Apéndice J: Historia de las teorías sobre el origen del dinero
Los grandes pensadores de la antigüedad, y tras ellos una larga serie de los más eminentes eruditos de épocas posteriores hasta el día de hoy, se han ocupado más que de cualquier otro problema de nuestra ciencia de la explicación del extraño hecho de que cierto número de bienes (el oro y la plata en forma de moneda, a medida que la civilización se desarrolla) sean aceptados de buen grado por todos a cambio de todas las demás mercancías, incluso por personas que no tienen necesidad directa de ellos o cuyas necesidades ya han sido plenamente satisfechas. Una persona de la más común inteligencia comprende que el poseedor de un bien lo entregará a cambio de otro que le sea más útil. Pero que todo individuo económico de una sociedad entera esté ansioso por cambiar sus mercancías por pequeños discos de metal, que ordinariamente solo unos pocos hombres pueden usar de modo directo, es algo tan contradictorio con el curso ordinario de los acontecimientos que no puede sorprendernos que parezca «misterioso» incluso a un pensador tan brillante como F.K. v. Savigny (Das Obligationenrecht als Theil des heutigen römischen Rechts, Berlín, 1851-53, II, 406). El problema que la ciencia debe resolver es, pues, la explicación de una conducta humana que es general y cuyos motivos no yacen claramente en la superficie. Considerando estos dos rasgos del problema, es fácil entender por qué surgió la idea de atribuir la conducta en cuestión a un acuerdo entre los hombres o a la expresión de su voluntad colectiva (la ley), especialmente con respecto al dinero en su forma acuñada. Platón y Aristóteles adoptan esta posición. Platón llama al dinero un «símbolo para los fines del cambio» (República, II. 371; véase B. Jowett, trad. y ed., The Dialogues of Plato, Londres, Oxford University Press, 1892, III, 52), y Aristóteles, en un pasaje muy citado, dice que el dinero se originó por convención, no por naturaleza sino por ley (Ethica Nicomachea, v. 5, 1133a, 29-32). Expresa esta opinión aún más claramente en su Política, donde dice que «los hombres acordaron emplear en sus tratos mutuos algo . . . por ejemplo hierro, plata y cosas semejantes», y ofrece esto como su explicación del origen del dinero (i. 9. 1257a, 36-40).
El jurista romano Paulo, cuyas opiniones sobre el origen del dinero se han conservado en el código de Justiniano (L. 1. Dig. de contr. emt. 18, 1), resuelve el problema de manera semejante a la de los filósofos griegos. Señala las dificultades que entraña el puro trueque y opina que esas dificultades fueron eliminadas por una institución pública (el dinero). Paulo escribe que «se eligió una sustancia cuya valoración pública la eximía de las fluctuaciones de las demás mercancías, dándole así un valor externo (nominal) siempre estable. La sociedad estampó sobre esta sustancia una marca (de su valor externo). De ahí que su valor de cambio se base, no en la sustancia misma, sino en su valor nominal.» Así pues, Paulo también atribuye el origen del dinero a la autoridad pública.
Junto a las opiniones que acabamos de describir, podemos discernir también intentos de los escritores de la antigüedad de remontar la posición especial que ocupan los metales preciosos en comparación con el resto de las mercancías a cualidades especiales de aquellos. Aristóteles señala la facilidad con que pueden manejarse y transportarse (Política, i. 9. 1257ᵃ, 39–41) y en otro lugar su relativa estabilidad de precio (Ethica Nicomachea, v. 5. 1133ᵇ, 13–15). Jenofonte observa incluso los amplios límites cuantitativos dentro de los cuales pueden comercializarse los metales preciosos, principalmente la plata. Sostiene que si los productos de los herreros o de los caldereros, o incluso el vino o el grano, llegaran a un mercado en cantidades inusitadamente grandes, su precio caería bruscamente, mientras que la plata, y en menor medida también el oro, siempre podrían cambiarse a precios provechosos (Ways and Means: A Pamphlet of Revenues, en H.K. Dakyns, traductor, The Works of Xenophon, Londres, Macmillan Co., 1892, II, 335–336). La durabilidad e indestructibilidad de los metales preciosos, en particular del oro, ya fue subrayada por Plinio (The Natural History, traducido por John Bostock y H.T. Riley, Londres: H.G. Bohn, 1857, VI, 96–97 y 111–112).
La literatura sumamente fecunda de la Edad Media y del siglo dieciséis fue cuidadosamente recopilada por Philipp Labbé (Bibliotheca nummaria, ex Theologis, Juris consultis, Medicis, ac Philologis concinnata, etc., Ruan, 1672). Las colecciones de René Budel (De monetis et re nummaria, Colonia, 1591) y de Marquard Freher (De re monetaria veterum Romanorum et hodierni apud Germanos Imperii, Lyon, 1605) contienen muchas publicaciones notables de aquel período (incluidos los tratados de Nicolaus Oresmius y Gabriel Biel). Roscher ha tratado varias de ellas en sus Grundlagen der Nationalökonomie (Stuttgart, 1892, pp. 301–302, nota 6) con gran erudición. Estos tratados se ocupaban principalmente de los problemas prácticos de la acuñación, en especial de la cuestión de la existencia y los límites del derecho de los príncipes a alterar el contenido metálico de las monedas, y de las consecuencias de esas alteraciones sobre la riqueza pública. Este problema había cobrado importancia a causa de los frecuentes abusos de la acuñación por parte del gobierno. En este contexto, varios autores aprovechan también la ocasión para discutir el problema del origen del dinero, que resuelven sobre la base de las conclusiones de los escritores de la antigüedad, con regular referencia a Aristóteles. Véase Nicolaus Oresmius (Nicole Oresme) (muerto en 1383), Tractatus de origine, natura, jure et mutationibus monetarum (ed. con una traducción por L. Wolowski, París, 1864, p. ix y p. xciv); Gabriel Biel (muerto en 1495), De monetarum potestate et utilitate libellus (en Gaspar Antonius Thesaurus, De monetarum augmento variatione et diminutione, Turín, 1609, p. 1, también en una traducción inglesa, Treatise on the Power and Utility of Moneys, traducido y editado por R.B. Burke, Filadelfia, 1930, p. 19); Carolus Molinaeus, De mutatione monetarum quaestiones duo (en R. Budel, ed., De monetis et re nummaria, p. 485); Didacus Covarruvias, Veterum numismatum collatio, en ibid., p. 648; Jacobus Menochius, Consilium XLIX, en ibid., p. 705; René Budel, De monetis et re nummaria, en ibid., p. 10; y Jehan de Malestroit, Les Paradoxes, escrito en 1566 (reimpreso en L. Einaudi, editor, Paradoxes inédits du seigneur de Malestroit, Turín, 1937, p. 97).
Resumiendo el curso seguido por las investigaciones de estos escritores, casi siempre comienzan mostrando las dificultades que para el comercio surgen del puro trueque. A continuación muestran cómo es posible eliminar esas dificultades mediante la introducción del dinero. En el desarrollo ulterior de sus argumentos, subrayan la especial idoneidad de los metales preciosos para servir de dinero y, finalmente, citando a Aristóteles, llegan a la conclusión de que los metales preciosos se convirtieron efectivamente en dinero por la legislación de los hombres. (Oresmius dice que el dinero es un «instrumentum artificialiter adinventum», op. cit., p. xliv; Biel dice que es «vel ex sui natura vel hominum instituto», op. cit., p. 2; y Molinaeus dice que «inventio et institutio monetae . . . est de iure gentium», op. cit., p. 486.) Por meritorio que sea el servicio de muchos de estos escritores al oponerse a los abusos de la acuñación por parte de los príncipes, no mejoraron por ello las opiniones de la antigüedad en lo que respecta a la cuestión del origen del dinero.
Los primeros escritores italianos e ingleses no son una excepción. Bernardo Davanzati, que escribía en 1588, sigue estrictamente las opiniones de Aristóteles y Paulo, y remonta el origen del dinero a la autoridad del Estado («per legge accordata», véase su Lezione delle monete in Scrittori classici Italiani di economia politica, Milán, 1803–05, II, 24). Geminiano Montanari (m. 1687) hace lo mismo (Della moneta, en ibid., III, 17, 32 y 118). Y Lewes Roberts, cuya muy leída The Merchants Map of Commerce se publicó por primera vez en 1638, y representa las opiniones económicas de la Inglaterra del siglo diecisiete con más exactitud que cualquier otra obra de aquella época, remonta el origen del dinero a la misma fuente (véase p. 15 de la tercera edición, Londres, 1677).
Entre los escritores monetarios de la primera mitad del siglo dieciocho, John Law es preeminente por sus investigaciones sobre el origen del dinero. Su contemporáneo Boizard atribuía todavía el origen del dinero a la autoridad pública, y Vauban (Projet d'une dixme royale, escrito en 1707, reeditado en E. Daire [ed.], Economistes financiers du XVIIIe siècle, París, 1843, p. 51), así como Pierre Boisguillebert (Dissertation sur la nature des richesses, de l'argent, et des tributs, en ibid., pp. 396–398) no fueron más allá de subrayar la necesidad del dinero como medio para facilitar el comercio. Law, por el contrario, repudia con la mayor decisión la teoría contractual y, reconociendo, como ningún autor antes que él, la posición especial de los metales preciosos entre las demás mercancías, deriva la génesis del carácter monetario de los metales preciosos de sus características especiales. Así, es el fundador de la teoría correcta del origen del dinero (véase su Money and Trade Considered, Londres, 1720, pp. 4 y ss.; también su Mémoire sur l'usage des monnaies, escrito en 1706–07, reimpreso en Paul Harsin, ed., John Law: Oeuvres complètes, París, 1934, p. 167). A Law lo siguen, en su oposición a la teoría que remonta el origen del dinero a un contrato entre los hombres, Antonio Genovesi (Lezioni di economia civile, en Scrittori classici Italiani di economia politica, Milán, 1803–05, VIII, 291–313) y A.R.J. Turgot (Réflexions sur la formation et la distribution des richesses, escrito en 1766, y reimpreso en G. Schelle, ed., Oeuvres de Turgot, París, 1913–23, II, 558–560). El intento de Law de explicar la génesis del carácter monetario de los metales preciosos a partir de su naturaleza especial fue retomado y admirablemente llevado a cabo en parte por Cesare Beccaria (Elementi di economia publica, en Scrittori classici Italiani di economia politica, Milán, 1803–05, XIX, 10–18); Pietro Verri (Meditazioni sulla economia politica, en ibid., XXII, 13–19; y Sulle leggi vincolanti principalmente nel commercio de' grani riflessioni, en ibid., XXIII, 21); Turgot (op. cit., II, 558–560; y «Deuxième lettre à l'abbé de Cice» en ibid., I, 143 y ss.); Adam Smith (An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations, Modern Library Edition, Nueva York, 1937, pp. 22–29); y J.G. Busch (Abhandlung von dem Geldsumlauf, Hamburgo, 1780, pp. 279 y ss.).
Entre los escritores más recientes de la misma tradición se cuentan: T.R. Malthus (Principles of Political Economy, segunda edición, Londres, 1836, pp. 50–60); J.R. McCulloch (The Principles of Political Economy, segunda edición, Londres, 1830, pp. 129–136); John Stuart Mill (Principles of Political Economy, editado por Sir W.J. Ashley, Londres, 1909, pp. 483–488); Melchiorre Gioja (Nuovo prospetto delle scienze economiche, Milán, 1815, I, 118 y ss.); M.H. Baudrillart (Manuel d'économie politique, cuarta edición, París, 1878, pp. 252–262); Joseph Garnier (Traité d'économie politique, séptima edición, París, 1873, pp. 309 y ss.); y dos economistas alemanes, Ch. J. Kraus (Staatswirthschaft, Königsberg, 1808, I, 61 y ss.) y Aug. Fr. Lueder (National-Industrie und Staatswirthschaft, Berlín, 1800–04, I, 48 y ss.).
Otros economistas alemanes de las primeras décadas del siglo diecinueve muestran poco interés por la investigación histórica, y el problema del origen del dinero fue casi por completo descuidado en las obras de Johann A. Oberndorfer, Karl H.L. Pölitz, J.F.E. Lotz, Karl S. Zachariä y F.B.W. v. Hermann. Esta situación se prolongó hasta que, con el redespertar de la investigación histórica en el campo de nuestra ciencia, la cuestión del origen del dinero fue de nuevo retomada por Karl H. Rau, Johann F.G. Eiselen, Wilhelm Roscher, Bruno Hildebrand y Karl Knies, así como por Karl Murhard algo antes.
Las monografías publicadas hasta ahora han hecho avanzar poco la investigación. Adam Müller analiza el deseo de los hombres por el Estado y piensa que los metales preciosos provocan esta unión, ofreciendo esto como su teoría del origen del dinero (Versuche einer neuen Theorie des Geldes, edición reimpresa, Viena, 1922, pp. 78 y ss.). Johann G. Hoffmann (Die Lehre vom Gelde, Berlín, 1838, p. 10) atribuye de nuevo el origen del dinero a un contrato entre los hombres. Michel Chevalier (La monnaie, en Cours d'économie politique, París, 1866, III, 5) hace lo mismo. La monografía de Samuel Oppenheim, Die Natur des Geldes (Maguncia, 1855), tiene mayor interés, aunque su importancia no consiste tanto en una concepción particular del primer origen del dinero (pp. 4 y ss.) cuanto en una exposición del proceso por el cual una mercancía que se ha convertido en medio de cambio pierde su carácter original de mercancía y termina por convertirse en un mero símbolo de valor. Aunque debo contradecir enfáticamente esta opinión, encuentro no obstante en el argumento de Oppenheim un pensamiento claramente expresado (o más bien una observación) que explica suficientemente por qué hallamos este error en los escritos de muchos eminentes economistas. Me refiero a la observación de que el carácter del dinero como metal industrial desaparece a menudo por completo de la conciencia de los hombres económicos a causa de la fluidez de funcionamiento de nuestro mecanismo de comercio, y que los hombres, por tanto, solo advierten su carácter de medio de cambio. La fuerza de la costumbre es tan grande que la capacidad de un metal usado como dinero para continuar en ese papel queda asegurada incluso cuando los hombres no son directamente conscientes de su carácter de metal industrial. Esta observación es enteramente correcta. Pero es también del todo evidente que la capacidad de un material para servir de dinero, así como la costumbre en la que esa capacidad se funda, desaparecerían de inmediato si el carácter del dinero como material aplicable a fines industriales fuera destruido por algún accidente. Estoy dispuesto a admitir que, en condiciones de comercio sumamente desarrolladas, muchos hombres económicos consideran el dinero solo como un símbolo. Pero es del todo cierto que esta ilusión se disiparía de inmediato si se perdiera el carácter de las monedas como cantidades de materias primas industriales.