El observador imparcial no puede albergar duda alguna acerca de la razón por la cual nuestra generación rinde un homenaje general y entusiasta al progreso en el campo de las ciencias naturales, mientras que la ciencia económica recibe escasa atención y su valor es seriamente cuestionado por aquellos mismos hombres de la sociedad a quienes debería ofrecer una guía para la acción práctica.
Nunca hubo una época que situara los intereses económicos más alto de lo que lo hace la nuestra. Nunca se sintió la necesidad de un fundamento científico para los asuntos económicos de manera más general o más aguda. Y nunca fue mayor que en nuestros días la capacidad de los hombres prácticos para aprovechar los logros de la ciencia en todos los campos de la actividad humana. Si los hombres prácticos, por tanto, se apoyan por completo en su propia experiencia y desatienden nuestra ciencia en su estado actual de desarrollo, ello no puede deberse a una falta de interés serio o de capacidad por su parte. Tampoco puede ser su desatención el resultado de un altanero rechazo de la comprensión más profunda que una verdadera ciencia proporcionaría sobre las circunstancias y relaciones que determinan el resultado de su actividad. La causa de tan notable indiferencia no debe buscarse en otro lugar que en el estado actual de nuestra propia ciencia, en la esterilidad de todos los esfuerzos pasados por hallar sus fundamentos empíricos.
Todo nuevo intento en esta dirección, por modesto que sea el empeño, lleva en sí su propia justificación. Aspirar al descubrimiento de los fundamentos de nuestra ciencia es consagrar las propias capacidades a la solución de un problema directamente relacionado con el bienestar humano, servir a un interés público de la más alta importancia y emprender un camino en el que incluso el error no carece por entero de mérito.
A fin de evitar cualquier duda justificable por parte de los expertos, no debemos, en una empresa semejante, descuidar la atención cuidadosa a la labor pasada en todos los campos de nuestra ciencia explorados hasta ahora. Tampoco podemos abstenernos de aplicar la crítica, con plena independencia de juicio, a las opiniones de nuestros predecesores, e incluso a doctrinas hasta hoy consideradas conquistas definitivas de nuestra ciencia. Si fracasáramos en la primera tarea, abandonaríamos a la ligera todo el caudal de experiencia reunido por las muchas mentes excelentes de todos los pueblos y de todos los tiempos que han intentado alcanzar el mismo fin. Si fracasáramos en la segunda, renunciaríamos desde el principio a toda esperanza de una reforma fundamental de los cimientos de nuestra ciencia. Estos peligros pueden eludirse haciendo nuestras las opiniones de nuestros predecesores, aunque solo tras un examen sin titubeos, y apelando de la doctrina a la experiencia, de los pensamientos de los hombres a la naturaleza de las cosas.
Este es el terreno sobre el que yo1 me sitúo. En lo que sigue me he esforzado por reducir los complejos fenómenos de la actividad económica humana a los elementos más simples que aún pueden ser sometidos a una observación precisa, por aplicar a estos elementos la medida correspondiente a su naturaleza y, ateniéndome constantemente a esta medida, por investigar el modo en que los fenómenos económicos más complejos se desarrollan a partir de sus elementos conforme a principios determinados.
Este método de investigación, que ha alcanzado aceptación universal en las ciencias naturales, condujo a resultados muy notables y, por esta razón, llegó a denominarse erróneamente el método de las ciencias naturales. Es, en realidad, un método común a todos los campos del conocimiento empírico y debería denominarse con propiedad el método empírico. La distinción es importante porque todo método de investigación adquiere su carácter específico de la naturaleza del campo de conocimiento al que se aplica. Sería, por consiguiente, impropio intentar dar a nuestra ciencia una orientación propia de las ciencias naturales.
Los intentos pasados de trasladar acríticamente a la economía las peculiaridades del método de investigación de las ciencias naturales han conducido a los más graves errores metodológicos, y a un juego ocioso con analogías externas entre los fenómenos de la economía y los de la naturaleza. Bacon dijo de los eruditos de esta clase: «Magna cum vanitate et desipientia manes similitudines et sympathies rerum describunt atque etiam quandoque affingunt», afirmación que, por extraño que parezca, sigue siendo verdadera hoy precisamente respecto de aquellos autores de temas económicos que continúan llamándose discípulos de Bacon mientras malinterpretan por completo el espíritu de su método.
Si se afirma, en justificación de estos esfuerzos, que la tarea de nuestra época consiste en establecer las interconexiones entre todos los campos de la ciencia y en unificar sus principios más importantes, quisiera cuestionar seriamente la idoneidad de nuestros contemporáneos para resolver este problema. Creo que los estudiosos de los diversos campos de la ciencia no pueden perder de vista jamás este objetivo común de sus empeños sin perjuicio para su investigación. Pero la solución de este problema solo puede abordarse con éxito cuando los distintos campos del conocimiento hayan sido examinados con el mayor cuidado y cuando se hayan descubierto las leyes propias de cada campo.
Corresponde ahora al lector juzgar a qué resultados ha conducido el método de investigación que he adoptado, y si he sido capaz de demostrar con éxito que los fenómenos de la vida económica, como los de la naturaleza, están ordenados estrictamente conforme a leyes determinadas. Antes de concluir, sin embargo, deseo rebatir la opinión de quienes ponen en duda la existencia de leyes del comportamiento económico apelando al libre albedrío humano, pues su argumento negaría a la economía todo estatus de ciencia exacta.
Que una cosa me sea útil y bajo qué condiciones, que sea un bien y bajo qué condiciones, que sea un bien económico y bajo qué condiciones, que posea valor para mí y bajo qué condiciones, y cuán grande es para mí la medida de este valor, que tenga lugar un intercambio económico de bienes entre dos individuos que economizan y bajo qué condiciones, y los límites dentro de los cuales puede establecerse un precio si el intercambio efectivamente ocurre: estas y muchas otras cuestiones son tan plenamente independientes de mi voluntad como cualquier ley de la química lo es de la voluntad del químico que la practica. La concepción adoptada por estas personas se apoya, por tanto, en un error fácilmente discernible acerca del campo propio de nuestra ciencia. Pues la teoría económica no se ocupa de reglas prácticas para la actividad económica, sino de las condiciones bajo las cuales los hombres emprenden una actividad previsora dirigida a la satisfacción de sus necesidades.
La teoría económica se relaciona con las actividades prácticas de los hombres que economizan2 de un modo muy semejante a como la química se relaciona con las operaciones del químico práctico. Aunque la referencia a la libertad del libre albedrío humano bien pueda ser legítima como objeción a la completa previsibilidad de la actividad económica, nunca puede tener fuerza como negación de la conformidad a leyes determinadas de los fenómenos que condicionan el resultado de la actividad económica de los hombres y que son enteramente independientes de la voluntad humana.
Son precisamente fenómenos de esta índole, sin embargo, los que constituyen el objeto de estudio de nuestra ciencia.
He dedicado especial atención a la investigación de las conexiones causales entre los fenómenos económicos que implican productos y los correspondientes agentes de la producción, no solo con el propósito de establecer una teoría del precio basada en la realidad y de situar todos los fenómenos del precio (incluidos el interés, los salarios, la renta de la tierra, etc.) bajo un punto de vista unificado, sino también a causa de las importantes percepciones que con ello obtenemos sobre muchos otros procesos económicos hasta ahora completamente malinterpretados. Esta es, además, la rama misma de nuestra ciencia en la que los acontecimientos de la vida económica parecen obedecer con mayor nitidez a leyes regulares.
Fue para mí una especial satisfacción que el campo aquí tratado, que comprende los principios más generales de nuestra ciencia, sea en no escasa medida tan genuinamente fruto del desarrollo reciente de la economía política alemana, y que la reforma de los principios más importantes de nuestra ciencia aquí intentada se asiente, por tanto, sobre un fundamento establecido por una labor previa producida casi por entero por el esfuerzo de los estudiosos alemanes.
Considérese, pues, esta obra como un saludo amistoso de un colaborador en Austria, y como un débil eco de las sugerencias científicas tan abundantemente prodigadas a nosotros, los austriacos, por Alemania a través de los muchos eminentes estudiosos que nos ha enviado y a través de sus excelentes publicaciones.
DR. CARL MENGER