división del trabajo, lo que ocasiona, en una sociedad bien gobernada, esa opulencia universal que se extiende hasta los rangos más bajos del pueblo.»13
De tal manera, Adam Smith ha hecho de la creciente división del trabajo el factor central del progreso económico de la humanidad —en armonía con la importancia abrumadora que atribuye al trabajo como elemento de la economía humana. Creo, sin embargo, que el distinguido autor que acabo de citar ha arrojado luz, en su capítulo sobre la división del trabajo, sobre una sola causa del progreso del bienestar humano, mientras que otras causas, no menos eficaces, han escapado a su atención.
Podemos suponer que las tareas en la economía recolectora de una tribu australiana están, en su mayor parte, repartidas del modo más eficiente entre los diversos miembros de la tribu. Algunos son cazadores; otros, pescadores; y otros más se ocupan exclusivamente de recolectar alimentos vegetales silvestres. Algunas de las mujeres se dedican por entero a la preparación de los alimentos, y otras a la confección de la ropa. Podemos imaginar la división del trabajo de la tribu llevada aún más lejos, de modo que cada tarea distinta llegue a ser desempeñada por un miembro especializado particular de la tribu. Preguntémonos ahora si una división del trabajo llevada tan lejos tendría sobre el incremento de la cantidad de bienes consumibles disponibles para los miembros de la tribu un efecto como el que Adam Smith considera consecuencia de la creciente división del trabajo. Evidentemente, como resultado de tal cambio, esta tribu (o cualquier otro pueblo) logrará, o bien el mismo resultado de su trabajo con menos esfuerzo, o bien, con el mismo esfuerzo, un resultado mayor que antes. Mejorará así su condición, en la medida en que ello sea en absoluto posible, por medio de una asignación más apropiada y eficiente de las tareas ocupacionales. Pero esta mejora es muy distinta de la que podemos observar en los casos reales de pueblos económicamente progresivos.
Comparemos este último caso con otro. Supongamos un pueblo que extiende su atención a los bienes de tercer, cuarto y órdenes superiores, en lugar de confinar su actividad meramente a las tareas de una economía recolectora primitiva —es decir, a la adquisición de los bienes de orden más bajo disponibles en la naturaleza (ordinariamente bienes de primer orden y, posiblemente, de segundo). Si tal pueblo dirige progresivamente bienes de órdenes cada vez más altos a la satisfacción de sus necesidades, y especialmente si cada paso en esta dirección va acompañado de una división del trabajo apropiada, observaremos sin duda aquel progreso del bienestar que Adam Smith se inclinaba a atribuir exclusivamente a este último factor. Veremos al cazador, que inicialmente persigue la caza con una maza, pasar a la caza con arco y red de caza, a la ganadería del tipo más simple y, en sucesión, a formas cada vez más intensivas de ganadería. Veremos a los hombres, que viven inicialmente de plantas silvestres, pasar a formas cada vez más intensivas de agricultura. Veremos el surgimiento de las manufacturas y su perfeccionamiento mediante herramientas y máquinas. Y en la más estrecha conexión con estos desarrollos, veremos aumentar el bienestar de este pueblo.
Cuanto más progresa la humanidad en esta dirección, más variadas se vuelven las clases de bienes, más variadas en consecuencia las ocupaciones, y más necesaria y económica también la creciente división del trabajo. Pero es evidente que el incremento de los bienes de consumo de que dispone el hombre no es el efecto exclusivo de la división del trabajo. En realidad, la división del trabajo ni siquiera puede designarse como la causa más importante del progreso económico de la humanidad. Correctamente, debería considerarse solo como un factor entre las grandes influencias que conducen a la humanidad de la barbarie y la miseria a la civilización y la riqueza.
La explicación del efecto del creciente empleo de bienes de orden superior sobre la cantidad creciente de bienes disponibles para el consumo humano (bienes de primer orden) es asunto de escasa dificultad.
En su forma más primitiva, una economía recolectora se limita a reunir aquellos bienes de orden más bajo que la naturaleza ofrece por azar. Como los individuos que economizan no ejercen ninguna influencia sobre la producción de estos bienes, su origen es independiente de los deseos y las necesidades de los hombres y, por ende, en lo que a estos respecta, accidental. Pero si los hombres abandonan esta forma más primitiva de economía, investigan los modos en que las cosas pueden combinarse en un proceso causal para la producción de bienes de consumo, toman posesión de cosas susceptibles de combinarse de tal manera y las tratan como bienes de orden superior, obtendrán bienes de consumo que son tan verdaderamente resultados de procesos naturales como los bienes de consumo de una economía recolectora primitiva, pero las cantidades disponibles de estos bienes ya no serán independientes de los deseos y las necesidades de los hombres. En cambio, las cantidades de bienes de consumo estarán determinadas por un proceso que está en poder de los hombres y que se halla regulado por propósitos humanos dentro de los límites fijados por las leyes naturales. Los bienes de consumo, que antes eran el producto de una concurrencia accidental de las circunstancias de su origen, se convierten en productos de la voluntad humana, dentro de los límites fijados por las leyes naturales, tan pronto como los hombres han reconocido estas circunstancias y han logrado controlarlas. Las cantidades de bienes de consumo de que dispone el hombre están limitadas únicamente por la extensión del conocimiento humano de las conexiones causales entre las cosas, y por la extensión del control humano sobre estas cosas. La comprensión creciente de las conexiones causales entre las cosas y el bienestar humano, y el control creciente de las condiciones menos próximas responsables del bienestar humano, han conducido a la humanidad, por lo tanto, de un estado de barbarie y de la más profunda miseria a su presente etapa de civilización y bienestar, y han transformado vastas regiones habitadas por unos pocos hombres miserables y excesivamente pobres en países civilizados densamente poblados. Nada hay más cierto que el hecho de que el grado de progreso económico de la humanidad seguirá siendo, también en épocas futuras, proporcional al grado de progreso del conocimiento humano.
6. La propiedad
Las necesidades de los hombres son múltiples, y sus vidas y su bienestar no están asegurados si solo tienen a su disposición los medios, por amplios que sean, para la satisfacción de una sola de estas necesidades. Aunque el modo y el grado de completitud de la satisfacción de las necesidades de los hombres pueden mostrar una variedad casi ilimitada, una cierta armonía en la satisfacción de sus necesidades es, no obstante, hasta cierto punto, indispensable para la preservación de sus vidas y su bienestar. Un hombre puede vivir en un palacio, consumir los alimentos más exquisitos y vestir las prendas más costosas. Otro puede hallar su lugar de descanso en el rincón oscuro de una choza miserable, alimentarse de sobras y cubrirse con harapos. Pero cada uno de ellos debe procurar satisfacer sus necesidades de cobijo y vestido tanto como su necesidad de alimento. Es claro que ni siquiera la satisfacción más completa de una sola necesidad puede mantener la vida y el bienestar.
En este sentido, no es impropio decir que todos los bienes de que dispone un individuo que economiza son mutuamente interdependientes respecto de su carácter de bien, puesto que cada bien particular puede alcanzar el fin al que todos ellos sirven, la preservación de la vida y el bienestar, no por sí solo, sino únicamente en combinación con los demás bienes.
En una economía doméstica aislada, e incluso cuando existe poco comercio entre los hombres, este propósito conjunto de los bienes necesarios para la preservación de la vida y el bienestar humanos resulta manifiesto, ya que todos ellos están a disposición de un solo individuo que economiza. La armonía de las necesidades que las economías domésticas individuales tratan de satisfacer se refleja en su propiedad.14 En una etapa superior de la civilización, y particularmente en nuestra economía de intercambio altamente desarrollada, donde la posesión de una cantidad sustancial de cualquier bien económico da el dominio de cantidades correspondientes de todos los demás bienes, la interdependencia de los bienes se aprecia con menos claridad en la economía de los miembros individuales de la sociedad, pero aparece de manera mucho más nítida si se considera el sistema económico en su conjunto.
Vemos por doquier que no son bienes aislados, sino combinaciones de bienes de distintas clases, los que sirven a los propósitos de los hombres que economizan. Estas combinaciones de bienes están a disposición de los individuos, o bien directamente, como es el caso en la economía doméstica aislada, o bien en parte directamente y en parte indirectamente, como es el caso en nuestra economía de intercambio desarrollada. Solo en su totalidad producen estos bienes el efecto que llamamos satisfacción de nuestras necesidades y, en consecuencia, el aseguramiento de nuestras vidas y nuestro bienestar.
La suma entera de bienes de que dispone un individuo que economiza para la satisfacción de sus necesidades la llamamos su propiedad. Su propiedad no es, sin embargo, una cantidad de bienes combinada arbitrariamente, sino un reflejo directo de sus necesidades, un todo integrado, ninguna parte esencial del cual puede disminuirse o aumentarse sin afectar a la realización del fin al que sirve.