La teoría del dinero
1. La naturaleza y el origen del dinero85
En las primeras etapas del comercio, cuando los individuos económicos solo lentamente despiertan al conocimiento de las ganancias económicas que pueden obtenerse de la explotación de las oportunidades de intercambio existentes, su atención se dirige, en consonancia con la simplicidad de todos los comienzos culturales, únicamente a las más evidentes de esas oportunidades. Al considerar los bienes que adquirirá en el comercio, cada hombre solo tiene en cuenta su valor de uso para sí mismo. De ahí que las transacciones de intercambio que efectivamente se llevan a cabo se restrinjan naturalmente a las situaciones en que los individuos económicos poseen bienes que tienen para ellos un valor de uso menor que el de los bienes en poder de otros individuos económicos que valoran los mismos bienes de manera inversa. A tiene una espada que tiene para él un valor de uso menor que el arado de B, mientras que para B ese mismo arado tiene un valor de uso menor que la espada de A: al comienzo del comercio humano, todas las transacciones de intercambio efectivamente realizadas se restringen a casos de esta índole.
No es difícil advertir que el número de intercambios efectivamente realizados ha de estar muy estrechamente limitado bajo estas condiciones. ¡Cuán raras veces sucede que un bien en poder de una persona tenga para ella un valor de uso menor que otro bien poseído por otra persona que valora estos bienes precisamente del modo opuesto al mismo tiempo! E incluso cuando esta relación se da, ¡cuánto más raras aún han de ser las situaciones en que las dos personas efectivamente se encuentren! A tiene una red de pesca que quisiera cambiar por una cantidad de cáñamo. Para que esté en condiciones de realizar efectivamente este intercambio, no solo es necesario que exista otro individuo económico, B, dispuesto a dar una cantidad de cáñamo acorde con los deseos de A a cambio de la red de pesca, sino también que los dos individuos económicos, con estos deseos específicos, se encuentren mutuamente. Supóngase que el campesino C tiene un caballo que quisiera cambiar por una cierta cantidad de aperos de labranza y prendas de vestir. ¡Cuán improbable es que encuentre a otra persona que necesite su caballo y que esté, al mismo tiempo, dispuesta y en condiciones de darle todos los aperos y prendas que desea recibir a cambio!
Esta dificultad habría sido insuperable, y habría entorpecido gravemente el progreso de la división del trabajo, y sobre todo la producción de bienes para la venta futura, si no hubiera existido, en la naturaleza misma de las cosas, una salida. Pero había elementos en su situación que en todas partes condujeron inevitablemente a los hombres, sin necesidad de un acuerdo especial ni siquiera de coacción gubernamental, a un estado de cosas en el que esta dificultad quedaba completamente superada.
La provisión directa de sus necesidades es el fin último de todos los esfuerzos económicos de los hombres. El propósito final de sus operaciones de intercambio es, por tanto, cambiar sus mercancías por aquellos bienes que tienen valor de uso para ellos. El empeño en alcanzar este fin último ha sido igualmente característico de todas las etapas de la cultura y es enteramente correcto desde el punto de vista económico. Pero los individuos económicos obrarían evidentemente de manera antieconómica si, en todos aquellos casos en que este fin último no puede alcanzarse de modo inmediato y directo, renunciaran por completo a aproximarse a él.
Supóngase que un herrero de la época homérica ha forjado dos armaduras de cobre y desea cambiarlas por cobre, combustible y alimentos. Acude al mercado y ofrece sus productos a cambio de esos bienes. Sin duda se alegraría mucho si encontrara allí personas que desearan comprar sus armaduras y que, al mismo tiempo, tuvieran en venta todas las materias primas y los alimentos que él necesita. Pero ha de considerarse, evidentemente, un accidente particularmente afortunado que, entre el reducido número de personas que en un momento dado desean comprar un bien tan difícil de vender como sus armaduras, encuentre a alguna que ofrezca precisamente los bienes que él necesita. Haría, por tanto, totalmente imposible la colocación de sus mercancías, o posible solo con el dispendio de muchísimo tiempo, si obrara de modo tan antieconómico como para querer aceptar a cambio de sus mercancías únicamente bienes que tengan valor de uso para él mismo, y no también otros bienes que, aunque para él tendrían carácter de mercancía, poseen no obstante mayor comerciabilidad que su propia mercancía. La posesión de estas mercancías facilitaría considerablemente su búsqueda de personas que tengan justamente los bienes que él necesita. En los tiempos de los que hablo, el ganado era, como veremos más adelante, la más vendible de todas las mercancías. Aun cuando el armero ya esté suficientemente provisto de ganado para sus necesidades directas, obraría de manera muy antieconómica si no diera sus armaduras por una cierta cantidad adicional de ganado. Al hacerlo así, no está, por supuesto, cambiando sus mercancías por bienes de consumo (en el sentido estricto en que este término se opone a "mercancías"), sino solo por bienes que también tienen para él carácter de mercancía. Pero por sus mercancías menos vendibles obtiene otras de mayor comerciabilidad. La posesión de estos bienes más vendibles multiplica claramente sus probabilidades de encontrar en el mercado a personas que se ofrezcan a venderle los bienes que necesita. Por consiguiente, si nuestro armero reconoce correctamente su interés individual, será conducido naturalmente, sin coacción ni acuerdo especial alguno, a dar sus armaduras por un número correspondiente de cabezas de ganado. Con las mercancías más vendibles obtenidas de este modo, acudirá a las personas que en el mercado ofrecen en venta cobre, combustible y alimentos, a fin de lograr su objetivo último: la adquisición mediante el comercio de los bienes de consumo que necesita. Pero ahora puede proceder a este fin con mucha mayor rapidez, mayor economía y una probabilidad de éxito notablemente acrecentada.
A medida que cada individuo económico va tomando conciencia cada vez más cabal de su interés económico, este interés lo conduce, sin acuerdo alguno, sin coacción legislativa e incluso sin consideración del interés público, a dar sus mercancías a cambio de otras mercancías más vendibles, aun cuando no las necesite para ningún fin de consumo inmediato. Con el progreso económico podemos, por tanto, observar en todas partes el fenómeno de que un cierto número de bienes, especialmente aquellos que resultan más fácilmente vendibles en un tiempo y lugar dados, se vuelven, bajo el poderoso influjo de la costumbre, aceptables para todos en el comercio, y por ello susceptibles de ser dados a cambio de cualquier otra mercancía. Estos bienes fueron llamados "Geld"86 por nuestros antepasados, término derivado de "gelten", que significa compensar o pagar. De ahí que el término "Geld" designe en nuestra lengua al medio de pago como tal.87
La gran importancia de la costumbre88 en el origen del dinero puede advertirse de inmediato si se considera el proceso, antes descrito, por el cual ciertos bienes se convirtieron en dinero. El cambio de mercancías menos fácilmente vendibles por mercancías de mayor comerciabilidad redunda en el interés económico de todo individuo económico. Pero la realización efectiva de operaciones de intercambio de esta clase presupone, por parte de los individuos económicos, un conocimiento de su interés. Pues han de estar dispuestos a aceptar a cambio de sus mercancías, en razón de su mayor comerciabilidad, un bien que tal vez sea en sí mismo del todo inútil para ellos. Este conocimiento nunca será alcanzado por todos los miembros de un pueblo al mismo tiempo. Por el contrario, solo un reducido número de individuos económicos reconocerá al principio la ventaja que les reporta aceptar otras mercancías más vendibles a cambio de las propias siempre que un cambio directo de sus mercancías por los bienes que desean consumir resulte imposible o sumamente incierto. Esta ventaja es independiente de un reconocimiento general de una mercancía cualquiera como dinero. Pues un intercambio de esta índole, bajo cualesquiera circunstancias, acercará siempre considerablemente al individuo económico a su fin último: la adquisición de los bienes que desea consumir. Dado que no hay mejor manera de que los hombres se ilustren acerca de sus intereses económicos que la observación del éxito económico de quienes emplean los medios correctos para alcanzar sus fines, es evidente que nada favoreció tanto el surgimiento del dinero como la aceptación, largamente practicada y económicamente provechosa, de mercancías eminentemente vendibles a cambio de todas las demás por parte de los individuos económicos más perspicaces y más capaces. De este modo, la costumbre y la práctica contribuyeron en no escasa medida a convertir las mercancías que eran más vendibles en un tiempo dado en mercancías que llegaron a ser aceptadas, no ya por muchos, sino por todos los individuos económicos a cambio de sus propias mercancías.89
Dentro de las fronteras de un Estado, el ordenamiento jurídico ejerce por lo común sobre el carácter dinerario de las mercancías una influencia que, aunque pequeña, no puede negarse. El origen del dinero (a diferencia de la moneda acuñada, que es solo una variedad del dinero) es, como hemos visto, enteramente natural y, por ello, solo en los casos más raros muestra influencia legislativa. El dinero no es una invención del Estado. No es el producto de un acto legislativo. Ni siquiera la sanción de la autoridad política es necesaria para su existencia. Ciertas mercancías llegaron a ser dinero de modo del todo natural, como resultado de relaciones económicas que eran independientes del poder del Estado.
Pero si, en respuesta a las necesidades del comercio, un bien recibe la sanción del Estado como dinero, el resultado será que no solo todo pago al Estado mismo, sino también todos los demás pagos no estipulados explícitamente en otros bienes, podrán exigirse u ofrecerse, con efecto jurídicamente vinculante, únicamente en unidades de ese bien. Habrá, además, otro resultado especialmente importante: que cuando el pago se haya estipulado originalmente en otros bienes, pero no pueda efectuarse por alguna razón, el pago sustitutivo podrá igualmente exigirse u ofrecerse, con efecto jurídicamente vinculante, únicamente en unidades de aquel bien particular. Así, la sanción del Estado confiere a un bien determinado el atributo de ser un sustituto universal en el intercambio y, aunque el Estado no es responsable de la existencia del carácter dinerario del bien, sí lo es de una mejora significativa de dicho carácter dinerario.90
2. Las clases de dinero apropiadas a determinados pueblos y a determinados períodos históricos
El dinero no es el producto de un acuerdo entre los hombres económicos ni el producto de actos legislativos. Nadie lo inventó. A medida que los individuos económicos en situaciones sociales fueron tomando conciencia cada vez mayor de su interés económico, alcanzaron en todas partes el sencillo conocimiento de que entregar mercancías menos vendibles a cambio de otras de mayor vendibilidad los acerca sustancialmente a la consecución de sus fines económicos específicos. Así, con el desarrollo progresivo de la economía social, el dinero llegó a existir de manera independiente en numerosos centros de civilización. Pero precisamente porque el dinero es un producto natural de la economía humana, las formas específicas en que ha aparecido fueron en todas partes y en todo tiempo el resultado de situaciones económicas específicas y cambiantes. Entre un mismo pueblo en diferentes épocas, y entre diferentes pueblos en una misma época, distintos bienes han alcanzado en el comercio la posición especial antes descrita.
En los períodos más tempranos del desarrollo económico, el ganado parece haber sido la mercancía más vendible entre la mayoría de los pueblos del mundo antiguo. Los animales domésticos constituían el principal componente de la riqueza de cada individuo entre los nómadas y entre los pueblos que pasaban de una economía nómada a la agricultura. Su comerciabilidad se extendía literalmente a todos los individuos económicos, y la falta de caminos artificiales, unida al hecho de que el ganado se transportaba a sí mismo (¡casi sin coste alguno en las etapas primitivas de la civilización!), lo hacía vendible en un área geográfica más amplia que la de la mayoría de las demás mercancías. Por lo demás, diversas circunstancias favorecían unos amplios límites cuantitativos y temporales de su comerciabilidad. Una vaca es una mercancía de considerable durabilidad. Su coste de mantenimiento es insignificante allí donde los pastos abundan y donde los animales se mantienen a cielo abierto. Y en una cultura en la que todos procuran poseer rebaños lo más grandes posible, el ganado no suele llevarse al mercado en cantidades excesivas en un mismo momento. En el período del que hablo, no se daba una conjunción semejante de circunstancias que estableciera para ninguna otra mercancía un radio de comerciabilidad tan amplio. Si a estas circunstancias añadimos el hecho de que el comercio de animales domésticos estaba al menos tan desarrollado como el de cualquier otra mercancía, el ganado aparece como la más vendible de todas las mercancías disponibles y, por ende, como el dinero natural de los pueblos del mundo antiguo.
El comercio y el tráfico del pueblo más culto del mundo antiguo, los griegos, cuyas etapas de desarrollo la historia nos ha revelado en contornos bastante nítidos, no mostraban traza alguna de moneda acuñada aún en época tan tardía como la de Homero. Predominaba todavía el trueque, y la riqueza consistía en rebaños de ganado. Los pagos se hacían en ganado. Los precios se calculaban en ganado. Y el ganado se empleaba para el pago de multas. Incluso Dracón imponía multas en ganado, y la práctica no se abandonó hasta que Solón las convirtió, al parecer porque habían dejado de ser útiles, en dinero metálico a razón de una dracma por una oveja y cinco dracmas por una vaca. Aún más nítidamente que entre los griegos pueden reconocerse trazas del dinero-ganado en el caso de los antepasados ganaderos de los pueblos de la península itálica. Hasta época muy tardía, el ganado y, junto a él, las ovejas, constituyeron el medio de intercambio entre los romanos. Sus penas legales más antiguas eran multas en ganado (impuestas en ganado vacuno y ovejas), que aparecen todavía en la lex Aternia Tarpeia del año 454 a. C. y que solo 24 años después se convirtieron en dinero acuñado.91
Entre nuestros propios antepasados, las antiguas tribus germánicas, en una época en que, según Tácito, tenían en igual estima los recipientes de plata y los de barro, un gran rebaño de ganado se consideraba equivalente a la riqueza. El trueque ocupaba el primer plano, tal como ocurría entre los griegos de la época homérica, y el ganado, una vez más, y en este caso también los caballos (¡y las armas también!), servían ya como medios de intercambio. El ganado constituía su posesión más altamente estimada y se prefería por encima de todo lo demás. Las multas legales se pagaban en ganado y armas, y solo más tarde en dinero metálico.92 Otón el Grande aún imponía multas en términos de ganado.
Entre los árabes, el patrón ganado existió todavía en la época de Mahoma.93 Entre los pueblos del Asia Menor oriental, donde los escritos de Zoroastro, el Zendavesta, se tenían por sagrados, otras formas de dinero reemplazaron el patrón ganado solo bastante tarde, después de que los pueblos vecinos hubieran pasado hacía ya mucho tiempo a una moneda metálica.94 Que el ganado fuera utilizado como moneda por los hebreos, por los pueblos del Asia Menor y por los habitantes de Mesopotamia en tiempos prehistóricos cabe suponerlo, aunque no podamos encontrar prueba de ello. Todas estas tribus entraron en la historia en un nivel de civilización en el que presumiblemente habían superado ya el patrón ganado, si se permite extraer conclusiones generales, por analogía, de desarrollos posteriores y del hecho de que parece antinatural en una sociedad primitiva hacer grandes pagos en metal o en instrumentos metálicos.
Pero la civilización creciente, y sobre todo la división del trabajo y su consecuencia natural, la formación gradual de ciudades habitadas por una población dedicada primordialmente a la industria, debieron por todas partes tener como resultado disminuir simultáneamente la comerciabilidad del ganado y aumentar la comerciabilidad de muchas otras mercancías, especialmente de los metales entonces en uso. El artesano que comenzaba a comerciar con el agricultor rara vez estaba en condiciones de aceptar ganado como dinero; para un habitante de la ciudad, la posesión temporal de ganado implicaba necesariamente no solo incomodidades, sino también considerables sacrificios económicos; y la cría y alimentación del ganado no imponía al agricultor ningún sacrificio económico significativo solamente mientras dispusiera de pastos ilimitados y estuviera acostumbrado a mantener su ganado en campo abierto. Con el progreso de la civilización, por tanto, el ganado perdió en gran medida la amplia comerciabilidad que había tenido anteriormente respecto del número de personas a las que, y respecto del período de tiempo dentro del cual, podía venderse económicamente. Al mismo tiempo, retrocedió cada vez más a un segundo plano frente a otros bienes en cuanto a los límites espaciales y cuantitativos de su comerciabilidad. Dejó de ser la más vendible de las mercancías, la forma económica del dinero, y finalmente dejó de ser dinero en absoluto.
En todas las culturas en las que el ganado había tenido anteriormente el carácter de dinero, el dinero-ganado fue abandonado con el paso de una existencia nómada y de una agricultura simple a un sistema más complejo en el que se practicaba la artesanía, ocupando su lugar los metales entonces en uso. Entre los metales que en un principio fueron trabajados principalmente por los hombres a causa de su facilidad de extracción y de su maleabilidad estaban el cobre, la plata, el oro y, en algunos casos, también el hierro. La transición se produjo de manera bastante fluida cuando se hizo necesaria, ya que los instrumentos metálicos y el propio metal en bruto sin duda habían estado ya en uso por todas partes como dinero, además del dinero-ganado, con el fin de realizar pequeños pagos.
El cobre fue el primer metal con el que se fabricaron el arado del agricultor, las armas del guerrero y las herramientas del artesano. El cobre, el oro y la plata fueron los primeros materiales empleados para vasijas y ornamentos de toda clase. En la etapa cultural en la que los pueblos pasaron del dinero-ganado a una moneda exclusivamente metálica, por tanto, el cobre y quizá algunas de sus aleaciones eran bienes de uso muy general, y el oro y la plata, como los medios más importantes para satisfacer aquella pasión más universal de los hombres primitivos, el deseo de destacar en apariencia ante los demás miembros de la tribu, se habían convertido en bienes del deseo más general. Mientras tuvieron pocos usos, los tres metales circularon casi exclusivamente en formas acabadas. Más tarde, al circular como metal en bruto, estuvieron menos limitados en cuanto a su uso y tuvieron mayor divisibilidad. Su comerciabilidad no estaba restringida a un pequeño número de personas economizadoras ni, a causa de su gran utilidad para todos los pueblos y de su fácil transportabilidad con sacrificios económicos relativamente leves, confinada dentro de estrechos límites espaciales. A causa de su durabilidad no estaban restringidos en su comerciabilidad a estrechos límites en el tiempo. Como resultado de la competencia general por ellos, podían venderse más fácilmente a precios económicos que cualquier otra mercancía en cantidades comparables (p. 227). Así observamos una situación económica en el período histórico posterior al nomadismo y a la agricultura simple en la que estos tres metales, por ser los bienes más vendibles, se convirtieron en el medio exclusivo de cambio.
Esta transición no se produjo de manera abrupta, ni se produjo de la misma manera en todos los pueblos. El patrón metálico más nuevo pudo haber estado en uso durante mucho tiempo junto al patrón ganado más antiguo antes de reemplazar a este último por completo. El valor de un animal, en dinero metálico, pudo haber servido de base para la unidad monetaria incluso después de que el metal hubiera desplazado por completo al ganado como moneda en el comercio. El Dekaboion, el Tessearboion y el Hekatomboion de los griegos, y el dinero metálico más antiguo de los romanos y de los galos, fueron probablemente de esta naturaleza, y la imagen del animal que aparecía en las piezas de metal era probablemente un símbolo de este valor.95
Es, cuando menos, incierto si el cobre o el latón, como los más importantes de los metales en uso, fueron el primer medio de cambio, y si los metales preciosos adquirieron la función de dinero solo más tarde. En el Asia oriental, en China, y quizá también en la India, el patrón cobre experimentó su desarrollo más completo. En la Italia central se desarrolló igualmente un patrón exclusivamente de cobre. En las antiguas culturas del Éufrates y del Tigris, por el contrario, ni siquiera se encuentran rastros de la existencia anterior de un patrón exclusivamente de cobre, y en el Asia Menor y en Egipto, así como en Grecia, Sicilia y la baja Italia, su desarrollo independiente quedó detenido, dondequiera que hubiera existido, por el vasto desarrollo del comercio mediterráneo, que no podía llevarse a cabo de manera adecuada solo con cobre. Pero es cierto que todos los pueblos que fueron llevados a adoptar un patrón cobre como resultado de las circunstancias materiales bajo las cuales se desarrolló su economía pasaron de los metales menos preciosos a los más preciosos, del cobre y el hierro a la plata y el oro, con el ulterior desarrollo de la civilización, y especialmente con la extensión geográfica del comercio. En todos los lugares, además, donde se estableció un patrón plata, hubo una transición posterior a un patrón oro, y si la transición no siempre se completó efectivamente, la tendencia existía no obstante.
En el estrecho comercio de una antigua ciudad sabina con la región circundante, y en consonancia con la temprana simplicidad de las costumbres sabinas, cuando el patrón ganado hubo sobrevivido a su utilidad, el cobre sirvió mejor a los fines prácticos tanto de los agricultores como de los habitantes de la ciudad. Era el metal más importante en uso, sin duda la mercancía cuya comerciabilidad se extendía al mayor número de personas, y los límites cuantitativos de su comerciabilidad eran más amplios que los de cualquier otra mercancía: los requisitos más importantes del dinero en las etapas primitivas de la civilización. Era, además, un bien cuya conservación y almacenamiento fáciles y baratos en pequeñas cantidades, y cuyo coste de transporte relativamente moderado, lo cualificaban en grado suficiente para fines monetarios dentro de estrechos límites geográficos. Pero tan pronto como el área del comercio se ensanchó, conforme se aceleró el ritmo de rotación de las mercancías, y conforme los metales preciosos se convirtieron cada vez más en las mercancías más vendibles de una nueva época, el cobre naturalmente perdió su capacidad de servir como dinero. Al extenderse el comercio de este pueblo por todo el mundo, con la rápida rotación de sus mercancías y con la creciente división del trabajo, cada individuo economizador sintió cada vez más la necesidad de llevar dinero consigo. Con el progreso de la civilización, los metales preciosos se convirtieron en las mercancías más vendibles y, así, en el dinero natural de los pueblos económicamente muy desarrollados.
La historia de otros pueblos presenta un cuadro de grandes diferencias en su desarrollo económico y, por tanto, también en sus instituciones monetarias. Cuando México fue invadido por primera vez por los europeos, parece haber alcanzado ya un nivel inusual de desarrollo económico, según los informes publicados por testigos oculares sobre la condición del país en aquella época. El comercio de los antiguos aztecas reviste para nosotros especial interés por dos razones: (1) nos prueba que el pensamiento económico que lleva a los hombres a una actividad dirigida a la satisfacción más plena posible de sus necesidades es por todas partes responsable de fenómenos económicos análogos, y (2) el antiguo México nos presenta el cuadro de un país en estado de transición de una pura economía de trueque a una economía monetaria. Disponemos así del registro de una situación en la que podemos observar el proceso característico por el cual un cierto número de bienes alcanza mayor prominencia que el resto y se convierte en dinero.
Los informes de los conquistadores y de los escritores contemporáneos describen México como un país con numerosas ciudades y un comercio de mercancías bien organizado e imponente. Había mercados diarios en las ciudades, y cada cinco días se celebraban grandes mercados que estaban distribuidos por el país de tal manera que el gran mercado de una ciudad cualquiera no se veía perjudicado por la competencia del de una ciudad vecina. Había una gran plaza especial en cada ciudad para el comercio de mercancías, y en ella se asignaba un lugar particular a cada mercancía, fuera del cual estaba prohibido el comercio de esa mercancía. Las únicas excepciones a esta regla eran los alimentos y los objetos difíciles de transportar (madera, materiales curtientes, piedras, etc.). El número de personas reunidas en la plaza del mercado de la capital, México, se estimaba en 20.000 a 25.000 para los mercados diarios, y entre 40.000 y 50.000 en los días de gran mercado. Se comerciaba con un gran número de variedades de mercancías.96
La cuestión interesante que se plantea es si, en los mercados del antiguo México, que se asemejaban en tantos aspectos a los de Europa, habían aparecido también ya fenómenos análogos en naturaleza y origen a nuestro dinero.
El informe efectivo de los invasores españoles es que el comercio de México, en la época en que entraron por primera vez en el país, había dejado hacía ya mucho tiempo de moverse exclusivamente dentro de los límites del simple trueque, y que algunas mercancías habían alcanzado en cambio ya el estatus especial en el comercio del que traté más extensamente antes, es decir, el estatus de dinero. Los granos de cacao en pequeños sacos que contenían de 8.000 a 24.000 granos, ciertos pequeños pañuelos de algodón, arena de oro en cañones de pluma de ganso que se aceptaban según el tamaño (siendo desconocidas en general para los mexicanos las balanzas y los instrumentos de pesaje), piezas de cobre y, finalmente, delgadas piezas de estaño, parecen haber sido las mercancías que todos aceptaban de buen grado (como dinero), aun cuando las personas que las recibían no las necesitaran inmediatamente, siempre que no podía llevarse a cabo un intercambio directo de mercancías inmediatamente utilizables.
Los testigos oculares mencionan las siguientes mercancías como objeto de comercio en los mercados mexicanos: animales vivos y muertos, cacao, todos los demás alimentos, piedras preciosas, plantas medicinales, hierbas, gomas, resinas, tierras, medicinas preparadas, mercancías hechas de las fibras del agave, de hojas de palma y de pelo de animal, artículos hechos de plumas, y de madera y piedra, y finalmente oro, cobre, estaño, madera, piedras, materiales curtientes y pieles. Si consideramos no solo esta lista de mercancías, sino también (1) el hecho de que México, en la época de su descubrimiento por los europeos, era ya un país desarrollado con cierta industria y ciudades populosas, (2) que, puesto que la mayoría de nuestros animales domésticos les eran desconocidos, un patrón ganado quedaba enteramente fuera de cuestión, (3) que el cacao era la bebida diaria, el algodón el material de vestir más común, y el oro, el cobre y el estaño los metales más ampliamente usados del pueblo azteca, y (4) que la naturaleza de estas mercancías y el hecho de su uso general les conferían mayor comerciabilidad que a todas las demás mercancías, no es difícil comprender exactamente por qué estos bienes se convirtieron en el dinero del pueblo azteca. Eran la moneda natural, aunque poco desarrollada, del antiguo México.
Causas análogas fueron responsables del hecho de que las pieles de animales se convirtieran en dinero entre los pueblos cazadores dedicados al comercio exterior. Entre las tribus cazadoras hay naturalmente una sobreoferta de pieles, ya que proveer de alimento a una familia por medio de la caza conduce a una acumulación de pieles tan grande que, a lo sumo, solo puede surgir entre los miembros de la tribu cazadora una competencia por tipos de pieles especialmente hermosos o raros. Pero si la tribu entabla comercio con pueblos extranjeros, y surge un mercado de pieles en el que numerosos bienes de consumo pueden, a elección de los cazadores, ser cambiados por pieles, nada es más natural que las pieles se conviertan en el bien más vendible y, por consiguiente, que lleguen a ser preferidas y aceptadas incluso en los intercambios que tienen lugar entre los propios cazadores. Desde luego, el cazador A no necesita las pieles del cazador B que acepta en un intercambio, pero es consciente de que podrá cambiarlas fácilmente en los mercados por otros bienes que sí necesita. Por tanto prefiere las pieles, aunque para él tengan también únicamente el carácter de mercancías, a otras mercancías en su posesión que son menos fácilmente vendibles. Podemos efectivamente observar esta relación entre casi todas las tribus cazadoras que ejercen el comercio exterior con sus pieles.²⁰
El hecho de que los esclavos y los bloques de sal se convirtieran en dinero en el interior de África, y que las tortas de cera en el alto Amazonas, el bacalao en Islandia y Terranova, el tabaco en Maryland y Virginia, el azúcar en las Indias Occidentales británicas y el marfil en las inmediaciones de las colonias portuguesas asumieran las funciones del dinero, se explica por el hecho de que estos bienes eran, y en algunos casos siguen siendo, los principales artículos exportados desde estos lugares. Así adquieren, igual que las pieles entre las tribus cazadoras, una comerciabilidad preeminente.
El carácter monetario local de muchos otros bienes, por otra parte, puede atribuirse a su gran y general valor de uso a nivel local y a la comerciabilidad de ello resultante. Son ejemplos el carácter monetario de los dátiles en el oasis de Siwa, de los ladrillos de té en el Asia central y en Siberia, de las cuentas de vidrio en Nubia y Sennar, y del ghussub, una especie de mijo, en el país de Ahir (África). Un ejemplo en el que ambos factores han sido responsables del carácter monetario de un bien lo proporcionan los caracoles cauri, que han sido al mismo tiempo tanto un ornamento comúnmente deseado como una mercancía de exportación.97
Así, el dinero se nos presenta, en sus formas especiales diferentes según el lugar y el tiempo, no como el resultado de un acuerdo, de una coacción legislativa o del mero azar, sino como el producto natural de las diferencias en la situación económica de distintos pueblos en una misma época, o de un mismo pueblo en distintos períodos de su historia.
Amerika», Das Ausland, XIX, n.º 21, [21 de enero de 1846], 12. La palabra estonia «raha» (dinero) tiene en la lengua emparentada de los lapones el significado de piel (Philipp Krug, Zur Münzkunde Russlands, San Petersburgo, 1805). Sobre el dinero de piel en la Edad Media rusa, véase el informe de Néstor (A.L. Schlözer, traductor, Nestor, Russische Annalen, Goettingen, 1802–1809, III, 90). La antigua palabra «kung» (dinero) significa en realidad marta. Todavía en 1610 se tomó un cofre de guerra ruso que contenía 5450 rublos en plata y 7000 rublos en pieles. (Véase Nikolai Karamzin, Geschichte des russischen Reichs, Riga, 1820–1833, XI, 183). Véase también Roscher, op. cit., p. 309, y Heinrich Storch, Handbuch der National-Wirthschaftslehre, ed. de K.H. Rau, Hamburgo, 1820, III, 25–26.
3. El dinero como «medida del precio» y como la forma más económica para almacenar la riqueza intercambiable
Puesto que el desarrollo progresivo del comercio y el funcionamiento del dinero dan lugar a una situación económica en la que mercancías de toda clase se cambian unas por otras, y puesto que los límites dentro de los cuales se forman los precios se vuelven progresivamente más estrechos bajo la influencia de una viva competencia (p. 201), fue fácil que surgiera la idea de que todas las mercancías habrán de mantener, en un lugar dado y en un tiempo dado, una cierta relación de precio entre sí, sobre cuya base pueden cambiarse unas por otras a voluntad.
Supongamos que los precios de las mercancías enumeradas a continuación (suponiéndolas de calidades dadas), establecidos en un mercado particular en un momento dado, son los siguientes:
| Precios efectivos (por quintal) | Precio medio (por quintal) | |
|---|---|---|
| Azúcar | 24–26 táleros | 25 táleros |
| Algodón | 29–31 táleros | 30 táleros |
| Harina de trigo | 5 ½–6 ½ táleros | 6 táleros |
Ahora bien, si se supone que el precio medio de una mercancía es aquel al que puede tanto comprarse como venderse, entonces 4 quintales de azúcar aparecen, en el ejemplo, como el «equivalente» de 3 1/3 quintales de algodón, este como el «equivalente» de 16 2/3 quintales de harina de trigo, y de 100 táleros, y a la inversa. Solo necesitamos llamar al equivalente (en este sentido) de una mercancía (o a uno de sus muchos equivalentes) su «valor de cambio», y a la suma de dinero por la que puede tanto comprarse como venderse su «valor de cambio en el sentido preferente del término», para llegar al concepto de valor de cambio en general y del dinero como «medida del valor de cambio» en particular, que dominan nuestra ciencia.
«En un país en el que hay un vivo comercio», escribe Turgot, «toda clase de bien tendrá un precio corriente en términos de todo otro bien, lo que significa que una cantidad determinada de un bien será equivalente a una cantidad determinada de todo otro tipo de bien. Para expresar el valor de cambio de un bien particular, evidentemente basta con indicar la cantidad de otra mercancía conocida que se considera su equivalente. De esto se puede ver que toda clase de bienes que pueden ser objeto de comercio se miden, por así decirlo, unos contra otros, y que cualquiera de ellos puede servir de patrón de medida para todos los demás.»98 Pensamientos similares han sido expresados por casi todos los demás economistas que llegan, como Turgot en el curso de su famoso ensayo sobre el origen y la distribución de la riqueza nacional, a la conclusión de que el dinero, entre todas las posibles «medidas del valor de cambio», es la más adecuada y, por tanto, también la más común. Se dice que el único defecto de esta medida reside en el hecho de que el valor del dinero no es fijo, sino cambiante,99 y que el dinero proporciona por ello una medida fiable del «valor de cambio» para cualquier momento dado, pero no para distintos puntos en el tiempo.
En mi exposición de la teoría del precio, sin embargo, he mostrado que los equivalentes de los bienes en el sentido objetivo del término no pueden observarse en ninguna parte en la economía de los hombres (p. 193), y que toda la teoría que presenta el dinero como la «medida del valor de cambio» de los bienes se desintegra en la nada, ya que la base de la teoría es una ficción, un error.
Cuando un quintal de lana de calidad dada se vende en una transacción particular en un mercado de lana por 103 florines, a menudo se constata que se están realizando transacciones a precios más altos y más bajos en el mismo mercado y al mismo tiempo, a 104, 103 ½ y a 102 y 102 ½ florines, por ejemplo. A menudo también, mientras que los compradores en el mercado se declaran dispuestos a «tomar» a 101 florines, los vendedores declaran simultáneamente que solo están dispuestos a «ofrecer» a 105 florines. ¿Cuál es, en tal caso, el «valor de cambio» de la lana? O, para plantear la misma cuestión de manera inversa, ¿qué cantidad de lana es el «valor de cambio» de 100 florines, por ejemplo? Evidentemente, todo lo que puede decirse es que un quintal de lana puede comprarse o venderse en ese mercado en ese momento entre los límites de 101 y 105 florines.100 Pero una cantidad particular de lana y una cantidad particular de dinero (o de cualquier otra mercancía) que puedan cambiarse mutuamente una por otra, que sean equivalentes en el sentido objetivo del término, no pueden observarse en ninguna parte, pues no existen. No puede, por tanto, haber cuestión alguna de una medida de estos equivalentes (una medida del «valor de cambio»).
Es cierto que varios objetivos económicos de la vida práctica han dado lugar a la necesidad de valoraciones de exactitud aproximada, en especial valoraciones en términos de dinero. Cuando solo se requiere una corrección aproximada de las estimaciones, los precios medios pueden servir adecuadamente como base de la valoración, ya que por lo general son los más idóneos para este propósito. Pero está claro que este método de valorar los bienes ha de revelarse del todo insuficiente e incluso erróneo, aun para la vida práctica, allí donde se hace necesario un grado más alto de precisión. Cuando es necesaria una valoración exacta de los bienes, hay que distinguir tres cosas según la intención de quien realiza la estimación. Debe dirigir su atención a estimar (1) el precio al que ciertos bienes, si se llevan al mercado, pueden venderse, (2) el precio al que bienes de cierta clase y calidad pueden comprarse en el mercado, y (3) la cantidad de mercancías o la suma de dinero que constituye el equivalente, para el propio individuo en cuestión, de un bien o de una cantidad de bienes.
La base para realizar las dos primeras estimaciones se desprende de lo dicho. La formación de los precios, según hemos visto, siempre tiene lugar entre dos extremos, el inferior de los cuales puede también denominarse el precio de demanda (el precio al que se pide la mercancía en el mercado) y el superior de los cuales puede también denominarse el precio de oferta (el precio al que se ofrece en venta la mercancía en el mercado).101 El primero será por lo general la base para realizar la primera estimación y el segundo la base para realizar la segunda. La tercera estimación es más difícil, ya que comprende la posición particular que el bien o la cantidad de bienes cuyo equivalente (en el sentido subjetivo del término) está bajo consideración ocupa en la economía del individuo que economiza. Pues cuando estima este equivalente, también está considerando si el bien tiene para él un valor de uso preponderante o un valor de cambio preponderante; cuando se trata de cantidades de un bien, está considerando qué porción tiene para él un valor de uso preponderante y qué porción un valor de cambio preponderante.
Supongamos que A posee los bienes a, b y c, que tienen para él un valor de uso preponderante, y también los bienes d, e y f, que tienen para él un valor de cambio preponderante. La suma de dinero que espera poder obtener vendiendo el primer grupo no sería para él un equivalente de estos bienes, ya que su valor de uso para él es la forma superior, económica. Por el contrario, solo una suma de dinero que permitiera adquirir bienes idénticos o bienes tales que tuvieran para él el mismo valor de uso será para él un equivalente de estos bienes. Los bienes d, e y f, en cambio, son mercancías y, por tanto, están destinados a la venta. En el curso ordinario de los acontecimientos, se cambiarán por dinero. El precio que el individuo económico A espera obtener por ellos es, por lo general, en efecto, el equivalente de estos bienes.102 El equivalente de un bien solo puede, por consiguiente, estimarse correctamente con respecto al poseedor y al estatus económico que el bien tiene para él. El requisito previo necesario para la determinación del equivalente de un complejo de bienes (la propiedad de una persona) es la estimación por separado del equivalente de cada bien de consumo y de cada mercancía del complejo.103
Aunque la teoría del «valor de cambio» en general, y como consecuencia necesaria, la teoría del dinero como «medida del valor de cambio» en particular, debe calificarse de insostenible tras lo dicho, la observación de la naturaleza y la función del dinero nos enseña, no obstante, que las diversas estimaciones recién analizadas (a diferencia de la medición del «valor de cambio» de los bienes) suelen realizarse del modo más adecuado en términos de dinero. El propósito de las dos primeras valoraciones es la estimación de las cantidades de bienes por las que una mercancía puede comprarse o venderse en un momento dado en un mercado dado. Estas cantidades de bienes consistirán de ordinario únicamente en dinero si las transacciones previstas se llevan efectivamente a cabo, y el conocimiento de las sumas de dinero por las que una mercancía puede comprarse o venderse es, por tanto, naturalmente, el objetivo inmediato de la tarea económica de la valoración.
En condiciones de comercio desarrollado, la única mercancía en la que todas las demás pueden evaluarse sin procedimientos indirectos es el dinero. Allí donde el trueque en el sentido estricto del término desaparece, y solo sumas de dinero (en su mayor parte) aparecen efectivamente como precios de las diversas mercancías, falta una base fiable para la valoración en cualesquiera términos que no sean monetarios. La valoración del grano o de la lana, por ejemplo, es relativamente sencilla en términos de dinero. Pero la valoración de la lana en términos de grano, o del grano en términos de lana, entraña mayores dificultades, aunque solo sea porque un intercambio directo de estos dos bienes nunca tiene lugar, o solo en los casos excepcionales más raros, con el resultado de que falta el fundamento de tal valoración, los respectivos precios efectivos. Una valoración de esta clase, por tanto, solo suele ser posible sobre la base de un cálculo que tiene como requisito previo la valoración previa de ambos bienes en términos de dinero. La valoración de un bien en términos de dinero, en cambio, puede realizarse directamente sobre la base de los precios efectivos existentes.
La valoración de las mercancías en términos de dinero, así, no solo responde, como vimos antes, del modo más eficaz a los fines prácticos ordinarios de la valoración, sino que es además la más cómoda y la más sencilla en su operación práctica. La valoración en términos de otras mercancías es un procedimiento más complicado que presupone valoraciones previas en términos de dinero.
Lo mismo puede decirse acerca de la estimación de los equivalentes de los bienes en el sentido subjetivo del término, ya que de nuevo las dos primeras valoraciones constituyen su requisito previo y su fundamento.
Así pues, queda claro por qué la única mercancía en términos de la cual suelen realizarse las valoraciones es el dinero. En este sentido, como la mercancía en términos de la cual, por regla general y del modo más adecuado, se realizan las valoraciones en condiciones de comercio desarrollado, el dinero puede, si así se desea, denominarse una medida de los precios.104,105
He expuesto más arriba las razones por las que las estimaciones pueden, en general, realizarse del modo más eficaz en términos de una mercancía que ya ha alcanzado el carácter de dinero siempre que tal mercancía exista, y por tanto por qué las estimaciones se realizan de hecho en estos términos, a menos que peculiaridades de la mercancía que se ha convertido en dinero lo impidan. Pero este resultado no es una consecuencia necesaria del carácter de dinero de una mercancía. Es muy fácil imaginar casos en los que una mercancía que no posee el carácter de dinero sirve, sin embargo, como «medida del precio», o casos en los que solo una u otra de varias mercancías que han alcanzado el carácter de dinero cumple esta función adicional. La función de servir como medida del precio no es, por tanto, necesariamente un atributo de las mercancías que han alcanzado el carácter de dinero. Y si no es una consecuencia necesaria del hecho de que una mercancía se haya convertido en dinero, menos aún es un requisito previo o una causa de que una mercancía se convierta en dinero.
En realidad, por supuesto, el dinero es por lo general una medida del precio muy adecuada. Esto es especialmente cierto del dinero metálico a causa de su elevada divisibilidad y de la estabilidad relativamente mayor de los factores que determinan su valor. Hay otras mercancías que han alcanzado el carácter de dinero (armas, vajilla, anillos de bronce, etc.) pero que nunca se han empleado como medidas del precio. La función de servir como medida del precio no está, por tanto, contenida en el concepto de dinero. Varios economistas han fundido el concepto de dinero y el concepto de «medida del valor» en uno solo, y se han enredado, en consecuencia, en una concepción errónea de la verdadera naturaleza del dinero.
Los mismos factores responsables de que el dinero sea la única mercancía en términos de la cual suelen realizarse las valoraciones son responsables también de que el dinero sea el medio más apropiado para acumular aquella porción de la riqueza de una persona mediante la cual esta se propone adquirir otros bienes (bienes de consumo o medios de producción). La porción de su riqueza que un individuo que economiza se propone emplear para comprar bienes de consumo alcanza aquella forma en la que puede, en cualquier momento, satisfacer sus necesidades del modo más seguro y rápido si primero se cambia por dinero. La porción del capital de un individuo que economiza que no consiste ya en factores especializados de la producción prevista es también, por la misma razón, más adecuadamente conservada en forma de dinero que en cualquier otra forma, ya que cualquier otra mercancía debe primero cambiarse por dinero para poder negociarse a su vez por los medios de producción deseados. De hecho, la experiencia cotidiana nos enseña que los hombres que economizan se esfuerzan por convertir en dinero aquella parte de su acopio de bienes de consumo que consiste en bienes que ya no se proponen emplear para la satisfacción directa de sus necesidades, sino que consideran como mercancías. Del mismo modo, aquella parte de su capital que no consiste en factores de la producción prevista la convierten primero en dinero y dan así un paso nada despreciable en el fomento de sus propósitos económicos.
Pero la noción que atribuye al dinero como tal la función de transferir además «valores» del presente al futuro debe calificarse de errónea. Aunque el dinero metálico, a causa de su durabilidad y su bajo coste de conservación, es sin duda adecuado también para este propósito, está no obstante claro que otras mercancías son aún más idóneas para él. En efecto, la experiencia enseña que allí donde bienes menos fáciles de conservar, antes que los metales preciosos, han alcanzado el carácter de dinero, sirven de ordinario para fines de circulación, pero no para la conservación de «valores».106
Si resumimos lo dicho, llegamos a la conclusión de que la mercancía que se ha convertido en dinero es también la mercancía en la que las valoraciones que responden a los fines prácticos de los hombres que economizan, y en la que las acumulaciones de fondos con fines de cambio, pueden realizarse del modo más apropiado, siempre que no se interpongan en el camino impedimentos fundados en sus propiedades. El dinero metálico (que los autores de nuestra ciencia siempre tienen ante todo en mente cuando hablan del dinero en general) responde en realidad a estos fines en alto grado. Pero me parece igual de cierto que las funciones de ser una «medida del valor» y un «depósito de valor» no deben atribuirse al dinero como tal, ya que estas funciones son de naturaleza meramente accidental y no constituyen una parte esencial del concepto de dinero.
muchos otros casos (siempre que hay cumplimiento sustitutivo de un contrato, por ejemplo). Considérese, por ejemplo, el caso de alguien que impide ilícitamente a un erudito el uso de su biblioteca. El «precio de mercado» de los libros sería una compensación muy insuficiente para el erudito por su pérdida. Pero el precio de mercado sería el equivalente legítimo de la biblioteca para el heredero del erudito, para quien la biblioteca tendría un valor de cambio preponderante.
Sallustio Antonio Bandini desarrolla una concepción que tiene sus raíces en la obra de Aristóteles. Comienza su exposición mostrando las dificultades a las que conduce el trueque puro, sosteniendo que una persona cuyos bienes eran deseados por otros no siempre se hallaba en una situación en la que pudiera hacer uso de los bienes de aquellos, de ahí que se hiciera necesaria una prenda («un mallevadore») cuya transferencia habría de asegurar una compensación futura, y que los metales preciosos fueron elegidos para esta función. (Discorso economico en Scrittori classici Italiani di economia politica, Milano, 1803–05, VIII, 142ss.) Esta teoría fue desarrollada ulteriormente en Italia por Giammaria Ortes (Della economia nazionale, en ibid., XXIX, 271–276, y Lettere en ibid., XXX, 258ss.); por Gian-Rinaldo Carli (Dell’origine e del commercio della moneta, en ibid., XX, 15–26); y por Giambattista Coriani (Riflessioni sulle monete, y Lettera ad un legislatore della Republica Cisalpina, en ibid., XLVI, 87–102 y 153ss.). En Francia la teoría fue desarrollada por Dutot, (Réflexions politiques sur les finances et le commerce, en E. Daire, ed., Economistes
4. La acuñación
De la exposición precedente de la naturaleza y el origen del dinero se desprende que los metales preciosos se convirtieron de modo natural en la forma económica del dinero en las relaciones comerciales ordinarias de los pueblos civilizados. Pero el uso de los metales preciosos para fines monetarios va acompañado de algunos defectos cuya eliminación tuvieron que intentar los hombres que economizan. Los principales defectos que entraña el uso de los metales preciosos para fines monetarios son: (1) la dificultad de determinar su autenticidad y su grado de pureza, y (2) la necesidad de dividir el material duro en piezas apropiadas a cada transacción particular. Estas dificultades no pueden eliminarse con facilidad sin pérdida de tiempo y otros sacrificios económicos.
El examen de la autenticidad de los metales preciosos y de su grado de pureza requiere el empleo de productos químicos y de servicios de trabajo específicos, ya que solo puede ser emprendido por expertos. La división de los metales duros en piezas de los pesos necesarios para transacciones particulares es una operación que, a causa de la exactitud necesaria, no solo requiere trabajo, pérdida de tiempo e instrumentos de prefinanciers du XVIIIe Siècle, Paris, 1843, p. 895). En Alemania fue revisada por T.A.H. Schmalz, (Staatswirthschaftslehre in Briefen, Berlin, 1818, I, 48ss.), y en Inglaterra recientemente por Henry Dunning Macleod, (The Elements of Economics, New York, 1881, I, 171ss.). precisión, sino que va acompañada además de una pérdida nada despreciable del propio metal precioso (a causa de la pérdida de virutas y como resultado de las repetidas fundiciones).
Una descripción muy penetrante de las dificultades que surgen del uso de los metales preciosos para fines monetarios nos la ha proporcionado el conocido viajero107 por el sudeste de Asia, Bastian, en su obra sobre Birmania, un país donde la plata aún circula en estado no acuñado.
«Cuando una persona va al mercado en Birmania», relata Bastian, «debe llevar consigo un trozo de plata, un martillo, un cincel, una balanza y las pesas necesarias. “¿Cuánto valen estas ollas?” “Muéstrame tu dinero”, responde el comerciante, y tras inspeccionarlo fija un precio a este o aquel peso. El comprador pide entonces al comerciante un pequeño yunque y golpea su trozo de plata con el martillo hasta que cree haber dado con el peso correcto. Acto seguido lo pesa en su propia balanza, ya que la del comerciante no es de fiar, y añade plata a los platillos o la retira de ellos hasta que el peso es el justo. Por supuesto, buena parte de la plata se pierde a medida que las virutas caen al suelo, y el comprador, por tanto, suele preferir no comprar la cantidad exacta que desea, sino una equivalente al trozo de plata que acaba de desgajar. En las compras mayores, que solo se hacen con plata del más alto grado de pureza, el proceso es aún más complicado, ya que primero debe llamarse a un ensayador que determine el grado exacto de pureza, y a quien hay que pagar por esta tarea.»
Esta descripción nos ofrece un cuadro claro de las dificultades que entrañaba el comercio de todos los pueblos antes de que aprendieran a acuñar los metales. La experiencia frecuentemente repetida de estas dificultades debió de hacer que su eliminación pareciera sumamente deseable a todo individuo que economiza.
La primera de las dos dificultades, la determinación del grado de pureza del metal, parece haber sido aquella cuya eliminación se les apareció a los hombres que economizan como la de mayor importancia. Un sello impreso por un funcionario público o por alguna persona de confianza sobre una barra de metal garantizaba, no su peso, sino su grado de pureza, y eximía al poseedor, cuando pasaba el metal a otras personas que apreciaban la fiabilidad del sello, de la gravosa y costosa prueba de ensaye. El metal así sellado aún tenía que pesarse, como antes, pero su pureza no requería ulterior examen.
En algunos casos al mismo tiempo, y en otros casos posiblemente algo más tarde, los hombres que economizan parecen haber dado con la idea de designar también de manera similar el peso de las piezas de metal, y de dividir los metales desde el principio en piezas que estuvieran marcadas de modo fiable con su peso además de su pureza. Esto se lograba naturalmente del mejor modo dividiendo el metal precioso en pequeñas piezas correspondientes a las necesidades del comercio, y marcando el metal de tal manera que ninguna parte significativa pudiera retirarse de las piezas sin que la retirada se hiciera inmediatamente patente. Este objetivo se alcanzó acuñando el metal, y fue de este modo como nacieron nuestras monedas. Las monedas no son, así, por su propia naturaleza, sino piezas de metal cuya pureza y peso han sido determinados de manera fiable y con una exactitud suficiente para los fines prácticos de la vida económica, y que están protegidas contra el fraude del modo más eficaz posible. El hecho de la acuñación nos permite, en todas las transacciones, limitarnos simplemente a contar los pesos necesarios de los metales preciosos de manera fiable, sin enojosas pruebas de ensaye, división y pesaje. La importancia económica de la moneda consiste, por tanto, en que (aparte de ahorrarnos la operación mecánica de dividir el metal precioso en las cantidades requeridas) su aceptación nos ahorra el examen de su autenticidad, pureza y peso. Cuando la transmitimos, nos ahorra dar prueba de estos hechos. Así, nos libera de muchos procedimientos enojosos y fatigosos que entrañan sacrificios económicos, y, como consecuencia de este hecho, la naturalmente alta comerciabilidad de los metales preciosos se ve considerablemente incrementada.
La mejor garantía del peso íntegro y de la pureza asegurada de las monedas puede, por la naturaleza misma del caso, ser dada por el propio gobierno, ya que es conocido y reconocido por todos y tiene el poder de prevenir y castigar los delitos contra la acuñación.
Los gobiernos, por tanto, han aceptado de ordinario la obligación de sellar las monedas necesarias para el comercio. Pero han abusado tan a menudo y tan gravemente de su poder que los individuos que economizan acabaron por casi olvidar el hecho de que una moneda no es sino una pieza de metal precioso de pureza y peso fijos, pureza y peso íntegro de los cuales la honradez y la rectitud de la casa de la moneda constituyen una garantía. Surgieron incluso dudas sobre si el dinero es siquiera una mercancía. En efecto, se llegó finalmente a declararlo algo enteramente imaginario, que descansa únicamente sobre la conveniencia humana. El hecho de que los gobiernos trataran el dinero como si efectivamente no hubiera sido más que el producto de la conveniencia de los hombres en general y de sus caprichos legislativos en particular contribuyó, por tanto, en no escasa medida a fomentar los errores acerca de la naturaleza del dinero.108
Originalmente, los metales monetarios fueron sin duda divididos en piezas que correspondían a los pesos ya de uso general en el comercio. El as romano era originalmente una libra de cobre. En tiempos de Eduardo I, la libra esterlina inglesa contenía una libra, peso de la Torre, de plata, de cierta pureza. De modo similar, la livre francesa en tiempos de Carlomagno contenía una libra de plata según el peso de Troyes. El chelín y el penique ingleses eran también pesos usados habitualmente en el comercio. «Cuando el trigo esté a doce chelines el quarter», dice un antiguo estatuto de Enrique III, «entonces el pan wastel de un farthing pesará once chelines y cuatro peniques.»109 Es asimismo sabido que el marco, el chelín, el pfennig, etc., alemanes fueron originalmente pesos comerciales. Pero las repetidas alteraciones de la moneda que provocaron los maestros de las casas de la moneda pronto hicieron que los pesos ordinarios del lingote y los pesos según los cuales se empleaban los metales preciosos en el comercio (contados como monedas) llegaran a ser muy distintos en la mayoría de los países. Esta diferencia, a su vez, contribuyó no poco a que el dinero se considerara una «medida del valor de cambio» especial, aun cuando la moneda patrón en toda economía natural no es sino una unidad de peso definida por el peso según el cual se negocian los metales preciosos. Se han hecho frecuentes intentos en tiempos recientes de poner de nuevo en concordancia la unidad de peso del lingote con la unidad de acuñación, como en Alemania y Austria, donde la libra del Zollverein fue escogida como fundamento del sistema de acuñación.
Las principales imperfecciones de nuestras monedas son que no pueden fabricarse con pesos perfectamente exactos, y que ni siquiera se intenta la exactitud que podría alcanzarse, por razones prácticas (a causa del coste), en los procesos habituales de fabricación empleados en las casas de la moneda. Las imperfecciones con las que las monedas salen originalmente de la casa de la moneda se ven aumentadas durante su circulación por el uso, con el resultado de que fácilmente surge una desigualdad perceptible en los pesos de monedas de la misma denominación.
Es evidente que estos defectos resultan más acusados cuanto menores son las cantidades en que se dividen los metales preciosos. La acuñación de los metales preciosos en piezas tan pequeñas como las que exige el comercio minorista acarrearía las mayores dificultades técnicas, y aun cuando se llevara a cabo con un cuidado moderado, exigiría sacrificios económicos enteramente desproporcionados respecto del valor nominal de las monedas. Por otra parte, todo aquel que conoce el comercio comprenderá sin dificultad los problemas a que daría lugar la falta de monedas de pequeña denominación.
«Una moneda menor que 2 Annas», informa Bastian, «no existía en Siam. Quien deseara comprar algo por debajo de ese precio había de esperar hasta que la suma de una nueva necesidad justificara el desembolso de tal cantidad, o bien asociarse con otros posibles compradores y repartir con ellos la adquisición. A veces, pequeñas tazas de arroz hacían las veces de sucedáneos de la moneda, y se dice que en Socotra pequeños trozos de ghi, o mantequilla, servían de cambio menudo.» En las ciudades mexicanas a Bastian le dieron pedazos de jabón, y en el campo huevos, como cambio menudo. En las tierras altas del Perú los nativos tienen por costumbre tener preparada una cesta dividida en compartimentos. En uno de ellos hay agujas de coser, en otro carretes de hilo, y en otros velas y demás objetos de uso diario. Ofrecen una selección de estas cosas equivalente al importe del cambio menudo que se necesita. En la Alta Birmania se emplean trozos de plomo para las compras más pequeñas, como fruta, cigarros, etc., y todo comerciante tiene en su tienda una gran caja llena de estos trozos. Se pesan en una balanza mayor que la utilizada para la plata. En las aldeas donde no cabe esperar que den cambio de una moneda de plata, un sirviente debe seguir al comprador con un pesado saco de plomo para las pequeñas adquisiciones.
En la mayoría de los países civilizados, las dificultades técnicas y económicas de acuñar los metales preciosos en piezas muy pequeñas se eluden acuñando piezas de algún metal corriente, por lo general cobre o latón.
Puesto que, aunque solo fuera por comodidad, nadie guardará innecesariamente una parte considerable de su riqueza en estas monedas, ellas ocupan en el comercio una posición meramente subsidiaria, y pueden acuñarse sin perjuicio a medio peso, o incluso menos, para mayor comodidad del público, siempre que en todo momento puedan cambiarse en la casa de la moneda por monedas hechas de metal precioso, o que solo se emitan cantidades tan reducidas de moneda subsidiaria que permanezcan en circulación. El primer método es, en todo caso, el más correcto y, a la vez, una protección más segura contra los abusos gubernamentales derivados del beneficio que el Estado obtiene de la emisión de estas monedas. Tales piezas monetarias se denominan moneda subsidiaria. Su valor es mayor que el de los materiales con que están hechas, y ese valor adicional se debe al hecho de que un cierto número de monedas subsidiarias puede cambiarse en la casa de la moneda por una moneda de mayor denominación, y al hecho de que cualquiera puede emplearlas para saldar sus obligaciones frente al gobierno emisor y frente a cualquier otra persona hasta el importe de la moneda de peso pleno más pequeña. A causa de la mayor comodidad de las monedas subsidiarias de latón o cobre, el público tolera de buen grado, en este caso, la pequeña anomalía económica, ya que las ventajas de una mayor facilidad de transporte y de comodidad pesan más que la plenitud del peso tratándose de monedas que jamás son el centro de intereses económicos importantes. De manera análoga, en muchos países se acuñan incluso monedas de plata de peso reducido. Esto no resulta perjudicial mientras se limiten a las denominaciones para las cuales, por razones técnicas o económicas, no pueden fabricarse monedas adecuadas de peso pleno.