Necrológica de Carl Menger sobre Eugen von Böhm-Bawerk (1851 a 1914), aparecida en 1915 en el Almanach der Kaiserlichen Akademie der Wissenschaften de Viena y ampliada aquí con anotaciones procedentes de textos de Schumpeter. La primera parte traza su trayectoria vital: estudios en Viena, habilitación en 1880, cátedra en Innsbruck, varios mandatos como ministro de Hacienda austriaco y, por último, la presidencia de la Academia. La segunda parte rinde homenaje a su obra científica, desde el escrito de juventud sobre derechos y relaciones, pasando por la teoría del valor de los bienes, hasta la obra principal Historia y teoría del interés del capital. Menger resume de forma concisa la teoría positiva del interés (razones psicológicas y técnicas para la preferencia de los bienes presentes sobre los futuros) y sitúa la crítica internacional, en parte vehemente, sin ver por ello disminuida la importancia de Böhm-Bawerk.
Como polemista, fue uno de los mejores, presto a reconocer los aciertos de su adversario, pero siempre dispuesto a destruir, con deslumbrantes despliegues de lógica irrefutable, el edificio de errores construido por sus antagonistas. Ciertamente, la naturaleza controvertida de la teoría austriaca exigía semejante destreza si había de quedar firmemente establecida. (B. B. SELESMAN)
Tanto en la política como en la ciencia se acreditó el mismo carácter: el mismo dominio de sí y la misma intensidad, el mismo elevado nivel en el cumplimiento del deber que se graba en subordinados y discípulos por igual, la misma capacidad de mirar con gran agudeza a los hombres y a las cosas sin volverse frío ni pesimista, de combatir sin acritud, de renunciar sin debilidad, y de sostener, a través de todas las marejadas y tempestades, un plan de vida a un tiempo grande y sencillo.
La obra de Böhm-Bawerk en la teoría económica se asemeja a la de Ricardo tanto en su propósito como en su método. En su caso, sin embargo, los dones del creador se vieron complementados por los dones del crítico. (J. A. SCHUMPETER)
Cabe rechazar todo el fundamento sobre el cual edificó su teoría del interés —tampoco yo considero convincentes las célebres tres razones, así como, en general, no es ninguna recomendación para una teoría el que requiera para su defensa escritos de tan vasta extensión—, sin que por ello se vean conmovidos la fama y la importancia científica de Böhm. (O. WEINBERGER)
Eugen v. Böhm-Bawerk nació el 12 de febrero de 1851 en Brünn, como hijo del consejero áulico v. Böhm, vicepresidente de la lugartenencia de Moravia, donde cursó también la escuela primaria y el gimnasio. Tras concluir los estudios de derecho y ciencias del Estado1 en la Universidad de Viena, ingresó (en 1872) como pasante en el servicio de hacienda austriaco, sin interrumpir por ello los estudios de economía política, por los que ya en la universidad había cobrado un interés particular. Después de obtener (en 1875) el grado de doctor en la Universidad de Viena, prosiguió (de 1875 a 1877) sus estudios de economía política en Heidelberg, Leipzig y Jena (bajo Knies, Roscher y Br. Hildebrand)2. En el año 1880 obtuvo la habilitación, sobre la base de su escrito «Rechte und Verhältnisse vom Standpunkte der volkswirtschaftlichen Güterlehre», como docente privado de economía política en la Universidad de Viena. Casi inmediatamente después fue llamado a la Universidad de Innsbruck, donde ocupó la cátedra de economía política3. En 1889 dejó este puesto y atendió a un llamamiento a Viena como consejero ministerial en el Ministerio de Hacienda austriaco. Nombrado ministro de Hacienda en 1895, desempeñó este cargo solo por breve tiempo. De noviembre de 1897 a marzo de 1898 fue ministro de Hacienda por segunda vez, y de 1900 a 1904 por tercera vez. Tras su dimisión asumió una cátedra de economía política en la Universidad de Viena, donde actuó hasta su muerte como un maestro ingenioso y estimulante4.
Su incansable y eminente actividad política y científica halló abundante reconocimiento por parte de Su Majestad el Emperador y de numerosas corporaciones científicas y políticas. Fue consejero privado efectivo, miembro de la Cámara de los Señores del Consejo del Imperio austriaco, gran cruz de varias altas órdenes, poseedor de la condecoración de honor para las artes y las ciencias, miembro efectivo y, sucesivamente, vicepresidente (de 1907 a 1911) y presidente (de 1911 a 1914) de la Academia Imperial de Ciencias de Viena, doctor honorario en filosofía por la Universidad de Heidelberg, ciudadano de honor de la ciudad de Spittal a.D., entre otras distinciones.
Böhm-Bawerk estuvo casado (desde 1880) con Paula, baronesa v. Wieser (hija del consejero privado efectivo y jefe de sección Leopold barón v. Wieser), una dama de eminentes cualidades de espíritu y de ánimo; su matrimonio quedó sin hijos5.
Murió el 27 de agosto de 1914, durante una estancia de vacaciones en Kramsach, cerca de Brixlegg, en el Tirol, a los 64 años de edad, de manera inesperada, a causa de una pérfida enfermedad (una trombosis venosa). El difunto fue sepultado en un principio en el lugar de su fallecimiento, para ser trasladado desde allí (en noviembre de 1915) a la tumba de honor que le había dedicado el gran municipio de Viena en el Cementerio Central vienés.
Böhm-Bawerk era de apariencia agradable, de trato amable y de un comportamiento siempre uniformemente afable; sus rasgos faciales reflejaban benevolencia, inteligencia y una no común medida de energía, cualidades que, unidas a una gran prudencia vital, le granjearon con rapidez el afecto y la confianza de todos aquellos con quienes entraba en contacto. Pertenecía a aquellas personas que siempre conservan una buena parte de celo, energía y benevolencia para ponerlos de buen grado al servicio de los intereses públicos y de quienes necesitan su apoyo. Aunque de naturaleza combativa y envuelto sin cesar en polémicas, tenía sin duda numerosos adversarios, pero ciertamente ni un solo enemigo.
Una valoración de las realizaciones de Böhm, si no ha de incurrir en el reproche de la unilateralidad, no puede limitarse a sus publicaciones científicas. En repetidas ocasiones, y por cierto bajo circunstancias difíciles, dirigió la hacienda austriaca y, en esta función, llevó a buen término grandes e importantes acciones. Sus méritos como ministro de Hacienda6 bastarían por sí solos para asegurarle un lugar honroso en la historia de Austria.
Por muy alto que se estimen, sin embargo, las realizaciones de Böhm como ministro de Hacienda, la tarea principal de su laboriosa vida la encontró Böhm en sus trabajos científicos y en la profesión docente, a los que una y otra vez se sentía retraído y a los que regresaba cuando había satisfecho los deberes de los responsables cargos que se le habían confiado.
Como erudito, Böhm desplegó una actividad literaria sumamente fecunda. No publicó, sin embargo, ninguna obra sistemática que abarcase todo el ámbito de la teoría económica. Se limitó a la publicación de monografías, en no pequeña parte de aquellas cuyo tema era de límites estrechos. Supo, no obstante, elevar sus investigaciones monográficas a una importancia insólita por la agudeza y la universalidad con que las abordaba. Al investigar el más insignificante problema parcial, ponía en juego todo el arsenal de su erudición, de su agudeza y de su dominio de la teoría económica, a fin de no dejar sin tratar ningún punto que de algún modo guardase relación con el problema que abordaba, ni sin responder ninguna objeción posible contra sus exposiciones. Es probablemente por esta razón, sobre todo, que sus numerosos adversarios científicos le reprocharon con frecuencia una prolijidad excesiva, incluso fatigosa, mientras que sus no menos numerosos admiradores reconocían precisamente en ello, en la exposición sumamente clara y penetrante que se anticipaba de antemano a toda objeción, una ventaja capital de sus publicaciones, e incluso, en no pequeña parte, la explicación del gran éxito de las mismas.
En el primer escrito publicado por Böhm (en 1881), «Über die Rechte und Verhältnisse vom Standpunkte der nationalökonomischen Güterlehre», examinó el problema de si está justificada la opinión doctrinal, sostenida con frecuencia sobre todo en la economía política alemana, de que junto a los bienes materiales y a las prestaciones de trabajo también los derechos y las relaciones (es decir, derechos de crédito, de monopolio y de patente, firmas, clientelas, etc.) hayan de concebirse como una categoría particular de bienes en sentido económico, o bien si la ciencia sigue aquí tan solo una apariencia externa. Según el autor (p. 147), no son bienes en sí, no son bienes en sentido objetivo, sino solo relaciones de sujetos (económicos) con determinados bienes y conjuntos de bienes. Reconocer los derechos y las relaciones, es decir, meras relaciones de los sujetos económicos con los bienes, pero al mismo tiempo reconocer también estos últimos como bienes, sería una errónea «doble computación». No cabe, por ejemplo, computar como «bien» a la vez el «crédito del acreedor» y el objeto del crédito que se halla en manos del deudor. La teoría económica de los bienes, «el concepto económico de bien», debe por tanto depurarse de esta categoría de pseudobienes.
El pequeño escrito, la obra primeriza de Böhm, contiene una abundancia de ideas estimulantes, sobre todo planteamientos de problemas que son de seria importancia para el desarrollo venidero de la teoría económica. El intento de Böhm de resolver el problema antes mencionado halló entre los economistas solo una aprobación dividida, a causa de la palmaria artificiosidad de la construcción teórica, pero en particular a causa de la contradicción en que la concepción fundamental de Böhm se encuentra con la experiencia.
Tanto mayor fue el éxito de su segunda publicación, «Grundzüge der Theorie des wirtschaftlichen Güterwertes», que apareció en los muy difundidos Jahrbücher für Nationalökonomie und Statistik de Conrad (1886).
Quien sigue con atención el desarrollo de la teoría económica del valor desde Adam Smith, en particular la teoría del valor de uso, sabe con qué dificultades tropezaron aquellos autores que se esforzaron por conquistar para esta doctrina el importante lugar que le corresponde en la ciencia económica. Adam Smith y la mayoría de sus discípulos (con la excepción quizá de Malthus) tocaron el fenómeno del valor de uso solo de pasada, y en parte ni siquiera lo abordaron. Algunos autores que ya en el siglo XVIII, pero sobre todo a comienzos y hasta mediados del siglo XIX, habían señalado esta sensible laguna en la teoría económica e intentado subsanarla, habían quedado incomprendidos e inadvertidos. Solo a partir del comienzo de los años setenta del siglo recién transcurrido surgen, en puntos muy distantes entre sí de Europa (en Austria, Inglaterra y la Suiza francesa), casi simultáneamente, economistas aislados y, a continuación, grupos mayores y menores de ellos, que señalaron de manera enérgica la insuficiencia de los intentos hasta entonces realizados para explicar numerosos fenómenos económicos —y, en no pequeña parte, precisamente los más importantes— y la fundamental importancia de una teoría del valor de uso para la economía política científica, y que emprenden la reforma de las teorías smithianas sobre la base de la teoría subjetiva del valor.
En esta lucha de ideas, en la que había que vencer —y en parte aún hay que vencer— no solo el malentendido y la mala interpretación de muy diversa índole, sino sobre todo el peso de lo establecido, de lo habitual, fue cuando Böhm, primero con su tratado sobre los «Grundzüge des wirtschaftlichen Güterwertes» y, a continuación, también en sus escritos posteriores, abogó por la nueva orientación de la ciencia económica de un modo tan brillante como exitoso. Böhm, a pesar de apartarse en más de un respecto de sus predecesores, tomó repetidamente ocasión de rechazar la pretensión de originalidad de su concepción de la teoría del valor. Si, no obstante, la nueva teoría económica, edificada sobre el fundamento psicológico del valor de uso, gana sin cesar en importancia y difusión en todos los países civilizados, y su victoria final sobre las insuficientes teorías más antiguas apenas se pone hoy ya en duda, entonces debe sin duda reconocerse a la enérgica y brillante defensa que Böhm hizo de la nueva doctrina (¡Böhm acogió en su exposición de la teoría del valor numerosos elementos de la doctrina más antigua!) una parte esencial en este éxito.
El nombre de Böhm se había hecho ya gloriosamente conocido en los círculos de sus colegas de profesión por su magistral exposición de la teoría del valor.
La obra con la que fundó su renombre como erudito y escritor, que se extendió mucho más allá de las fronteras de Austria y Alemania, fue sin embargo su Geschichte und Theorie des Kapitalzinses (dos volúmenes, 1884 a 1889). En esta, su obra principal, en la que emprendió la solución del difícil problema de una explicación del interés del capital, alcanzaron su más plena expresión todas las virtudes de la individualidad científica de Böhm-Bawerk: su minuciosidad, su erudición, su brillante don expositivo y su fuerza polémica. La obra, que trata un problema específico de la economía política teórica en dos —y finalmente (en la tercera edición de 1909 a 1915) en tres— gruesos volúmenes de en conjunto casi 2000 páginas impresas, conoció, pese a esta extensión insólita para una exposición monográfica en el campo de la teoría económica, tres ediciones aún en vida del autor, y halló por doquier, allí donde se cultiva la economía política científica, la más seria atención.
No el mismo, unánime reconocimiento halló el intento de una solución positiva del muy controvertido problema del interés del capital, publicado por Böhm primero en el año 1889 en un volumen, y en tercera edición en dos volúmenes (1909 a 1912). Esta publicación se ha convertido, en mayor medida que quizá ninguna otra de los últimos decenios, en objeto de una viva discusión científica en la literatura económica de todos los países civilizados, en particular también de la de América. Su contenido principal puede resumirse brevemente (con el más estricto apego posible al tenor literal del autor) en las siguientes proposiciones:
Una serie de razones, en parte psicológicas y en parte técnicas, actúan conjuntamente para conferir, en la valoración de los hombres y, por consiguiente, en los precios resultantes de esas valoraciones, una cierta preferencia a los bienes presentes frente a los bienes futuros de la misma clase y número. Las razones psicológicas radican principalmente en la incertidumbre del futuro y en la menor atención que la mayoría de los hombres prestan al aseguramiento de las necesidades futuras; las razones técnicas guardan relación sobre todo con ciertas circunstancias de la producción, en particular con el hecho de que los métodos de producción técnicamente más fecundos son aquellos en los que cabe permitirse producciones indirectas de largo alcance y que demandan mucho tiempo (la elaboración preparatoria de productos intermedios adecuados, herramientas, medios auxiliares y similares). En la medida en que tales rodeos que demandan mucho tiempo solo puede emprenderlos quien ya dispone de una suma suficiente de dinero o de bienes para sufragar los requerimientos productivos de un período tan largo, la disponibilidad de sumas de bienes presentes adquiere en la producción una importancia acrecentada, frente a la cual las sumas de bienes futuros, que naturalmente no pueden prestar tales servicios, han de quedar relegadas.
A consecuencia de todas estas circunstancias se establece entre los bienes presentes y los futuros una relación de estimación y de intercambio que regularmente juega a favor de los primeros, de tal modo que, por ejemplo, 100 marcos presentes o quintales de trigo presentes no se consideran equivalentes a 100, sino a unos 105 marcos o quintales de trigo del año próximo (disponibles o pagaderos en el año siguiente).
De este hecho fundamental se derivan, según Böhm, »el interés del capital y sus diversas formas de manifestación«.
La teoría del interés del capital de Böhm-Bawerk, aquí brevemente resumida, suscitó por doquier no poca expectación entre los economistas eruditos, y ello no solo entre aquellos que habían tratado monográficamente el interés del capital, sino también entre los numerosos autores de compendios, manuales, sistemas, etc., de economía política, que en su conjunto habían expuesto ex professo el problema del interés del capital. Todos ellos, cualquiera que fuese el punto de vista que adoptaran, se vieron, ya tras la aparición del primer tomo de la obra de Böhm —es decir, antes incluso de conocer el intento de solución del autor—, enfrentados a una crítica incisiva de sus doctrinas. La tensión con que se aguardaba la aparición de la teoría positiva del interés del capital de Böhm era, en estas circunstancias, tan comprensible como el copioso aluvión de ataques que se abatió sobre la cabeza del audaz innovador tras la aparición de la obra. A ello se añadió la circunstancia de que la teoría de Böhm ofrecía en efecto más de un punto de apoyo para una crítica justificada. Economistas eminentes, en particular de Inglaterra y de América, calificaron la crítica de Böhm a las teorías precedentes de unilateral, y su propio intento de solución de artificioso y no empírico, e incluso en contradicción con la experiencia, pasando con ello por alto, sin embargo, en muchos casos los importantes elementos de verdad contenidos en la teoría que combatían.
El valor de la obra principal de Böhm apenas se ha visto afectado por las numerosas hostilidades que provocó7. Pues lo que nadie pudo poner en duda fue el poderoso estímulo y la profundización de la investigación económica que partieron de esta obra y de su combativo autor, la honestidad del afán científico de Böhm y la plena entrega de su personalidad al fomento de la ciencia, a cuyo servicio se había puesto.
Notas: