La teoría del precio
Por mucho que los precios, o, dicho de otro modo, las cantidades de bienes efectivamente intercambiadas, se impongan a nuestros sentidos y constituyan por ello el objeto habitual de la investigación científica, no son en absoluto el rasgo más fundamental del fenómeno económico del intercambio. Este rasgo central reside más bien en la mejor provisión que dos personas pueden hacer para la satisfacción de sus necesidades por medio del comercio. Los individuos económicos se afanan en mejorar su posición económica tanto como sea posible. Con este fin emprenden la actividad económica en general. Y con este fin también, siempre que pueda alcanzarse por medio del comercio, intercambian bienes. Los precios no son más que manifestaciones incidentales de estas actividades, síntomas de un equilibrio económico entre las economías de los individuos.
Si se abren las esclusas entre dos masas de agua quietas situadas a diferentes niveles, la superficie se agitará con olas que poco a poco se aquietarán hasta que el agua vuelva a estar en reposo. Las olas no son más que síntomas de la acción de las fuerzas que llamamos gravedad y fricción. Los precios de los bienes, que son síntomas de un equilibrio económico en la distribución de las posesiones entre las economías de los individuos, se asemejan a estas olas. La fuerza que los empuja a la superficie es la causa última y general de toda actividad económica, el empeño de los hombres por satisfacer sus necesidades del modo más completo posible, por mejorar su posición económica. Pero como los precios son los únicos fenómenos del proceso directamente perceptibles, como su magnitud puede medirse con exactitud y como la vida cotidiana los pone sin cesar ante nuestros ojos, fue fácil cometer el error de considerar la magnitud del precio como el rasgo esencial de un intercambio y, a consecuencia de este error, cometer el error adicional de considerar las cantidades de bienes en un intercambio como equivalentes. El resultado fue un daño incalculable para nuestra ciencia, pues los autores en el campo de la teoría del precio se perdieron en intentos de resolver el problema de descubrir las causas de una supuesta igualdad entre dos cantidades de bienes.70 Unos hallaron la causa en cantidades iguales de trabajo empleadas en los bienes. Otros la hallaron en costes de producción iguales. E incluso surgió una disputa sobre si los bienes se dan unos por otros porque son equivalentes, o si son equivalentes porque se intercambian. Pero tal igualdad de los valores de dos cantidades de bienes (una igualdad en sentido objetivo) no tiene en ninguna parte existencia real.
El error en que se basaban estas teorías se hace patente de inmediato en cuanto nos liberamos de la unilateralidad que antes prevalecía en la observación de los fenómenos del precio. Las únicas cantidades de bienes que pueden llamarse equivalentes (en el sentido objetivo del término) son cantidades que, en un momento dado, pueden intercambiarse a voluntad, es decir, de tal modo que, si se ofrece una de dos cantidades de bienes, la otra puede adquirirse a cambio de ella, y viceversa. Pero equivalentes de esta clase no existen en ninguna parte en la vida económica humana. Si los bienes fueran equivalentes en este sentido, no habría razón, permaneciendo invariables las condiciones del mercado, para que todo intercambio no pudiera ser susceptible de revertirse. Supóngase que A hubiera cambiado su casa por la granja de B o por una suma de 20.000 táleros. Si estos bienes se hubieran convertido en equivalentes en el sentido objetivo del término a consecuencia de la transacción, o si ya hubieran sido equivalentes antes de que esta tuviera lugar, no hay razón por la que los dos participantes no estuvieran dispuestos a revertir el intercambio de inmediato. Pero la experiencia nos dice que en un caso de esta clase ninguno de los dos daría su consentimiento a tal arreglo.
La misma observación puede hacerse también bajo las condiciones más desarrolladas del comercio, e incluso respecto de las mercancías más vendibles. Que cualquiera compre grano en una bolsa de granos o valores en una bolsa de valores e intente venderlos de nuevo antes de que se produzca un cambio en las condiciones del mercado, o que intente vender y comprar unidades separadas de la misma mercancía al mismo tiempo, y fácilmente se convencerá de que la diferencia entre los precios de oferta y los precios de demanda no es un mero accidente, sino un rasgo general de la economía social.
Así pues, no existen mercancías que puedan intercambiarse unas por otras en ciertas cantidades definidas (una suma de dinero y una cantidad de algún otro bien económico, por ejemplo), que puedan intercambiarse entre sí a voluntad mediante una venta o una compra, en suma, mercancías que sean equivalentes en el sentido objetivo del término, ni siquiera en mercados dados y en un momento dado. Y lo que es más importante, una comprensión más profunda de las causas que conducen al intercambio de bienes y al comercio humano en general nos enseña que equivalentes de esta clase son del todo imposibles por la naturaleza misma del caso y no pueden existir en la realidad en absoluto.
Una teoría correcta de los precios no puede, por tanto, tener como tarea explicar una supuesta «igualdad de valor» entre dos cantidades de bienes cuando tal igualdad no existe, en verdad, en ninguna parte. En este planteamiento se malentenderían por completo el carácter subjetivo del valor y la naturaleza del intercambio. Una teoría correcta del precio debe dirigirse, en cambio, a mostrar cómo los hombres económicos, en su empeño por satisfacer sus necesidades del modo más pleno posible, son llevados a dar bienes (esto es, cantidades definidas de bienes) por otros bienes. En esta investigación procederé conforme a los métodos seguidos en general en esta obra, comenzando por los fenómenos más simples y pasando gradualmente a los fenómenos más complejos de la formación de los precios.
1. La formación del precio en un intercambio aislado
En el capítulo anterior vimos que la posibilidad de un intercambio económico de bienes depende de que un individuo económico disponga de bienes que tengan para él un valor menor que otros bienes a disposición de otro individuo económico que valore los dos bienes de manera inversa. El mero enunciado de esta condición, sin embargo, implica con fuerza la existencia de límites dentro de los cuales debe producirse, en cada caso dado, la formación del precio.
A modo de ilustración, supondremos que 100 unidades del grano de A tienen para él el mismo valor que 40 unidades de vino. Desde el principio está claro que A no estará dispuesto, bajo ninguna circunstancia, a dar más de 100 unidades de grano por 40 unidades de vino en un intercambio, pues si lo hiciera, sus necesidades quedarían peor provistas después del intercambio que antes. Aceptará un intercambio solo si este le permite proveer mejor a sus necesidades de lo que sería posible sin el intercambio. Estará dispuesto a cambiar su grano por vino solo si tiene que dar menos de 100 unidades de grano por 40 unidades de vino. Así pues, cualquiera que sea finalmente el precio de 40 unidades de vino en un intercambio del grano de A por el vino de algún otro individuo económico, esto es seguro: que no puede, debido a la posición económica de A, alcanzar las 100 unidades de grano.
Si A no puede encontrar a ningún otro individuo económico para quien una cantidad menor de 100 unidades de grano tenga una importancia mayor que 40 unidades de vino, nunca estará en posición de cambiar su grano por vino. En tal caso, los fundamentos de un intercambio económico de los dos bienes no estarían presentes en lo que a A concierne. Pero si A encuentra a un segundo individuo económico, B, para quien solo 80 unidades de grano, por ejemplo, tienen un valor igual a 40 unidades de vino, los requisitos de un intercambio económico entre A y B están ciertamente presentes (siempre que los dos hombres reconozcan la situación y ningún obstáculo se interponga en la ejecución del intercambio), y al mismo tiempo queda fijado un segundo límite a la formación del precio. Si de la situación económica de A se sigue que el precio de 40 unidades de vino debe estar por debajo de 100 unidades de grano (ya que de otro modo no obtendría ganancia económica alguna de la transacción), de la situación económica de B se sigue que debe ofrecerse una cantidad mayor de 80 unidades de grano por sus 40 unidades de vino. Por tanto, cualquiera que sea el precio que finalmente se establezca para 40 unidades de vino en un intercambio económico entre A y B, esto es seguro: que debe formarse entre los límites de 80 y 100 unidades de grano, por encima de 80 y por debajo de 100 unidades.
Es fácil ver que A podría proveer mejor a la satisfacción de sus necesidades aun si tuviera que dar 99 unidades de grano por las 40 unidades de vino, y que B obraría económicamente, por su parte, si aceptara tan solo 81 unidades de grano a cambio de sus 40 unidades de vino. Pero como hay para ambos individuos económicos la oportunidad de aprovechar una ventaja económica mucho mayor, cada uno de ellos dirigirá sus esfuerzos a atraer hacia sí la mayor parte posible de la ganancia económica. El resultado es el fenómeno que, en la vida ordinaria, llamamos regateo. Cada uno de los dos regateadores intentará adquirir la mayor porción posible de la ganancia económica que puede derivarse del aprovechamiento de la oportunidad de intercambio, e incluso si tratara de obtener solo una parte justa de la ganancia, se inclinará a exigir precios más altos cuanto menos sepa de la condición económica del otro regateador y cuanto menos conozca el límite extremo hasta el que el otro está dispuesto a llegar.
¿Cuál será el resultado numérico de este duelo de precios?
Es seguro, como vimos, que el precio de 40 unidades de vino será superior a 80 unidades e inferior a 100 unidades de grano. Pero me parece igualmente seguro que el resultado del intercambio se mostrará a veces más favorable a uno y a veces más favorable al otro de los dos regateadores, según sus diversas individualidades y según su mayor o menor conocimiento de la vida de los negocios y, en cada caso, de la situación del otro regateador. Sin embargo, en la formulación de principios generales no hay razón para suponer que uno u otro de los dos regateadores tendrá un talento económico abrumador, o que otras circunstancias obrarán más en favor de uno que del otro. Bajo el supuesto de individuos económicamente igual de capaces y de igualdad de las demás circunstancias, por tanto, me atrevo a afirmar, como regla general, que los esfuerzos de los dos regateadores por obtener la máxima ganancia posible se neutralizarán mutuamente, y que el precio quedará, por consiguiente, igualmente distante de los dos extremos entre los que puede establecerse.
En nuestro caso, el precio de una cantidad de vino de 40 unidades en el que los dos regateadores finalmente convengan se situará dentro de los límites de 80 y 100 unidades de grano, con la restricción adicional de que debe ser superior a 80 e inferior a 100 unidades. En cuanto a su posición entre estos límites, si los dos regateadores están por lo demás en igualdad de condiciones, será igual a 90 unidades de grano. Pero si esta igualdad en sus situaciones no se da, un intercambio a otro precio comprendido entre los dos límites no sería económicamente imposible.
Lo que se ha dicho de la formación del precio en este caso vale de manera similar para cualquier otro. Dondequiera que existan los fundamentos de un intercambio económico de dos bienes entre dos individuos económicos, la naturaleza misma de la relación fija límites definidos dentro de los cuales debe producirse la formación del precio si el intercambio ha de tener carácter económico en absoluto. Estos límites están dados por las distintas cantidades de los bienes que son equivalentes para cada regateador (equivalentes en sentido subjetivo). (En el ejemplo que acabamos de considerar, por ejemplo, 100 unidades de grano son el equivalente de 40 unidades de vino para A, y 80 unidades de grano son el equivalente de la misma cantidad de vino para B.) Dentro de estos límites, el precio tiende a determinarse en el promedio de los dos equivalentes (y, por tanto, en nuestro ejemplo, en 90 unidades de grano, el promedio de 80 y 100 unidades).
Las cantidades de bienes que se dan unas por otras en un intercambio económico están, por tanto, determinadas con precisión por la situación económica que se da en cada caso. Es cierto que el capricho humano tiene cierto grado de influencia en el resultado, ya que pueden intercambiarse cantidades variables de bienes, dentro de límites definidos, sin que de ello resulte una pérdida del carácter económico de la operación de intercambio. Pero es igualmente cierto que los esfuerzos opuestos de los regateadores por obtener la mayor ganancia posible de la transacción se compensarán en la mayoría de los casos, y que los precios tendrán, por consiguiente, tendencia a fijarse en el promedio de los límites extremos posibles. Si entran en escena otros factores, fundados en las personalidades de los dos individuos económicos o en otras condiciones externas que afecten a la transacción, los precios pueden desviarse de esta posición media natural entre los límites antes explicados sin que las operaciones de intercambio pierdan su carácter económico. Pero estas desviaciones no son de naturaleza económica, pues se fundan en características personales o en causas externas especiales que no tienen carácter económico.
2. La formación del precio en condiciones de monopolio
En la sección anterior dirigí la atención al hecho de que la formación del precio y la distribución de los bienes se ajustan a leyes definidas, considerando primero el caso más simple posible, en el que un intercambio de bienes tiene lugar entre dos individuos económicos que no están influidos por la actividad económica de otras personas. Este caso, que podría denominarse intercambio aislado, es la forma más común del comercio humano en las primeras etapas del desarrollo de la civilización. Su importancia ha sobrevivido hasta épocas posteriores en regiones atrasadas y escasamente pobladas, y no está del todo ausente ni siquiera bajo condiciones económicas avanzadas, ya que puede observarse en economías muy desarrolladas dondequiera que tenga lugar un intercambio de bienes que solo tienen valor para dos individuos económicos, o donde otras circunstancias especiales aíslen económicamente a dos personas.
Pero con el progreso de la civilización, los casos en que los fundamentos de un intercambio económico de bienes están presentes únicamente para dos individuos económicos se dan con menos frecuencia. Si, por ejemplo, A posee un caballo que tiene para él un valor igual al valor de 10 fanegas de grano si las adquiriera, estaría en mejores condiciones de proveer a la satisfacción de sus necesidades aun si cambiara el animal por tan solo 11 fanegas de grano. Para el agricultor B, en cambio, que tiene una gran existencia de grano pero carece de caballos, un caballo, de adquirirlo, sería un equivalente de 20 fanegas de su grano, y estaría en mejores condiciones de proveer a la satisfacción de sus necesidades aun si diera 19 fanegas de grano por el caballo de A. El agricultor B2 estaría dispuesto a dar 29 fanegas de grano por el caballo, y el agricultor B₃ a dar 39 fanegas. En este caso, según lo dicho antes, no solo existe un fundamento para un intercambio de los dos bienes entre A y otro agricultor, sino que A puede, en un intercambio económico, dar su caballo a cualquiera de los agricultores de grano, y cualquiera de estos últimos puede adquirirlo económicamente a cambio.
Lo que se acaba de decir se hace todavía más evidente si consideramos el caso en que existen fundamentos para operaciones de intercambio económico con los agricultores de grano no solo para A, sino también para varios otros propietarios de caballos, A2, A₃, etc. Supóngase que solo 8 fanegas de grano para A2, y tan solo 6 para A₃, tendrían, de adquirirse, un valor igual al de uno de sus caballos. No puede haber duda de que, en este caso, existirían fundamentos para intercambios económicos entre cada uno de los criadores de animales y cada uno de los agricultores de grano.
En ambos casos tenemos que ocuparnos de relaciones mucho más complicadas que la que se presentó en la primera sección de este capítulo. En el primer caso, existen los fundamentos para operaciones económicas de intercambio entre un monopolista (en el sentido más amplio del término) y cada uno de varios otros individuos económicos que, en sus esfuerzos por aprovechar las oportunidades de intercambio que se les presentan, compiten entre sí por el bien monopolizado. En el segundo caso, los fundamentos para operaciones económicas de intercambio están presentes simultáneamente, por un lado, para cada uno de varios poseedores de un bien y, por otro lado, para cada uno de varios poseedores de otro bien; en cada lado, por tanto, estas personas compiten entre sí.
Comenzaré con el más sencillo de los dos casos, en el que hay competencia entre varias personas económicas por un bien monopolizado, y pasaré después al caso más complicado de la formación del precio cuando hay competencia en ambos lados.
A. La formación del precio y la distribución de los bienes cuando hay competencia entre varias personas por un único bien monopolizado e indivisible.
En la descripción de la formación del precio en el intercambio aislado (p. 194), vimos que en cada caso particular hay cierto margen de indeterminación dentro del cual puede tener lugar la formación del precio sin que el intercambio pierda su carácter económico, y que la amplitud de ese margen depende de la naturaleza de la situación particular de intercambio. También vimos que el precio que tiende a formarse es aquel que divide por igual entre ambos los beneficios económicos que pueden obtenerse del aprovechamiento de la relación que enfrenta a dos negociadores, y que, por tanto, existe en cada caso dado cierto promedio hacia el cual tiende a moverse el precio. Pero, en relación con esto, señalé que las influencias económicas no fijan en modo alguno, dentro de ese margen de libertad, el punto en el que la formación del precio debe, por necesidad, tener lugar.
Si, por ejemplo, un individuo económico, A, posee un caballo que no tiene para él un valor superior al de 10 fanegas de grano si las adquiriera, mientras que para B, que ha tenido una rica cosecha de grano, 80 fanegas tienen un valor igual al de un caballo si lo adquiriera, es evidente que están presentes los fundamentos para un intercambio económico del caballo de A por el grano de B, siempre que tanto A como B reconozcan esta relación y tengan el poder de llevar realmente a cabo el intercambio de estos bienes. Pero es igualmente cierto que el precio del caballo puede formarse entre los amplios límites de 10 y 80 fanegas de grano y puede aproximarse a cualquiera de los dos extremos sin que desaparezca por ello el carácter económico del intercambio. Es, desde luego, sumamente improbable que el precio del caballo se fije en 11 o 12 fanegas, o en 78 o 79 fanegas de grano. Pero es cierto que no está presente causa económica alguna que excluya por completo la posibilidad de la formación incluso de estos precios. Al mismo tiempo, es también evidente que la transacción puede tener lugar naturalmente solo entre A y B mientras B no encuentre ningún competidor en su empeño de adquirir el caballo de A mediante el comercio.
Pero supongamos que B1 sí tiene un competidor, B2, que o bien no dispone de tanta abundancia de grano como B1, o bien necesita un caballo con menor urgencia. Aun así, B2 valora un caballo en 30 fanegas de grano, y podría, por tanto, atender mejor la satisfacción de sus necesidades si entregara 29 fanegas de grano por el caballo de A. Es evidente que los fundamentos para un intercambio económico de un caballo por cierta cantidad de grano existen tanto entre B2 y A como entre B1 y A. Pero, dado que solo uno de los dos competidores por el caballo de A puede adquirirlo efectivamente, surgen dos preguntas: (a) ¿con cuál de los dos competidores concluirá el monopolista A la operación de intercambio? y (b) ¿cuáles serán los límites dentro de los cuales tendrá lugar la formación del precio?
La respuesta a la primera pregunta se desprende de las siguientes consideraciones. El valor del caballo de A para B2 es igual a 30 fanegas de su grano. Atendería, pues, mejor la satisfacción de sus necesidades si entregara hasta 29 fanegas de su grano a A por su caballo. Esto no significa en absoluto que B2 vaya a ofrecer de inmediato a A 29 fanegas por el caballo. Pero es cierto que se decidirá a hacer incluso esta oferta para hacer frente en lo posible a la competencia de B1, ya que actuaría de manera muy poco económica si, como último recurso, no se contentara siquiera con una ganancia del comercio tan pequeña como la que podría obtener de un intercambio de 29 fanegas de grano por el caballo de A. Por otra parte, B1 obraría evidentemente de manera poco económica si, en la competencia por el caballo de A, permitiera que B2 lo adquiriera por el precio de 29 fanegas de grano, ya que la ganancia económica de B1 seguiría siendo considerable si entregara 30 fanegas de grano o más por el caballo y excluyera así económicamente a B2 de la operación de intercambio.71
Así, el hecho de que exista un margen de precios dentro del cual una operación de intercambio habría dejado de ser económica para B2 pero seguiría siendo económica para B1 coloca a B1 en posición de obtener para sí las ganancias resultantes del intercambio, haciendo la operación económicamente imposible para su competidor.
Dado que A obraría con certeza de manera poco económica si no transfiriera su bien monopolizado al competidor que está en condiciones de ofrecerle el precio más alto por él, nada es más cierto que el hecho de que la operación de intercambio tendrá lugar, en esta situación económica particular, entre A y B1.
En cuanto a la segunda pregunta (los límites dentro de los cuales tendrá lugar la formación del precio), es cierto que el precio que B1 dará a A no puede alcanzar las 80 fanegas de grano, ya que a ese precio la operación perdería su carácter económico para B1. Tampoco puede el precio caer por debajo de las 30 fanegas de grano. Pues la formación del precio quedaría entonces dentro de los límites en que la operación de intercambio seguiría siendo ventajosa para B2, quien tendría por ello un interés económico en competir hasta que el precio volviera a alcanzar el límite de 30 fanegas. En nuestro caso, por tanto, el precio debe formarse, por necesidad, entre los límites de 30 y 80 fanegas de grano.72
Así, el efecto de la competencia de B2 es que la formación del precio, en el intercambio de bienes entre A y B1, ya no tendrá lugar entre los amplios límites de 10 y 80 fanegas de grano, como habría sido el caso de otro modo, sino entre los límites más estrechos de 30 y 80 fanegas de grano. Pues solo si el precio se fija entre estos límites obtienen A y B1 simultáneamente una ganancia económica de la operación junto con una exclusión económica de la competencia de B2. Reaparece así la simple relación del intercambio aislado, con la única diferencia de que los límites entre los cuales tiene lugar la formación del precio se han vuelto más estrechos. Aparte de esta diferencia, los principios ya expuestos para el caso del intercambio aislado resultan aquí plenamente aplicables.
Supongamos ahora que a los dos competidores anteriores por el caballo de A, B1 y B2, se les une un tercer competidor, B₃. Si el valor del caballo para este tercer individuo fuera igual a 50 fanegas de grano, es evidente, por lo que acaba de decirse, que la operación tendrá lugar de nuevo entre A y B1, pero el precio se formará entre los límites de 50 y 80 fanegas. Si apareciera un cuarto competidor, B₄, para quien el caballo de A tuviera un valor igual a 70 fanegas de grano, la operación seguirá teniendo lugar entre A y B1, pero el precio se formará entre los límites de 70 y 80 fanegas.
Solo cuando aparezca en escena un competidor, por ejemplo el individuo económico B₅, para quien el bien monopolizado tenga un valor de hasta 90 fanegas de grano, tendrá lugar la operación entre A y este último competidor y se fijará el precio del caballo entre 80 y 90 fanegas de grano. Es evidente que el nuevo competidor aprovechará en su provecho económico la oportunidad de intercambio que se le presenta, y que estará en condiciones de excluir económicamente del intercambio a todos los demás competidores (incluido B1). La formación del precio tendrá lugar entre 80 y 90 fanegas de grano porque, por un lado, el competidor B1 solo puede ser excluido económicamente de la operación mediante un precio de al menos 80 fanegas de grano, lo que impide que el precio caiga por debajo de ese nivel, y porque, por otro lado, el precio no puede superar ni siquiera alcanzar las 90 fanegas de grano, ya que la operación perdería entonces su carácter económico para B₅.
Lo dicho es válido para todo otro caso en el que existan los fundamentos para operaciones de intercambio entre un monopolista que intercambia un bien indivisible por algún otro bien ofrecido por varios otros individuos económicos. Resumiendo, obtenemos los siguientes principios: (1) Cuando varios individuos económicos, para cada uno de los cuales están presentes los fundamentos de un intercambio económico, compiten por un único bien monopolizado e indivisible, el competidor que obtendrá el bien será aquel para quien este equivalga a la mayor cantidad del bien ofrecido a cambio de él. (2) La formación del precio tiene lugar entre límites que vienen fijados por los equivalentes del bien monopolizado en cuestión para los dos competidores más deseosos, o que se hallan en la posición competitiva más fuerte, de llevar a cabo el intercambio. (3) Dentro de estos límites, el precio se fija según los principios de la formación del precio ya demostrados para el intercambio aislado.
B. La formación del precio y la distribución de los bienes cuando hay competencia por varias unidades de un bien monopolizado.
En la sección precedente elegimos como objeto de nuestra investigación el caso más sencillo de monopolio, en el que un monopolista lleva al mercado un único bien indivisible, y en el que el proceso de formación del precio tiene lugar bajo la influencia de la competencia de varios individuos económicos por el bien.
El caso más complejo que deseo examinar ahora es aquel en el que los fundamentos para operaciones económicas de intercambio existen simultáneamente entre un monopolista que dispone de cierta cantidad de un bien monopolizado, por un lado, y varios individuos económicos, por otro, que tienen a su disposición cantidades de algún otro bien.
Supongamos que un caballo recién adquirido tendría para el agricultor B1, que posee una gran cantidad de grano pero ningún caballo, un valor igual a 80 fanegas de su grano. Para el agricultor B2, un caballo recién adquirido tendría un valor igual a 70 fanegas de grano; para B3, 60; para B4, 50; para B5, 40; para B6, 30; para B7, 20; y para B8, solo 10 fanegas de grano. Un segundo caballo tendría, para cada uno de estos agricultores, un valor de 10 fanegas menos que el del primero; un tercero, un valor de 10 fanegas menos que el del segundo, y así sucesivamente, teniendo cada caballo adicional un valor de 10 fanegas menos que el precedente (siempre que, en cada caso, se necesite siquiera un caballo adicional). Los rasgos esenciales de esta situación económica pueden presentarse en una tabla (véase la página siguiente).
Si el monopolista A lleva al mercado un solo caballo, es cierto, conforme al razonamiento de la sección anterior, que B1 lo adquirirá a un precio situado entre 70 y 80 fanegas de grano.
Número de fanegas de grano que son iguales en valor a un caballo adicional adquirido mediante el comercio
| 1.er caballo | 2.º caballo | 3.er caballo | 4.º caballo | 5.º caballo | 6.º caballo | 7.º caballo | 8.º caballo | |
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| Para B1 | 80 | 70 | 60 | 50 | 40 | 30 | 20 | 10 |
| Para B2 | 70 | 60 | 50 | 40 | 30 | 20 | 10 | |
| Para B3 | 60 | 50 | 40 | 30 | 20 | 10 | ||
| Para B4 | 50 | 40 | 30 | 20 | 10 | |||
| Para B5 | 40 | 30 | 20 | 10 | ||||
| Para B6 | 30 | 20 | 10 | |||||
| Para B7 | 20 | 10 | ||||||
| Para B8 | 10 |
Pero supongamos que el monopolista lleva al mercado no uno, sino tres caballos. Aquí nos ocupamos del caso que constituye el objeto de investigación de la presente sección, y la pregunta es: ¿cuál (o cuáles) de los ocho agricultores adquirirá los caballos llevados al mercado por el monopolista y qué precio se cobrará?
Para la respuesta, volvamos a nuestra tabla. Resulta que un primer caballo adquirido por B1 tendría para él un valor igual a 80 fanegas, un segundo un valor igual a 70 fanegas, y un tercero un valor igual a solo 60 fanegas de grano. En esta situación, B1 obraría económicamente si adquiriera un caballo a un precio entre 70 y 80 fanegas, excluyendo así económicamente del intercambio a todos sus competidores. Pero obraría de manera poco económica respecto del segundo caballo si ofreciera por él 70 fanegas o más, ya que con tal intercambio la satisfacción de sus necesidades no quedaría mejor atendida que antes. Con el tercer caballo, a un precio que excluyera a B2 de la operación y que, por tanto, debe ser al menos igual a 70 fanegas de grano, la desventaja económica para B1, y por ende el carácter no económico de tal intercambio, se haría aún más evidente.
La situación económica en este caso es, pues, tal que, por un lado, B1 puede excluir a todos sus competidores de la adquisición de cualquiera de los tres caballos solo concediendo por cada uno de ellos un precio de 70 fanegas de grano o más, mientras que, por otro lado, solo puede comprar económicamente un caballo a ese precio y empeoraría su posición económica si comprara también los otros dos al mismo precio.
Dado que suponemos que B1 es un individuo que actúa económicamente, no excluirá a sus competidores del intercambio sin propósito o en su propio perjuicio. Los excluirá de adquirir cantidades del bien monopolizado solo si, y en la medida en que, pueda obtener con ello para sí una ventaja económica a la que tendría que renunciar si permitiera que los demás competidores compraran cantidades del bien monopolizado. En nuestro caso, por tanto, en el que la exclusión de todos los competidores por el bien monopolizado resulta económicamente imposible para B1 a causa de la situación económica, se hallará en la posición de verse obligado a dejar que B2 participe en la compra de cantidades del bien monopolizado. Tendrá incluso un interés común con B2 en establecer el precio de una unidad del bien monopolizado, en este caso el precio de un caballo, en el nivel más bajo posible en las circunstancias existentes. Lejos de elevar el precio de un caballo a 70 fanegas de grano o más, tanto B1 como B2 tendrán, por tanto, interés en que el precio se fije tan por debajo de 70 fanegas de grano como sea posible en la situación económica dada.
En estos esfuerzos, B1 y B2 se verán limitados por la competencia de los demás competidores, sobre todo por la de B3. Tendrán que ponerse de acuerdo en un precio al cual los demás competidores por el bien monopolizado (incluido B3) queden económicamente excluidos de la operación. Así, en el caso de tres caballos, el precio se formará entre 60 y 70 fanegas de grano. A un precio fijado entre estos límites, B1 podría adquirir dos caballos y B2 podría adquirir uno, en cada caso económicamente, mientras que todos los demás competidores quedarían, al mismo tiempo, excluidos de adquirir cantidades del bien monopolizado.
La formación del precio entre estos límites es el único resultado posible. Si el precio fuera inferior a 60 fanegas, B3 no quedaría excluido de la operación y, por tanto, intentaría obtener para sí la ganancia que resultaría del aprovechamiento de la oportunidad que se le presenta. Pero, dado que B1 y B2 son individuos económicos, y dado que están en condiciones de obtener una considerable ventaja económica incluso a un precio más alto, no permitirán que esto suceda. Si, por el contrario, el precio alcanzara o superara el límite de 70 fanegas de grano, B1 podría comprar solo un caballo y B2 ninguno, y solo uno de los caballos ofrecidos en venta se vendería entonces efectivamente. En el caso de tres caballos, por tanto, la formación del precio fuera de los límites de 60 y 70 fanegas de grano es económicamente imposible.
Si A llevara al mercado 6 caballos, podríamos mostrar mediante un razonamiento similar que B1 adquiriría 3 caballos, que B2 adquiriría 2 caballos, que B3 adquiriría uno, y que el precio de un caballo se formaría entre 50 y 60 fanegas de grano. Si A llevara al mercado 10 caballos, B1 adquiriría 4 caballos, B2 3 caballos, B3 2 caballos, B4 uno, y el precio se formaría entre 40 y 50 fanegas de grano. Si el monopolista A ofreciera en venta cantidades aún mayores del bien monopolizado, no hay duda, por un lado, de que un número cada vez menor de agricultores quedaría económicamente excluido de comprar cantidades del bien monopolizado, y, por otro lado, de que el precio de una cantidad dada del bien monopolizado se vería forzado a la baja hacia niveles sucesivamente menores.
Imaginando que los símbolos B1, B2, etc., representan, no a individuos aislados, sino a grupos de la población de un país (usando B1 para designar al grupo de individuos económicos más deseosos y en las posiciones competitivas más fuertes para intercambiar grano por el bien monopolizado, B2 para designar al grupo de individuos económicos que les siguen en deseo y en fuerza competitiva, y así sucesivamente), obtenemos un modelo del comercio de monopolio tal como aparece realmente en las condiciones de la vida cotidiana.
Encontramos clases de personas de muy distinto poder adquisitivo compitiendo por las cantidades de bienes monopolizados que llegan al mercado. Como se demostró para individuos aislados, encontramos que algunas de estas clases excluyen económicamente a otras de la compra. Observamos que las clases de personas que deben renunciar al consumo de un bien monopolizado se hacen más numerosas cuanto menor es la cantidad del bien llevada al mercado y, a la inversa, que un bien monopolizado penetra hasta clases de menor poder adquisitivo cuanto mayor es la cantidad comercializada.
Con estos cambios, los precios de los bienes monopolizados se ven subir y bajar.
Resumiendo lo dicho, obtenemos los siguientes principios:
(1) La cantidad de un bien monopolizado ofrecida en venta por un monopolista es adquirida por aquellos competidores por él para quienes las mayores cantidades del bien ofrecido a cambio de él son los equivalentes de las unidades del bien monopolizado. El bien monopolizado se distribuye de tal modo que la cantidad del bien entregado a cambio que es el equivalente de una unidad del bien monopolizado es igual para cada uno de los compradores de porciones del bien monopolizado (50 fanegas de grano iguales a un caballo, por ejemplo).
(2) La formación del precio tiene lugar entre límites que vienen fijados por el equivalente de una unidad del bien monopolizado para el individuo menos deseoso y menos capaz de competir que aún participa en el intercambio, y el equivalente de una unidad del bien monopolizado para el individuo más deseoso y más capaz de competir de entre los competidores que quedan económicamente excluidos del intercambio.
(3) Cuanto mayor sea la cantidad del bien monopolizado que el monopolista ofrezca en venta, menos serán los competidores por él que queden económicamente excluidos de adquirir porciones del mismo, y con tanta mayor plenitud quedarán abastecidos aquellos individuos económicos que habrían estado en condiciones de adquirir porciones aun cuando se hubieran ofrecido en venta cantidades menores de él.
(4) Cuanto mayor sea la cantidad de un bien monopolizado que el monopolista ofrezca en venta, tanto más bajo, en términos de poder adquisitivo y de afán de comerciar, deberá descender él entre las clases de competidores por el bien monopolizado para vender la cantidad entera, y por consiguiente tanto más bajo será también el precio de una unidad del bien monopolizado.
C. La influencia del precio fijado por un monopolista sobre la cantidad de un bien monopolizado que puede venderse y sobre la distribución del bien entre los competidores por él.
Por regla general, un monopolista no lleva al mercado cantidades dadas de un bien monopolizado con la intención de vender la cantidad entera en todas las circunstancias y de aguardar el resultado de la competencia en la determinación del precio, como en una subasta. Su procedimiento habitual consiste más bien en llevar al mercado una cantidad de su bien monopolizado, o en mantenerla disponible para la venta, y en pedir por ella un precio fijo por unidad. La razón de esto se halla por lo general en consideraciones prácticas, especialmente en el hecho de que el método de vender bienes descrito en la sección precedente exige tanto la congregación simultánea del mayor número posible de competidores por el bien monopolizado como la observancia de numerosas formalidades, si el precio ha de ser determinado por la influencia conjunta de todos los factores económicos efectivos en juego. Estas consideraciones parecen hacer apropiado el empleo de este método de comercialización solo en casos particulares y no demasiado frecuentes.
Siempre que el monopolista pueda contar con congregar a todos los competidores, o al menos a un número suficiente de ellos, y cuando las formalidades necesarias puedan observarse sin sacrificios económicos desproporcionados (como en el caso de una subasta de un artículo monopolizado en una sala de subastas bien conocida, anunciada con cierta antelación), empleará desde luego el método descrito en la sección anterior, por ser el que con mayor certeza le permite disponer de la cantidad entera del bien monopolizado a su mando del modo más económico. También elegirá una subasta cuando deba liquidar por completo una existencia considerable de un bien monopolizado dentro de un período de tiempo limitado. Pero el procedimiento ordinario adoptado por un monopolista al comercializar sus mercancías será, como se ha dicho, uno en el que mantiene disponibles para la venta las cantidades existentes del bien monopolizado, pero ofrece solo cantidades parciales a los competidores por él a un precio fijado por él.
Cuando un monopolista fija el precio de una unidad del bien monopolizado y deja que los compradores en competencia elijan las cantidades que satisfagan sus necesidades del bien al precio dado, y cuando, por tanto, la cuestión de la formación del precio queda excluida desde el principio del problema inmediato, las cuestiones que debemos investigar son: (1) ¿Qué competidores quedarán económicamente excluidos de adquirir cantidades del bien monopolizado en cada nivel dado del precio de una unidad de él? (2) ¿Cuál será la influencia del nivel más alto o más bajo en que el monopolista fije el precio sobre las cantidades del bien monopolizado vendidas? y (3) ¿De qué manera se distribuirá entre los diversos competidores por él la cantidad del bien monopolizado realmente vendida?
Para empezar, es evidente que si el monopolista fijara el precio de una unidad del bien monopolizado a un nivel tan alto que una unidad de él no tuviera un valor igual al precio exigido por el monopolista ni siquiera para el competidor más afanoso y mejor capacitado para realizar el intercambio, todos los competidores por el bien monopolizado quedarían excluidos de adquirir porción alguna de él, y no podría tener lugar venta alguna. Tal sería el caso, en la situación descrita en la tabla de la página 204, si el monopolista A fijara el precio de un caballo en 100, o incluso en solo algo más de 80 fanegas de grano, ya que es claro que un intercambio económico sería una imposibilidad a un precio tan alto para cualquiera de los ocho competidores por el bien monopolizado mencionados en nuestro ejemplo.
Pero supongamos que el monopolista fija el precio de un caballo a un nivel más bajo que aquel que excluiría económicamente a todos los competidores por el bien monopolizado de adquirir cantidades de él. En su esfuerzo por mejorar sus posiciones económicas, no cabe duda de que aprovecharán la oportunidad ofrecida y entrarán efectivamente en transacciones de intercambio con el monopolista dentro de los límites explicados en la sección anterior. Pero es claro que el nivel del precio será un determinante esencial del alcance de estas transacciones. Si, por ejemplo, A fijara el precio de un caballo en 75 fanegas de grano, B₁ podría comprar económicamente un caballo. Si el precio se fijara en 62 fanegas de grano, B₁ compraría dos caballos y B₂ uno. Si el precio fuera de 54 fanegas de grano, B₁ compraría tres, B₂ dos y B₃ uno. A un precio de 36 fanegas de grano, B₁ compraría cinco, B₂ cuatro, B₃ tres, B₄ dos y B₅ un caballo, y así sucesivamente.
Si nuestro ejemplo se amplía como antes, y nos imaginamos que los símbolos B₁, B₂, B₃, etc., representan grupos de competidores que difieren en poder adquisitivo y en su deseo de comerciar, vemos con la mayor claridad la influencia que ejercen sobre la economía los precios fijados por un monopolista a distintos niveles. Cuanto más alto sea el precio, tanto más numerosos serán los individuos, o las clases de individuos, que quedan completamente excluidos del consumo del bien monopolizado, tanto más escaso será el abastecimiento de las demás clases de la población que no quedan completamente excluidas, y tanto menores serán las cantidades del bien monopolizado que el monopolista pueda vender. Con las reducciones del precio, en cambio, quedarán completamente excluidos de adquirir cantidad alguna del bien monopolizado progresivamente menos individuos económicos, o clases de individuos; el abastecimiento de los individuos que ya participaban en el comercio a precios más altos será más completo, y las ventas del monopolista aumentarán progresivamente.
Lo que acaba de decirse puede formularse con mayor precisión en términos de los siguientes principios:
(1) Cuando un monopolista fija el precio de una unidad de un bien monopolizado, los competidores por el bien monopolizado que quedan excluidos de adquirir cantidades de él son aquellos para quienes una unidad del bien monopolizado es el equivalente de una cantidad del bien ofrecido a cambio igual o menor que el precio del bien monopolizado.
(2) Los competidores por cantidades de un bien monopolizado para quienes una unidad de él es el equivalente de una cantidad del bien ofrecido a cambio mayor que el precio fijado por el monopolista se proveerán de cantidades del bien monopolizado hasta el límite en que una unidad de él se convierta para ellos en el equivalente de una cantidad del bien ofrecido a cambio igual al precio de monopolio. La cantidad del bien monopolizado que adquirirá cada uno de estos competidores a cada precio fijado por el monopolista viene determinada por los fundamentos de las operaciones de intercambio económico existentes para cada individuo a ese precio.
(3) Cuanto más alto fije un monopolista el precio de una unidad de un bien monopolizado, tanto mayor será la clase de competidores por el bien monopolizado que quedan excluidos de adquirirlo, con tanta menor plenitud quedarán abastecidas de él las demás clases de la población, y tanto menores serán las ventas del monopolista. En el caso inverso rigen relaciones opuestas.
D. Los principios del comercio de monopolio (la política de un monopolista).
En las dos secciones anteriores he explicado la influencia de una cantidad mayor o menor de un bien monopolizado ofrecido en venta sobre la determinación de su precio, y la influencia de un precio más alto o más bajo fijado por el monopolista sobre la cantidad de un bien monopolizado que se venderá. En ambos casos examiné la influencia de la política adoptada sobre la distribución del bien monopolizado entre los diversos competidores por él.
A lo largo del análisis hemos visto que el monopolista no es la única persona que determina, o que resulta decisiva en, el curso de los acontecimientos económicos. No solo el principio general de todos los intercambios económicos de bienes, según el cual ambas partes deben obtener una ventaja económica de un intercambio, mantiene su validez intacta en el caso del monopolio, sino que, dentro del ámbito de comercio delimitado por este factor, el monopolista no es completamente libre de toda restricción para influir en el curso de los acontecimientos económicos. Como hemos visto, si el monopolista desea vender una cantidad determinada del bien monopolizado, no puede fijar el precio a su voluntad. Y si fija el precio, no puede, al mismo tiempo, determinar la cantidad que se venderá al precio que ha fijado. No puede, por tanto, vender grandes cantidades del bien monopolizado y hacer al mismo tiempo que el precio se asiente a un nivel tan alto como el que habría alcanzado si hubiera comercializado cantidades menores. Tampoco puede fijar el precio a cierto nivel y vender al mismo tiempo una cantidad tan grande como la que podría vender a precios más bajos. Pero lo que sí le da una posición excepcional en la vida económica es el hecho de que tiene, en cualquier caso dado, la elección entre determinar la cantidad de un bien monopolizado que ha de comerciarse o su precio. Hace esta elección por sí mismo y sin tener en cuenta a otros individuos económicos, considerando únicamente su ventaja económica. Está así en su poder regular el precio ofreciendo en venta cantidades menores o mayores del bien monopolizado, o regular la cantidad del bien monopolizado comerciada elevando o rebajando el precio, siempre de acuerdo con su interés económico.
Un monopolista elevará, por tanto, su precio, dentro de los límites entre los cuales las operaciones de intercambio tienen carácter económico, si prevé una mayor ganancia económica de vender cantidades pequeñas del bien monopolizado a un precio alto. Rebajará su precio si encuentra más ventajoso comercializar cantidades mayores del bien monopolizado a un precio más bajo. Al principio fijará el precio lo más alto posible y comercializará así solo cantidades pequeñas del bien monopolizado, rebajando después el precio paso a paso para aumentar las ventas y explotando con ello sucesivamente a todas las clases de la población, si puede obtener la mayor ganancia económica siguiendo este procedimiento. Pero comercializará grandes cantidades del bien monopolizado a precios más bajos desde el comienzo si así lo dicta su ventaja económica. En algunas circunstancias, puede incluso tener ocasión de entregar a la destrucción parte de la cantidad del bien monopolizado de que dispone en vez de llevarla al mercado, o, con el mismo resultado, de dejar sin emplear o destruir parte de los correspondientes medios de producción a su mando en vez de utilizarlos para la producción del bien monopolizado. Adoptaría esta política si la comercialización de la cantidad entera del bien monopolizado directa o indirectamente disponible para él lo obligara a ofrecerla a clases de la población que tienen tan poco poder adquisitivo o deseo del bien que, a pesar de las mayores cantidades comercializadas, el precio resultante sería tan bajo que obtendría un beneficio menor que el que podría obtenerse destruyendo una porción de la cantidad del bien monopolizado a su mando y vendiendo solo el resto, a un precio más alto, a clases de la población que tienen mayor poder adquisitivo.73
Sería enteramente erróneo suponer que el precio de un bien monopolizado siempre, o incluso por lo común, sube o baja en proporción exactamente inversa a las cantidades comercializadas por el monopolista, o que existe una proporcionalidad semejante entre el precio fijado por el monopolista y la cantidad del bien monopolizado que puede venderse. Si, por ejemplo, el monopolista lleva al mercado 2.000 unidades del bien monopolizado en lugar de 1.000, el precio de una unidad no caerá necesariamente de 6 florines, por ejemplo, a 3 florines. Al contrario, según la situación económica, puede en un caso caer solo a 5 florines, por ejemplo, pero en otro hasta tan poco como 2 florines. En algunas circunstancias, por tanto, los ingresos totales que el monopolista obtiene de la venta de una cantidad mayor del bien monopolizado pueden ser exactamente los mismos que los ingresos totales rendidos por la venta de una cantidad menor. En otras circunstancias, sin embargo, pueden ser mayores o menores. Si el monopolista de nuestro ejemplo vendiera 1.000 unidades del bien monopolizado, sus ingresos totales serían de 6.000 florines. Por 2.000 unidades no recibiría, sin embargo, necesariamente también 6.000 florines, sino quizá tanto como 10.000 o tan poco como 4.000 florines, según las circunstancias del caso. La razón de esto reside en último término en el hecho de que hay diferencias muy grandes en las escalas de equivalentes de los distintos individuos respecto de diferentes bienes. Así, B, por ejemplo, puede valorar la primera unidad que adquiere de cierto bien como el equivalente de 10 unidades del bien que da a cambio, la segunda como el equivalente de 9 unidades, la tercera como el equivalente de 4 unidades, y la cuarta como el equivalente de una sola unidad del bien dado a cambio. Respecto de otro bien, en cambio, la escala anterior podría aparecer como 8, 7, 6, 5, . . . Supongamos que el primer bien es grano y que el segundo es algún artículo de lujo. Es claro que un aumento más allá de cierto punto en la cantidad comercializada causaría una caída mucho más rápida (y que una disminución en la cantidad comercializada causaría un alza mucho más rápida) en el precio del grano que en el precio del artículo de lujo.
Si se supone que todos los monopolistas son individuos económicos conscientes de su ventaja, entonces su política no se dirige naturalmente ni a fijar el precio más bajo posible ni a vender la mayor cantidad posible de un bien monopolizado. No se dirige ni a poner el bien monopolizado a disposición del mayor número posible de individuos económicos, o grupos de individuos, ni a proveer a cada individuo del bien monopolizado en la mayor medida posible. El monopolista no tiene interés alguno en todo esto. Su política económica se dirige a obtener un beneficio máximo de la cantidad del bien monopolizado de que dispone. No subasta, por tanto, la cantidad entera del bien monopolizado de que dispone, sino que comercializa en su lugar solo aquella cantidad que promete, al precio esperado, rendirle el mayor beneficio. No fija el precio al nivel preciso al que puede vender la cantidad entera del bien monopolizado a su mando, sino en cambio al nivel con mayor probabilidad de rendir el máximo beneficio. La política económica correcta desde su punto de vista es obviamente ofrecer en venta solo aquellas cantidades del bien monopolizado, o fijar el precio a tal nivel, que rindan en cualquiera de los dos casos el mayor beneficio.
Desde un punto de vista monopolístico, su política sería incorrecta si, a pesar del hecho de que podría obtener un beneficio mayor comercializando una cantidad menor del bien monopolizado, vendiera no obstante una cantidad mayor. Su política sería todavía más antieconómica si, en vez de limitarse a la producción de la cantidad del bien monopolizado cuya venta le promete el beneficio más alto, aumentara esta cantidad, con un gasto de bienes económicos y otros sacrificios por su parte, y no obstante hiciera que su beneficio final fuera menor. Sería incorrecta si fijara el precio tan bajo que, aunque pudiera vender cantidades mayores, obtuviera un beneficio menor que si hubiera fijado el precio más alto. Sobre todo, su política sería incorrecta si fijara el precio del bien monopolizado tan bajo que no pudiera abastecer plenamente a todos los compradores que compiten por él para quienes el intercambio sería económico a este precio, y si algunos de ellos tuvieran que quedarse sin el bien. Una situación de esta clase sería una prueba clara de que había fijado el precio demasiado bajo.
Lo que aquí se ha dicho está respaldado por la experiencia y por la historia. Las políticas de todos los monopolistas, como demuestran claramente sus actividades económicas, se han conducido de acuerdo con las consideraciones anteriores. La Compañía Holandesa de las Indias Orientales hizo destruir en el siglo XVII parte de las plantas de especias en las Molucas. Con frecuencia se han quemado grandes existencias de especias en las Indias Orientales, y de tabaco en Norteamérica. Los gremios procuraron, por diversos medios, limitar en lo posible el número de artesanos (mediante largos aprendizajes, mediante la prohibición de más de cierto número de aprendices, etc.). Todas estas medidas eran correctas desde un punto de vista monopolístico, ya que las cantidades de las varias mercancías monopolizadas que llegaban al mercado se regulaban de un modo favorable a los monopolistas, o a las corporaciones de monopolistas. Cuando un comercio más libre, la aparición de las fábricas y otras influencias impidieron a los gremios regular de manera independiente las cantidades de bienes que entraban en el mercado, toda la organización gremial se volvió ineficaz en lo que respecta a su carácter monopolístico. Las multas monopolísticas y medidas semejantes que influían directamente en la formación del precio cedieron de inmediato ante el impacto de las mayores cantidades de bienes llevadas al mercado. Originalmente, estas multas estaban destinadas a someter a limitaciones provechosas para el grupo monopolístico a los individuos aislados (¡llamados rebajadores de precios!) que no apreciaban el interés del conjunto del gremio o cuerpo corporativo de monopolistas. Cuando se les arrebató a los gremios el poder de controlar las cantidades de bienes llevadas al mercado, sus reglamentos ya no pudieron hacerse cumplir. La preocupación más angustiosa de todos los miembros de un gremio fue siempre la regulación de la comercialización de los productos artesanales, de modo que solo se vendieran tales cantidades como correspondían a su interés. Quienes interferían en esta regulación eran siempre considerados por los gremios como sus adversarios más peligrosos, contra los cuales apelaban incesantemente a los gobiernos en busca de protección. La brecha abierta en su actividad reguladora por las grandes cantidades de productos manufacturados suministradas por la industria a gran escala significó la caída del sistema gremial.
Resumiendo lo que se ha dicho en esta sección, hallamos que, para cada cantidad de un bien que un monopolista decide vender, el precio se determina con independencia de su voluntad; que, a cada precio que decide fijar para una unidad del bien monopolizado, la cantidad se determina con independencia; que la distribución de los bienes se rige, en cualquiera de los dos casos, de acuerdo con leyes exactas; y que todo el curso de los acontecimientos económicos no es en absoluto fortuito, sino susceptible de reducirse a principios definidos.
Incluso el hecho de que esté en poder del monopolista elegir o bien su precio o bien la cantidad vendida no implica, como hemos visto, indeterminación alguna de los fenómenos económicos que resultan de su decisión. Aunque el monopolista tiene el poder de fijar precios más altos o más bajos, o de colocar en el mercado cantidades mayores o menores del bien monopolizado, hay un solo precio determinado y una sola cantidad determinada del bien monopolizado llevada al mercado que corresponden con la mayor exactitud a su interés económico. Por tanto, si el monopolista es un individuo que economiza, no procederá de manera arbitraria al determinar su precio o la cantidad del bien monopolizado que venderá, sino conforme a principios definidos. Cada situación económica dada establece límites definidos dentro de los cuales han de tener lugar la formación del precio y la distribución de los bienes, y todo precio y toda distribución de bienes que quede fuera de esos límites es económicamente imposible. Los fenómenos del comercio monopolístico nos presentan, por consiguiente, una imagen de estricta conformidad, en todos los aspectos, a leyes definidas. También aquí, por supuesto, el error y el conocimiento imperfecto pueden dar lugar a desviaciones, pero estas son los fenómenos patológicos de la economía social y prueban tan poco contra las leyes de la economía como los síntomas de un cuerpo enfermo contra las leyes de la fisiología.
3. La formación del precio y la distribución de los bienes bajo la competencia bilateral
A. El origen de la competencia.
Interpretaríamos el concepto de monopolista de manera demasiado estrecha si lo limitáramos a las personas que están protegidas de la competencia de otros individuos que economizan por el Estado o por algún otro órgano de la sociedad. Hay personas que, como resultado de sus posesiones patrimoniales, o en virtud de talentos o circunstancias especiales, pueden ofrecer en el mercado bienes que es física o económicamente imposible que otras personas que economizan suministren de manera competitiva. E incluso cuando no están presentes circunstancias especiales de estos tipos, a menudo no existe ninguna barrera social a la aparición de monopolistas. Todo artesano que se establece en una localidad en la que no hay ninguna otra persona de su ocupación particular, y todo comerciante, médico o abogado que se asienta en una localidad donde nadie ejercía antes su oficio o profesión, es un monopolista en cierto sentido, ya que los bienes que ofrece a la sociedad en el comercio pueden obtenerse, al menos en numerosos casos, solo de él. Las crónicas de más de una ciudad floreciente hablan del primer tejedor que se estableció allí cuando el lugar era todavía pequeño y estaba escasamente poblado. Aún hoy, un viajero puede encontrar esta clase particular de monopolista por todas partes en la Europa Oriental, e incluso en las aldeas más pequeñas de Austria. El monopolio, interpretado como una condición efectiva y no como una restricción social a la libre competencia, es, por consiguiente, por regla general, el fenómeno anterior y más primitivo, y la competencia el fenómeno que aparece más tarde en el tiempo. Quien desee exponer los fenómenos que prevalecen bajo la competencia hallará, por tanto, ventajoso comenzar con los fenómenos del comercio monopolístico.
El modo en que la competencia se desarrolla a partir del monopolio está estrechamente vinculado con el progreso económico de la civilización. El aumento de la población, las mayores necesidades de los diversos individuos que economizan y su creciente riqueza impulsan al monopolista, en muchos casos incluso al tiempo que incrementa la producción, a excluir progresivamente a clases cada vez más amplias de la población del consumo del bien monopolizado, y le permiten al mismo tiempo elevar sus precios cada vez más. La sociedad se convierte así en un objeto progresivamente más favorable para su política monopolística de explotación. Un primer artesano de cualquier clase particular, un primer médico o un primer abogado es un hombre bienvenido en toda localidad. Pero si no encuentra competencia y la localidad prospera, adquirirá, casi sin excepción, al cabo de algún tiempo, la reputación de hombre duro y egoísta entre las clases menos acomodadas de la población, e incluso entre los habitantes más ricos del lugar será considerado interesado. El monopolista no siempre puede satisfacer las crecientes exigencias de la sociedad respecto de sus mercancías (o servicios de trabajo), y aunque pudiera satisfacerlas, un aumento correspondiente de sus ventas no siempre redunda en su interés económico. En la mayoría de los casos, por tanto, se verá impulsado a hacer una elección entre sus clientes, y algunos de los competidores por su bien monopolizado o bien no obtendrán nada, o bien serán abastecidos de él solo de mala gana e insuficientemente. Incluso sus clientes más acomodados encontrarán a menudo motivo para quejarse de negligencias de toda índole y de la onerosidad de sus servicios.
La situación económica que acabamos de describir es habitualmente tal que la necesidad misma de competencia suscita la competencia, siempre que no haya barreras sociales o de otra índole que la obstaculicen. Nuestra próxima tarea consistirá, pues, en investigar los efectos de la aparición de la competencia sobre la distribución, las ventas y el precio de una mercancía, en comparación con los fenómenos análogos observados bajo el monopolio.
B. El efecto de las cantidades de una mercancía suministradas por competidores sobre la formación del precio; el efecto de precios dados fijados por ellos sobre las ventas; y, en ambos casos, el efecto sobre la distribución de la mercancía entre los compradores que compiten.74
Para facilitar la comprensión, utilizaré como base de la presente investigación el caso con el que ilustré mi explicación de los principios del comercio monopolístico. En la tabla de la p. 204,⁴ B₁, B₂, B₃, etc., representan agricultores individuales o grupos de agricultores. Para cada agricultor, un primer caballo recién adquirido equivale a la cantidad de grano que figura en la primera columna, y cada caballo adicional equivale a una cantidad de grano 10 bushels menor. La cuestión que tenemos ante nosotros es: ¿cuál será la influencia de cantidades mayores o menores de una mercancía ofrecida en venta por varios vendedores que compiten sobre el precio y sobre la distribución de la mercancía entre quienes compiten por ella?
Para empezar, supóngase que hay dos competidores en la oferta, A₁ y A₂, y que juntos tienen 3 caballos para vender, teniendo A₁ dos caballos y A₂ uno. De lo que se dijo antes resulta claro que en este caso el agricultor B₁ comprará 2 caballos y el agricultor B₂ uno. El precio estará entre 60 y 70 bushels de grano, siendo imposible un precio más alto a causa del interés económico de los dos agricultores B₁ y B₂, y uno más bajo a causa de la competencia de B₃. Si A₁ y A₂ tienen seis caballos para vender, no es menos cierto que B₁ comprará tres de ellos, B₂ dos y B₃ uno, y que el precio estará entre 50 y 60 bushels de grano, etc.75
Si comparamos el precio y la distribución de los bienes que resultan de la venta de una cantidad dada de una mercancía por varios vendedores que compiten con la situación observada bajo el monopolio, encontramos una analogía completa. Ya sea que una cantidad dada de una mercancía sea vendida por un monopolista o por varios competidores en la oferta, e independientemente del modo en que la mercancía estuviera originalmente distribuida entre los vendedores que compiten, el efecto sobre la formación del precio y sobre la distribución resultante de la mercancía entre los compradores que compiten es exactamente el mismo.
Aunque la cantidad mayor o menor de un bien vendido tiene una influencia muy decisiva sobre su precio y su distribución tanto bajo el monopolio como bajo el comercio competitivo, el hecho de que una cantidad determinada de una mercancía sea suministrada por un monopolista solo o por varios competidores en la oferta no tiene influencia alguna sobre los fenómenos de la vida económica que acaban de mencionarse.
Podemos observar un resultado similar allí donde las mercancías se ofrecen en venta a precios dados. El nivel más alto o más bajo del precio tiene, como vimos, una influencia muy importante sobre las ventas totales de una mercancía, así como sobre la cantidad que cada comprador que compite adquirirá efectivamente. Pero el que los bienes (al precio fijado) sean llevados al mercado por uno solo o por varios individuos que economizan no tiene ninguna influencia directa y necesaria ni sobre las ventas totales ni sobre las cantidades que adquirirán los diversos individuos que economizan.
Los principios desarrollados con respecto a la influencia de cantidades dadas de una mercancía monopolizada ofrecida en venta sobre su precio (p. 203), con respecto a la influencia de precios dados sobre las cantidades vendidas (p. 207), y en ambos casos también con respecto a su distribución entre los diversos competidores que intentan comprarla, son por tanto plenamente aplicables a todos los casos en que un número de individuos que economizan (competidores en la demanda) compiten por cantidades de una mercancía ofrecida en venta por varios otros individuos que economizan (competidores en la oferta).
C. El efecto de la competencia en la oferta de un bien sobre la cantidad vendida y sobre el precio al que se ofrece (las políticas de los competidores).
Acabo de explicar que, para cada cantidad particular de un bien ofrecida en venta, se establece un precio definido; que a cualquier precio fijado corresponde un monto definido de ventas; que en ambos casos hay también una distribución definida de los bienes vendidos; y que en estos respectos es indiferente que la cantidad de que se trata sea colocada en el mercado por un monopolista o por varios competidores en la oferta.
En igualdad de las demás circunstancias, el precio y la distribución de un bien serán los mismos ya sea que 1.000 unidades de él, por ejemplo, sean ofrecidas en venta por un monopolista o por varios competidores en la oferta. Ya sea que una mercancía sea ofrecida en venta por un monopolista o por varios competidores a un precio dado —a 3 unidades de alguna otra mercancía por una unidad de la mercancía ofrecida en venta, por ejemplo—, las ventas totales y la distribución de la cantidad vendida entre los diversos compradores que compiten serán exactamente las mismas.
Por tanto, si la competencia en la oferta ha de ejercer algún efecto sobre la formación del precio, las ventas totales y la distribución de un bien entre sus compradores que compiten, o bien deben ofrecerse en venta cantidades distintas del bien, o bien los vendedores que compiten deben verse obligados a fijar precios distintos bajo el régimen de competencia en la oferta que bajo el monopolio.
La influencia de la competencia en la oferta de una mercancía sobre las cantidades ofrecidas en venta, sobre su distribución y sobre los precios a los que se ofrece es el tema del que nos ocuparemos en lo que sigue. Para poner claramente ante nosotros los fenómenos económicos implicados, consideremos el caso simple en que la cantidad de un bien monopolizado de que dispone un monopolista pasa de repente a manos de dos competidores.
Un monopolista ha muerto y ha dejado sus existencias del bien monopolizado y sus medios de producción a dos herederos por partes iguales. Este es un ejemplo del caso simple que se acaba de plantear. No es imposible que los dos herederos del monopolista, en lugar de competir entre sí, operen como asociados en una sola firma y continúen la política monopolística (descrita más arriba) de su testador. O pueden llegar a un entendimiento mutuo para explotar a los consumidores y regular conjuntamente las cantidades del bien que ofrecen en venta o los precios que fijan. Es incluso concebible que, sin un entendimiento expreso pero «en su interés mutuo bien comprendido», sigan esta misma política monopolística hacia sus clientes si la encuentran conforme a su propio interés económico. En cada uno de estos casos, que pueden observarse por todas partes en el desarrollo económico de los hombres,76 encontraríamos sin duda los mismos fenómenos que observamos antes con el comercio monopolístico. Pues los dos individuos que economizan no serían entonces competidores en la oferta, sino monopolistas, y por tanto quedarían fuera del campo de discusión presente. Pero si suponemos que cada uno de los dos herederos está determinado a llevar adelante la venta del bien anteriormente monopolizado de manera independiente, tenemos ante nosotros un caso de competencia real, y las cuestiones que han de considerarse son: ¿qué cantidades del bien anteriormente monopolizado se ofrecerán ahora en venta, en contraste con la situación anterior, y qué precios de oferta fijarán los dos competidores?
En la sección anterior vimos que con frecuencia redunda en el interés económico del monopolista abstenerse de colocar en el mercado porciones de la cantidad total del bien monopolizado de que dispone, y destruirlas o dejarlas echarse a perder, puesto que a menudo puede obtener un beneficio mayor de una cantidad menor de sus bienes que el que obtendría si vendiera a precios más bajos la totalidad de la cantidad disponible. Supóngase que un monopolista tiene 1.000 libras de una mercancía monopolizada y que, en la situación económica dada, puede o bien vender 800 libras a 9 onzas de plata por libra, o bien disponer de la totalidad de la cantidad disponible a 6 onzas de plata por libra. Está así en su poder tomar 6.000 onzas de plata por la totalidad de la cantidad de la mercancía monopolizada de que dispone, o tomar 7.200 onzas de plata por 800 libras de ella. Si el monopolista es un individuo que economiza y persigue su propio interés, la elección que hará no admite duda. Destruirá 200 libras de su mercancía monopolizada, permitirá que se echen a perder, o las retirará de otro modo del comercio, y ofrecerá en venta solo las 800 libras restantes —o, lo que viene a ser lo mismo, fijará su precio a un nivel tal que se obtenga el mismo resultado.
Pero si las 1.000 libras de la mercancía anteriormente monopolizada se reparten entre dos competidores, esta política se vuelve de inmediato económicamente imposible para cada uno de ellos. Si uno de los dos destruyera parte de la cantidad de que dispone, o la retirara del comercio de algún otro modo, provocaría, desde luego, un aumento determinado del precio de una unidad de su mercancía. Pero nunca, o solo en casos muy raros, podría obtener con ello un beneficio mayor. Si A₁, por ejemplo, el primero de los dos competidores, destruyera 200 de las 500 libras de la mercancía anteriormente monopolizada de que dispone, o las retirara de otro modo del comercio, sin duda haría que el precio del bien subiera —de 6 a 9 onzas de plata por libra, por ejemplo—. Pero no haría que le correspondiera un beneficio total mayor. La consecuencia de su acción sería que A₂ obtendría 4.500 en lugar de 3.000 onzas de plata, mientras que él mismo obtendría solo 2.700 onzas de plata (en lugar de 3.000) a cambio de las otras 300 unidades vendidas. La ganancia pretendida correspondería únicamente a su competidor, y él mismo sufriría una pérdida considerable.
El primer efecto, por tanto, de la aparición de la competencia en la oferta es que ninguno de los competidores que venden una mercancía puede derivar una ventaja económica de destruir o retirar del intercambio una parte de la cantidad disponible de la mercancía —o, lo que viene a ser lo mismo, de dejar sin utilizar los medios de producción disponibles para su producción.
La competencia elimina también un segundo fenómeno de la vida económica que es propio del monopolio. Me refiero a la explotación sucesiva de las diversas clases sociales que se mencionó en la sección anterior. Vimos que a menudo puede convenir al monopolista colocar en el mercado al principio solo pequeñas cantidades del bien monopolizado a precios altos y vender solo gradualmente a clases de personas de poder adquisitivo sucesivamente menor, a fin de explotar a todas las clases de personas de manera escalonada. Este procedimiento queda inmediatamente imposibilitado por la competencia. Si A₁ intentara una explotación escalonada de las clases sociales de esta índole a pesar de la competencia de A₂, y colocara en el mercado solo pequeñas cantidades iniciales del bien, probablemente no podría elevar el precio lo suficiente para obtener una ganancia para sí mismo, sino que solo permitiría a su competidor llenar los vacíos creados por su acción y captar la ganancia económica pretendida.
Por tanto, cualquiera que sea, por lo demás, el efecto de la verdadera competencia sobre la distribución de los bienes y sobre la formación del precio, es en todo caso cierto que dos de las consecuencias socialmente más perjudiciales del monopolio descritas anteriormente quedan eliminadas por la competencia. Ni la destrucción de parte de la cantidad disponible de una mercancía sujeta a competencia en la oferta, ni la destrucción de una parte de los factores que sirven para su producción, redunda en el interés de competidores aislados, y la explotación sucesiva de las diversas clases sociales se vuelve imposible.
Pero la competencia tiene todavía otra consecuencia, mucho más importante, para la vida económica de los hombres. Me refiero al aumento de las cantidades de una mercancía anteriormente monopolizada que pasan a estar disponibles para los hombres que economizan. El monopolio hace habitualmente que solo se ofrezca en venta una parte de la cantidad de los bienes de que dispone el monopolista, o que solo se ponga en uso una parte de los medios de producción disponibles. La verdadera competencia siempre pone fin de inmediato a esta mala práctica. Pero la competencia tiene habitualmente el efecto adicional de aumentar la cantidad disponible de una mercancía anteriormente monopolizada. En todo caso, es muy raro que los medios de producción de que disponen colectivamente dos o más vendedores que compiten estén tan estrechamente limitados como los de que dispone un monopolista. En la gran mayoría de los casos, por tanto, varios competidores colocarán en el mercado una cantidad mayor de una mercancía que un monopolista. Así, la existencia de la verdadera competencia no solo hace que se ofrezca en venta la totalidad de la cantidad de una mercancía efectivamente disponible, sino que tiene además el resultado, mucho más importante, de aumentar significativamente la cantidad que pasa a estar disponible. Cuando no hay una limitación natural de los medios de producción, esto significa que cada vez más clases de la sociedad pueden consumir la mercancía a precios decrecientes, y que el abastecimiento de la sociedad en general se vuelve cada vez más completo.
En la sección precedente expuse las razones por las que un monopolista, por lo general, no lleva al mercado ciertas cantidades fijas de su mercancía y aguarda la determinación del precio como en una subasta, sino que en cambio fija un precio definido para su mercancía y aguarda su efecto sobre las ventas. Algo similar ocurre cuando hay varios competidores que venden una mercancía. También en este caso, cada uno de ellos ofrece su mercancía a un precio fijado, que calcula de modo que le rinda los mayores ingresos posibles. Lo que distingue su conducta de la de un monopolista es que este último a menudo, como hemos visto, encontrará conforme a su interés fijar su precio tan alto que solo una parte de la cantidad de que dispone llegue a los consumidores, mientras que la competencia obliga a todo competidor a fijar su precio teniendo en cuenta la totalidad de la cantidad que está en sus propias manos y en las de sus competidores. Salvo error e ignorancia por parte de los individuos que economizan implicados, los precios se forman, por tanto, bajo el impacto de la totalidad de la cantidad de que disponen todos los oferentes que compiten. A esto debe añadirse el hecho de que la competencia, por lo general, aumenta considerablemente la cantidad disponible de mercancías, como hemos visto. Estos son los factores responsables de las reducciones de precios que son consecuencia de la competencia.
Incluso la dirección de la actividad económica de las personas que economizan y que se dedican a la producción de un bien se ve poderosamente afectada por la existencia de la competencia. El monopolista procura naturalmente poner el bien monopolizado únicamente al alcance de las clases sociales superiores y excluir de su consumo a todas las clases sociales de menor poder adquisitivo. Por regla general, le resulta mucho más ventajoso, y siempre más cómodo, obtener grandes beneficios sobre pequeñas cantidades que pequeños beneficios sobre cantidades mayores. Pero la competencia, que se ocupa de explotar incluso la más pequeña ganancia económica siempre que sea posible, tiende a descender con sus bienes hasta las clases sociales más bajas que la situación económica permite en cada momento. El monopolista tiene el poder de regular, dentro de ciertos límites, ya sea el precio o la cantidad de un bien monopolizado que llega al mercado. Renuncia de buen grado al pequeño beneficio que puede obtenerse de los bienes destinados a ser consumidos por las clases sociales más pobres, con el fin de poder explotar más eficazmente a las clases de mayor poder adquisitivo. Pero bajo la competencia, donde ningún competidor por sí solo tiene el poder de regular ni el precio ni la cantidad de un bien comerciado, cada competidor individual desea incluso el más pequeño beneficio, y la explotación de las posibilidades existentes de obtener tales beneficios deja de descuidarse. La competencia conduce, por tanto, a la producción a gran escala, con su tendencia a obtener muchos pequeños beneficios y con su elevado grado de economía, pues cuanto menor es el beneficio por cada unidad, más peligroso se vuelve todo despilfarro antieconómico, y cuanto más vigorosa es la competencia, menos posible se hace una continuación irreflexiva de los negocios según los métodos antiguos y establecidos.