El autor de estas líneas había, hace ya una larga serie de años, mucho antes de que se desarrollara la literatura descrita al comienzo acerca de la compatibilidad de una tasa media de ganancia igual con la ley marxiana del valor, expresado su parecer sobre este objeto en las siguientes palabras: «O bien los productos se cambian realmente, a la larga, en la proporción del trabajo adherido a ellos... —entonces es imposible una nivelación de las ganancias del capital. O bien tiene lugar una nivelación de las ganancias del capital— entonces es imposible que los productos sigan cambiándose en la proporción del trabajo adherido a ellos».⁹
La incompatibilidad efectiva de estos dos supuestos había sido admitida desde el campo marxista por vez primera, hace algunos años, por Conrad Schmidt.¹⁰ Ahora poseemos la confirmación auténtica del propio maestro. Con toda claridad y nitidez ha declarado que una tasa de ganancia uniforme solo se hace posible mediante la venta de las mercancías a tales precios, según los cuales una parte de las mercancías se cambia por encima, y otra por debajo de su valor, es decir, de manera divergente respecto de la proporción del trabajo en ellas incorporado. Tampoco nos ha dejado en la duda sobre cuál de los dos principios incompatibles considera él como aquel que corresponde a la realidad. Enseña con plausible claridad y franqueza que esta es la nivelación de las ganancias del capital. Y no vacila en enseñar, con la misma claridad y franqueza, que efectivamente las distintas mercancías no se cambian entre sí en la proporción del trabajo adherido a ellas, sino en aquella proporción divergente de ella que la nivelación de las ganancias del capital exige.
¿En qué relación se halla esta doctrina del tercer tomo con la famosa ley del valor del primero? ¿Contiene la solución, esperada con tanta expectación, de la contradicción «aparente»? ¿Contiene la demostración de «cómo no solo sin lesión de la ley del valor, sino mucho más sobre la base de la misma, puede y debe formarse una tasa media de ganancia igual»? ¿O no contiene más bien justamente lo contrario: a saber, la constatación de una contradicción real e irreconciliable y la demostración de que la tasa media de ganancia igual solo puede formarse si y porque la pretendida ley del valor no rige?
Creo que quien observe sin prejuicios y con sobriedad no podrá permanecer mucho tiempo en la duda. En el primer tomo se había enseñado con el mayor énfasis posible que todo valor se funda en el trabajo y solo en el trabajo, que los valores de las mercancías se relacionan entre sí como el tiempo de trabajo necesario para su producción; estas proposiciones habían sido derivadas y destiladas precisa y exclusivamente de las relaciones de cambio de las mercancías, a las que les son «inmanentes»; se nos había instruido para «partir del valor de cambio y de la relación de cambio de las mercancías a fin de seguir la pista al valor en ellas oculto» (I, 23); el valor se nos explicó como aquello común «que se manifiesta en la relación de cambio de las mercancías» (I, 13), y con la forma y el énfasis de una conclusión concluyente, que no admite excepción alguna, se nos había dicho que la equiparación de dos mercancías en el cambio significa que en ellas existe «algo común de la misma magnitud», a lo que cada una de las dos «debe ser reducible» (I, 11); por consiguiente, prescindiendo de las desviaciones momentáneas y casuales, que sin embargo «aparecen como una violación de la ley del cambio de mercancías» (I, 142), a la larga y en principio deben intercambiarse entre sí mercancías que encarnan la misma cantidad de trabajo. Y ahora, en el tercer tomo, se nos explica de manera concisa y seca que aquello que según la doctrina del primer tomo debe ser, no es ni puede ser; que, y por cierto no de modo casual o pasajero, sino necesario y duradero, las mercancías individuales se intercambian y deben intercambiarse entre sí en una proporción distinta de la del trabajo encarnado.
No puedo evitarlo: aquí no veo nada de una explicación ni de una conciliación de un conflicto, sino la pura contradicción misma. El tercer tomo de Marx desmiente al primero. La teoría de la tasa media de ganancia y de los precios de producción no se compadece con la teoría del valor. Esa es la impresión que, a mi juicio, todo el que piense lógicamente debe recibir. Parece, además, haberse impuesto de forma bastante general. Loria, en su modo de expresión vivaz y plástico, se siente obligado al «duro pero justo juicio» de que Marx ha ofrecido «en lugar de una solución, una mistificación»; ve en la publicación del tercer tomo «la campaña de Rusia» del sistema marxiano, su «más completa bancarrota teórica», un «suicidio científico», la «más formal renuncia a su propia doctrina» (l'abdicazione più esplicita alla dottrina stessa) y la «plena y total adhesión a las doctrinas más ortodoxas de los aborrecidos economistas».¹¹
Pero incluso un hombre tan próximo al sistema marxiano como Werner Sombart no puede menos que calificar de efecto más probable que el tercer tomo producirá en la mayoría de los lectores «un generalizado mover de cabeza». «La mayoría no estará en absoluto dispuesta a considerar como una "solución" la "solución" del "enigma de la tasa media de ganancia" tal como ahora se da; opinarán que el nudo ha sido cortado, pero en modo alguno desatado. Pues si ahora, de pronto, emerge del escotillón una teoría "muy corriente" de los costes de producción, ello significa justamente que la célebre teoría del valor ha quedado bajo la mesa. Pues si al final acabo recurriendo de todos modos a los costes de producción para explicar la ganancia, ¿para qué entonces todo el pesado aparato de la teoría del valor y de la plusvalía?»¹² Para sí mismo, ciertamente, Sombart se reserva otro juicio. Emprende un peculiar intento de salvamento, en el cual, sin embargo, se arroja por la borda tanto de lo que ha de salvarse que me parece harto cuestionable que con ello vaya a ganarse el agradecimiento de ninguno de los implicados. En todo caso, abordaré más de cerca este interesante e instructivo intento de salvamento. Pero aún no hemos llegado a ese punto; antes que al defensor póstumo, debemos prestar oído al maestro mismo, y por cierto con toda la atención y el esmero que merece un asunto tan importante.
Como es por completo natural, Marx mismo tuvo que prever que se reprocharía a su «solución» que no fuera una «solución», sino una renuncia a su ley del valor. A esta previsión debe evidentemente su origen una autodefensa anticipada que, si no en la forma, sí en la sustancia, se halla en la obra marxiana. Marx, en efecto, no deja de intercalar en numerosos pasajes la afirmación expresa de que, a pesar del dominio inmediato de las relaciones de cambio por parte de los precios de producción que se apartan de los valores, todo se mueve sin embargo aún dentro del marco de la ley del valor, y de que esta, al menos «en última instancia», ejerce todavía el dominio sobre los precios. Intenta hacer plausible esta concepción mediante diversas exposiciones y observaciones. Estas no llevan un sello unitario. Marx no desarrolla sobre este tema, como es por lo demás su costumbre, un razonamiento probatorio formal y cerrado, sino que se limita a dar una serie de observaciones ocasionales que corren paralelas unas a otras, las cuales contienen argumentos probatorios o giros de diversa índole que pueden interpretarse como tales. Dada esta situación, no es posible juzgar a cuál de estos argumentos quiso atribuir Marx mismo el peso principal, ni cómo se representaba la relación recíproca de estos argumentos de diversa índole. Sea como fuere, en todo caso, si queremos hacer justicia tanto al maestro como a nuestra tarea crítica, debemos a cada uno de estos argumentos la más exacta atención y una valoración imparcial.
Argumento: aunque las mercancías individuales se vendan entre sí por encima o por debajo de sus valores, estas desviaciones opuestas se compensan no obstante mutuamente, y en la sociedad misma —considerada la totalidad de todas las ramas de producción— sigue siendo por tanto la suma de los precios de producción de las mercancías producidas igual a la suma de sus valores.
Argumento: la ley del valor domina el movimiento de los precios, en cuanto que la disminución o el aumento del tiempo de trabajo requerido para la producción hace subir o bajar los precios de producción (III, 158; de modo análogo III, 156).
Argumento: la ley del valor domina, según la afirmación de Marx, con autoridad no menguada el cambio de mercancías en ciertos estadios «originarios» en los cuales aún no se ha consumado la transformación de los valores en precios de producción.
Argumento: en la economía complicada, la ley del valor «regula» al menos indirectamente y «en última instancia» los precios de producción, en cuanto que el valor total de las mercancías, que se determina según la ley del valor, regula la plusvalía total, y esta a su vez la magnitud de la ganancia media y, por ende, la tasa general de ganancia (III, 159).
Examinemos estos argumentos, cada uno por sí, en cuanto a su contenido.
PRIMER ARGUMENTO
Marx concede que las mercancías individuales, según haya intervenido en su producción capital constante en una proporción superior o inferior a la media, se intercambian entre sí por encima o por debajo de su valor. Pero se hace hincapié en que estas desviaciones individuales, que tienen lugar en sentidos opuestos, se compensan o se anulan en todo momento mutuamente, de suerte que la suma de todos los precios pagados corresponde, no obstante, exactamente a la suma de todos los valores. «En la misma proporción en que una parte de las mercancías se vende por encima de su valor, otra se vende por debajo» (III, 135). «El precio total de las mercancías I-V (en el ejemplo tabular utilizado por Marx) sería, pues, igual a su valor total, ... en realidad, por tanto, expresión monetaria de la cantidad total de trabajo, pretérito y recién añadido, contenida en las mercancías I-V. Y de este modo, en la sociedad misma —considerada la totalidad de todas las ramas de producción— la suma de los precios de producción de las mercancías producidas es igual a la suma de sus valores» (III, 138). De ahí se extrae finalmente —con mayor o menor claridad— el argumento de que, al menos para la suma de todas las mercancías o para la sociedad en su conjunto, la ley del valor acredita su validez. «No obstante, esto siempre se resuelve en que lo que en una mercancía entra de más en concepto de plusvalía, en otra entra de menos, y en que por ello también las desviaciones respecto del valor que residen en los precios de producción de las mercancías se anulan entre sí. En toda la producción capitalista la ley general se impone como tendencia dominante siempre solo de una manera muy complicada y aproximada, como promedio nunca fijable de perpetuas oscilaciones» (III, 140).
Este argumento no es nuevo en la literatura marxista. Hace algunos años, en una situación afín, fue esgrimido por Conrad Schmidt con gran énfasis y quizá con mayor claridad de principio que ahora por Marx mismo. En su intento de resolver el enigma de la tasa media de ganancia, también Schmidt, aunque con una motivación intermedia distinta de la de Marx, había llegado al resultado de que las mercancías individuales no pueden intercambiarse entre sí en la proporción del trabajo que les es inherente. También él tuvo que plantearse la pregunta de si y cómo, ante ello, cabía aún hablar de una validez de la ley marxiana del valor, y apoyó su opinión afirmativa precisamente en el argumento que ahora se expone.3
Lo tengo por completamente desacertado. Lo dije en su momento frente a Conrad Schmidt con una fundamentación a la que aún hoy, y frente a Marx mismo, no tengo motivo para cambiar una sola palabra. Por ello puedo contentarme con repetirla simplemente al pie de la letra. Frente a Schmidt pregunté cuánto o cuán poco, después de aquella concesión efectiva, quedaba todavía de la célebre ley del valor, y proseguí entonces:
«Que no queda mucho lo ilustran del mejor modo precisamente los esfuerzos que el autor dedica a la demostración de que la ley del valor, pese a todo, permanece en vigor. En efecto, después de haber concedido que el precio efectivo de las mercancías puede divergir de su valor, observa que esta divergencia se refiere, sin embargo, solo a aquellos precios que alcanzan las mercancías individuales; que, en cambio, desaparece tan pronto como se considera la suma de todas las mercancías individuales, el producto nacional anual. La suma de precios que se paga por el producto nacional en su conjunto coincide, ciertamente, por completo con la suma de valor efectivamente cristalizada en él» (Böhm-Bawerk, pág. 51).
No sé si lograré ilustrar debidamente el alcance de esta afirmación. Quiero al menos intentar darle un indicio.
«¿Cuál es, pues, en general, la tarea de la "ley del valor"? Ninguna otra que esclarecer la relación de cambio de los bienes observada en la realidad. Queremos saber por qué, en el cambio, por ejemplo, una chaqueta vale exactamente tanto como 20 varas de lienzo, por qué 10 libras de té valen tanto como 1/2 tonelada de hierro, etcétera. Así concibió también Marx mismo la tarea explicativa de la ley del valor. Ahora bien, de una relación de cambio evidentemente solo puede hablarse entre distintas mercancías individuales entre sí. Pero tan pronto como se consideran todas las mercancías tomadas en conjunto y se suman sus precios, se prescinde necesaria y deliberadamente de la relación que existe en el interior de esa totalidad. Las diferencias relativas de precio en el interior se compensan, en efecto, en la suma. Aquello en lo que, por ejemplo, el té vale más que el hierro, en eso vale el hierro menos que el té, y viceversa. En todo caso, no es respuesta alguna a nuestra pregunta que, al inquirir por la relación de cambio de los bienes en la economía nacional, se nos responda con la suma de precios que todos juntos alcanzan; tan poco como si, al inquirir cuántos minutos o segundos menos que sus competidores ha necesitado el vencedor de una carrera para recorrer la pista, se nos respondiera: todos los competidores en conjunto han necesitado 25 minutos 13 segundos» (Böhm-Bawerk).
«Ahora bien, la cosa se presenta del modo siguiente. A la pregunta del problema del valor responden los marxistas en primer término con su ley del valor: que las mercancías se intercambian en proporción al tiempo de trabajo en ellas encarnado; luego revocan —velada o descaradamente— esta respuesta para el ámbito del cambio de mercancías individuales, es decir, precisamente para aquel ámbito en el que la pregunta tiene siquiera un sentido, y la mantienen en toda su pureza tan solo para el producto nacional entero tomado en conjunto, es decir, para un ámbito en el cual aquella pregunta, por carente de objeto, ni siquiera puede plantearse. Como respuesta a la verdadera pregunta del problema del valor, la "ley del valor" queda así, por confesión propia, desmentida por los hechos, y en la única aplicación en que no resulta desmentida, ya no es respuesta a la pregunta que propiamente reclama solución, sino que, en el mejor de los casos, podría ser respuesta a alguna otra pregunta» (Böhm-Bawerk).
«Pero ni siquiera es respuesta a otra pregunta, sino que no es respuesta en absoluto: es una simple tautología. Pues, como sabe todo economista, cuando se mira a través de las formas encubridoras del tráfico monetario, las mercancías se intercambian al cabo de nuevo por mercancías. Toda mercancía que entra en el cambio es a la vez mercancía, pero también el precio de su contraprestación. La suma de las mercancías es, por tanto, idéntica a la suma de los precios pagados por ellas. O bien: el precio del producto nacional entero tomado en conjunto no es otra cosa que el producto nacional mismo. En estas circunstancias es, en efecto, del todo correcto que la suma de precios que se paga por el producto nacional entero en conjunto coincida por completo con la suma de valor, o de trabajo, cristalizada en este último. Solo que esta sentencia tautológica no significa incremento alguno de conocimiento real, ni puede en particular servir de prueba direccional de la pretendida ley de que los bienes se intercambian según la proporción del trabajo en ellos encarnado. Pues por este camino podría verificarse igual de bien —o más bien igual de mal— cualquier otra "ley" que se quiera, por ejemplo, la "ley" de que los bienes se intercambian según la medida de su peso específico. Pues aunque, ciertamente, una libra de oro como "mercancía individual" no se intercambia por una libra de hierro, sino por 40.000 libras de hierro, la suma de precios que se paga por una libra de oro y 40.000 libras de hierro tomadas en conjunto no es ni más ni menos que 40.000 libras de hierro y 1 libra de oro. El peso total de la suma de precios —40.001 libras— corresponde, pues, exactamente al peso total encarnado en la suma de mercancías, igualmente de 40.001 libras, ¡y, por consiguiente, el peso es la verdadera medida según la cual se regula la relación de cambio de los bienes?!» (Böhm-Bawerk)
De este juicio, hoy que lo vuelvo contra Marx mismo, no tengo nada que rebajar, ni tampoco nada que añadirle, salvo acaso que Marx, al aducir el argumento aquí enjuiciado, incurre todavía en cierto desliz adicional que Schmidt en su día no había cometido. Marx, en efecto, busca en el pasaje recién citado de la pág. 140 del tercer tomo crear ambiente, en favor de la idea de que a su ley del valor pueda atribuírsele, no obstante, cierto dominio real aunque los casos individuales no la obedezcan, mediante una sentencia general que tiene por objeto el modo de operar de esta ley. Después de haber hablado de que «las desviaciones respecto del valor que residen en los precios de producción se anulan entre sí», añade en efecto la observación de que la ley general, en toda la producción capitalista, «se impone en general siempre solo de una manera muy complicada y aproximada, como promedio fijable de perpetuas oscilaciones, como tendencia dominante».
Marx confunde aquí dos cosas muy distintas: un promedio de oscilaciones y un promedio entre magnitudes duradera y fundamentalmente desiguales. Tiene toda la razón en que más de una ley general se impone solo de modo que el promedio resultante de constantes oscilaciones corresponde a la norma enunciada por la ley. Todo economista conoce tales leyes, como, por ejemplo, la ley de que los precios igualan a los costes de producción, de que la magnitud del salario en distintas ramas de ocupación, la magnitud de la ganancia del capital en distintas ramas de producción tienden, prescindiendo de motivos particulares de desigualdad, a situarse en un mismo nivel; y todo economista se inclina a reconocer estas leyes como «leyes», aunque acaso ni un solo caso les corresponda con la más minuciosa exactitud. Y por ello reside también en la remisión a un modo de operar tal, que solo se manifiesta en promedio y en conjunto, un momento fuertemente cautivador. Pero el caso en cuyo favor emplea Marx esta cautivadora remisión es de muy otra índole. En el caso de los precios de producción que se apartan de los «valores» no se trata de oscilaciones, sino de divergencias necesarias y duraderas. De dos mercancías A y B que encarnan la misma cantidad de trabajo, pero que han sido producidas con capitales de composición orgánica desigual, no oscila cada una en torno a uno y el mismo promedio, por ejemplo, en torno al promedio de 50 florines, sino que cada una ocupa de modo duradero otro nivel de precio, por ejemplo, la mercancía A, en la que ha intervenido poco capital constante y que reclama remuneración, el nivel de 40 florines, y la mercancía B, que tiene que remunerar mucho capital constante, el nivel de 60 florines, a reserva de oscilaciones en torno a estos niveles divergentes. Si tuviéramos que habérnoslas solo con oscilaciones en torno al mismo nivel, de suerte que tan pronto la mercancía A estuviese a 48 florines y la mercancía B a 52 florines, como, a la inversa, la mercancía A a 52 y la mercancía B solo a 48 florines, entonces, ciertamente, podría decirse que, en promedio, ambas mercancías están al mismo nivel de precio, y cabría ver en tal estado de cosas, si pudiera observarse de modo general, pese a las oscilaciones, una verificación de la «ley» de que las mercancías en las que se encarna la misma cantidad de trabajo se intercambian entre sí en pie de igualdad.
Pero si de dos mercancías que encarnan la misma cantidad de trabajo la una mantiene de modo duradero y regular un precio de 40 y la otra, con igual constancia y regularidad, un precio de 60 florines, entonces, ciertamente, el matemático puede también trazar entre estas magnitudes desiguales un promedio de 50 florines. Pero un promedio tal tiene un significado muy distinto o, dicho con más exactitud, no tiene significado alguno para nuestra ley. Un promedio matemático puede trazarse siempre, en efecto, incluso entre las magnitudes más desiguales, y una vez que se ha trazado, las desviaciones opuestas respecto de él «se anulan» siempre, en cuanto a la magnitud, «mutuamente»: aquello en lo que una magnitud supera al promedio, en eso justamente debe necesariamente la otra quedar por detrás de él. Pero, evidentemente, mediante un juego tal con «promedios» y «desviaciones que se anulan» tan poco puede reinterpretarse el hecho de que entre mercancías de iguales costes de trabajo, pero desigual composición de capital, existen diferencias de precio necesarias y duraderas, convirtiéndolo de una refutación en una confirmación de la pretendida ley del valor, como cabría tener inclinación y derecho a demostrar con ello la proposición de que todas las especies animales, incluidas las efímeras y los elefantes, poseen una misma duración de vida. Pues, ciertamente, los elefantes viven por término medio 100 años, las efímeras solo un único día. Pero entre estas magnitudes puede trazarse, en efecto, un promedio común de 50 años; aquello en lo que los elefantes viven más, justamente viven menos las efímeras; las desviaciones respecto del promedio «se anulan, pues, mutuamente», ¡y así, en conjunto y en promedio, triunfa no obstante la ley de que todas las especies animales tienen la misma duración de vida!
Sigamos adelante.
SEGUNDO ARGUMENTO
Marx reivindica en diversos pasajes del tercer tomo para la ley del valor que «domina el movimiento de los precios», y considera prueba de este dominio el hecho de que, donde cae el tiempo de trabajo requerido para la producción de las mercancías, caen también los precios, y donde sube, suben también los precios, manteniéndose por lo demás iguales las circunstancias.4
También esta conclusión descansa sobre un error de razonamiento tan llamativo que ha de extrañar cómo pudo escapar al propio Marx. Que, en efecto, manteniéndose por lo demás iguales las circunstancias, los precios suban y bajen con la magnitud del gasto de trabajo, evidentemente no prueba ni más ni menos que el trabajo es un factor determinante de los precios. Prueba, pues, un hecho sobre el que todo el mundo está de acuerdo, que no es opinión particular de Marx, sino que es reconocido y enseñado exactamente igual por los clásicos y por los «economistas vulgares». Pero Marx, con su ley del valor, había afirmado mucho más: había afirmado que el gasto de trabajo es la única circunstancia que regula las relaciones de cambio de las mercancías (prescindiendo de las casuales oscilaciones momentáneas de la oferta y la demanda). Que esta ley domine el movimiento de los precios solo podría decirse, manifiestamente, si una variación (duradera) de los precios no pudiera ser producida ni mediada por ninguna otra causa que por una alteración en la magnitud del tiempo de trabajo. Pero eso Marx no lo afirma en absoluto, ni puede afirmarlo; pues está en la consecuencia de su propia doctrina que una variación de precio deba sobrevenir, por ejemplo, también cuando el gasto de trabajo permanece inalterado, pero, a consecuencia de un acortamiento del proceso de producción y cosas semejantes, se altera la composición orgánica del capital. Cabe, pues, sin más, poner junto a la proposición aducida por Marx la otra proposición como perfectamente equiparable: que los precios suben y bajan donde, manteniéndose por lo demás iguales las circunstancias, sube y baja la duración de la inversión de capital. Pero, en la medida en que con esta última proposición evidentemente tan poco puede probarse o verificarse que la duración de la inversión de capital es la única circunstancia que domina las relaciones de cambio, exactamente igual de poco cabe, a la inversa, ver en la circunstancia de que las variaciones en la magnitud del gasto de trabajo dejen en general huellas en el movimiento de los precios, una corroboración de la pretendida ley de que el trabajo solo domina las relaciones de cambio.
TERCER ARGUMENTO
Este argumento no ha sido desarrollado por Marx con explícita claridad, pero sí ha sido entretejido el material para él en aquellas exposiciones que tienen por objeto la elucidación de la «cuestión propiamente difícil», «cómo se opera la igualación de la tasa de ganancia hasta llegar a la tasa general de ganancia» (III, 153 y ss.).
El núcleo del argumento puede desentrañarse del modo más breve de la manera siguiente. Marx afirma —y debe afirmar— que «las tasas de ganancia son originariamente muy diferentes» (III, 136), y que su igualación en una tasa general de ganancia solo «es un resultado y no puede ser un punto de partida» (III, 153). Esta tesis implica además la pretensión de que existen algunos estados «originarios» en los cuales aún no se ha consumado la «transformación de los valores en precios de producción» que conduce a la igualación de las tasas de ganancia, y que, por tanto, se hallan todavía bajo el dominio pleno y literal de la ley del valor. Se reivindica, pues, para esta cierto ámbito de validez por completo sometido a ella.
Veamos con más exactitud qué ámbitos deban ser estos, y qué pruebas aporta Marx de que en ellos las relaciones de cambio se norman realmente solo por el trabajo encarnado en las mercancías.
La igualación de las tasas de ganancia está ligada, según Marx, a dos premisas: primera, que ya impere en general un modo de producción capitalista (III. 154), y segunda, que la competencia ejerza con eficacia su actividad niveladora (III. 136, 151, 159, 175/76). Tendremos, pues, que buscar lógicamente los «estados originarios» con régimen puro de la ley del valor allí donde falte una u otra de las dos premisas (o, naturalmente, ambas a la vez).
Sobre el primer caso se ha pronunciado el propio Marx con todo detenimiento. Hace de los procesos en un estado social en el que aún no se produce de manera capitalista, sino «donde los medios de producción pertenecen al trabajador», el objeto de una descripción pormenorizada que muestra, en efecto, los precios de las mercancías en este estadio regidos exclusivamente por sus valores. Para permitir al lector un juicio imparcial sobre cuánta fuerza probatoria es inherente a esta descripción, debo presentarla en todo su tenor literal.
«El punctum saliens resaltará por lo general con mayor claridad si concebimos la cosa así: Supóngase que los trabajadores mismos se hallen en posesión de sus respectivos medios de producción e intercambien entre sí sus mercancías. Estas mercancías no serían entonces productos del capital. Según la naturaleza técnica de sus trabajos, el valor de los medios de trabajo y de las materias de trabajo empleados en las distintas ramas laborales sería diferente; igualmente, prescindiendo del valor desigual de los medios de producción empleados, se requeriría una masa diferente de los mismos para una masa de trabajo dada, según que una determinada mercancía pueda terminarse en una hora, otra solo en un día, etc. Supóngase, además, que estos trabajadores trabajen por término medio el mismo tiempo, computadas las igualaciones que resultan de la distinta intensidad, etc., del trabajo. Dos trabajadores habrían entonces, en las mercancías que constituyen el producto de su jornada laboral, en primer lugar, repuesto sus desembolsos, los precios de coste de los medios de producción consumidos. Estos serían distintos según la naturaleza técnica de sus ramas laborales. Ambos habrían, en segundo lugar, creado igual cantidad de valor nuevo, a saber, la jornada laboral añadida a los medios de producción. Esto comprendería su salario más la plusvalía, el plustrabajo por encima de sus necesidades indispensables, cuyo resultado, sin embargo, les pertenecería a ellos mismos. Si nos expresamos en términos capitalistas, ambos reciben el mismo salario más la misma ganancia, pero también el valor expresado, por ejemplo, en el producto de una jornada laboral de diez horas. Pero, en primer lugar, los valores de sus mercancías serían distintos. En la mercancía I, por ejemplo, estaría contenida una mayor parte de valor para los medios de producción empleados que en la mercancía II. Las tasas de ganancia serían también muy distintas para I y II, si llamamos aquí tasa de ganancia a la relación de la plusvalía con el valor total de los medios de producción desembolsados. Los medios de vida que I y II consumen diariamente durante la producción, y que sustituyen al salario, constituirán aquí la parte de los medios de producción adelantados que de otro modo llamamos capital variable. Pero las plusvalías serían, para igual tiempo de trabajo, las mismas para I y II, o, más exactamente todavía: puesto que I y II reciben cada uno el valor del producto de una jornada laboral, reciben, tras deducir el valor de los elementos «constantes» adelantados, valores iguales, de los cuales una parte puede considerarse como reposición de los medios de vida consumidos en la producción, y la otra como plusvalía excedente más allá de ello. Si I tiene mayores desembolsos, estos quedan repuestos por la mayor parte de valor de su mercancía que sustituye a esa parte «constante», y por tanto él tiene también, a su vez, que reconvertir una mayor parte del valor total de su producto en los elementos materiales de esa parte constante, mientras que II, si recauda menos por ello, tiene también tanto menos que reconvertir. La diferencia de las tasas de ganancia sería, bajo esta premisa, una circunstancia indiferente, exactamente como hoy es una circunstancia indiferente para el obrero asalariado en qué tasa de ganancia se expresa el quantum de plusvalía que se le ha arrancado, y exactamente como en el comercio internacional la diferencia de las tasas de ganancia entre las distintas naciones es una circunstancia indiferente para su intercambio de mercancías.» (III. 154 y sig.)
Y ahora Marx pasa de golpe del modo hipotético de expresión de la «suposición», con su «se hallen» y su «serían», a conclusiones del todo positivas. «El intercambio de mercancías a sus valores o aproximadamente a sus valores requiere, pues, un estadio mucho más bajo que el intercambio a precios de producción ...» .. y «es, pues, del todo conforme a la realidad considerar los valores de las mercancías, no solo teórica, sino también históricamente, como el prius de los precios de producción. Esto vale para estados en que los medios de producción pertenecen al trabajador, y este estado se encuentra tanto en el mundo antiguo como en el moderno, en el campesino terrateniente que trabaja por sí mismo y en el artesano» (III. 155, 156).
¿Qué hemos de pensar de estas exposiciones?
Ante todo, ruego al lector que se convenza y compruebe que la parte mantenida en el tono de la «suposición» contiene, ciertamente, una descripción llevada con gran coherencia acerca de cómo tendría que verse el intercambio en aquellos estados sociales primitivos si todo transcurriera conforme a la ley marxiana del valor, pero que en ella no se contiene ni la sombra de una prueba, ni siquiera de un intento de prueba, de que, bajo las premisas dadas, todo tendría que suceder así. Marx relata, «supone», afirma, pero no demuestra con una sola palabra. Es, por tanto, un salto osado, por no decir ingenuo, cuando Marx, sobre esa base, como si hubiera llevado felizmente a término un verdadero proceso demostrativo, proclama como resultado consumado que es, «por tanto», del todo conforme a la realidad considerar los valores también históricamente como el prius de los precios de producción. De hecho, no cabe hablar de que Marx, con su «suposición», haya probado la existencia histórica de tal estado; meramente lo ha postulado, a partir de su teoría, como una hipótesis, sobre cuya credibilidad ha de quedarnos, naturalmente, en libertad formarnos un juicio fundado.
De hecho, existen ahora contra su credibilidad los más serios reparos internos y externos. Es internamente inverosímil, y, en cuanto aquí pueda hablarse de una prueba empírica, también esta habla en su contra.
Es internamente del todo inverosímil. Exigiría, en efecto, que para los productores el momento en que reciben la retribución por su actividad fuera algo del todo indiferente, y eso es imposible económica y psicológicamente. Aclarémoslo desarrollando numéricamente el ejemplo empleado por el propio Marx. Marx compara dos trabajadores, I y II. El trabajador I representa una rama de producción que técnicamente necesita relativamente muchos y valiosos medios de producción preparatorios, materias primas, herramientas, materias auxiliares. Supongamos, para configurar el ejemplo en términos numéricos, que la elaboración de los medios de producción preparatorios requiera cinco años de trabajo, mientras que su transformación en productos acabados se efectúa en un sexto año de trabajo. Supongamos, además —lo que ciertamente no contradice el espíritu de la hipótesis marxiana, que precisamente quiere describir un estado bien primitivo, originario—, que el trabajador I ejecute por sí mismo ambas clases de trabajo, tanto la elaboración de los medios de producción preparatorios como su transformación en productos acabados. En estas circunstancias recibirá, manifiestamente, de la venta del producto acabado, que no puede efectuarse antes del final del sexto año de trabajo, la remuneración también por el trabajo preparatorio de los primeros años; o, dicho de otro modo, tendrá que esperar la remuneración por el trabajo del primer año cinco años, por el del segundo año cuatro años, por el del tercer año tres años, etc., o, por término medio de los seis años de trabajo, tendrá que esperar la remuneración aproximadamente tres años después de realizado el trabajo. El trabajador II, en cambio, que representa una rama de producción que necesita relativamente pocos medios de producción preparatorios, quizá complete todos los trabajos preparatorios y de acabado en un turno de solo un mes, y recibirá, por tanto, casi inmediatamente después de prestado su trabajo, también la remuneración por el mismo del producto de su venta.
La hipótesis de Marx supone ahora que los precios de las clases de mercancías I y II se fijan exactamente en proporción a las cantidades de trabajo empleadas, de suerte que el producto de seis trabajos anuales en la clase I se vende exactamente igual de caro que la suma de los productos de seis trabajos anuales en la clase II. De ello se sigue, además, que en la clase I el trabajador se conforma, por cada año de trabajo, con el pago retrasado por término medio tres años del mismo importe que el trabajador en la clase II recibe sin retraso alguno; que, por tanto, el retraso temporal de la percepción de un salario es una circunstancia que en la hipótesis marxiana no desempeña papel alguno y, en particular, no es capaz de ejercer influencia alguna sobre la competencia, sobre la mayor o menor afluencia de fuerzas a las distintas ramas de producción, según que estas, a causa de la duración de su período de producción, impongan un tiempo de espera más corto o más largo.
Si esto es verosímil, lo dejo al juicio del lector. Por lo demás, Marx reconoce, del todo acertadamente, que circunstancias accesorias particulares inherentes al trabajo de alguna rama de producción —intensidad, esfuerzo, incomodidad particulares de un trabajo— se procuran, mediante el juego de la competencia, una compensación en la cuantía del salario. ¿No habría de ser también una espera de años en la retribución del trabajo una circunstancia necesitada de compensación? Y, además: aun suponiendo que todos los productores quisieran de igual buen grado esperar tres años que no esperar nada por su salario, ¿pueden acaso todos esperar? Marx presupone, ciertamente, que «los trabajadores se hallan en posesión de sus respectivos medios de producción», pero no presupone, ni puede tampoco presuponer, que cada uno de ellos esté en posesión de tantos medios de producción como se requieren para el ejercicio de aquella rama de producción que, por razones técnicas, exige la disposición sobre la mayor suma de medios de producción. Por tanto, las distintas ramas de producción no son en absoluto accesibles por igual a todos los productores. Antes bien, aquellas ramas que requieren el menor adelanto de medios de producción son las más generalmente accesibles, mientras que las ramas con mayor exigencia de capital lo son para una minoría cada vez más reducida. ¿No habría de tener esto influencia alguna en que la oferta en estas últimas ramas experimente cierta restricción, por la cual finalmente el precio de sus productos se eleve por encima del nivel proporcional de aquellas ramas que se ejercen sin la odiosa condición accesoria de la espera y son accesibles a un círculo mucho más amplio de competidores?
Que aquí entra en juego cierta inverosimilitud lo ha sentido también el propio Marx. Registra, en primer lugar, asimismo, aunque en otra forma, que la medición de los precios meramente en proporción a la cantidad de trabajo conduce, en otra dirección, a una desproporción. Lo registra en la forma —por lo demás igualmente acertada— de que la «plusvalía» que los trabajadores de ambas ramas de producción obtienen por encima de su necesidad de subsistencia, calculada sobre los medios de producción adelantados, representa tasas de ganancia desiguales. Naturalmente se impone la pregunta de por qué esta desigualdad no habría de ser limada por la competencia igual que en la sociedad «capitalista». Marx siente la necesidad de dar una respuesta a esto, y esta es también la única adición que, junto a meras afirmaciones, lleva el carácter del intento de una fundamentación. ¿Qué responde, pues? Lo esencial sería que ambos trabajadores reciben, por igual tiempo de trabajo, las mismas plusvalías, o, designado todavía con mayor exactitud: que reciben, por igual tiempo de trabajo, «tras deducir el valor de los elementos constantes adelantados, valores iguales», y que bajo esta premisa la diferencia de las tasas de ganancia es para ellos «una circunstancia indiferente, exactamente como hoy es una circunstancia indiferente para el obrero asalariado en qué tasa de ganancia se expresa el quantum de plusvalía que se le ha arrancado».
¿Es esta una comparación afortunada? Si no recibo algo, puede en verdad serme del todo indiferente que aquello que no recibo represente, calculado sobre el capital de un tercero, un porcentaje alto o bajo. Pero si recibo algo en principio, como el trabajador en la hipótesis no capitalista ha de recibir la plusvalía como ganancia, entonces no me es en absoluto indiferente según qué medida haya de calcularse y repartirse esa ganancia. Cuando mucho podrá ser una cuestión abierta si esa ganancia ha de calcularse y repartirse meramente según la medida del trabajo prestado o también según la medida de los medios de producción adelantados; pero sencillamente «indiferente» no lo es, con certeza, para los interesados; y si, por tanto, se afirma el hecho un tanto inverosímil de que tasas de ganancia desiguales pueden subsistir permanentemente una junto a otra sin ser limadas por la competencia, ello no puede ciertamente motivarse con que la cuantía de las tasas de ganancia sea algo del todo indiferente para los intereses de los implicados.
Pero ¿son los trabajadores tratados igual, en la hipótesis marxiana, siquiera como trabajadores? Reciben, por igual tiempo de trabajo, valores y plusvalías iguales como salario, pero los reciben en momentos distintos: el uno inmediatamente después de prestado el trabajo, el otro ha de esperar años la remuneración. ¿Es esto un trato realmente igual, o no encierra más bien este proceso una desigualdad en una circunstancia accesoria de la retribución, que no puede ser indiferente a los trabajadores, frente a la cual, por el contrario, como muestra la experiencia, son —y con todo derecho— muy sensibles? ¿A qué trabajador le sería hoy indiferente recibir su salario semanal el sábado por la noche, o bien un año después, o tres años después? ¿Y desigualdades tan sensibles no habrían de ser limadas por la competencia? Esta es una inverosimilitud sobre la cual Marx nos ha quedado debiendo el esclarecimiento.
Pero su hipótesis no solo es internamente inverosímil, sino que también está en pugna con los hechos de la experiencia. Cierto que del caso supuesto, en su plena pureza típica, no tenemos, naturalmente, experiencia inmediata alguna, ya que un estado en el que no se dé en absoluto trabajo asalariado, y en el que cada productor sea propietario independiente de sus medios de producción, no puede ya observarse en ninguna parte en su plena pureza. Pero también «en el mundo moderno» se encuentran estados y relaciones que corresponden, al menos aproximadamente, a la hipótesis marxiana. Se encuentran, como el propio Marx destaca (III. 156), «en el campesino terrateniente que trabaja por sí mismo y en el artesano». Según la hipótesis marxiana tendría que poder observarse ahora que la magnitud del ingreso de estas personas es del todo independiente de la magnitud del capital que emplean en su producción. Cada uno de ellos tendría que percibir el mismo importe de salario y plusvalía, sea igual que el capital que representan sus medios de producción ascienda a 10 fl. o a 10.000 fl. Pero creo no tropezar con la duda de ningún lector si afirmo que en los círculos descritos rara vez existe, ciertamente, una contabilidad tan exacta como para poder determinar las relaciones con precisión numérica, pero que la impresión predominante con certeza no confirmará la hipótesis marxiana, sino que, por el contrario, irá en el sentido de que, en líneas generales, en aquellas ramas económicas y personas que trabajan con el apoyo de un capital considerable se encuentra también un ingreso más abundante que en aquellas que no disponen de nada salvo de los brazos del productor.
Pero esta prueba de los hechos, desfavorable a la hipótesis marxiana, recibe finalmente una nada pequeña corroboración indirecta por el hecho de que también en el segundo caso, en el cual, según la teoría marxiana, tendría que poder observarse un imperio puro de la ley del valor, y que es mucho más accesible a la prueba directa de los hechos, no se halla en realidad ni rastro del curso de los fenómenos pretendido por Marx.
Marx enseña, en efecto, como sabemos, que también en una economía plenamente desarrollada la igualación de las tasas de ganancia originariamente distintas se produce solo por el efecto de la competencia. «Si las mercancías se venden a sus valores» —escribe en el más detenido de los pasajes pertinentes5—, «surgen, como se ha desarrollado, tasas de ganancia muy distintas en las distintas esferas de producción, según la distinta composición orgánica de las masas de capital invertidas en ellas. Pero el capital se retira de una esfera con tasa de ganancia baja y se arroja sobre la otra, que arroja mayor ganancia. Mediante esta constante emigración e inmigración, en una palabra, mediante su distribución entre las distintas esferas, según que allí baje la tasa de ganancia y aquí suba, produce tal relación de la oferta con la demanda que la ganancia media en las distintas esferas de producción llega a ser la misma».
Lógicamente tendríamos ahora que esperar que dondequiera que esta clase de competencia de los capitales no se haya hecho plenamente efectiva, o al menos no todavía, se encontrara también, en su plena pureza, o al menos aproximadamente, la configuración originaria de la formación de precios y de ganancia afirmada por Marx. Dicho de otro modo, tendrían que mostrarse rastros de hechos de que, antes de la nivelación de las tasas de ganancia, las ramas de producción con el capital constante relativamente mayor obtuvieron y obtienen la menor tasa de ganancia, y las ramas con el capital constante menor, la mayor. Tales rastros no se encuentran ahora, en realidad, en ninguna parte, ni en el pasado histórico ni en el presente. Esto ha sido expuesto recientemente, de manera tan convincente, por un erudito por lo demás en alto grado prendado de Marx, que no puedo hacer nada mejor que citar simplemente las palabras de Werner Sombart.
«Nunca jamás se ha cumplido el desarrollo del modo indicado, ni se cumple así, lo que sin embargo tendría que ser el caso al menos en cada nueva rama de negocio que surge. Si aquella concepción fuera correcta, habría que pensarse evidentemente el avance del capitalismo, históricamente, de tal modo que primero hubiera ocupado la esfera con predominio de trabajo vivo, es decir, de composición de capital inferior a la media (c pequeño, v grande), y luego hubiera pasado lentamente a otras esferas en la medida en que, por la proliferación de la producción en aquellas primeras esferas, los precios hubieran descendido. En una esfera con predominio de los medios de producción frente al trabajo vivo, dependiendo de la plusvalía producida individualmente, habría realizado naturalmente en los comienzos una ganancia tan exigua que nada le habría tentado a emigrar a aquella esfera. Pero la producción capitalista comienza históricamente a desarrollarse, en parte, precisamente también en ramas de producción de esta última índole: minería, etc. El capital no habría tenido motivo alguno para pasar de la esfera de la circulación, donde se encontraba muy a gusto, a la esfera de la producción, sin perspectiva de una «ganancia usual en el país», la cual —esto sí ha de tenerse en cuenta— existía, antes de toda producción capitalista, en la ganancia comercial. Pero la falsedad de aquella suposición puede probarse también desde el otro lado: si en esferas con predominio de trabajo vivo se obtuvieran, en los comienzos de la producción capitalista, ganancias exorbitantemente altas, ello presupondría que el capital ocupara de un golpe, como obreros asalariados, al correspondiente círculo de productores hasta entonces independientes, es decir, digamos, a la mitad de la tasa de ingreso que antes habían percibido, y se embolsara por completo la diferencia con precios de mercancías que correspondieran inicialmente a los valores. Lo que, además, sería una representación del todo irrealista: la producción capitalista ha comenzado con existencias desclasadas, en parte en ramas de producción de creación enteramente nueva, y con seguridad ha partido de inmediato, en la fijación de precios, del desembolso de capital» (Werner Sombart).
«Pero así como la suposición de un enlace empírico de la tasa de ganancia con la tasa de plusvalía es históricamente falsa, es decir, para los comienzos del capitalismo, así lo es igualmente, y aún más, para los estados de un modo de producción capitalista desarrollado. Cuando hoy se abre una empresa, por alta o por baja que sea su composición de capital, la fijación de precios de sus productos y el cálculo (y realización) de la ganancia se efectúan exclusivamente sobre la base del desembolso de capital».
«Si en todo tiempo, antes como ahora, en efecto, ininterrumpidamente migran capitales de una esfera de producción a otra, ello tiene su razón principal, con certeza, en la desigualdad de las tasas de ganancia. Pero esta desigualdad procede con toda seguridad no de la composición orgánica de los capitales, sino de cualesquiera causas de la competencia. Las ramas de producción que aún hoy más bien florecen son, en parte, precisamente aquellas con composición de capital muy alta, como minas, fábricas químicas, cervecerías, molinos de vapor, etc. ¿Son estos los campos de los que se han retirado capitales, han emigrado, hasta que la producción quedó restringida en consecuencia y los precios subieron?»6
Estas exposiciones brindarían materia para muchas aplicaciones útiles que se vuelven contra la teoría marxiana. Por el momento extraigo de ellas una sola, que se refiere inmediatamente al argumento en el que precisamente se detiene nuestra investigación: la ley del valor, que, según se admite, ha de ceder su pretendido imperio a los precios de producción en la economía sometida a la plena competencia, jamás ha ejercido ni ha podido ejercer un imperio real tampoco en los estados originarios.
Hemos visto fracasar, así, uno tras otro, tres pretensiones que afirmaban la existencia de ciertos ámbitos de dominio reservados, en los cuales la ley del valor habría de alcanzar vigencia inmediata: la aplicación de la ley del valor a la suma de todas las mercancías y precios de mercancías en lugar de a sus relaciones individuales de intercambio (primer argumento) se ha revelado, en general, un sinsentido conceptual; el movimiento de los precios (segundo argumento) no obedece en realidad a la pretendida ley del valor, y tampoco esta ejerce un imperio real en los estados «originarios» (tercer argumento). Queda ahora solo una posibilidad más: la ley del valor, que en ninguna parte se muestra en vigencia real e inmediata, ¿ejerce quizá al menos un imperio indirecto, una especie de soberanía superior?
Marx no deja de afirmar también esto. Es la materia del cuarto argumento, a cuya consideración hemos de volvernos ahora.
CUARTO ARGUMENTO
Este argumento es indicado por Marx a menudo de modo lapidario, pero, por lo que veo, solo en un único pasaje es expuesto con mayor exactitud. En lo esencial viene a sostener que los «precios de producción» que rigen la formación efectiva de los precios están, a su vez, bajo el influjo de la ley del valor, y que esta, por tanto, mediante el recurso a los precios de producción, rige las relaciones efectivas de intercambio. Los valores «están detrás de los precios de producción» y «los determinan en última instancia» (III. 188); los precios de producción son, como Marx se expresa con frecuencia, meros «valores transformados» o «formas transformadas del valor» (III. 142, 147, 152 y a menudo). La índole y la medida del influjo que la ley del valor ejerce sobre los precios de producción hallan, sin embargo, su exacta explicación en un pasaje de las págs. 158 y 159. «La ganancia media, que determina el modo de producción, debe ser siempre aproximadamente igual al quantum de plusvalía que recae sobre un capital dado como parte alícuota del capital social total. Como ahora el valor total de las mercancías regula la plusvalía total, y esta, a su vez, la cuantía de la ganancia media y, por tanto, de la tasa general de ganancia —como ley general o como lo que rige las oscilaciones—, la ley del valor regula los precios de producción».
Sigamos este hilo de pensamiento paso a paso, examinándolo. La ganancia media, dice Marx al principio, determina los precios de producción. Esto es correcto en el sentido de la doctrina marxiana, pero no completo. Hagamos del todo clara la relación.
El precio de producción de una mercancía se compone, en primer lugar, del «precio de coste» de los medios de producción para el empresario y de su beneficio medio sobre el capital desembolsado. El precio de coste de los medios de producción se compone, a su vez, de dos componentes: del desembolso en capital variable, es decir, de los salarios pagados directamente, y del desembolso por el capital constante consumido o desgastado, materias primas, máquinas y similares. Como Marx, además, explica con toda exactitud en las págs. 138 s., 144 y 186, en una sociedad en la que los valores ya se han transformado en precios de producción, también el precio de adquisición o de coste de estos medios materiales de producción no corresponde a su valor, sino a la suma de los desembolsos que los productores de estos medios de producción han destinado, por su parte, a salarios y a medios auxiliares materiales, más el beneficio medio sobre estos desembolsos. Si se prosigue este análisis, se llega, exactamente igual que con el natural price de Adam Smith, con el que Marx identifica expresamente su precio de producción (III. 178), finalmente a la resolución del precio de producción en dos componentes o determinantes: en la suma de todos los salarios pagados durante las distintas fases de producción, que en conjunto constituyen el verdadero precio de coste de la mercancía7, y en la suma de todos los beneficios calculados sobre estos desembolsos salariales pro rata temporis, y precisamente calculados según la tasa media de beneficio.
Es, por tanto, ciertamente el beneficio medio que se acumula en la producción de una mercancía un factor determinante del precio de producción de la mercancía en cuestión. Del segundo factor determinante, la suma salarial pagada, Marx no sigue hablando en este pasaje. Pero como, según se ha mencionado, habla en otro lugar de manera del todo general de que «los valores están detrás de los precios de producción» y de que «la ley del valor los determina en última instancia», debemos, para no dejar ningún vacío, incluir también este segundo factor en nuestra investigación y, en consecuencia, examinar si puede afirmarse de él, y en qué grado, que sea determinado por la ley del valor.
Evidentemente, la suma de los salarios pagados es un producto de la cantidad de trabajo empleado multiplicada por la cuantía de la tasa salarial. Pues bien, dado que, según la ley del valor, las relaciones de cambio deben estar determinadas exclusivamente por la cantidad de trabajo empleado, y que Marx niega repetidamente y con el mayor énfasis a la cuantía del salario de trabajo todo influjo sobre el valor de las mercancías,8 resulta igualmente evidente que, de los dos componentes del factor «desembolso salarial», solo uno, la cantidad de trabajo empleado, armoniza con la ley del valor, mientras que en el segundo componente, la cuantía del salario de trabajo, entra entre los factores determinantes de los precios de producción un factor determinante ajeno a la ley del valor.
Para cortar de raíz todo malentendido, ilústrese aún el modo y la medida del efecto de este factor con un sencillo ejemplo numérico.
Tomemos tres mercancías A, B y C, que inicialmente representan el mismo precio de producción de 100 marcos cada una, pero con una composición típica distinta de los componentes de coste. Supongamos, además, que el salario de trabajo de una jornada asciende inicialmente a 5 marcos, que la tasa de plusvalía o el grado de explotación asciende al 100 %, de modo que del valor total de las mercancías de 300 marcos, 150 marcos recaen sobre los salarios y otros 150 marcos sobre la plusvalía; que el capital total (aplicado a las tres mercancías en proporción desigual) asciende a 1500 marcos y, por consiguiente, los beneficios medios al 10 %. A este supuesto corresponde la siguiente representación tabular:
Tabla 3
| Mercancía |
Jornadas de trabajo empleadas |
Salarios de trabajo empleados |
Capital aplicado |
Beneficio medio correspondiente |
Precio de producción |
| A |
10 |
50 |
500 |
50 |
100 |
| B |
6 |
30 |
700 |
70 |
100 |
| C |
14 |
70 |
300 |
30 |
100 |
| Suma |
30 |
150 |
1500 |
150 |
300 |
Supongamos ahora un aumento del salario de trabajo de 5 a 6 marcos. Este, permaneciendo invariables las demás circunstancias, según Marx solo puede ir a costa de la plusvalía.9 Del producto total, que ha permanecido igual, de 300 marcos recaerán, por tanto —disminuyendo el grado de explotación—, 180 sobre los salarios de trabajo y solo 120 marcos sobre la plusvalía, con lo cual la tasa media de beneficio para el capital empleado de 1500 marcos desciende al 8 %. Los desplazamientos que se producen por ello en la composición de los componentes del capital y en los precios de producción los muestra la siguiente tabla.
Tabla 4
| Mercancía |
Jornadas de trabajo empleadas |
Salarios de trabajo empleados |
Capital aplicado |
Beneficio medio correspondiente |
Precio de producción |
| A |
10 |
60 |
500 |
40 |
100 |
| B |
6 |
36 |
700 |
56 |
92 |
| C |
14 |
84 |
300 |
24 |
108 |
| Suma |
30 |
180 |
1500 |
120 |
300 |
Se muestra, así pues, que el aumento de los salarios de trabajo, permaneciendo invariable la cantidad de trabajo, ha provocado un desplazamiento sensible de los precios de producción y de las relaciones de cambio, inicialmente iguales. Este desplazamiento se debe en parte, pero evidentemente no por entero, a la simultánea y necesaria variación de la tasa media de beneficio afectada por la modificación salarial. Ciertamente no por entero, digo, porque, por ejemplo, el precio de producción de la mercancía C, a pesar del descenso del importe de beneficio comprendido en él, ha aumentado, de modo que esta modificación de precio no puede haber sido provocada con seguridad solo por la modificación del beneficio. Destaco este asunto —por lo demás evidente de suyo— únicamente para poner fuera de toda duda que en la cuantía del salario nos las habemos con un factor determinante del precio cuya eficacia no se agota en la influencia sobre la cuantía del beneficio, sino que ejerce además un influjo propio y directo, y que, por tanto, teníamos efectivamente motivo para someter a una consideración autónoma el eslabón de los factores determinantes del precio que Marx pasó por alto en el pasaje arriba citado. Los resultados finales de esta consideración me reservo resumirlos para más adelante. Sigamos por el momento, examinando paso a paso, la exposición que Marx ofrece del modo y manera en que el segundo factor determinante de los precios de producción, el beneficio medio, ha de ser regulado por la ley del valor.
mercancías;10 el valor total de las mercancías determina la plusvalía total contenida en ellas; esta regula, repartida sobre el capital social total, la tasa media de beneficio; esta, aplicada al capital ocupado en la producción de una mercancía individual, arroja el beneficio medio concreto, que finalmente entra como elemento en el precio de producción de la mercancía en cuestión. De este modo, el factor que se halla al comienzo de esta serie, la «ley del valor», «regula» el eslabón final, los precios de producción.
Acompañemos esta cadena lógica con nuestras observaciones.
Lo primero que llama la atención y que cabe constatar es que Marx no afirma en absoluto una conexión del beneficio medio que entra en el precio de producción de las mercancías con el valor que, sobre la base de la ley del valor, se halla encarnado en determinadas mercancías individuales. Al contrario, destaca con énfasis en numerosos pasajes que la cantidad de plusvalía que entra en el precio de producción de una mercancía es independiente, e incluso de principio distinta, de la «plusvalía realmente producida en la esfera particular de producción» (III. 146; de manera análoga III. 144 y a menudo). No vincula, por tanto, el influjo atribuido a la ley del valor en absoluto a la función característica de la ley del valor, en virtud de la cual esta normaliza las relaciones de cambio de las mercancías individuales, sino únicamente a una supuesta otra función, sobre cuyo carácter sumamente problemático ya nos hemos formado antes nuestro juicio: a saber, a la determinación del valor total de todas las mercancías tomadas en conjunto. En esta aplicación, según nos hemos convencido, la ley del valor es simplemente vacía de contenido. Si, como hace al fin y al cabo también Marx, se acuña el concepto y la ley del valor sobre las relaciones de cambio de los bienes,11 no tiene sentido aplicar el concepto y la ley a un todo que como tal nunca puede entrar en aquellas relaciones: para el intercambio, que no tiene lugar, de este todo no hay naturalmente ni una medida ni un factor determinante, y por tanto tampoco puede haber un contenido para una «ley del valor». Pero si la ley del valor no tiene en absoluto un influjo real sobre un quimérico «valor total de todas las mercancías tomadas en conjunto», naturalmente tal influjo tampoco puede ser transmitido a otras relaciones, y toda la cadena de múltiples eslabones que Marx se afanaba por seguir anudando con una lógica externamente pulcra queda, por consiguiente, suspendida en el aire.
Pero hagamos abstracción por completo de este primer defecto fundamental y examinemos los demás eslabones de la cadena con independencia de él, en cuanto a su propia consistencia. Supongamos, pues, que el valor total de las mercancías sea realmente una magnitud real y, además, determinada por la ley del valor: entonces el segundo eslabón afirma que este valor total de las mercancías regula la plusvalía total. ¿Es esto correcto?
La plusvalía no representa, sin duda, una cuota fija o invariable del producto nacional total, sino que resulta de la diferencia entre el «valor total» del producto nacional y el importe del salario que se paga a los obreros. Aquel valor total, por tanto, no regula en ningún caso por sí solo la magnitud de la plusvalía total, sino que, en el mejor de los casos, puede proporcionar un factor determinante de su magnitud, junto al cual entra como un segundo factor determinante, ajeno, la cuantía del salario de trabajo. Pero ¿no obedece acaso también este a la ley marxiana del valor?
En el primer tomo Marx aún había afirmado esto sin condiciones. «El valor de la fuerza de trabajo», escribe en la pág. 155, «al igual que el de cualquier otra mercancía, está determinado por el tiempo de trabajo necesario para la producción, y por tanto también para la reproducción, de este artículo específico». Y en la página siguiente continúa, determinando esta proposición con mayor exactitud: «Para su conservación, el individuo vivo necesita una cierta suma de medios de subsistencia. El tiempo de trabajo necesario para la producción de la fuerza de trabajo se resuelve, pues, en el tiempo de trabajo necesario para la producción de estos medios de subsistencia, o bien el valor de la fuerza de trabajo es el valor de los medios de subsistencia necesarios para la conservación de su poseedor». En el tercer tomo, sin embargo, Marx se ve obligado a renunciar en buena medida también al rigor de esta afirmación. En efecto, en la pág. 186 del tercer tomo advierte, con pleno derecho, sobre la posibilidad de que también los medios de subsistencia necesarios de los obreros puedan venderse a precios de producción que se aparten del tiempo de trabajo necesario. En este caso, enseña Marx, también la parte variable del capital (es decir, los salarios pagados) puede «apartarse de su valor». Con otras palabras: también el salario de trabajo puede (haciendo del todo abstracción de meras oscilaciones temporales) apartarse de manera duradera de aquella tasa que correspondería a la cantidad de trabajo encarnada en los medios de subsistencia necesarios, o a la estricta exigencia de la ley del valor. Así pues, ya en la determinación de la plusvalía total participa al menos un factor determinante ajeno a la ley del valor.
El factor plusvalía total, así determinado, «regula», según Marx, la tasa media de beneficio. Pero, evidentemente, de nuevo solo de tal manera que la plusvalía total proporciona uno de los factores determinantes, mientras que como segundo factor determinante, del todo independiente de aquel y también de la ley del valor, actúa la magnitud del capital existente en la sociedad. Si, como en la tabla anterior, con una plusvalía del 100 % la plusvalía total es de 150 marcos, entonces la tasa de beneficio asciende al 10 %, si y porque el capital total empleado en todas las ramas de producción es de 1500 marcos; sería evidentemente, permaneciendo del todo igual la plusvalía total, solo del 5 % si el capital total que participa en ella ascendiera a 3000 marcos, y de un 20 % completo si el capital total fuera de solo 750 marcos. Entra, por tanto, evidentemente de nuevo en la cadena influyente un factor determinante del todo ajeno a la ley del valor.
La tasa media de beneficio, hemos de concluir además, regula la magnitud del beneficio medio concreto que se acumula en la producción de una determinada mercancía. Esto es de nuevo correcto solo con la misma restricción que en los eslabones anteriores. A saber, la suma del beneficio medio que se acumula en una determinada mercancía es el producto de dos factores: la magnitud del capital adelantado multiplicada por la tasa media de beneficio. Pero la magnitud del capital que ha de adelantarse en las distintas fases se determina, a su vez, según dos factores: a saber, según la cantidad de trabajo que ha de remunerarse (un factor que, ciertamente, no se halla en disonancia con la ley marxiana del valor), pero también según la cuantía del salario que ha de pagarse, y en este factor entra en juego, como acabamos de convencernos, un factor ajeno a la ley del valor.
Con el siguiente eslabón retornamos de nuevo al comienzo. El beneficio medio determinado según el eslabón 4 ha de regular el precio de producción de la mercancía. Esto es correcto, con la corrección anticipada al comienzo de que el beneficio medio es solo un factor determinante del precio junto al desembolso salarial, en el cual, como se ha expuesto repetidamente, actúa como codeterminante un elemento ajeno a la ley marxiana del valor.
Resumamos. ¿Cuál ha sido el tema a demostrar que Marx emprendió corroborar? Rezaba: «La ley del valor regula los precios de producción», o, según otra forma de expresión, «los valores determinan en última instancia los precios de producción». O bien, si insertamos en la fórmula el contenido del valor y de la ley del valor tal como Marx lo había determinado en el primer tomo, la afirmación reza: Los precios de producción están dominados «en última instancia» por la proposición de que la cantidad de trabajo es la única circunstancia que subyace a la relación de cambio de las mercancías.
¿Y qué muestra la comprobación de los distintos eslabones del razonamiento demostrativo? Muestra que el precio de producción se compone, en primer lugar, de dos componentes. Uno de ellos, el desembolso salarial, es el producto de dos factores, de los cuales uno, la cantidad de trabajo, es homogéneo con la sustancia del valor marxiano, y el segundo, la cuantía del salario, no. Del segundo componente, la suma de beneficio medio acumulada, el propio Marx solo logró afirmar una conexión con la ley del valor mediante una violenta dislocación de esta ley, al atribuirle una eficacia en un terreno en el que no existen relaciones de cambio en absoluto. Pero aun haciendo abstracción de esto, el factor «valor total de las mercancías», que Marx pretende todavía derivar de la ley del valor, hubo de compartir en todo caso, en la determinación del eslabón siguiente, la plusvalía total, con un factor ya no homogéneo con la ley del valor, la «cuantía del salario de trabajo»; la «plusvalía total» hubo de compartir con un elemento del todo ajeno, la masa del capital social, la determinación de la tasa media de beneficio, y esta, finalmente, con el elemento en parte ajeno del desembolso salarial, la determinación de la suma de beneficio acumulada. El factor «valor total de todas las mercancías», abonado con muy problemática justificación en favor de la ley marxiana del valor, interviene por tanto solo tras una triple dilución homeopática de su influjo y, naturalmente, también con una participación correspondientemente exigua, acorde a esta dilución, en la determinación del beneficio medio y, más allá, de los precios de producción. Una descripción sobria de los hechos habría de rezar, pues, del modo siguiente: La cantidad de trabajo, que según la ley marxiana del valor ha de dominar plena y exclusivamente las relaciones de cambio de las mercancías, se revela de hecho como un factor determinante de los precios de producción junto a otros factores determinantes. Tiene un influjo fuerte y bastante inmediato sobre uno de los componentes de los precios de producción, que consiste en el desembolso salarial, y uno mucho más remoto, más débil y en su mayor parte12 incluso problemático sobre el segundo componente, el beneficio medio.
Pregunto ahora: ¿Contiene este estado de cosas una confirmación o una refutación de la pretensión de que en última instancia sea, sin embargo, la ley del valor la que determine los precios de producción? Creo que la respuesta no puede ser dudosa ni por un instante: La ley del valor pretende que la cantidad de trabajo determine por sí sola las relaciones de cambio; los hechos implican que no es la cantidad de trabajo, ni sus factores homogéneos, lo que determina por sí solo las relaciones de cambio. Estas dos proposiciones se comportan entre sí como el sí y el no, como la afirmación y la contradicción. Quien reconoce la segunda proposición —y la teoría de Marx sobre los precios de producción contiene este reconocimiento— niega de hecho la primera. Y si Marx hubiera creído realmente que no se ha contradicho a sí mismo ni a su primera proposición, se ha dejado engañar por una grosera confusión. No habría visto entonces que, al fin y al cabo, son dos cosas muy distintas que un factor invocado en una ley ejerza algún tipo de influjo en algún grado, o que la ley misma ejerza su dominio.
El ejemplo más trivial quizá sea el mejor en un asunto tan palpable. Se habla del efecto de los cañones sobre las corazas de los buques, y alguien plantea la afirmación de que el grado del efecto destructor del disparo depende única y exclusivamente de la magnitud de la carga de pólvora empleada. Se le pide cuentas y se le demuestra, de la mano de la experiencia efectiva y con su propia anuencia paso a paso, que para el efecto del disparo importa no solo la cantidad de pólvora cargada, sino también su potencia, y más allá también la construcción, la longitud y similares del tubo del cañón, luego la forma y la dureza del proyectil, además la distancia del objeto y, no en último lugar finalmente, el grosor y la solidez de las planchas de la coraza. Y ahora, después de que todo esto se ha concedido paso a paso, nuestro hombre diría que, con su afirmación inicial, lleva razón de todos modos; pues, como se ha mostrado, el factor cantidad de pólvora invocado por él ejerce, después de todo, un influjo determinante sobre el efecto del disparo, lo cual se demuestra, entre otras cosas, en que, permaneciendo iguales las demás circunstancias, con la potencia de la carga de pólvora aumenta el efecto del disparo, y a la inversa.
No de otro modo Marx. Primero perora con el mayor énfasis imaginable que a las relaciones de cambio de la mercancía no puede subyacer otra cosa que única y exclusivamente la cantidad de trabajo; polemiza del modo más acerbo contra los economistas que, además de la cantidad de trabajo —cuyo influjo sobre el valor de cambio de los bienes libremente reproducibles nadie niega—, reconocen aún otros factores determinantes del valor y del precio; construye sobre la posición exclusiva de la cantidad de trabajo como único factor determinante de las relaciones de cambio, a lo largo de dos tomos, las más importantes conclusiones teóricas y prácticas, su teoría de la plusvalía y su anatema contra la organización social capitalista, para desarrollar en el tercer tomo una teoría de los precios de producción que materialmente reconoce el influjo también de otros factores determinantes. Pero, en lugar de analizar por completo estos otros factores determinantes, solo pone siempre, con gesto triunfante, el dedo sobre aquellos puntos en los que su ídolo, la cantidad de trabajo, ejerce todavía ahora un influjo, real o en su opinión: sobre la variación de los precios cuando la cantidad de trabajo varía, sobre la influencia en la tasa media de beneficio a través del «valor total» y similares. Sobre el influjo coordinado de factores determinantes ajenos, como sobre la influencia en la tasa de beneficio por la magnitud del capital social, sobre la variación de los precios por la modificación de la composición orgánica de los capitales o por la modificación de la cuantía del salario, guarda silencio en este contexto. Disquisiciones en las que reconoce estos influjos no faltan en su obra. El influjo de la cuantía del salario sobre los precios está desarrollado acertadamente, por ejemplo, en las págs. 179 ss. y luego 186; el influjo de la magnitud del capital social sobre la cuantía de la tasa media de beneficio, en las págs. 145, 184, 191 s., 197 s., 203 y a menudo; el influjo de la composición orgánica de los capitales sobre los precios de producción, en las págs. 142 ss. Pero, de manera característica, Marx pasa sin palabra alguna, en los pasajes dedicados a la apología de la ley del valor, por encima de estos influjos de otra índole, destaca de manera unilateral únicamente la participación de la cantidad de trabajo, para extraer de la premisa correcta y no discutida por nadie de que el factor cantidad de trabajo interviene como codeterminante en varios puntos en la conformación de los precios de producción, la conclusión del todo injustificada de que, después de todo, «en última instancia» la ley del valor, que proclama el dominio exclusivo del trabajo, determina los precios de producción. ¡Esto significa sustraerse a la confesión de la contradicción, pero ciertamente no evitar la contradicción misma!