La teoría del intercambio
1. Los fundamentos del intercambio económico
“Si la propensión de los hombres a permutar, trocar e intercambiar una cosa por otra es uno de los principios originales de la naturaleza humana, o si es la consecuencia necesaria de las facultades de la razón y del habla”, o qué otras causas inducen a los hombres a intercambiar bienes, es una cuestión que Adam Smith dejó sin respuesta. El eminente pensador observa únicamente que es cierto que la propensión a trocar e intercambiar es común a todos los hombres y no se encuentra en ninguna otra especie de animales.63
En primer lugar, para esclarecer el problema, supóngase que dos agricultores vecinos disponen cada uno de una gran abundancia de la misma clase de cebada tras una buena cosecha, y que no existen barreras a un intercambio efectivo de cantidades de cebada entre ellos. En este caso, los dos agricultores podrían dar rienda suelta a su propensión a comerciar, e intercambiar entre sí 100 fanegas o cualquier otra cantidad de cebada de un lado a otro. Aunque no hay razón por la que debieran abstenerse de comerciar en este caso si el intercambio de bienes, por sí mismo, procurase placer a los participantes, creo que nada hay más cierto que el hecho de que estos dos individuos renunciarán por completo al comercio. Si, no obstante, se dedicasen a esta clase de intercambio, correrían el peligro, precisamente a causa de su disfrute del comercio bajo tales circunstancias, de ser considerados dementes por otros individuos económicos.
Supóngase ahora que un cazador dispone de una gran abundancia de pieles, y por tanto de materiales para vestido, pero solo de una reserva muy pequeña de víveres. Su necesidad de vestido está, por tanto, plenamente cubierta, pero su necesidad de alimento solo de manera insuficiente. Se supone que un agricultor cercano se halla en la posición precisamente opuesta. Supóngase también que no existen barreras a un intercambio de los víveres del cazador por los materiales para vestido del agricultor. Es evidente que un intercambio de bienes es aún menos probable en este caso que en el primero. Si el cazador intercambiara una porción de su escasa reserva de alimento por una porción de la igualmente escasa reserva de pieles del agricultor, tanto el excedente de materiales para vestido del cazador como el excedente de víveres del agricultor se harían aún mayores que antes del intercambio. Puesto que la satisfacción de la necesidad de alimento del cazador y la satisfacción de la necesidad de vestido del agricultor estaban ya insuficientemente cubiertas, la posición económica de los comerciantes empeoraría decididamente. Nadie puede sostener, por tanto, que estos dos individuos económicos experimentarían placer con tal intercambio. Por el contrario, nada hay más cierto que el cazador y el agricultor se resistirán ambos con la mayor firmeza a las ofertas de dedicarse a un comercio que con seguridad reduciría su bienestar, o que tal vez incluso pondría en peligro sus vidas. Si un intercambio de esta clase hubiera tenido lugar a pesar de todo, los dos hombres no tendrían nada más urgente que hacer que revocarlo.
La propensión de los hombres a comerciar debe tener, en consecuencia, alguna otra razón que el disfrute del comercio como tal. Si comerciar fuera un placer en sí mismo, y por tanto un fin en sí, y no con frecuencia una actividad laboriosa asociada al peligro y al sacrificio económico, no habría razón por la que los hombres no debieran dedicarse al comercio en los casos que acabamos de considerar y en otros miles. No habría, de hecho, razón por la que no debieran comerciar de un lado a otro un número ilimitado de veces. Pero en todas partes, en la vida práctica, podemos observar que los hombres económicos consideran cuidadosamente por adelantado cada intercambio, y que finalmente se alcanza un límite más allá del cual dos individuos no continuarán comerciando en un momento dado.
Puesto que se ha establecido que el intercambio no es un fin en sí mismo, y menos aún un placer en sí para los hombres, el problema en lo que sigue consistirá en explicar su naturaleza y origen.
Para comenzar por el caso más sencillo, supóngase que dos agricultores, A y B, han venido llevando ambos, hasta ahora, economías domésticas aisladas. Pero ahora, tras una cosecha extraordinariamente buena, el agricultor A tiene tanto grano que es incapaz, por más profusamente que provea a la satisfacción de sus necesidades, de utilizar una porción de él para sí mismo y para su casa. El agricultor B, por su parte, vecino del agricultor A, se supone que ha tenido una excelente vendimia en el mismo año. Pero su bodega está aún llena de años anteriores, y como carece de recipientes adicionales, está considerando verter una parte del vino más viejo almacenado, que procede de un año de cosecha inferior. Cada agricultor tiene un excedente de un bien y una grave deficiencia del otro. El agricultor con excedente de grano debe renunciar por completo al consumo de vino, pues no tiene viñedo alguno, y el agricultor con excedente de vino carece de víveres. El agricultor A puede dejar que muchas fanegas de grano se echen a perder en sus campos cuando un tonel de vino le procuraría un placer considerable. El agricultor B está a punto de destruir no ya uno, sino varios toneles de vino, cuando muy bien podría usar unas fanegas de grano en su casa. El primer agricultor padece sed y el segundo padece hambre, cuando ambos podrían ser aliviados por el grano que A está dejando que se eche a perder en sus campos y por el vino que B ha resuelto verter. El agricultor A podría aún satisfacer tan completamente como antes la necesidad de alimento suya y de su familia, y entregarse además al disfrute de beber vino, y el agricultor B podría seguir disfrutando de tanto vino como quisiera, pero no tendría que padecer hambre. Es, por tanto, evidente que nos hallamos ante un caso en el que, si se transfiriera a B la disposición de cierta cantidad de los bienes de A y se transfiriera a A la disposición de cierta cantidad de los bienes de B, las necesidades de ambos individuos económicos podrían satisfacerse mejor de lo que sería el caso en ausencia de esta transferencia recíproca.
El caso que acabamos de presentar, en el que las necesidades de dos personas podían satisfacerse mejor que antes mediante una transferencia mutua de bienes que no tenían valor alguno para ninguna de ellas antes del intercambio, y por tanto sin sacrificio económico por ninguna de las dos partes, resultaba especialmente apropiado para grabar en nosotros, del modo más esclarecedor, la naturaleza de la relación económica que conduce al comercio. Pero interpretaríamos esta relación de un modo demasiado estrecho si limitáramos nuestra atención a los casos en que una persona que dispone de una cantidad de un bien mayor incluso que sus plenas necesidades padece una deficiencia de un segundo bien, mientras que otra persona tiene un excedente comparable de este segundo bien y una deficiencia del primero. Pues la relación en cuestión puede observarse también en casos menos evidentes, en los que una persona posee bienes de los cuales ciertas cantidades tienen para ella menos valor que cantidades de otro bien poseído por una segunda persona que se halla en la situación inversa.
A modo de ejemplo, supongamos que el primero de los dos agricultores aislados no ha cosechado tanto grano como para poder dejar que parte de él se eche a perder en el campo sin perjuicio para la satisfacción de sus necesidades, y que el segundo no tiene tanto vino como para poder verter parte de él sin un perjuicio semejante. Antes bien, cada uno de los dos agricultores puede emplear de algún modo útil para sí mismo y para su casa la cantidad total del bien de que dispone. El primer agricultor puede emplear útilmente toda su existencia de grano destinando al engorde de su ganado la cantidad que le quede tras haber provisto por completo a la satisfacción de sus necesidades más importantes. El segundo agricultor no tiene tanto vino como para verse obligado a verter parte de él, sino justo el suficiente para permitirle distribuir una porción entre sus esclavos como recompensa por un mayor esfuerzo. Así pues, aunque para el agricultor del grano cierta porción de su grano (una fanega, por ejemplo) y para el viticultor cierta porción de su vino (un tonel, por ejemplo) tengan solo un pequeño valor, no obstante tienen algún valor, puesto que directa o indirectamente la satisfacción de ciertas de sus necesidades depende de esa porción. Pero el hecho de que una cantidad dada de grano, una fanega por ejemplo, tenga cierto valor para el primer agricultor no excluye en modo alguno la posibilidad de que cierta cantidad de vino, un tonel por ejemplo, pueda tener para él un valor mayor, como sería el caso si el disfrute que procura un tonel de vino tuviera para él una importancia mayor que el engorde más o menos completo de su ganado. De igual modo, en el caso del segundo agricultor, el hecho de que un tonel de vino tenga para él cierto valor no excluye en modo alguno la posibilidad de que una fanega de trigo pueda tener para él un valor mayor, como sería el caso si asegurara una alimentación más adecuada para sí mismo y su familia, y quizá incluso la evitación de los dolores del hambre.
La forma más general de la relación responsable del comercio humano es, por tanto, la siguiente: un individuo económico, A, dispone de cierta cantidad de un bien que tiene para él un valor menor que el de cierta cantidad de otro bien en posesión de otro individuo económico, B, quien estima los valores de las mismas cantidades de bienes de manera inversa, teniendo para él la cantidad dada del segundo bien un valor menor que la cantidad dada del primer bien de la que dispone A.64 Sea 10a la cantidad del primer bien en posesión de A, y sea 10b la cantidad del segundo bien en posesión de B. Supóngase que el valor de la cantidad 1a para A es W, que el valor de 1b para A, en caso de que llegara a disponer de ella, es W + x, que el valor de 1b para B es w, y que el valor de 1a para B, en caso de que llegara a disponer de ella, es w + y. Es evidente que A obtendría un valor de x y que B obtendría un valor de y de una transferencia de 1a de la posesión de A a la de B, y de 1b de la posesión de B a la de A. En otras palabras, tras un intercambio, A se hallaría en la misma posición que si se hubiera añadido a su riqueza un bien con un valor de x para él, y B se hallaría en la misma posición que si se hubiera añadido a su riqueza un bien con un valor de y para él.
Si, además, los dos individuos económicos (a) reconocen la situación y (b) tienen el poder de efectuar realmente la transferencia de los bienes, existe una relación que les permite, mediante un simple acuerdo, proveer mejor, o de manera más completa, a la satisfacción de sus necesidades que si dicha relación no fuera aprovechada.
El mismo principio que guía a los hombres en su actividad económica en general, que los lleva a investigar las cosas útiles que los rodean en la naturaleza y a someterlas a su dominio, y que los hace preocuparse por la mejora de sus posiciones económicas, el esfuerzo por satisfacer sus necesidades del modo más completo posible, los lleva también a buscar con la mayor diligencia esta relación dondequiera que puedan hallarla, y a aprovecharla con el fin de satisfacer mejor sus necesidades. En la situación que acaba de describirse, por tanto, los dos individuos económicos se asegurarán de que la transferencia de bienes tenga lugar efectivamente. El esfuerzo por satisfacer sus necesidades del modo más completo posible es, así pues, la causa de todos los fenómenos de la vida económica que designamos con la palabra «intercambio». Conviene observar que este término se emplea en nuestra ciencia en un sentido especial, con una aplicación mucho más amplia que en el lenguaje corriente o, sobre todo, que en el lenguaje jurídico. Pues en el sentido económico comprende también la compra y la venta, así como todas las transferencias parciales de bienes económicos (arrendamiento, alquiler, préstamo, etc.) a cambio de una contraprestación.
Si resumimos lo que acaba de decirse, obtenemos las siguientes proposiciones como resultado de nuestra investigación hasta aquí: el principio que lleva a los hombres a intercambiar es el mismo principio que los guía en su actividad económica en su conjunto; es el empeño por asegurar la más plena satisfacción posible de sus necesidades. El goce que los hombres extraen de un intercambio económico de bienes es el sentimiento general de placer que experimentan cuando algún acontecimiento les permite proveer mejor a la satisfacción de sus necesidades de lo que de otro modo habría sido posible. Pero los beneficios de una transferencia mutua de bienes dependen, como hemos visto, de tres condiciones: (a) un individuo económico debe disponer de cantidades de bienes que tengan para él un valor menor que otras cantidades de bienes de las que dispone otro individuo económico que valora los bienes de manera inversa; (b) los dos individuos económicos deben haber reconocido esta relación; y (c) deben tener el poder de efectuar realmente el intercambio de bienes. La ausencia de una sola de estas condiciones significa que falta un requisito esencial para un intercambio económico, y que un intercambio de bienes entre dos individuos económicos es económicamente imposible.
2. Los límites del intercambio económico
Si cada individuo económico dispusiera de un solo bien de cada clase, y si cada uno de estos bienes fuera indivisible respecto de su carácter de bien, no habría dificultad alguna en investigar los límites hasta los cuales las operaciones de intercambio avanzarían en cada caso dado para producir la mayor ganancia económica para cada participante. Supóngase que A posee una copa de cristal y B una alhaja hecha del mismo material, y que ninguno de los dos individuos dispone de más de una unidad de cada artículo. Según lo dicho en la sección precedente, solo dos situaciones son concebibles: o existe la base para un intercambio económico entre los dos individuos respecto de los dos bienes, o no existe. Si no existe, la cuestión de un intercambio no puede siquiera plantearse desde un punto de vista económico. Y si existe, no cabe duda de que un intercambio efectivo de los dos bienes excluirá naturalmente cualquier ulterior intercambio de bienes exactamente de las mismas clases entre A y B.
Pero siempre que diferentes personas dispongan de cantidades de bienes que puedan subdividirse en porciones de cualquier tamaño deseado, o que estén compuestas de varias piezas discretas, cada una de las cuales sea indivisible por naturaleza o por uso, la situación es distinta.
Supóngase que A, un colono norteamericano de la frontera, posee varios caballos pero ninguna vaca, mientras que B, su vecino, tiene cierto número de vacas pero ningún caballo. Supuesto que A tiene necesidad de leche y productos lácteos y B de animales de tiro, es fácil ver que está presente una base para operaciones de intercambio. Pero nadie sostendrá que el intercambio de uno de los caballos de A, por ejemplo, por una de las vacas de B agotaría necesariamente la base existente para operaciones de intercambio económico entre A y B respecto de estos bienes. Igualmente cierto es, sin embargo, que no tiene por qué existir necesariamente una base para el intercambio de la totalidad de las cantidades que poseen. A, que posee (por ejemplo) seis caballos, puede satisfacer mejor sus necesidades si intercambia uno, o dos, o quizá incluso tres de sus caballos por las vacas de B. Pero de ello no se sigue necesariamente que obtendría una ganancia económica de la operación de intercambio si trocara todos sus caballos por todas las vacas de B. Aunque la situación económica inicial proporcione una base para operaciones de intercambio económico entre A y B, la consecuencia de llevar el intercambio demasiado lejos podría ser que las necesidades de las dos partes contratantes quedaran peor provistas que antes del intercambio.
La relación que ahora consideramos, en la que no solo bienes singulares sino cantidades de bienes están a disposición de los hombres, puede observarse regularmente en la economía humana. Puede observarse un número infinito de casos en los que dos individuos económicos disponen de cantidades de diferentes bienes, y en los que están presentes los fundamentos para operaciones de intercambio económico, pero en los que las ganancias derivables del comercio se aprovecharían solo de manera incompleta si los dos individuos económicos intercambiaran demasiado poco, y volverían a verse disminuidas, reducidas a nada, o incluso convertidas en pérdidas, si llevaran sus operaciones de intercambio demasiado lejos e intercambiaran demasiado.
Pero si podemos observar casos en los que «demasiado poco» de un intercambio no rinde las plenas ganancias derivables del aprovechamiento de una relación existente, y en los que «demasiado» conduce al mismo resultado, en efecto a menudo incluso a un empeoramiento de las posiciones económicas de los dos negociantes, debe existir un límite en el cual se alcanzan las plenas ganancias económicas que pueden obtenerse del aprovechamiento de la relación dada, y más allá del cual cualquier intercambio de porciones ulteriores comienza a volverse antieconómico. La determinación de este límite es el objeto de la investigación subsiguiente.
Presentaré a este fin un caso sencillo en el que podamos observar con la mayor atención la relación que deseamos considerar, sin que la perturben influencias secundarias.
Supóngase que en un bosque virgen, lejos de otros individuos económicos, viven dos colonos de la frontera que mantienen relaciones amistosas entre sí. Se supone que la extensión y la intensidad de sus necesidades son exactamente las mismas. Cada uno de ellos requiere varios caballos para trabajar su tierra. Un caballo es absolutamente necesario para que pueda producir el alimento requerido para el sustento de su vida y la de su familia. Un segundo caballo es necesario para producir la cantidad algo mayor de alimento que se precisa para una dieta adecuada para él y su familia.
Cada uno de los colonos podría emplear un tercer caballo para transportar desde el bosque hasta su cabaña de troncos la madera y la leña que le resultan necesarias, para acarrear cargas de arena, piedras, etc., y para trabajar un campo en el que cultivará algunos alimentos de lujo para el disfrute suyo y de su familia. Un cuarto se emplearía únicamente por placer, y un quinto caballo tendría solo la importancia derivada de su disponibilidad como sustituto en caso de que uno de los otros caballos quedara incapacitado. Pero ninguno de los dos colonos podría emplear un sexto caballo. Se supone también que cada uno de ellos necesitaría cinco vacas para cubrir sus necesidades plenas de leche y productos lácteos, que existe la misma gradación en la importancia de sus necesidades de estos productos, y que ninguno de ellos podría emplear una sexta vaca.
Para mayor claridad, expresemos la situación que acaba de describirse en forma numérica (pp. 125 y ss.). Podemos representar la importancia graduada de las satisfacciones que las posesiones de los dos colonos permiten cubrir mediante un conjunto de números que decrecen en serie aritmética, con la serie 50, 40, 30, 20, 10, 0, por ejemplo.65
Suponiendo que A, el primer colono, tiene 6 caballos y solo una vaca, mientras que B, el otro colono, tiene un caballo y 6 vacas, los sucesivos grados de importancia de las satisfacciones cubiertas por las posesiones de las dos personas pueden representarse en la siguiente tabla:
| A | B | ||
|---|---|---|---|
| Caballos | Vacas | Caballos | Vacas |
| 50 | 50 | 50 | 50 |
| 40 | 40 | ||
| 30 | 30 | ||
| 20 | 20 | ||
| 10 | 10 | ||
| 0 | 0 |
De lo dicho en la primera sección de este capítulo se ve fácilmente que aquí está presente la base para operaciones de intercambio económico. La importancia que un caballo tiene para A es igual a 0, y la importancia que una segunda vaca tendría para él es igual a 40. Por otra parte, una vaca tiene para B un valor de 0, mientras que un segundo caballo tendría para él un valor de 40 (p. 131). Así pues, tanto A como B podrían proveer considerablemente mejor a la satisfacción de sus necesidades si A diera a B un caballo y si B diera a A una vaca a cambio. No cabe duda de que emprenderían efectivamente este intercambio si son individuos económicos.
La importancia de las satisfacciones cubiertas por las posesiones de las dos personas tras este primer intercambio será la siguiente:
| A | B | ||
|---|---|---|---|
| Caballos | Vacas | Caballos | Vacas |
| 50 | 50 | 50 | 50 |
| 40 | 40 | 40 | 40 |
| 30 | 30 | ||
| 20 | 20 | ||
| 10 | 10 |
Se ve fácilmente que cada uno de los dos negociantes obtuvo de este primer intercambio una ganancia económica equivalente a la que le correspondería si su riqueza se hubiera incrementado en un bien cuyo valor para él fuese igual a 40.66 Pero es igualmente cierto que la base para operaciones de intercambio económico no se ha agotado en modo alguno con este primer intercambio. Pues un caballo todavía tiene para A un valor mucho menor que el que tendría para él una vaca adicional (10 frente a 30), mientras que una vaca tiene para B un valor de solo 10, mientras que un caballo adicional tendría un valor de 30 (tres veces el valor de una vaca). Está, por tanto, en el interés económico de ambos individuos económicos emprender una segunda operación de intercambio.
La situación tras el segundo intercambio puede representarse como sigue:
| A | B | ||
|---|---|---|---|
| Caballos | Vacas | Caballos | Vacas |
| 50 | 50 | 50 | 50 |
| 40 | 40 | 40 | 40 |
| 30 | 30 | 30 | 30 |
| 20 | 20 |
Puede verse que cada una de las dos personas obtuvo una ganancia económica no menor que si su riqueza se hubiera incrementado en un bien valorado en 20.
Veamos si existe una base para ulteriores operaciones de intercambio económico incluso en esta situación. Un caballo tiene para A una importancia de 20; una vaca adicional también tendría para él una importancia de 20; y B se halla en una posición semejante. De lo dicho resulta evidente que un intercambio de uno de los caballos de A por una de las vacas de B en tales condiciones no valdría la pena, puesto que no habría ganancia económica alguna.
Pero supóngase que A y B, no obstante, emprendieran un tercer intercambio. Si la realización del intercambio no requiriera sacrificios económicos apreciables (costes de transporte, pérdida de tiempo, etc.), es evidente que las posiciones económicas de los dos hombres no resultarían ni perjudicadas ni mejoradas. Tras este tercer intercambio sus posiciones serían las siguientes:
| A | B | ||
|---|---|---|---|
| Caballos | Vacas | Caballos | Vacas |
| 50 | 50 | 50 | 50 |
| 40 | 40 | 40 | 40 |
| 30 | 30 | 30 | 30 |
| 20 | 20 |
Preguntémonos ahora cuál sería el resultado económico de intercambios todavía ulteriores de uno de los caballos de A por una de las vacas de B. La situación tras un cuarto intercambio sería:
| A | B | ||
|---|---|---|---|
| Caballos | Vacas | Caballos | Vacas |
| 50 | 50 | 50 | 50 |
| 40 | 40 | 40 | 40 |
| 30 | 30 | ||
| 20 | 20 | ||
| 10 | 10 |
Como puede verse, las posiciones económicas de A y B son ambas menos favorables tras el cuarto intercambio de lo que eran antes. Al adquirir una quinta vaca, A ha asegurado, en efecto, la satisfacción de una necesidad que tiene para él una importancia de 10. Pero para obtenerla ha cedido un caballo que tenía para él la importancia de satisfacciones que se supusieron iguales a 30. Su posición económica tras este intercambio es exactamente la misma que sería si su riqueza se hubiera reducido sin compensación en un bien con un valor igual a 20. El mismo resultado puede observarse en B. La desventaja económica de la cuarta operación de intercambio es mutua. En lugar de ganar con ella, A y B sufrirían ambos una pérdida económica.
Si las dos personas, A y B, continuaran intercambiando caballos por vacas, la situación tras el quinto intercambio se presentaría como sigue:
| A | B | ||
|---|---|---|---|
| Caballos | Vacas | Caballos | Vacas |
| 50 | 50 | 50 | 50 |
| 40 | 40 | ||
| 30 | 30 | ||
| 20 | 20 | ||
| 10 | 10 | ||
| 0 | 0 |
Y tras el sexto intercambio sería:
| A | B | ||
|---|---|---|---|
| Caballos | Vacas | Caballos | Vacas |
| 50 | 50 | ||
| 40 | 40 | ||
| 30 | 30 | ||
| 20 | 20 | ||
| 10 | 10 | ||
| 0 | 0 | ||
| 0 | 0 |
Se ve fácilmente que, tras el quinto intercambio de uno de los caballos de A por una de las vacas de B, los dos negociantes habrían regresado a la misma situación, en cuanto a la completitud de la provisión para la satisfacción de sus necesidades, en la que se hallaban al comienzo de las operaciones de intercambio. Tras el sexto intercambio habrían empeorado sus posiciones económicas considerablemente más.
No podrían hacer nada mejor que revocar estos intercambios antieconómicos.
Lo que aquí se ha mostrado en un caso particular puede observarse dondequiera que cantidades de diferentes bienes se hallen en posesión de diferentes personas y esté presente una base para operaciones de intercambio económico. Si seleccionáramos otros ejemplos, encontraríamos diferencias en circunstancias secundarias, pero no en la naturaleza de la relación explicada.
Sobre todo encontraríamos, en cada caso y en cualquier momento dado, un límite hasta el cual dos personas pueden intercambiar sus bienes para su mutua ventaja económica. Pero encontraríamos que no pueden traspasar este límite sin colocarse en una posición económica menos favorable. En suma, observaríamos en todas partes un límite en el cual quedan agotadas las ganancias económicas totales derivables de una relación de intercambio, y más allá del cual estas ganancias se verían disminuidas por ulteriores operaciones de intercambio, volviendo antieconómico el intercambio de cualesquiera porciones ulteriores. Este límite se alcanza cuando uno de los dos negociantes ya no dispone de ninguna cantidad de bienes que tenga para él un valor menor que el de una cantidad de otro bien de la que dispone el segundo negociante, quien, al mismo tiempo, valora las dos cantidades de bienes de manera inversa.
Vemos así que en la realidad de la vida práctica los hombres no comercian indefinidamente y sin límite. Vemos, por el contrario, que personas determinadas, en cualquier momento dado, respecto de cualesquiera clases dadas de bienes, y en cualquier situación económica dada, alcanzan un cierto límite en el cual cesan de realizar ulteriores intercambios.67
Una economía social se compone de economías individuales, y lo dicho más arriba es, por tanto, igualmente válido para el comercio de pueblos enteros que para individuos económicos singulares. Dos naciones, una dedicada principalmente a la agricultura y la otra primordialmente a la industria, estarán en condiciones de satisfacer sus necesidades de manera mucho más completa si cada una intercambia una porción de su producción por la producción de la otra (la primera nación una porción de su producción agrícola y la segunda una porción de sus manufacturas). Pero no emprenderán el intercambio indefinidamente y sin límite. En cualquier momento dado alcanzarán un límite más allá del cual cualquier ulterior intercambio de producción agrícola por manufacturas será antieconómico para ambas naciones.
Es, desde luego, cierto que en el comercio de los individuos, y todavía más en el comercio entre pueblos enteros, puede observarse en general que los valores que los bienes tienen efectivamente para los hombres están sujetos a fluctuaciones constantes. Estas fluctuaciones se producen principalmente porque nuevas cantidades de bienes llegan continuamente a manos de los diversos individuos económicos a través del proceso de producción. Como consecuencia, los fundamentos para los intercambios económicos cambian constantemente, y observamos por ello el fenómeno de una sucesión perpetua de operaciones de intercambio. Pero incluso en esta cadena de operaciones podemos, observando con atención, encontrar puntos de reposo en momentos particulares, para personas particulares y con clases particulares de bienes. En estos puntos de reposo no tiene lugar ningún intercambio de bienes, porque ya se ha alcanzado un límite económico al intercambio.
Otra observación hecha anteriormente se refería a las ganancias económicas paulatinamente decrecientes que ciertos individuos económicos obtienen del aprovechamiento de una determinada oportunidad de comercio. Los primeros contactos comerciales de los individuos económicos suelen ser los más ventajosos desde el punto de vista económico. Por lo general, solo más tarde se aprovechan también las oportunidades de comercio que prometen ganancias económicas menores. Esto no solo vale para el comercio entre individuos, sino también para el comercio entre naciones enteras. Si dos pueblos cuyos puertos o fronteras estuvieron siempre, o durante algún tiempo, cerrados al intercambio mutuo los abren de pronto al comercio, o si tan solo se eliminan algunos impedimentos previos al comercio, de inmediato se desarrolla un comercio de bienes muy animado. Pues el número de oportunidades comerciales por aprovechar y las ganancias económicas por obtener son al principio muy grandes. Más adelante, el comercio discurre por el cauce de los negocios normalmente rentables. Pero si las plenas ganancias del nuevo comercio a veces no se producen de inmediato, la razón es que los otros dos requisitos del intercambio económico, el conocimiento de las oportunidades comerciales y la capacidad de llevar a cabo las operaciones de intercambio reconocidas como económicas, normalmente solo son adquiridos por los participantes después de cierto período de tiempo. Algunos de los esfuerzos más arduos de las naciones comerciantes se dirigen a eliminar los impedimentos al comercio en estas dos categorías (mediante el estudio cuidadoso de la situación comercial, mediante la construcción de buenos caminos y otros medios de transporte y comunicación, etc.).
Antes de cerrar esta exposición sobre los fundamentos y los límites del intercambio económico, deseo dirigir la atención a un factor importante que debe tenerse en cuenta si se quieren interpretar correctamente los principios expuestos en este capítulo. Me refiero a los sacrificios económicos que exigen las operaciones de intercambio.
Si los hombres y sus posesiones (las economías de los individuos68) no estuvieran separados en el espacio, y si la transferencia mutua del poder de disposición sobre los bienes entre un individuo económico y otro no requiriera, por tanto, en general el transporte de bienes y muchos otros sacrificios económicos, las plenas ganancias económicas resultantes de una operación de intercambio recaerían sobre los dos participantes. Pero tales casos son muy raros. Cabe ciertamente concebir casos en los que los sacrificios económicos de una operación de intercambio se reducen a un mínimo que en la vida práctica se desprecia. Pero no es fácil encontrar un caso real en el que una operación de intercambio pueda realizarse sin sacrificio económico alguno, aunque se limite únicamente a la pérdida de tiempo. Los costes de flete, los gastos de carga, los peajes, los impuestos al consumo, las primas de seguros marítimos y de otra índole, los costes de la correspondencia, las comisiones y otros costes de venta, los gastos de corretaje, los pesajes, los costes de embalaje, los costes de almacenamiento, todo el coste del sistema bancario comercial, e incluso los gastos de los comerciantes69 y de todos sus empleados, etc., no son sino los diversos sacrificios económicos que se requieren para llevar a cabo las operaciones de intercambio y que absorben una parte de las ganancias económicas resultantes del aprovechamiento de las oportunidades de intercambio existentes. En efecto, estos sacrificios económicos a menudo hacen imposible el intercambio que sería posible si tan solo estos «gastos», en el sentido económico general del término, no existieran.
El desarrollo económico tiende a reducir estos sacrificios económicos, con el resultado de que incluso entre los países más distantes se hacen posibles cada vez más intercambios económicos que antes no podían tener lugar.
Lo dicho lleva implícita una explicación de la fuente de la que las miles de personas que actúan como intermediarias en el comercio derivan sus ingresos. Como no contribuyen directamente al aumento físico de los bienes, su actividad ha sido considerada a menudo improductiva. Pero un intercambio económico contribuye, como hemos visto, a la mejor satisfacción de las necesidades humanas y al aumento de la riqueza de los participantes con la misma eficacia que un aumento físico de bienes económicos. Por consiguiente, todas las personas que median en el intercambio son —siempre que las operaciones de intercambio sean económicas— tan productivas como el agricultor o el fabricante. Pues el fin de la economía no es el aumento físico de los bienes, sino siempre la satisfacción más plena posible de las necesidades humanas. Los comerciantes no contribuyen menos a la consecución de este fin que las personas a las que, durante mucho tiempo y desde un punto de vista muy unilateral, se llamó exclusivamente productivas.