El ensayo de Murray Rothbard Praxeology: The Methodology of Austrian Economics (La praxeología: la metodología de la economía austriaca, 1976) expone el método praxeológico como el rasgo distintivo de la Escuela austriaca. Partiendo del axioma de la acción (los seres humanos actúan de manera orientada a fines), Rothbard deriva implicaciones centrales: la finalidad, la relación medio-fin, el tiempo, la incertidumbre y la escasez. Fundamenta por qué se emplea la deducción verbal en lugar de la matemática y discute el estatus epistemológico de los axiomas, contraponiendo la posición apriorística kantiana de Mises a su propia lectura aristotélico-empírica. A continuación, distingue la praxeología de la tecnología, la psicología, la historia y la ética, y despliega la crítica de Mises a la econometría y a la economía cuantitativa. El texto se apoya en numerosas referencias de Mises, Hayek, Say, Senior, Cairnes y Schütz.
Praxeología: la metodología de la economía austriaca
[De The Logic of Action One: Method, Money, and the Austrian School de Murray N. Rothbard (Cheltenham, UK: Edward Elgar, 1997), pp. 58-77 (se conserva la paginación de esta edición); también The Foundations of Modern Austrian Economics, Edwin Dolan, ed. (Kansas City: Sheed and Ward, 1976), pp. 19-39.]
La praxeología es la metodología distintiva de la Escuela austriaca. El término fue aplicado por primera vez al método austriaco por Ludwig von Mises, quien no solo fue el principal artífice y elaborador de esta metodología, sino también el economista que la aplicó de manera más plena y exitosa a la construcción de la teoría económica. Si bien el método praxeológico está, por decir lo menos, pasado de moda en la economía contemporánea, así como en las ciencias sociales en general y en la filosofía de la ciencia, fue el método básico de la primera Escuela austriaca y también de un segmento considerable de la antigua escuela clásica, en particular de J.B. Say y Nassau W. Senior.
La praxeología descansa sobre el axioma fundamental de que los seres humanos individuales actúan, es decir, sobre el hecho primordial de que los individuos emprenden acciones conscientes hacia fines elegidos. Este concepto de acción contrasta con el comportamiento puramente reflejo, o automático, que no está dirigido hacia fines. El método praxeológico despliega, mediante deducción verbal, las implicaciones lógicas de ese hecho primordial. En suma, la economía praxeológica es la estructura de implicaciones lógicas del hecho de que los individuos actúan. Esta estructura se construye sobre el axioma fundamental de la acción y cuenta con unos pocos axiomas subsidiarios, como que los individuos varían y que los seres humanos consideran el ocio un bien valioso. A cualquier escéptico respecto de deducir, a partir de una base tan simple, todo un sistema de economía, lo remito a la Human Action de Mises. Además, dado que la praxeología parte de un axioma verdadero, A, todas las proposiciones que pueden deducirse de este axioma también deben ser verdaderas. Pues si A implica B, y A es verdadero, entonces B también debe ser verdadero.
Consideremos algunas de las implicaciones inmediatas del axioma de la acción. La acción implica que el comportamiento del individuo es deliberado, en suma, que está dirigido hacia fines. Además, el hecho de su acción implica que ha elegido conscientemente ciertos medios para alcanzar sus fines. Puesto que desea lograr estos fines, estos deben ser valiosos para él; en consecuencia, debe tener valores que gobiernen sus elecciones. Que emplee medios implica que cree poseer el conocimiento tecnológico de que ciertos medios alcanzarán los fines que desea. Notemos que la praxeología no supone que la elección de valores o fines de una persona sea sabia o adecuada, ni que haya elegido el método tecnológicamente correcto para alcanzarlos. Todo lo que la praxeología afirma es que el actor individual adopta fines y cree, sea erróneamente o acertadamente, que puede llegar a ellos mediante el empleo de ciertos medios.
Toda acción en el mundo real, además, debe tener lugar a través del tiempo; toda acción tiene lugar en algún presente y está dirigida a la consecución futura (inmediata o remota) de un fin. Si todos los deseos de una persona pudieran realizarse instantáneamente, no habría razón alguna para que actuara.1 Además, que un hombre actúe implica que cree que la acción supondrá una diferencia; en otras palabras, que preferirá el estado de cosas resultante de la acción al que resultaría de la inacción. Por tanto, la acción implica que el hombre no tiene un conocimiento omnisciente del futuro; pues si tuviera tal conocimiento, ninguna acción suya supondría diferencia alguna. De ahí que la acción implique que vivimos en un mundo de futuro incierto, o no plenamente cierto. En consecuencia, podemos enmendar nuestro análisis de la acción para decir que un hombre elige emplear medios según un plan tecnológico en el presente porque espera alcanzar sus fines en algún momento futuro.
El hecho de que las personas actúen implica necesariamente que los medios empleados son escasos en relación con los fines deseados; pues, si todos los medios no fueran escasos, sino superabundantes, los fines ya se habrían alcanzado y no habría necesidad de acción. Dicho de otro modo, los recursos que son superabundantes dejan de funcionar como medios, porque ya no son objetos de la acción. Así, el aire es indispensable para la vida y, por tanto, para la consecución de fines; sin embargo, al ser superabundante, el aire no es objeto de la acción y, por consiguiente, no puede considerarse un medio, sino más bien lo que Mises denominó una "condición general del bienestar humano." Allí donde el aire no es superabundante, puede convertirse en objeto de la acción, por ejemplo, cuando se desea aire fresco y el aire cálido se transforma mediante el aire acondicionado. Incluso con el advenimiento absurdamente improbable del Edén (o lo que hace unos años se consideraba en ciertos círculos un inminente mundo "de posescasez"), en el que todos los deseos pudieran satisfacerse instantáneamente, seguiría existiendo al menos un medio escaso: el tiempo del individuo, cada unidad del cual, si se asigna a un propósito, necesariamente no se asigna a algún otro fin.2
Tales son algunas de las implicaciones inmediatas del axioma de la acción. Llegamos a ellas deduciendo las implicaciones lógicas del hecho existente de la acción humana y, por tanto, deduciendo conclusiones verdaderas a partir de un axioma verdadero. Aparte del hecho de que estas conclusiones no pueden "contrastarse" por medios históricos o estadísticos, no hay necesidad de contrastarlas, puesto que su verdad ya ha quedado establecida. El hecho histórico entra en estas conclusiones únicamente al determinar qué rama de la teoría es aplicable en cada caso particular. Así, para Crusoe y Viernes en su isla desierta, la teoría praxeológica del dinero solo reviste un interés académico, más que de aplicación actual. Más abajo se considerará un análisis más completo de la relación entre teoría e historia en el marco praxeológico.
Hay, pues, dos partes en este método axiomático-deductivo: el proceso de deducción y el estatus epistemológico de los axiomas mismos. En primer lugar, está el proceso de deducción; ¿por qué los medios son la lógica verbal en lugar de la matemática?3 Sin exponer la argumentación austriaca completa contra la economía matemática, puede señalarse de inmediato un punto: que el lector tome las implicaciones del concepto de acción tal como se han desarrollado hasta ahora en este escrito e intente ponerlas en forma matemática. Y aun cuando ello pudiera hacerse, ¿qué se habría logrado salvo una drástica pérdida de significado en cada paso del proceso deductivo? La lógica matemática es apropiada para la física, la ciencia que se ha convertido en la ciencia modelo, la que los positivistas y empiristas modernos creen que todas las demás ciencias sociales y físicas deberían emular. En la física, los axiomas y, por tanto, las deducciones son en sí mismos puramente formales y solo adquieren significado "operacionalmente," en la medida en que pueden explicar y predecir hechos dados. Por el contrario, en la praxeología, en el análisis de la acción humana, se sabe que los axiomas mismos son verdaderos y significativos. Como resultado, cada deducción verbal paso a paso es también verdadera y significativa; pues es la gran cualidad de las proposiciones verbales que cada una es significativa, mientras que los símbolos matemáticos no son significativos en sí mismos. Así, Lord Keynes, que difícilmente puede tildarse de austriaco y que era él mismo un matemático notable, dirigió la siguiente crítica al simbolismo matemático en economía:
Es un gran defecto de los métodos simbólicos pseudomatemáticos de formalizar un sistema de análisis económico que asumen expresamente una estricta independencia entre los factores involucrados y pierden toda su fuerza y autoridad si se rechaza esta hipótesis: mientras que, en el discurso ordinario, donde no manipulamos ciegamente, sino que sabemos en todo momento lo que hacemos y lo que las palabras significan, podemos mantener "en el fondo de nuestra mente" las reservas y salvedades necesarias y los ajustes que habremos de hacer más adelante, de un modo en que no podemos mantener complicadas diferenciales parciales "en el fondo" de varias páginas de álgebra que suponen que todas ellas se anulan. Una proporción demasiado grande de la reciente economía "matemática" no son más que amasijos, tan imprecisos como los supuestos iniciales en los que descansan, que permiten al autor perder de vista las complejidades e interdependencias del mundo real en un laberinto de símbolos pretenciosos e inútiles.4
Más aún, incluso si la economía verbal pudiera traducirse con éxito a símbolos matemáticos y luego retraducirse al inglés para explicar las conclusiones, el proceso carece de sentido y viola el gran principio científico de la navaja de Occam: evitar la multiplicación innecesaria de entidades.5
A menudo se sostiene que la traducción de un concepto como el de máximo desde el lenguaje ordinario al lenguaje matemático supone una mejora en la precisión lógica del concepto, así como mayores oportunidades para su uso. Pero la falta de precisión matemática en el lenguaje ordinario refleja precisamente el comportamiento de los seres humanos individuales en el mundo real... Cabría sospechar que la traducción al lenguaje matemático implica de por sí una transformación sugerida de los operadores económicos humanos en virtuales robots.6
De manera similar, uno de los primeros metodólogos en economía, Jean-Baptiste Say, reprochó a los economistas matemáticos que
no han sido capaces de enunciar estas cuestiones en lenguaje analítico sin despojarlas de su complicación natural, mediante simplificaciones y supresiones arbitrarias, cuyas consecuencias, no estimadas debidamente, alteran siempre de manera esencial las condiciones del problema y pervierten todos sus resultados.7
Más recientemente, Boris Ischboldin ha subrayado la diferencia entre la lógica verbal, o "del lenguaje" ("el análisis efectivo del pensamiento enunciado en un lenguaje expresivo de la realidad tal como se aprehende en la experiencia común"), y la lógica "de constructos," que es "la aplicación de datos cuantitativos (económicos) a los constructos de la matemática y la lógica simbólica, constructos que pueden tener o no equivalentes reales."8
D. Van Nostrand, 1956), p. 227 [y reimpreso en Logic of Action One]; Rothbard, Man, Economy, and State, 2 vols. (Princeton: D Van Nostrand, 1962), 1:65-66. Sobre la subordinación de la lógica matemática a la lógica verbal, véase Rene Poirier, "Logique," en Vocabulaire technique et critique de la philosophie, Andre Lalande, ed., ⁶ᵗʰ ed. Rev. (Paris: Presses Universitaires de France, 1951), pp. 574-75.
Aunque él mismo era economista matemático, el matemático hijo de Carl Menger escribió una incisiva crítica de la idea de que la presentación matemática en economía es necesariamente más precisa que el lenguaje ordinario:
Considérense, por ejemplo, los enunciados (2) A un precio más alto de un bien le corresponde una demanda más baja (o, en todo caso, no más alta).
(2') Si p denota el precio de un bien, y q la demanda del mismo, entonces
q=f(p) and dq/dp=f′(p)≤0Quienes consideran que la fórmula (2') es más precisa o «más matemática» que la oración (2) incurren en un completo malentendido... la única diferencia entre (2) y (2') es esta: dado que (2') se limita a funciones que son diferenciables y cuyas gráficas tienen, por tanto, tangentes (las cuales, desde un punto de vista económico, no son más plausibles que la curvatura), la oración (2) es más general, pero en modo alguno menos precisa: posee la misma precisión matemática que (2').9
Pasando del proceso de deducción a los axiomas mismos, ¿cuál es su estatus epistemológico? Aquí los problemas se ven oscurecidos por una diferencia de opinión dentro del campo praxeológico, en particular sobre la naturaleza del axioma fundamental de la acción. Ludwig von Mises, como partidario de la epistemología kantiana, afirmó que el concepto de acción es a priori respecto de toda experiencia, porque es, como la ley de causa y efecto, parte del «carácter esencial y necesario de la estructura lógica de la mente humana».10 Sin adentrarme demasiado en las turbias aguas de la epistemología, yo negaría, como aristotélico y neotomista, cualesquiera supuestas «leyes de la estructura lógica» que la mente humana imponga necesariamente a la caótica estructura de la realidad. En cambio, llamaría a todas esas leyes «leyes de la realidad», las cuales la mente aprehende al investigar y cotejar los hechos del mundo real. Mi postura es que el axioma fundamental y los axiomas subsidiarios se derivan de la experiencia de la realidad y, por tanto, son en el sentido más amplio empíricos. Coincidiría con la concepción realista aristotélica de que su doctrina es radicalmente empírica, mucho más de lo que lo es el empirismo poshumeano que predomina en la filosofía moderna. Así, John Wild escribió:
Es imposible reducir la experiencia a un conjunto de impresiones aisladas y unidades atómicas. La estructura relacional también está dada con igual evidencia y certeza. Los datos inmediatos están llenos de una estructura determinada, que la mente abstrae con facilidad y capta como esencias universales o posibilidades.11
Además, uno de los datos omnipresentes de toda experiencia humana es la existencia; otro es la conciencia, o la percatación. En contraste con la concepción kantiana, Harmon Chapman escribió que
la concepción es una especie de percatación, un modo de aprehender las cosas o de comprenderlas, y no una supuesta manipulación subjetiva de las llamadas generalidades o universales meramente «mentales» o «lógicos» en su procedencia y de naturaleza no cognoscitiva.
Que, al penetrar así los datos del sentido, la concepción también sintetiza estos datos es evidente. Pero la síntesis aquí implicada, a diferencia de la síntesis de Kant, no es una condición previa de la percepción, un proceso anterior que constituya tanto la percepción como su objeto, sino más bien una síntesis cognoscitiva en la aprehensión, es decir, una unificación o «comprensión» que es una con la aprehensión misma. En otras palabras, la percepción y la experiencia no son los resultados o productos finales de un proceso sintético a priori, sino que son ellas mismas aprehensión sintética o comprensiva cuya unidad estructurada está prescrita únicamente por la naturaleza de lo real, esto es, por los objetos intencionados en su conjunción, y no por la conciencia misma, cuya naturaleza (cognoscitiva) consiste en aprehender lo real, tal como es.12
Si, en el sentido amplio, los axiomas de la praxeología son radicalmente empíricos, distan mucho del empirismo poshumeano que impregna la metodología moderna de la ciencia social. Además de las consideraciones anteriores, (1) están tan ampliamente basados en la experiencia humana común que, una vez enunciados, se vuelven evidentes por sí mismos y, por ende, no cumplen el criterio de moda de la «falsabilidad»; (2) descansan, en particular el axioma de la acción, sobre la experiencia interior universal, así como sobre la experiencia externa, es decir, la evidencia es reflexiva más que puramente física; y (3) son, por tanto, a priori respecto de los complejos acontecimientos históricos a los que el empirismo moderno restringe el concepto de «experiencia».13
Say, quizá el primer praxeólogo, explicó la derivación de los axiomas de la teoría económica del siguiente modo:
De ahí la ventaja de que goza todo aquel que, a partir de una observación clara y precisa, puede establecer la existencia de estos hechos generales, demostrar su conexión y deducir sus consecuencias. Estos proceden de la naturaleza de las cosas con tanta certeza como las leyes del mundo material. No los imaginamos; son resultados que nos revelan una observación y un análisis juiciosos...
La economía política... se compone de unos pocos principios fundamentales y de un gran número de corolarios o conclusiones, extraídos de esos principios... que toda mente reflexiva puede admitir.14
Friedrich A. Hayek describió de manera incisiva el método praxeológico en contraste con la metodología de las ciencias físicas y subrayó además el carácter ampliamente empírico de los axiomas praxeológicos:
La posición del hombre... hace que los hechos básicos esenciales que necesitamos para la explicación de los fenómenos sociales formen parte de la experiencia común, parte de la materia de nuestro pensamiento. En las ciencias sociales son los elementos de los fenómenos complejos los que se conocen más allá de toda posibilidad de disputa. En las ciencias naturales, a lo sumo, solo pueden conjeturarse. La existencia de estos elementos es tanto más cierta que cualquier regularidad en los fenómenos complejos a que dan lugar, que son ellos los que constituyen el factor verdaderamente empírico en las ciencias sociales. Poca duda cabe de que es esta diferente posición del factor empírico en el proceso de razonamiento de los dos grupos de disciplinas lo que está en la raíz de buena parte de la confusión respecto de su carácter lógico. La diferencia esencial reside en que, en las ciencias naturales, el proceso de deducción ha de partir de alguna hipótesis que es el resultado de generalizaciones inductivas, mientras que en las ciencias sociales parte directamente de elementos empíricos conocidos y los emplea para hallar las regularidades en los fenómenos complejos que la observación directa no puede establecer. Son, por así decirlo, ciencias empíricamente deductivas, que proceden de los elementos conocidos hacia las regularidades en los fenómenos complejos que no pueden establecerse directamente.15
De modo análogo, J.E. Cairnes escribió:
El economista parte de un conocimiento de las causas últimas. Se halla ya, al comienzo de su empresa, en la posición que el físico solo alcanza tras siglos de laboriosa investigación... Para el descubrimiento de tales premisas no se necesita ningún elaborado proceso de inducción... por esta razón: que tenemos, o podemos tener si decidimos volver nuestra atención hacia el asunto, conocimiento directo de estas causas en nuestra conciencia de lo que ocurre en nuestra propia mente, y en la información que nuestros sentidos nos transmiten... acerca de los hechos externos.16
Nassau W. Senior lo expresó así:
Las ciencias físicas, al ocuparse solo secundariamente de la mente, extraen sus premisas casi exclusivamente de la observación o de la hipótesis... Por otro lado, las ciencias mentales y las artes mentales extraen sus premisas principalmente de la conciencia. Los asuntos de que se ocupan sobre todo son las operaciones de la mente humana. [Estas premisas son] unas muy pocas proposiciones generales, que son el resultado de la observación, o de la conciencia, y que casi todo hombre, tan pronto como las oye, admite, por serle familiares a su pensamiento o, al menos, por estar incluidas en su conocimiento previo.17
Comentando su completa coincidencia con este pasaje, Mises escribió que estas «proposiciones inmediatamente evidentes» son «de derivación apriorística... a menos que se quiera llamar conocimiento apriorístico a la experiencia interior».18
A lo cual Marian Bowley, la biógrafa de Senior, comenta con justicia:
La única diferencia fundamental entre la actitud general de Mises y la de Senior radica en la aparente negación, por parte de Mises, de la posibilidad de emplear cualesquiera datos empíricos generales, es decir, hechos de observación general, como premisas iniciales. Esta diferencia, sin embargo, depende de las ideas básicas de Mises sobre la naturaleza del pensamiento y, aunque de importancia filosófica general, tiene escasa relevancia particular para el método económico como tal.19
Debe señalarse que, para Mises, solo el axioma fundamental de la acción es a priori; concedió que los axiomas subsidiarios de la diversidad de la humanidad y de la naturaleza, y del ocio como bien de consumo, son ampliamente empíricos.
La filosofía moderna poskantiana ha tenido grandes dificultades para abarcar las proposiciones evidentes por sí mismas, que se distinguen precisamente por su fuerte y manifiesta verdad y no por ser hipótesis contrastables que, según la moda actual, se consideran «falsables». A veces parece que los empiristas emplean la dicotomía analítico-sintético, hoy en boga, como denunció el filósofo Hao Wang, para deshacerse de teorías que les resulta difícil refutar, descartándolas como necesariamente o bien definiciones encubiertas o bien hipótesis discutibles e inciertas.20
Pero ¿qué ocurre si sometemos a análisis la cacareada «evidencia» de los positivistas y empiristas modernos? ¿Qué es? Encontramos que hay dos tipos de tal evidencia para confirmar o refutar una proposición: (1) si esta viola las leyes de la lógica, por ejemplo, implica que A=−A; o (2) si queda confirmada por hechos empíricos (como en un laboratorio) que pueden ser comprobados por muchas personas. Pero ¿qué es la naturaleza de tal «evidencia» sino el acto de llevar, por diversos medios, proposiciones hasta entonces nebulosas y oscuras a una visión clara y manifiesta, es decir, evidente para los observadores científicos? En suma, los procesos lógicos o de laboratorio sirven para hacer evidente a los «yoes» de los diversos observadores que las proposiciones quedan confirmadas o refutadas o, por usar una terminología poco de moda, que son verdaderas o falsas. Pero en tal caso, las proposiciones que son inmediatamente evidentes a los yoes de los observadores tienen un estatus científico al menos tan bueno como las otras formas de evidencia, hoy más aceptadas. O, como lo expresó el filósofo tomista John J. Toohey,
Probar significa hacer evidente algo que no es evidente. Si una verdad o proposición es evidente por sí misma, es inútil intentar probarla; intentar probarla sería intentar hacer evidente algo que ya es evidente.21
El axioma de la acción, en particular, debería ser, según la filosofía aristotélica, incuestionable y evidente por sí mismo, ya que el crítico que intenta refutarlo descubre que ha de emplearlo en el proceso de la supuesta refutación. Así, el axioma de la existencia de la conciencia humana se demuestra como evidente por sí mismo por el hecho de que el acto mismo de negar la existencia de la conciencia debe ser realizado por un ser consciente. El filósofo R.P. Phillips llamó a este atributo de un axioma evidente por sí mismo un «principio bumerán», puesto que «aunque lo arrojemos lejos de nosotros, vuelve de nuevo a nosotros».22 Una autocontradicción semejante afronta el hombre que intenta refutar el axioma de la acción humana. Pues, al hacerlo, es ipso facto una persona que efectúa una elección consciente de medios al intentar alcanzar un fin adoptado: en este caso, el fin, o meta, de tratar de refutar el axioma de la acción. Emplea la acción al tratar de refutar la noción de acción.
Por supuesto, una persona puede decir que niega la existencia de principios evidentes por sí mismos o de otras verdades establecidas del mundo real, pero este mero decir no tiene validez epistemológica alguna. Como señaló Toohey,
Un hombre puede decir lo que le plazca, pero no puede pensar ni hacer lo que le plazca. Puede decir que vio un cuadrado redondo, pero no puede pensar que vio un cuadrado redondo. Puede decir, si lo desea, que vio un caballo cabalgando a horcajadas sobre su propio lomo, pero sabremos qué pensar de él si lo dice.23
La metodología del positivismo y el empirismo modernos fracasa estrepitosamente incluso en las ciencias físicas, a las que se adapta mucho mejor que a las ciencias de la acción humana; en efecto, fracasa de manera particular allí donde ambos tipos de disciplinas se entrelazan. Así, el fenomenólogo Alfred Schütz, discípulo de Mises en Viena, que fue pionero en aplicar la fenomenología a las ciencias sociales, señaló la contradicción que entraña la insistencia de los empiristas en el principio de verificabilidad empírica en la ciencia, al tiempo que niegan la existencia de las "otras mentes" por considerarla inverificable. Pero ¿quién se supone que ha de realizar la verificación de laboratorio sino esas mismas "otras mentes" de los científicos reunidos? Escribió Schütz:
No resulta...comprensible que los mismos autores que están convencidos de que no es posible verificación alguna de la inteligencia de otros seres humanos tengan tanta confianza en el propio principio de verificabilidad, que solo puede realizarse mediante la cooperación con otros.²⁶
De este modo, los empiristas modernos ignoran los presupuestos necesarios del mismísimo método científico que defienden. Para Schütz, el conocimiento de tales presupuestos es "empírico" en el sentido más amplio,
siempre que no restrinjamos este término a las percepciones sensoriales de objetos y acontecimientos del mundo exterior, sino que incluyamos la forma experiencial mediante la cual el pensamiento de sentido común en la vida cotidiana comprende las acciones humanas y sus resultados en términos de sus motivos y fines subyacentes.24
Habiendo tratado la naturaleza de la praxeología, sus procedimientos y axiomas y sus fundamentos filosóficos, consideremos ahora cuál es la relación entre la praxeología y las demás disciplinas que estudian la acción humana. En particular, ¿cuáles son las diferencias entre la praxeología y la tecnología, la psicología, la historia y la ética, todas las cuales se ocupan de algún modo de la acción humana?
En resumen, la praxeología consiste en las implicaciones lógicas del hecho formal universal de que las personas actúan, de que emplean medios para tratar de alcanzar fines elegidos. La tecnología se ocupa del problema sustantivo de cómo lograr fines mediante la adopción de medios. La psicología se ocupa de la cuestión de por qué las personas adoptan diversos fines y de cómo proceden a adoptarlos. La ética se ocupa de la cuestión de qué fines, o valores, deberían adoptar las personas. Y la historia se ocupa de los fines adoptados en el pasado, de qué medios se emplearon para tratar de alcanzarlos y de cuáles fueron las consecuencias de estas acciones.
La praxeología, o la teoría económica en particular, es por tanto una disciplina singular dentro de las ciencias sociales; pues, a diferencia de las demás, no se ocupa del contenido de los valores, las metas y las acciones de los hombres —no de lo que han hecho, ni de cómo han actuado, ni de cómo deberían actuar—, sino puramente del hecho de que tienen metas y actúan para alcanzarlas. Las leyes de la utilidad, la demanda, la oferta y el precio se aplican con independencia del tipo de bienes y servicios deseados o producidos. Como escribió Joseph Dorfman a propósito de los Outlines of Economic Theory (1896) de Herbert J. Davenport: El carácter ético de los deseos no era una parte fundamental de su indagación. Los hombres trabajaban y soportaban privaciones por "whisky, cigarros y ganzúas de ladrón", decía, "tanto como por comida, o estatuaria o maquinaria de cosecha". Mientras los hombres estuvieran dispuestos a comprar y vender "necedad y maldad", las primeras mercancías serían factores económicos con valor de mercado, pues la utilidad, como término económico, no significaba más que adaptabilidad a los deseos humanos. Mientras los hombres los desearan, satisfacían una necesidad y eran motivos de producción. Por consiguiente, la economía no necesitaba investigar el origen de las elecciones.25
La praxeología, así como los aspectos sólidos de las demás ciencias sociales, descansa en el individualismo metodológico, en el hecho de que solo los individuos sienten, valoran, piensan y actúan. El individualismo ha sido acusado siempre por sus críticos —y siempre de manera incorrecta— de suponer que cada individuo es un "átomo" herméticamente sellado, separado de las demás personas y no influido por ellas. Esta absurda interpretación errónea del individualismo metodológico está en la raíz de la triunfante demostración de J.K. Galbraith, en The Affluent Society (Boston: Houghton Mifflin, 1958), de que los valores y las elecciones de los individuos están influidos por otras personas y de que, por tanto, supuestamente, la teoría económica es inválida. Galbraith concluyó además, a partir de su demostración, que esas elecciones, por estar influidas, son artificiales e ilegítimas. El hecho de que la teoría económica praxeológica descanse en el hecho universal de los valores y las elecciones individuales significa, por repetir el resumen que hace Dorfman del pensamiento de Davenport, que la teoría económica "no necesita investigar el origen de las elecciones". La teoría económica no se basa en el absurdo supuesto de que cada individuo llega a sus valores y elecciones en el vacío, aislado de toda influencia humana. Es obvio que los individuos están continuamente aprendiendo unos de otros e influyéndose mutuamente. Como escribió F.A. Hayek en su justamente célebre crítica de Galbraith, "The Non Sequitur of the 'Dependence Effect'":
El argumento del profesor Galbraith podría emplearse fácilmente, sin ningún cambio en los términos esenciales, para demostrar la inutilidad de la literatura o de cualquier otra forma de arte. Sin duda, el deseo de literatura de un individuo no es originario de él mismo, en el sentido de que lo experimentaría aunque no se produjera literatura. ¿Significa esto entonces que la producción de literatura no puede defenderse como satisfacción de un deseo porque es únicamente la producción la que provoca la demanda?26
Que la economía de la escuela austriaca descanse firmemente desde el comienzo en un análisis del hecho de los valores y las elecciones subjetivos individuales llevó por desgracia a los primeros austriacos a adoptar el término escuela psicológica. El resultado fue una serie de críticas mal encaminadas según las cuales los hallazgos más recientes de la psicología no habían sido incorporados a la teoría económica. También condujo a equívocos como el de que la ley de la utilidad marginal decreciente descansa en alguna ley psicológica de la saciedad de los deseos. En realidad, como señaló con firmeza Mises, esa ley es praxeológica y no psicológica y nada tiene que ver con el contenido de los deseos, por ejemplo, con que la décima cucharada de helado pueda saber menos placentera que la novena. Es, por el contrario, una verdad praxeológica, derivada de la naturaleza de la acción, que la primera unidad de un bien se destinará a su uso más valioso, la unidad siguiente al uso siguiente en valor, y así sucesivamente.27 En un punto, y solo en un punto, sin embargo, la praxeología y las ciencias afines de la acción humana toman partido en psicología filosófica: en la proposición de que la mente humana, la conciencia y la subjetividad existen y, por tanto, de que la acción existe. En esto se opone a la base filosófica del conductismo y de las doctrinas afines, y se une a todas las ramas de la filosofía clásica y a la fenomenología. En todas las demás cuestiones, sin embargo, la praxeología y la psicología son disciplinas distintas y separadas.28
Una cuestión particularmente vital es la relación entre la teoría económica y la historia. También aquí, como en tantos otros campos de la economía austriaca, Ludwig von Mises hizo la contribución sobresaliente, en particular en su Theory and History.29 Resulta especialmente curioso que a Mises y a otros praxeólogos, en tanto presuntos "aprioristas", se les haya acusado comúnmente de estar "en contra" de la historia. Mises sostuvo, en efecto, no solo que la teoría económica no necesita ser "contrastada" con los hechos históricos, sino también que no puede serlo. Para que un hecho sea utilizable para contrastar teorías, ha de ser un hecho simple, homogéneo con otros hechos pertenecientes a clases accesibles y repetibles. En pocas palabras, la teoría de que un átomo de cobre, un átomo de azufre y cuatro átomos de oxígeno se combinarán para formar una entidad reconocible llamada sulfato de cobre, con propiedades conocidas, se contrasta fácilmente en el laboratorio. Cada uno de estos átomos es homogéneo y, por tanto, la prueba es repetible indefinidamente. Pero cada acontecimiento histórico, como señaló Mises, no es simple ni repetible; cada acontecimiento es un resultado complejo de una variedad cambiante de causas múltiples, ninguna de las cuales permanece jamás en relaciones constantes con las demás. Todo acontecimiento histórico es, por tanto, heterogéneo y, en consecuencia, los acontecimientos históricos no pueden emplearse ni para contrastar ni para construir leyes de la historia, cuantitativas o de otra índole. Podemos colocar cada átomo de cobre en una clase homogénea de átomos de cobre; no podemos hacer otro tanto con los acontecimientos de la historia humana.
Esto no quiere decir, por supuesto, que no haya semejanzas entre los acontecimientos históricos. Hay muchas semejanzas, pero ninguna homogeneidad. Así, hubo muchas semejanzas entre la elección presidencial de 1968 y la de 1972, pero difícilmente fueron acontecimientos homogéneos, puesto que estuvieron marcadas por diferencias importantes e ineludibles. Tampoco será la próxima elección un acontecimiento repetible que quepa situar en una clase homogénea de "elecciones". De ahí que no puedan derivarse de estos acontecimientos leyes científicas y, desde luego, ninguna ley cuantitativa.
La oposición radicalmente fundamental de Mises a la econometría se hace ahora clara. La econometría no solo intenta remedar a las ciencias naturales empleando hechos históricos complejos y heterogéneos como si fueran hechos de laboratorio repetibles y homogéneos; además comprime la complejidad cualitativa de cada acontecimiento en una cifra cuantitativa y agrava luego la falacia comportándose como si esas relaciones cuantitativas permanecieran constantes a lo largo de la historia humana. En sorprendente contraste con las ciencias físicas, que descansan en el descubrimiento empírico de constantes cuantitativas, la econometría, como subrayó reiteradamente Mises, no ha logrado descubrir una sola constante en la historia humana. Y dadas las condiciones siempre cambiantes de la voluntad, el conocimiento y los valores humanos, así como las diferencias entre los hombres, es inconcebible que la econometría pueda llegar a hacerlo nunca.
Lejos de oponerse a la historia, el praxeólogo, y no los supuestos admiradores de la historia, siente un profundo respeto por los hechos irreductibles y únicos de la historia humana. Es más, es el praxeólogo quien reconoce que los seres humanos individuales no pueden ser tratados legítimamente por el científico social como si no fueran hombres dotados de mente que actúan conforme a sus valores y expectativas, sino piedras o moléculas cuyo curso pueda rastrearse científicamente mediante presuntas constantes o leyes cuantitativas. Y, como ironía suprema, es el praxeólogo quien es verdaderamente empírico, porque reconoce la naturaleza única y heterogénea de los hechos históricos; es el autoproclamado "empirista" quien viola groseramente los hechos de la historia al intentar reducirlos a leyes cuantitativas. Mises escribió así acerca de los econometristas y otras variantes de "economistas cuantitativos":
No hay, en el campo de la economía, relaciones constantes y, en consecuencia, no es posible medición alguna. Si un estadístico determina que a una subida del 10 por ciento en la oferta de patatas en la Atlántida en un momento determinado le siguió una caída del 8 por ciento en el precio, no establece nada acerca de lo que sucedió o pueda suceder ante un cambio en la oferta de patatas en otro país o en otra época. No ha "medido" la "elasticidad de la demanda" de las patatas. Ha establecido un hecho histórico individual y único. Ningún hombre inteligente puede dudar de que el comportamiento de los hombres respecto de las patatas y de cualquier otra mercancía es variable. Distintos individuos valoran las mismas cosas de manera diferente, y las valoraciones cambian en los mismos individuos al cambiar las condiciones. . .
La impracticabilidad de la medición no se debe a la falta de métodos técnicos para el establecimiento de la medida. Se debe a la ausencia de relaciones constantes. . . . La economía no es, como . . . repiten una y otra vez los positivistas, atrasada por no ser "cuantitativa". No es cuantitativa y no mide porque no hay constantes. Las cifras estadísticas referidas a los acontecimientos económicos son datos históricos. Nos dicen lo que sucedió en un caso histórico no repetible. Los acontecimientos físicos pueden interpretarse sobre la base de nuestro conocimiento de las relaciones constantes establecidas mediante experimentos. Los acontecimientos históricos no se prestan a tal interpretación. . .
La experiencia de la historia económica es siempre experiencia de fenómenos complejos. Nunca puede transmitir un conocimiento del tipo que el experimentador abstrae de un experimento de laboratorio. La estadística es un método para la presentación de hechos históricos. . . . La estadística de los precios es historia económica. La idea de que, ceteris paribus, un aumento de la demanda debe traducirse en un aumento de los precios no se deriva de la experiencia. Nadie estuvo nunca ni estará jamás en posición de observar un cambio en uno de los datos del mercado ceteris paribus. No existe tal cosa como una economía cuantitativa. Todas las magnitudes económicas que conocemos son datos de la historia económica. . . . Nadie es tan osado como para sostener que un aumento del A por ciento en la oferta de cualquier mercancía deba siempre —en todo país y en todo tiempo— traducirse en una caída del B por ciento en el precio. Pero como ningún economista cuantitativo se aventuró jamás a definir con precisión, sobre la base de la experiencia estadística, las condiciones particulares que producen una desviación determinada de la razón A:B, la futilidad de sus esfuerzos resulta manifiesta.30
Ampliando su crítica de las constantes, Mises añadió:
Las magnitudes que observamos en el campo de la acción humana . . . son manifiestamente variables. Los cambios que en ellas se producen afectan claramente el resultado de nuestras acciones. Toda magnitud que podemos observar es un acontecimiento histórico, un hecho que no puede describirse plenamente sin especificar el momento temporal y el punto geográfico.
El econometrista es incapaz de refutar este hecho, que socava por completo su razonamiento. No puede menos que admitir que no hay "constantes de comportamiento". No obstante, quiere introducir algunos números, elegidos arbitrariamente sobre la base de hechos históricos, como "constantes de comportamiento desconocidas". La única excusa que aduce es que sus hipótesis "afirman únicamente que estos números desconocidos se mantienen razonablemente constantes a lo largo de un período de años".31 Ahora bien, si tal período de supuesta constancia de un número determinado todavía persiste o si ya se ha producido un cambio en el número solo puede establecerse más tarde. En retrospectiva puede que sea posible, aunque solo en casos raros, declarar que a lo largo de un período (probablemente más bien breve) prevaleció entre los valores numéricos de dos factores una razón aproximadamente estable que el econometrista elige llamar una razón "razonablemente" constante. Pero esto es algo fundamentalmente distinto de las constantes de la física. Es la afirmación de un hecho histórico, no de una constante a la que pueda recurrirse en los intentos de predecir acontecimientos futuros.32
Las tan elogiadas ecuaciones son, en la medida en que se aplican al futuro, meras ecuaciones en las que todas las magnitudes son incógnitas.33
En el tratamiento matemático de la física, la distinción entre constantes y variables tiene sentido; es esencial en cada caso de cómputo tecnológico. En economía no hay relaciones constantes entre las distintas magnitudes. En consecuencia, todos los datos averiguables son variables o, lo que viene a ser lo mismo, datos históricos. Los economistas matemáticos reiteran que la dificultad de la economía matemática consiste en que hay un gran número de variables. La verdad es que solo hay variables y ninguna constante. Carece de sentido hablar de variables allí donde no hay invariables.34
¿Cuál es, entonces, la relación adecuada entre la teoría económica y la historia económica o, más precisamente, la historia en general? La función del historiador es tratar de explicar los hechos históricos singulares que constituyen su ámbito; para hacerlo adecuadamente debe emplear todas las teorías pertinentes de todas las diversas disciplinas que inciden en su problema. Pues los hechos históricos son resultantes complejas de una miríada de causas que provienen de distintos aspectos de la condición humana. Así, el historiador debe estar dispuesto a usar no solo la teoría económica praxeológica, sino también nociones de la física, la psicología, la tecnología y la estrategia militar, junto con una comprensión interpretativa de los motivos y fines de los individuos. Debe emplear estas herramientas para comprender tanto los fines de las diversas acciones de la historia como las consecuencias de tales acciones. Como están implicados la comprensión de individuos diversos y de sus interacciones, así como el contexto histórico, el historiador que utiliza las herramientas de la ciencia natural y social es, en última instancia, un "artista", y de ahí que no haya garantía ni siquiera probabilidad de que dos historiadores cualesquiera juzguen una situación exactamente del mismo modo. Aunque puedan coincidir en un conjunto de factores para explicar la génesis y las consecuencias de un acontecimiento, es improbable que coincidan en el peso preciso que ha de atribuirse a cada factor causal. Al emplear las diversas teorías científicas, tienen que formular juicios de relevancia sobre qué teorías se aplican en cada caso dado; por referirnos a un ejemplo empleado antes en este trabajo, un historiador de Robinson Crusoe difícilmente emplearía la teoría del dinero en una explicación histórica de sus acciones en una isla desierta. Para el historiador de la economía, la ley económica no se confirma ni se contrasta mediante los hechos históricos; en cambio, la ley, donde es pertinente, se aplica para ayudar a explicar los hechos. Los hechos ilustran así el funcionamiento de la ley. La relación entre la teoría económica praxeológica y la comprensión de la historia económica fue resumida con sutileza por Alfred Schütz:
Ningún acto económico es concebible sin alguna referencia a un actor económico, pero este último es absolutamente anónimo; no es usted, ni yo, ni un empresario, ni siquiera un "hombre económico" como tal, sino un puro y universal "uno". Esta es la razón por la cual las proposiciones de la economía teórica tienen precisamente esa "validez universal" que les confiere la idealidad del "y así sucesivamente" y del "puedo hacerlo de nuevo". Sin embargo, uno puede estudiar al actor económico como tal y tratar de averiguar qué ocurre en su mente; por supuesto, en tal caso uno no se ocupa de la economía teórica, sino de la historia económica o de la sociología económica. . . . No obstante, los enunciados de estas ciencias no pueden reivindicar ninguna validez universal, pues tratan o bien de los sentimientos económicos de individuos históricos particulares, o bien de tipos de actividad económica de los cuales los actos económicos en cuestión son evidencia. . . .
A nuestro juicio, la economía pura es un ejemplo perfecto de un complejo de sentido objetivo acerca de complejos de sentido subjetivo, dicho de otro modo, de una configuración de sentido objetiva que estipula las experiencias subjetivas típicas e invariantes de cualquiera que actúe dentro de un marco económico. . . Habría que excluir de tal esquema toda consideración de los usos a los que han de destinarse los "bienes" una vez adquiridos. Pero en cuanto sí dirigimos nuestra atención al sentido subjetivo de una persona individual real, dejando atrás al anónimo "cualquiera", entonces, por supuesto, tiene sentido hablar de un comportamiento atípico. . . . Ciertamente, tal comportamiento es irrelevante desde el punto de vista de la economía, y es en este sentido que los principios económicos son, en palabras de Mises, "no un enunciado de lo que suele suceder, sino de lo que necesariamente debe suceder".35
Además, como señalaron el politólogo Bruno Leoni y el matemático Eugenio Frola,