La teoría del valor
1. La naturaleza y el origen del valor
Si las necesidades de un bien, en un período de tiempo al cual ha de extenderse la actividad previsora de los hombres, son mayores que la cantidad de él de que disponen para ese período de tiempo, y si se esfuerzan por satisfacer sus necesidades de él tan completamente como sea posible en las circunstancias dadas, los hombres se sienten impelidos a desplegar la actividad descrita anteriormente y designada como economizar. Pero su percepción de esta relación da origen a otro fenómeno cuya comprensión más profunda es de importancia decisiva para nuestra ciencia. Me refiero al valor de los bienes.
Si las necesidades de un bien son mayores que la cantidad de él disponible, y alguna parte de las necesidades en cuestión debe quedar en todo caso insatisfecha, la cantidad disponible del bien no puede disminuirse en ninguna parte de la cantidad total, de un modo prácticamente digno de mención, sin causar que alguna necesidad, antes atendida, quede satisfecha o bien en absoluto, o bien solo de manera menos completa de lo que de otro modo habría sido el caso. La satisfacción de alguna necesidad humana depende, por tanto, de la disponibilidad de cada cantidad concreta, prácticamente significativa, de todos los bienes sujetos a esta relación cuantitativa. Si los hombres económicamente activos toman conciencia de esta circunstancia (es decir, si perciben que la satisfacción de una de sus necesidades, o el mayor o menor grado de plenitud de su satisfacción, depende de su dominio sobre cada porción de una cantidad de bienes o sobre cada bien individual sujeto a la relación cuantitativa antes mencionada), estos bienes alcanzan para ellos la significación que llamamos valor. El valor es así la importancia que los bienes individuales o las cantidades de bienes alcanzan para nosotros porque somos conscientes de depender del dominio sobre ellos para la satisfacción de nuestras necesidades.31
El valor de los bienes es, en consecuencia, un fenómeno que brota de la misma fuente que el carácter económico de los bienes, esto es, de la relación, explicada anteriormente, entre las necesidades de los bienes y sus cantidades disponibles.32 Pero hay una diferencia entre ambos fenómenos. Por un lado, la percepción de esta relación cuantitativa estimula nuestra actividad previsora, haciendo así que los bienes sujetos a esta relación se conviertan en objetos de nuestra economía (es decir, en bienes económicos). Por otro lado, la percepción de la misma relación nos hace conscientes de la significación que el dominio sobre cada unidad concreta33 de las cantidades disponibles de estos bienes tiene para nuestra vida y nuestro bienestar, haciendo así que alcance valor para nosotros.34 Así como una investigación penetrante de los procesos mentales hace aparecer el conocimiento de las cosas externas como meramente nuestra conciencia de las impresiones producidas por las cosas externas sobre nuestras personas, y por tanto, en último análisis, como meramente el conocimiento de estados de nuestras propias personas, así también, en último análisis, la importancia que atribuimos a las cosas del mundo externo no es sino una emanación de la importancia que tiene para nosotros nuestra existencia y desarrollo continuados (la vida y el bienestar). El valor no es, por tanto, nada inherente a los bienes, ninguna propiedad de ellos, sino meramente la importancia que primero atribuimos a la satisfacción de nuestras necesidades, esto es, a nuestra vida y a nuestro bienestar, y que en consecuencia trasladamos a los bienes económicos como las causas exclusivas de la satisfacción de nuestras necesidades.
De esto resulta también claro por qué solo los bienes económicos tienen valor para nosotros, mientras que los bienes sujetos a la relación cuantitativa responsable del carácter no económico no pueden alcanzar valor en absoluto. La relación responsable del carácter no económico de los bienes consiste en que las necesidades de los bienes son menores que sus cantidades disponibles. Hay así siempre porciones de la totalidad de las existencias de bienes no económicos que no se relacionan con ninguna necesidad humana insatisfecha, y que pueden por tanto perder su carácter de bien sin afectar en modo alguno a la satisfacción de las necesidades humanas. De ahí que ninguna satisfacción35 dependa de nuestro control sobre cualquiera de las unidades de un bien que tiene carácter no económico, y de esto se sigue que cantidades determinadas de bienes sujetos a esta relación cuantitativa (bienes no económicos) tampoco tienen valor alguno para nosotros.
Si un habitante de una selva virgen tiene a su disposición varios cientos de miles de árboles, mientras que solo necesita unos veinte al año para la plena provisión de sus necesidades de madera, no se considerará perjudicado en modo alguno, en la satisfacción de sus necesidades, si un incendio forestal destruye un millar de árboles, siempre que siga estando en condiciones de satisfacer sus necesidades tan completamente como antes con los restantes. En tales circunstancias, por tanto, la satisfacción de ninguna de sus necesidades depende del dominio que tenga sobre un árbol concreto, y por esta razón un árbol tampoco tiene valor alguno para él.
Pero supongamos que hay también en el bosque diez árboles frutales silvestres cuyo fruto consume el mismo individuo. Supongamos asimismo que la cantidad de fruta de que dispone no es mayor que sus necesidades. Entonces, ciertamente, ni uno solo de estos árboles frutales puede arder en el incendio sin que ello le haga padecer hambre como consecuencia, o sin que al menos le impida satisfacer su necesidad de fruta tan completamente como antes. Por esta razón cada uno de los árboles frutales tiene valor para él.
Si los habitantes de una aldea necesitan mil cubos de agua diarios para cubrir completamente sus necesidades, y disponen de un arroyo con un caudal diario de cien mil cubos, una porción concreta de esta cantidad de agua, un cubo por ejemplo, no tendrá valor alguno para ellos, puesto que podrían satisfacer sus necesidades de agua igual de completamente si esa porción parcial fuese sustraída de su dominio, o si perdiese por completo su carácter de bien. En efecto, dejarán correr al mar muchos miles de cubos de este bien cada día sin menoscabar en modo alguno la satisfacción de su necesidad de agua. Por tanto, mientras subsista la relación responsable del carácter no económico del agua, la satisfacción de ninguna de sus necesidades dependerá del dominio que tengan sobre algún cubo de agua de tal manera que la satisfacción de esa necesidad no tuviera lugar si no estuvieran en condiciones de utilizar ese cubo en particular. Por esta razón un cubo de agua no tiene valor alguno para ellos.
Si, por el contrario, el caudal diario del arroyo descendiera a quinientos cubos diarios a causa de una sequía inusual u otro fenómeno natural, y los habitantes de la aldea no tuvieran ninguna otra fuente de abastecimiento, el resultado sería que la cantidad total entonces disponible resultaría insuficiente para satisfacer plenamente sus necesidades de agua, y no podrían arriesgarse a perder ninguna parte de esa cantidad, un cubo por ejemplo, sin menoscabar la satisfacción de sus necesidades. Cada porción concreta de la cantidad de que dispusieran tendría entonces ciertamente valor para ellos.
Los bienes no económicos, por tanto, no solo carecen de valor de cambio, como se había supuesto anteriormente en la literatura de nuestra materia, sino que carecen de todo valor, y por ende también de valor de uso. Intentaré explicar la relación entre el valor de cambio y el valor de uso con mayor detalle más adelante, una vez haya tratado algunos de los principios pertinentes para su consideración. Por el momento, baste observar que el valor de cambio y el valor de uso son dos conceptos subordinados al concepto general de valor, y por tanto coordinados en sus relaciones mutuas. Todo lo que ya he dicho acerca del valor en general es, en consecuencia, tan válido para el valor de uso como lo es para el valor de cambio.
Si, pues, un gran número de economistas atribuye valor de uso (aunque no valor de cambio) a los bienes no económicos, y si algunos economistas ingleses y franceses recientes desean incluso desterrar por completo el concepto de valor de uso de nuestra ciencia y verlo sustituido por el concepto de utilidad,36 su deseo descansa en un malentendido de la importante diferencia entre ambos conceptos y de los fenómenos efectivos que les subyacen.
La utilidad es la capacidad de una cosa para servir a la satisfacción de las necesidades humanas, y por ende (siempre que la utilidad sea reconocida) es un requisito general del carácter de bien. Los bienes no económicos poseen utilidad al igual que los bienes económicos, ya que son tan capaces de satisfacer nuestras necesidades. También en estos bienes su capacidad de satisfacer necesidades debe ser reconocida por los hombres, pues de otro modo no podrían adquirir el carácter de bien. Pero lo que distingue a un bien no económico de un bien sujeto a la relación cuantitativa responsable del carácter económico es la circunstancia de que la satisfacción de las necesidades humanas no depende de la disponibilidad de cantidades concretas del primero, mientras que sí depende de la disponibilidad de cantidades concretas del segundo. Por esta razón el primero posee utilidad, pero solo el segundo posee, además de utilidad, también esa significación para nosotros que llamamos valor.
Por supuesto, el error que subyace a la confusión entre utilidad y valor de uso no ha tenido influencia alguna sobre la actividad práctica de los hombres. En ningún momento ha atribuido un individuo económico valor, en circunstancias ordinarias, a un pie cúbico de aire ni, en regiones abundantes en manantiales, a una pinta de agua. El hombre práctico distingue muy bien la capacidad de un objeto para satisfacer una de sus necesidades de su valor. Pero esta confusión se ha convertido en un enorme obstáculo para el desarrollo de las teorías más generales de nuestra ciencia.37
La circunstancia de que un bien tenga valor para nosotros es atribuible, como hemos visto, al hecho de que su dominio tiene para nosotros la significación de satisfacer una necesidad que no quedaría cubierta si no tuviéramos el dominio del bien. Nuestras necesidades, al menos en parte, al menos en cuanto a su origen, dependen de nuestra voluntad o de nuestros hábitos. Sin embargo, una vez que las necesidades han llegado a existir, ya no hay ningún elemento arbitrario en el valor que los bienes tienen para nosotros, pues su valor es entonces la consecuencia necesaria de nuestro conocimiento de su importancia para nuestra vida o nuestro bienestar. Sería imposible, por tanto, que considerásemos un bien como carente de valor cuando sabemos que la satisfacción de una de nuestras necesidades depende de tenerlo a nuestra disposición. Sería igualmente imposible que atribuyéramos valor a los bienes cuando sabemos que no dependemos de ellos para la satisfacción de nuestras necesidades. El valor de los bienes no es, por tanto, nada arbitrario, sino siempre la consecuencia necesaria del conocimiento humano de que el mantenimiento de la vida, del bienestar, o de alguna parte por insignificante que sea de ellos, depende del control de un bien o de una cantidad de bienes.
Respecto de este conocimiento, sin embargo, los hombres pueden errar acerca del valor de los bienes, igual que pueden errar respecto de todos los demás objetos del conocimiento humano. De ahí que puedan atribuir valor a cosas que, según consideraciones económicas, no lo poseen en realidad, si suponen erróneamente que la satisfacción más o menos completa de sus necesidades depende de un bien, o de una cantidad de bienes, cuando esa relación es en realidad inexistente. En casos de este tipo observamos el fenómeno del valor imaginario.
El valor de los bienes surge de su relación con nuestras necesidades, y no es inherente a los bienes mismos. Con los cambios en esta relación, el valor surge y desaparece. Para los habitantes de un oasis, que disponen de un manantial que cubre con abundancia sus necesidades de agua, cierta cantidad de agua en el manantial mismo no tendrá valor alguno. Pero si el manantial, a consecuencia de un terremoto, redujera de pronto su rendimiento de agua hasta tal punto que la satisfacción de las necesidades de los habitantes del oasis ya no quedara plenamente cubierta, cada una de sus necesidades concretas de agua pasaría a depender de la disponibilidad de una cantidad determinada de ella, y tal cantidad alcanzaría de inmediato valor para cada habitante. No obstante, este valor desaparecería de pronto si se restableciera la antigua relación y el manantial recuperara su anterior rendimiento de agua. Un resultado semejante se produciría si la población del oasis aumentara hasta tal punto que el agua del manantial ya no bastara para la satisfacción de todas las necesidades. Tal cambio, debido al aumento de los consumidores, podría incluso producirse con cierta regularidad en aquellos momentos en que el oasis fuera visitado por numerosas caravanas.
El valor no es, pues, nada inherente a los bienes, ni una propiedad de ellos, ni una cosa independiente que exista por sí misma. Es un juicio que los hombres económicos formulan acerca de la importancia que los bienes de que disponen tienen para el mantenimiento de su vida y su bienestar. De ahí que el valor no exista fuera de la conciencia de los hombres. Por tanto, es también completamente erróneo llamar “un valor” a un bien que tiene valor para los individuos económicos, o que los economistas hablen de “valores” como de cosas reales independientes, objetivando el valor de este modo. Pues las entidades que existen objetivamente son siempre solo cosas particulares o cantidades de cosas, y su valor es algo fundamentalmente distinto de las cosas mismas; es un juicio formulado por los individuos económicos acerca de la importancia que su dominio sobre las cosas tiene para el mantenimiento de su vida y su bienestar. La objetivación del valor de los bienes, que es enteramente subjetivo por naturaleza, ha contribuido, no obstante, en gran medida a la confusión acerca de los principios básicos de nuestra ciencia.
2. La medida originaria del valor
En lo que antecede, hemos dirigido nuestra atención a la naturaleza y las causas últimas del valor — es decir, a los factores comunes al valor en todos los casos. Pero en la vida real comprobamos que los valores de los distintos bienes son muy diferentes en magnitud, y que el valor de un bien dado cambia con frecuencia. Una investigación de las causas de las diferencias en el valor de los bienes y una investigación de la medida del valor son los temas que nos ocuparán en esta sección. El curso de nuestra investigación viene determinado por la siguiente consideración.
Los bienes de que disponemos no tienen valor para nosotros por sí mismos. Por el contrario, hemos visto que solo la satisfacción de nuestras necesidades tiene importancia para nosotros de manera directa, puesto que nuestra vida y nuestro bienestar dependen de ella. Pero también he explicado que los hombres atribuyen esta importancia a los bienes de que disponen si esos bienes les aseguran la satisfacción de necesidades que no quedarían cubiertas si no tuvieran el dominio de ellos — es decir, atribuyen esta importancia a los bienes económicos. En el valor de los bienes, por tanto, encontramos siempre meramente la significación que asignamos a la satisfacción de nuestras necesidades — es decir, a nuestra vida y nuestro bienestar. Si he descrito adecuadamente la naturaleza del valor de los bienes, si ha quedado establecido que en último análisis solo la satisfacción de nuestras necesidades tiene importancia para nosotros, y si ha quedado establecido también que el valor de todos los bienes no es sino una imputación de esta importancia a los bienes económicos, entonces las diferencias que observamos en la magnitud del valor de los distintos bienes en la vida real solo pueden fundarse en diferencias en la magnitud de la importancia de las satisfacciones que dependen de nuestro dominio sobre estos bienes. Para reducir a sus causas últimas las diferencias que observamos en la magnitud del valor de los distintos bienes en la vida real, debemos, por tanto, realizar una doble tarea. Debemos investigar: (1) en qué medida las distintas satisfacciones tienen para nosotros diferentes grados de importancia (factor subjetivo), y (2) qué satisfacciones de necesidades concretas dependen, en cada caso particular, de nuestro dominio sobre un bien determinado (factor objetivo). Si esta investigación muestra que las satisfacciones separadas de necesidades concretas tienen para nosotros diferentes grados de importancia, y que estas satisfacciones, de grados de importancia tan diversos, dependen de nuestro dominio sobre bienes económicos particulares, habremos resuelto nuestro problema. Pues habremos reducido a sus causas últimas el fenómeno económico cuya explicación señalamos como el problema central de esta investigación. Me refiero a las diferencias en la magnitud del valor de los bienes.
Con una respuesta a la pregunta por las causas últimas de las diferencias en el valor de los bienes, se proporciona también una solución al problema de cómo ocurre que el valor de cada uno de los diversos bienes esté él mismo sujeto a cambio. Todo cambio no consiste sino en diferencias a través del tiempo. De ahí que, con el conocimiento de las causas últimas de las diferencias entre los miembros de un conjunto de magnitudes en general, obtengamos también una visión más profunda de sus cambios.
A. Diferencias en la magnitud de importancia de las distintas satisfacciones (factor subjetivo).
En cuanto a las diferencias en la importancia que las distintas satisfacciones tienen para nosotros, es ante todo un hecho de la experiencia más común que las satisfacciones de mayor importancia para los hombres son, por lo general, aquellas de las que depende el mantenimiento de la vida, y que las demás satisfacciones se gradúan en magnitud de importancia según el grado (duración e intensidad) del placer que de ellas depende. Así pues, si los hombres económicos han de elegir entre la satisfacción de una necesidad de la que depende el mantenimiento de su vida y otra de la que depende meramente un mayor o menor grado de bienestar, preferirán por lo general la primera. De igual modo, preferirán por lo general las satisfacciones de las que depende un grado más alto de su bienestar. Con la misma intensidad, preferirán los placeres de mayor duración a los de menor duración, y con la misma duración, los placeres de mayor intensidad a los de menor intensidad.
El mantenimiento de nuestra vida depende de la satisfacción de nuestra necesidad de alimento y, además, en nuestro clima, de vestir nuestro cuerpo y de disponer de cobijo. Pero de tener un carruaje, un tablero de ajedrez, etc., depende meramente un grado más alto de bienestar. Así observamos que los hombres temen la falta de alimento, vestido y cobijo mucho más que la falta de un carruaje, un tablero de ajedrez, etc. Atribuyen asimismo una importancia sustancialmente mayor a asegurar la satisfacción de las primeras necesidades que la que atribuyen a la satisfacción de necesidades de las que, como en los casos que acaban de mencionarse, solo depende un goce pasajero o una mayor comodidad (es decir, meramente un grado más alto de su bienestar). Pero también estas satisfacciones tienen grados de importancia muy distintos. El mantenimiento de la vida no depende ni de tener una cama cómoda ni de tener un tablero de ajedrez, pero el uso de estos bienes contribuye, y ciertamente en grados muy distintos, al incremento de nuestro bienestar. De ahí que tampoco pueda caber duda de que, cuando los hombres tienen que elegir entre prescindir de una cama cómoda o prescindir de un tablero de ajedrez, renunciarán a este último mucho más fácilmente que a la primera.
Hemos visto así que las distintas satisfacciones son muy desiguales en importancia, puesto que algunas son satisfacciones que tienen para los hombres toda la importancia de mantener su vida, otras son satisfacciones que determinan su bienestar en un grado más alto, otras aún en un grado menor, y así sucesivamente hasta llegar a satisfacciones de las que depende algún goce pasajero insignificante. Pero un examen atento de los fenómenos de la vida muestra que estas diferencias en la importancia de las distintas satisfacciones pueden observarse no solo en la satisfacción de necesidades de diferente índole, sino también en la satisfacción más o menos completa de una y la misma necesidad.
La vida de los hombres depende de la satisfacción de su necesidad de alimento en general. Pero sería del todo erróneo considerar que todos los alimentos que consumen son necesarios para el mantenimiento de su vida o incluso de su salud (es decir, para su bienestar continuado). Todos saben lo fácil que es saltarse una de las comidas habituales sin poner en peligro la vida o la salud. En efecto, la experiencia muestra que las cantidades de alimento necesarias para mantener la vida son solo una pequeña parte de lo que las personas acomodadas consumen por regla general, y que los hombres toman incluso mucho más alimento y bebida del que es necesario para la plena conservación de la salud. Los hombres consumen alimento por varias razones: ante todo, toman alimento para mantener la vida; más allá de esto, toman cantidades adicionales para conservar la salud, ya que una dieta suficiente meramente para mantener la vida es demasiado parca, como muestra la experiencia, para evitar trastornos orgánicos; finalmente, habiendo consumido ya cantidades suficientes para mantener la vida y conservar la salud, los hombres toman aún más alimentos sencillamente por el placer derivado de su consumo.
Los actos concretos separados de satisfacer la necesidad de alimento tienen, en consecuencia, grados de importancia muy distintos. La satisfacción de la necesidad de alimento de cada hombre hasta el punto en que su vida queda con ello asegurada tiene toda la importancia del mantenimiento de su vida. El consumo que excede esta cantidad, nuevamente hasta cierto punto, tiene la importancia de conservar su salud (es decir, su bienestar continuado). El consumo que se extiende más allá incluso de este punto tiene meramente la importancia — como muestra la observación — de un placer progresivamente más débil, hasta que finalmente alcanza cierto límite en el que la satisfacción de la necesidad de alimento es tan completa que toda nueva ingesta de alimento no contribuye ni al mantenimiento de la vida ni a la conservación de la salud — ni siquiera da placer al consumidor, pasando a serle primero indiferente, luego causa de malestar, peligro para la salud y finalmente peligro para la vida misma.
Pueden hacerse observaciones semejantes respecto de la satisfacción más o menos completa de todas las demás necesidades humanas. Una habitación, o al menos algún lugar para dormir resguardado de la intemperie, es necesaria en nuestro clima para el mantenimiento de la vida, y un alojamiento razonablemente espacioso para la conservación de la salud. Además, sin embargo, los hombres suelen poseer más estancias, si disponen de los medios, meramente con fines de placer (salones, salones de baile, salas de juego, pabellones, pabellones de caza, etc.). Así, no es difícil reconocer que los actos concretos separados de satisfacer la necesidad de cobijo tienen grados de importancia muy distintos. Hasta cierto punto, nuestra vida depende de satisfacer nuestra necesidad de cobijo. Más allá de esto, nuestra salud depende de una satisfacción más completa. Y los intentos aún ulteriores de satisfacer la misma necesidad traerán al principio un goce mayor y luego uno menor, hasta que finalmente quepa concebir, para cada persona, un punto en el que el empleo adicional de los alojamientos disponibles le resultaría del todo indiferente y, por último, incluso gravoso.
Es posible, por tanto, respecto de la satisfacción más o menos completa de una y la misma necesidad, hacer una observación semejante a la hecha antes respecto de las distintas necesidades de los hombres. Vimos antes que las distintas necesidades de los hombres son muy desiguales en importancia de satisfacción, graduándose desde la importancia de su vida hasta la importancia que atribuyen a un pequeño goce pasajero. Vemos ahora, además, que la satisfacción de cualquier necesidad específica tiene, hasta cierto grado de completitud, una importancia relativamente máxima, y que la satisfacción ulterior tiene una importancia progresivamente menor, hasta que finalmente se alcanza una fase en la que una satisfacción más completa de esa necesidad particular resulta indiferente. En último término sobreviene una fase en la que todo acto que tenga la apariencia externa de una satisfacción de esta necesidad no solo carece ya de importancia alguna para el consumidor, sino que es más bien una carga y un dolor.
Para reformular numéricamente el argumento precedente, a fin de facilitar la comprensión de la difícil investigación que sigue, designaré la importancia de las satisfacciones de las que depende la vida con 10, y la importancia menor de las demás satisfacciones, sucesivamente, con 9, 8, 7, 6, etc. De este modo obtenemos una escala de la importancia de las distintas satisfacciones que comienza en 10 y termina en 1.
Demos ahora, para cada una de estas distintas satisfacciones, expresión numérica a la importancia adicional, que disminuye gradualmente a partir de la cifra que indica la medida en que la necesidad particular ya está satisfecha, de los ulteriores actos de satisfacción de esa necesidad particular. Para las satisfacciones de las que, hasta cierto punto, depende nuestra vida, y de las que, más allá de ese punto, depende un bienestar que decrece de manera constante con el grado de plenitud de la satisfacción ya alcanzada, obtenemos una escala que comienza en 10 y termina en 0. De igual modo, para las satisfacciones cuya importancia máxima es 9, obtenemos una escala que comienza en esa cifra y también termina en 0, y así sucesivamente.
Las diez escalas obtenidas de este modo se recogen en la tabla siguiente:38
Menger, sin embargo, no nombra explícitamente su variable independiente desde el principio, y se deja al lector la tarea de descubrirla por sí mismo en la discusión que sigue. A veces Menger afirma vagamente que las adiciones sucesivas a la satisfacción total son resultado de sucesivos «actos de satisfacción», pero más adelante (p. 130) deja claro que son resultado de sucesivas adiciones iguales a la cantidad de la mercancía consumida. Pero la cuestión no termina ahí. En el párrafo que sigue a la tabla, Menger compara las cifras de una columna con las de otra columna cuando sostiene que, tras haberse consumido una quinta unidad (?) de alimento, el individuo de la tabla se enfrenta al hecho de que una sexta unidad de alimento le proporcionará menos satisfacción adicional que la que le daría una primera unidad de tabaco, y que, por tanto, debe poner en equilibrio su consumo de ambas mercancías. Tal comparación no es válida a menos que una unidad de tabaco y una unidad de alimento se definan de manera que ambas se obtengan con un gasto igual de algún otro recurso (como trabajo o dinero), pues de lo contrario las dos unidades no constituirían alternativas entre las que el individuo deba elegir.
Un modelo mínimo que se ajuste a la discusión de Menger requiere, por tanto, los siguientes supuestos:
(1) El individuo economizante de la tabla es capaz no sólo de ordenar sus satisfacciones, sino también de asignar índices cardinales a sus grados relativos de importancia. En otras palabras, es capaz de comparar distintas satisfacciones en términos de una unidad homogénea de satisfacción. (Véanse también el resumen de principios de la p. 139 y la discusión en el cap. IV, sec. 2.)
| I | II | III | IV | V | VI | VII | VIII | IX |
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| 10 | 9 | 8 | 7 | 6 | 5 | 4 | 3 | 2 |
| 9 | 8 | 7 | 6 | 5 | 4 | 3 | 2 | 1 |
| 8 | 7 | 6 | 5 | 4 | 3 | 2 | 1 | 0 |
| 7 | 6 | 5 | 4 | 3 | 2 | 1 | 0 | |
| 6 | 5 | 4 | 3 | 2 | 1 | 0 | ||
| 5 | 4 | 3 | 2 | 1 | 0 | |||
| 4 | 3 | 2 | 1 | 0 | ||||
| 3 | 2 | 1 | 0 | |||||
| 2 | 1 | 0 | ||||||
| 1 | 0 | |||||||
| 0 |
Supongamos que la escala de la columna I expresa la importancia que tiene para un individuo determinado la satisfacción de su necesidad de alimento, importancia que disminuye según el grado de satisfacción ya alcanzado, y que la escala de la columna V expresa de igual modo la importancia de su necesidad de tabaco. Es evidente que la satisfacción de su necesidad de alimento, hasta cierto grado de plenitud, tiene para este individuo una importancia decididamente mayor que la satisfacción de su necesidad de tabaco. Pero si su necesidad de alimento ya está satisfecha hasta cierto grado de plenitud (si, por ejemplo, una ulterior satisfacción de su necesidad de alimento sólo tiene para él la importancia que designamos numéricamente con la cifra 6), el consumo de tabaco empieza a tener para él la misma importancia que la ulterior satisfacción de su necesidad de alimento. El individuo procurará, por tanto, a partir de este punto, poner la satisfacción de su necesidad de tabaco en equilibrio con la satisfacción de su necesidad de alimento. Aunque la satisfacción de su necesidad de alimento tenga en general para el individuo en cuestión una importancia sustancialmente mayor que la satisfacción de su necesidad de tabaco, con la satisfacción progresiva de la primera llega, no obstante, un punto (como ilustra la tabla) en el que los ulteriores actos de satisfacción de su necesidad de alimento tienen para él una importancia menor que los primeros actos de satisfacción de su necesidad de tabaco, la cual, aunque menos importante en general, se halla en esta fase todavía por completo insatisfecha.
Mediante esta referencia a un fenómeno ordinario de la vida, creo haber aclarado de manera satisfactoria el significado de los números de la tabla, que se eligieron únicamente para facilitar la demostración de un campo de la psicología difícil y hasta ahora inexplorado.
La importancia variable que tiene para los hombres la satisfacción de necesidades concretas particulares no es ajena a la conciencia de ningún hombre economizante, por poca atención que los estudiosos hayan prestado hasta ahora a los fenómenos aquí tratados. Dondequiera que vivan los hombres, y cualquiera que sea el nivel de civilización en que se encuentren, podemos observar cómo los individuos economizantes sopesan la importancia relativa de la satisfacción de sus diversas necesidades en general, cómo sopesan en especial la importancia relativa de los actos particulares que conducen a la satisfacción más o menos plena de cada necesidad, y cómo, finalmente, los resultados de esta comparación los guían hacia actividades dirigidas a la satisfacción lo más plena posible de sus necesidades (economizar). En efecto, este sopesar la importancia relativa de las necesidades —este elegir entre las necesidades que han de quedar insatisfechas y las necesidades que, conforme a los medios disponibles, han de alcanzar satisfacción, y determinar el grado en que estas últimas han de ser satisfechas— es precisamente aquella parte de la actividad económica de los hombres que ocupa su mente más que ninguna otra, que ejerce la influencia más amplia sobre sus esfuerzos económicos y que cada individuo economizante practica de modo casi continuo. Pero el conocimiento humano de los distintos grados de importancia de la satisfacción de las distintas necesidades y de los actos particulares de satisfacción es también la primera causa de las diferencias en el valor de los bienes.
B. La dependencia de las satisfacciones particulares respecto de bienes determinados (factor objetivo).
Si, frente a cada necesidad concreta particular de los hombres, hubiera un único bien disponible, y ese bien fuera apto exclusivamente para la satisfacción de esa única necesidad (de suerte que, por un lado, la satisfacción de la necesidad no tendría lugar si no dispusiéramos de ese bien particular y, por otro lado, el bien sólo pudiera servir para la satisfacción de esa necesidad concreta y de ninguna otra), la determinación del valor del bien sería muy fácil; sería igual a la importancia que atribuimos a la satisfacción de esa necesidad. Pues es evidente que siempre que dependemos, para satisfacer una necesidad dada, de la disponibilidad de un cierto bien (esto es, siempre que esa satisfacción no tendría lugar si no dispusiéramos del bien) y cuando ese bien, al mismo tiempo, no es apto para ningún otro fin útil, puede alcanzar plenamente, pero nunca otra distinta, la importancia que la satisfacción dada tiene para nosotros. Por tanto, según que la importancia que la satisfacción dada tiene para nosotros, en un caso como este, sea mayor o menor, el valor del bien particular será para nosotros mayor o menor. Si, por ejemplo, un individuo miope quedara abandonado en una isla solitaria y encontrara entre los bienes que ha salvado un único par de gafas que corrige su miopía, pero no un segundo par, no cabe duda de que estas gafas tendrían para él toda la importancia que atribuye a la corrección de su visión, y con igual certeza ninguna importancia mayor, ya que las gafas difícilmente serían aptas para la satisfacción de otras necesidades.
Pero en la vida ordinaria la relación entre los bienes disponibles y nuestras necesidades es, por lo general, mucho más complicada. Habitualmente no es un único bien, sino una cantidad de bienes, lo que se halla frente a no una única necesidad concreta, sino a un complejo de tales necesidades. Unas veces un número mayor y otras un número menor de satisfacciones, de grados de importancia muy diversos, depende de que dispongamos de una cantidad dada de bienes, y cada uno de los bienes tiene la capacidad de producir estas satisfacciones que difieren tanto en importancia.
Un agricultor aislado, tras una rica cosecha, dispone de más de doscientos bushels de trigo. Una parte de él le asegura el mantenimiento de su propia vida y la de su familia hasta la cosecha siguiente, y otra parte la conservación de la salud; una tercera parte le garantiza grano de simiente para la próxima siembra; una cuarta parte puede emplearse en la producción de cerveza, whisky y otros artículos de lujo; y una quinta parte puede destinarse al engorde de su ganado. Los bushels restantes, que no puede emplear de otro modo en estas satisfacciones más importantes, los asigna a la alimentación de animales domésticos, a fin de hacer de algún modo útil el resto de su grano.
El agricultor depende, por tanto, del grano que posee para satisfacciones de grados de importancia muy diversos. En primer lugar, asegura con él su propia vida y la de su familia, y después su propia salud y la de su familia. Más allá de esto, asegura con él el funcionamiento ininterrumpido de su explotación, fundamento importante de su bienestar continuado. Por último, emplea una parte de su grano con fines de placer, y al hacerlo emplea de nuevo su grano en fines que tienen para él grados de importancia muy diversos.
Consideramos así un caso —típico de la vida ordinaria— en el que satisfacciones de grados de importancia muy diversos dependen de la disponibilidad de una cantidad de bienes que supondremos, en aras de una mayor simplicidad, compuesta de unidades por completo homogéneas. La pregunta que ahora se plantea es: ¿cuál, en las condiciones dadas, es el valor de una determinada parte del grano para nuestro agricultor? ¿Tendrán para él los bushels de grano que aseguran su propia vida y la de su familia un valor mayor que los bushels que le permiten sembrar sus campos? ¿Y tendrán estos últimos bushels para él un valor mayor que los bushels de grano que emplea con fines de placer?
Nadie negará que las satisfacciones que parecen aseguradas por las diversas partes de la provisión disponible de grano son muy desiguales en importancia, oscilando entre una importancia de 10 y una importancia de 1 según nuestras designaciones anteriores. Sin embargo, nadie podrá sostener que algunos bushels de grano (aquellos, por ejemplo, con los que el agricultor se alimentará a sí mismo y a su familia hasta la cosecha siguiente) tendrán para él un valor mayor que otros bushels de la misma calidad (aquellos, por ejemplo, con los que elaborará bebidas de lujo).
En este y en todo otro caso en que satisfacciones de distintos grados de importancia dependen de que se disponga de una cantidad dada de bienes, nos enfrentamos, ante todo, a la difícil pregunta: ¿qué satisfacción particular depende de una parte particular de la cantidad de bienes en cuestión?
La solución de esta importantísima cuestión de la teoría del valor se sigue de la reflexión sobre la economía humana y la naturaleza del valor.
Hemos visto que los esfuerzos de los hombres se dirigen a satisfacer plenamente sus necesidades y, donde esto es imposible, a satisfacerlas lo más plenamente posible. Si una cantidad de bienes se halla frente a necesidades de importancia variable para los hombres, estos satisfarán primero, o proveerán primero, aquellas necesidades cuya satisfacción tiene para ellos la mayor importancia. Si quedan algunos bienes, los dirigirán a la satisfacción de las necesidades que siguen en grado de importancia a las ya satisfechas. Todo remanente ulterior se aplicará sucesivamente a la satisfacción de las necesidades que vienen a continuación en grado de importancia.39
Si un bien puede emplearse para la satisfacción de varias clases distintas de necesidades, y si, respecto de cada clase de necesidad, los sucesivos actos individuales de satisfacción tienen cada uno una importancia decreciente según el grado de plenitud con que la necesidad en cuestión ya ha sido satisfecha, los hombres economizantes emplearán primero las cantidades del bien de que disponen para asegurar aquellos actos de satisfacción, sin atender a la clase de necesidad, que tienen para ellos la mayor importancia. Emplearán cualesquiera cantidades restantes en asegurar satisfacciones de necesidades concretas que siguen en importancia, y todo remanente ulterior en asegurar satisfacciones sucesivamente menos importantes. El resultado final de este procedimiento es que las más importantes de las satisfacciones que no pueden alcanzarse tienen la misma importancia para cada clase de necesidad y, por tanto, que todas las necesidades se satisfacen hasta un grado igual de importancia de los actos particulares de satisfacción.
Hemos venido preguntándonos qué valor tiene para un individuo economizante una unidad dada de una cantidad de bienes que posee. Nuestra pregunta puede formularse con mayor precisión respecto de la naturaleza del valor si se enuncia de esta forma: ¿qué satisfacción no se alcanzaría si el individuo economizante no dispusiera de la unidad dada, es decir, si dispusiera de una cantidad total menor en esa única unidad? La respuesta, que se sigue de la exposición precedente de la naturaleza de la economía humana, es que todo individuo economizante, en este caso, con la cantidad de bienes que aún le queda, satisfaría por todos los medios sus necesidades más importantes y renunciaría a la satisfacción de las menos importantes. Así, de todas las satisfacciones obtenidas anteriormente, sólo aquella que tiene para él la menor importancia quedaría ahora sin alcanzar.
En consecuencia, en todo caso concreto, de todas las satisfacciones aseguradas por medio de la cantidad entera de un bien de que dispone un individuo economizante, sólo aquellas que tienen para él la menor importancia dependen de la disponibilidad de una parte dada de la cantidad entera. De ahí que el valor que tiene para esta persona cualquier parte de la cantidad entera disponible del bien sea igual a la importancia que tienen para ella las satisfacciones de menor importancia entre las aseguradas por la cantidad entera y alcanzadas con una parte igual.40
Supongamos que un individuo necesita 10 unidades discretas (o 10 medidas) de un bien para la satisfacción plena de todas sus necesidades de ese bien, que estas necesidades varían en importancia de 10 a 1, pero que sólo dispone de 7 unidades (o sólo 7 medidas) del bien. De lo dicho sobre la naturaleza de la economía humana se desprende directamente que este individuo sólo satisfará, con la cantidad de que dispone (7 unidades), aquellas de sus necesidades del bien cuya importancia oscila de 10 a 4, y que las demás necesidades, cuya importancia oscila de 3 a 1, quedarán insatisfechas. ¿Cuál es, en este caso, el valor que tiene para el individuo economizante en cuestión una de sus 7 unidades (o medidas)? Según lo que hemos aprendido sobre la naturaleza del valor de los bienes, esta pregunta equivale a la pregunta: ¿cuál es la importancia de las satisfacciones que quedarían sin alcanzar si el individuo en cuestión dispusiera sólo de 6 unidades (o medidas) en lugar de 7? Si algún accidente lo privara de uno de sus siete bienes (o medidas), es claro que la persona en cuestión emplearía las 6 unidades restantes en satisfacer las necesidades más importantes y descuidaría la menos importante. De ahí que el resultado de perder un bien (o una medida) sería que sólo se perdería la menor de todas las satisfacciones aseguradas por la cantidad entera disponible de siete unidades (esto es, la satisfacción cuya importancia se designó con 4), mientras que aquellas satisfacciones (o actos de satisfacer necesidades) cuya importancia oscila de 10 a 5 tendrían lugar como antes. En este caso, por tanto, sólo una satisfacción cuya importancia se designó con 4 dependerá de que se disponga de una sola unidad (o medida), y mientras el individuo en cuestión siga disponiendo de 7 unidades (o medidas) del bien, el valor de cada unidad (o medida) será igual a la importancia de esta satisfacción. Pues es sólo esta satisfacción con una importancia de 4 la que depende de una unidad (o medida) de la cantidad disponible del bien. En igualdad de las demás condiciones, si el individuo economizante en cuestión sólo dispusiera de 5 unidades (o medidas) del bien, es evidente que —mientras persistiera esta situación económica— cada unidad discreta o cantidad parcial del bien tendría para él una importancia expresada numéricamente con la cifra 6. Si tuviera 3 unidades, cada una tendría para él una importancia expresada numéricamente con la cifra 8. Por último, si tuviera un solo bien, su importancia sería igual a 10.
El examen de cierto número de casos particulares aclarará por completo los principios aquí expuestos, y no quiero rehuir esta importante tarea, aun sabiendo que a algunos lectores he de parecerles fastidioso. Siguiendo la senda de Adam Smith, correré el riesgo de cierta pesadez para ganar claridad en la exposición.
Para comenzar por el caso más sencillo, supongamos que un individuo economizante aislado habita una isla rocosa en el mar, que encuentra en ella un único manantial y que depende exclusivamente de él para la satisfacción de su necesidad de agua dulce. Supongamos que este individuo aislado necesita: (a) una unidad de agua al día para el mantenimiento de su vida, (b) diecinueve unidades para los animales cuya leche y carne le proporcionan los medios de subsistencia más necesarios, (c) cuarenta unidades, en parte para poder consumir la cantidad plena necesaria al mantenimiento no sólo de su vida, sino también de su salud; en parte, en la medida necesaria para la conservación de su salud y bienestar general, para limpiar su cuerpo, sus ropas y sus utensilios; y en parte para el sostenimiento de algunos animales adicionales cuya leche y carne le resultan necesarias, y finalmente (d) cuarenta unidades adicionales de agua al día, en parte para su jardín de flores y en parte para algunos animales que mantiene, no para el mantenimiento de su vida y su salud, sino simplemente con el fin de una dieta más variada, o por mera compañía. Supongamos también que no sabe cómo emplear más de este total de cien unidades de agua.
Mientras el manantial proporcione agua de manera tan copiosa que no sólo pueda satisfacer todas sus necesidades de agua, sino dejar correr al mar varios miles de baldes cada día, y así, mientras la satisfacción de ninguna de sus necesidades dependa de que disponga de una unidad más o una unidad menos (p. ej., un balde lleno), una unidad de agua, como hemos visto, no tendrá para él carácter económico ni valor, y por tanto no cabe hablar de la magnitud de su valor. Pero si algún suceso natural hiciera ahora que de pronto el manantial quedara parcialmente agotado, y si nuestro habitante de la isla dispusiera, en consecuencia, sólo de 90 unidades de agua mientras sigue requiriendo 100 unidades para la satisfacción plena de sus necesidades, es claro que entonces alguna satisfacción dependería de la disponibilidad de cada parte de la provisión entera de agua y, por tanto, que cada unidad particular de agua alcanzaría para él esa significación que llamamos valor.
Sin embargo, si ahora preguntamos cuál de sus satisfacciones depende, en este caso, de una porción determinada de las 90 unidades de agua de que dispone, por ejemplo de 10 unidades, nuestra pregunta adopta la forma siguiente: ¿qué satisfacciones de nuestro individuo aislado no se alcanzarían si no dispusiera de esta porción determinada de la provisión, es decir, si tuviera solo 80 unidades en lugar de 90?
Nada es más seguro que el hecho de que nuestro individuo económico continuaría, aun cuando solo tuviera disponibles 80 unidades de agua diarias, consumiendo la cantidad necesaria para la conservación de su vida, y otro tanto cuanto baste para mantener tantos animales como sean indispensables para conservarlo con vida. Dado que estos fines requieren únicamente 20 unidades de agua al día, aplicaría las 60 unidades restantes en primer lugar a la satisfacción de todas las necesidades de las que dependen su salud y su continuo bienestar general. Como para este fin necesita un total de solo 40 cubos de agua al día, le quedarían 20 unidades, que podrían emplearse con fines de mero disfrute. Las últimas 20 unidades podrían así mantener bien su jardín de flores, bien los animales que posee únicamente por placer. Ciertamente elegiría, de entre las dos satisfacciones, la que le pareciera más importante, y descuidaría la menos importante.
Cuando nuestro Crusoe dispone diariamente de 90 unidades de agua, la cuestión de si seguirá disponiendo de esta cantidad o de 10 unidades menos equivale para él a la cuestión de si estará o no en condiciones de continuar satisfaciendo las necesidades menos importantes que se satisfacen con 10 unidades de agua al día. Por lo tanto, mientras siga disponiendo de una cantidad total de 90 unidades, 10 unidades de agua tendrán únicamente la importancia de estas satisfacciones menos importantes, es decir, únicamente la importancia de disfrutes relativamente insignificantes.
Supongamos ahora que el manantial que provee de agua al individuo de la economía aislada se agota aún más, hasta tal punto, en efecto, que solo dispone de cuarenta unidades de agua al día. Ahora bien, de nuevo, igual que antes, la conservación de su vida y de su bienestar dependerá de la disponibilidad de toda esta cantidad de agua. Pero la situación ha cambiado en un aspecto importante. Si antes alguno de sus placeres o comodidades dependía de la disponibilidad de cada parte, prácticamente significativa en algún modo, de la provisión total (una unidad, por ejemplo), ahora la cuestión de que haya disponible una unidad más o una unidad menos de agua al día es, para nuestro Crusoe, ya una cuestión de la conservación más o menos completa de su salud o de su bienestar general. En otras palabras, si perdiera una unidad, el efecto sería que ya no podría satisfacer una de las necesidades de cuya satisfacción dependen la conservación de su salud y su continuo bienestar general. Si un solo cubo de agua no tenía valor alguno para nuestro Crusoe mientras dispuso diariamente de varios cientos de cubos, y si más tarde, cuando solo tenía 90 unidades al día, cada unidad tenía únicamente la importancia de algún disfrute particular que dependía de ella, ahora cada parte de las cuarenta unidades todavía disponibles tiene para él la importancia de satisfacciones mucho más importantes. Pues ahora la satisfacción de necesidades cuya no satisfacción perjudica su salud y su continuo bienestar depende de cada una de las cuarenta unidades. Pero el valor de cada cantidad de bienes es igual a la importancia de las satisfacciones que dependen de ella. Si el valor de una unidad de agua para nuestro Crusoe era al principio igual a cero, y en el segundo caso igual a uno, ahora se expresaría ya numéricamente con algo así como la cifra seis.
Supongamos que, con una sequía persistente, el manantial se agota cada vez más, y finalmente rinde al día justo la cantidad de agua que se requiere apenas para sostener la vida de este individuo aislado (por lo tanto, en nuestro caso, aproximadamente 20 unidades, ya que tanto necesita para sí mismo y para aquellos animales de su rebaño sin cuya leche y carne no puede mantenerse con vida). En tal caso, es claro que cada cantidad prácticamente significativa de agua de que dispusiera tendría la plena importancia de la conservación de su vida. Por consiguiente, una unidad de agua tendría un valor aún más alto que antes, un valor expresado numéricamente con la cifra 10.
Así, en el primero de nuestros casos, vimos que mientras el individuo dispuso diariamente de varios miles de cubos de agua, una pequeña porción de esta cantidad, por ejemplo un cubo, no tenía valor alguno para él, porque ningún tipo de satisfacción dependía de ningún cubo en particular. En el segundo caso, vimos que una unidad concreta de las 90 unidades de que disponía tenía ya la importancia de ciertos disfrutes menores, ya que las satisfacciones menos importantes que dependían de 90 unidades eran estos disfrutes. En el tercer caso, cuando solo disponía de 40 unidades de agua al día, vimos que satisfacciones más importantes dependían de cada unidad concreta. En el cuarto caso, satisfacciones todavía más importantes pasaron a depender de cada unidad concreta. En cada caso sucesivo, vimos cómo el valor de las unidades restantes se elevaba progresivamente a medida que satisfacciones más importantes pasaban a depender de ellas.
Pasando a relaciones más complicadas (sociales), supongamos que a un velero le quedan todavía 20 días de navegación para llegar a tierra, que por algún accidente sus reservas de alimentos se pierden casi por completo, y que de alguna variedad de alimento, por ejemplo galletas, queda para cada uno de los compañeros de tripulación solo la cantidad justamente suficiente para la conservación de su vida durante los 20 días. Este es un caso en el que necesidades dadas de las personas a bordo del velero se enfrentan al disponer justamente de la cantidad precisa de un bien dado que hace que la satisfacción de estas necesidades dependa por completo de la cantidad disponible del bien. Si se supone que las vidas de los viajeros solo pueden conservarse si cada uno de ellos consume media libra de galletas al día, y que cada viajero posee efectivamente 10 libras de galletas, entonces esta cantidad de alimento tendrá para cada viajero la plena importancia de la conservación de su vida. En tales condiciones, nadie que valore en algo su propia vida podría ser persuadido de ceder esta cantidad de bienes, ni siquiera una parte apreciable de ella, a cambio de bienes que no fueran alimentos, ni aun por los bienes más valiosos de la vida ordinaria. Si, por ejemplo, un hombre rico que viajara en el barco ofreciera una libra de oro por el mismo peso de galletas para aliviar las punzadas de hambre inevitables con raciones tan escasas, no encontraría a ninguno de sus compañeros de tripulación dispuesto a aceptar semejante trato.
Supongamos a continuación que los viajeros del barco disponen, además de las 10 libras ya mencionadas, de otras cinco libras de galleta de barco cada uno. En este caso sus vidas ya no dependerían de disponer de una sola libra de galletas, puesto que podría sustraerse una libra de su control, o ser intercambiada por ellos por bienes distintos de alimentos, sin poner en peligro sus vidas. Aunque sus propias vidas ya no dependerían de una libra del alimento, una libra de él constituiría, no obstante, una protección contra las punzadas de hambre, así como un medio para la conservación de su salud, ya que una alimentación tan escasa, prolongada durante veinte días, como sería la dieta de todas las personas que dispusieran solo de diez libras de galletas, tendría sin duda un efecto perjudicial sobre su bienestar. En tales circunstancias, aunque una sola libra de galletas ya no tuviera para ellos la importancia de la conservación de sus vidas, tendría, no obstante, la importancia que todo el mundo atribuye a la conservación de su salud y bienestar, en la medida en que estos dependen de una sola libra de galletas.
Supongamos, por último, que la cocina del barco ha quedado completamente desprovista de todas sus reservas de alimentos; que los viajeros también carecen de alimento propio alguno; que el barco va cargado con un cargamento de varios miles de quintales de galletas; y que el capitán del barco, en consideración a la desafortunada situación de los viajeros como consecuencia de esta calamidad, autoriza a todos a alimentarse a voluntad con galletas. Los viajeros, naturalmente, tomarán las galletas para saciar su hambre. Pero nadie dudará de que un sabroso trozo de carne tendría, en tal caso, un valor considerable para un viajero cuya dieta entera durante veinte días consistiría, de otro modo, únicamente en galletas, mientras que una libra de galletas tendría un valor extraordinariamente pequeño, y quizá ningún valor en absoluto.
¿Por qué el disponer de una libra de galletas tuvo para cada viajero, en el primero de estos casos, la plena importancia de la conservación de su vida; en el segundo caso, todavía una importancia muy grande; pero en el tercer caso, ninguna importancia en absoluto, o en todo caso solo una importancia sumamente leve?
Las necesidades de los viajeros permanecieron iguales en los tres casos, ya que ni sus personalidades ni sus requerimientos cambiaron. Lo que sí cambió, sin embargo, fue la cantidad de alimento que se enfrentaba a estos requerimientos en cada caso. Frente a requerimientos idénticos de alimento por parte de los viajeros, había diez libras de alimento por persona en el primer caso, una cantidad mayor en el segundo caso, y una cantidad todavía mayor en el tercer caso. Por consiguiente, de un caso al siguiente, la importancia de las satisfacciones que dependían de unidades individuales del alimento fue decreciendo progresivamente.
Pero lo que aquí hemos podido observar, primero en un individuo aislado y luego en un pequeño grupo temporalmente aislado del resto de la humanidad, es igualmente válido para las interrelaciones más complejas de un pueblo y de la sociedad humana en general. La situación de los habitantes de un país después de una mala cosecha, después de una cosecha media y, finalmente, en un año posterior a una cosecha extraordinaria, presenta relaciones análogas por su naturaleza a las descritas anteriormente. También aquí, frente a ciertos requerimientos determinados, hay una cantidad disponible de alimento menor en el primer caso que en el segundo, y menor en el segundo caso que en el tercero. Por consiguiente, también en estos casos, la importancia de las satisfacciones que dependen de unidades individuales de la provisión total varía considerablemente.
Si un silo con 100 000 fanegas de trigo se incendia en un país que acaba de tener una cosecha extraordinaria, el efecto de la calamidad será, a lo sumo, que se produzca menos alcohol, o que la parte más pobre de la población quede, en el peor de los casos, alimentada de manera algo más escasa, sin padecer privaciones; si la calamidad ocurre después de una cosecha media, muchas personas tendrán ya que renunciar a satisfacciones más importantes; y si la desgracia coincide con una hambruna, gran número de personas morirán de hambre. En cada uno de los tres casos, satisfacciones de grados de importancia muy distintos dependen de cada unidad concreta del grano disponible para las personas afectadas, y por esta razón el valor de una unidad de grano varía enormemente en los tres casos.
Si resumimos lo dicho, obtenemos los siguientes principios como resultado de nuestra investigación hasta el momento:
(1) La importancia que los bienes tienen para nosotros y que llamamos valor es meramente imputada. En el fondo, solo las satisfacciones tienen importancia para nosotros, porque de ellas dependen la conservación de nuestra vida y de nuestro bienestar. Pero lógicamente imputamos esta importancia a los bienes de cuya disponibilidad somos conscientes de depender para estas satisfacciones.
(2) Las magnitudes de importancia que tienen para nosotros las distintas satisfacciones de necesidades concretas (los actos separados de satisfacción que pueden realizarse por medio de bienes individuales) son desiguales, y su medida reside en el grado de su importancia para la conservación de nuestra vida y nuestro bienestar.
(3) Las magnitudes de la importancia de nuestras satisfacciones que se imputan a los bienes —esto es, las magnitudes de sus valores— son, por tanto, también desiguales, y su medida reside en el grado de importancia que tienen para nosotros las satisfacciones que dependen de los bienes en cuestión.
(4) En cada caso particular, de todas las satisfacciones aseguradas por la cantidad total disponible de un bien, solo aquellas que tienen la menor importancia para un individuo económico dependen del disponer de una porción determinada de la cantidad total.
(5) El valor de un bien particular o de una porción determinada de la cantidad total de un bien de que dispone un individuo económico es, así, para él, igual a la importancia de la menos importante de las satisfacciones aseguradas por la cantidad total disponible y alcanzadas con cualquier porción igual. Pues es con respecto a estas satisfacciones menos importantes que el individuo económico en cuestión depende de la disponibilidad del bien particular, o de la cantidad determinada de un bien.41
Así, en nuestra investigación hasta este punto, hemos rastreado las diferencias en el valor de los bienes hasta sus causas últimas, y, al mismo tiempo, hemos encontrado también la medida última y originaria con la cual los hombres juzgan los valores de todos los bienes.
Si lo dicho se comprende correctamente, no puede haber dificultad alguna en resolver cualquier problema relativo a la explicación de las causas que determinan las diferencias entre los valores de dos o más bienes concretos o cantidades de bienes.
Si preguntamos, por ejemplo, por qué una libra de agua potable no tiene valor alguno para nosotros en circunstancias ordinarias, mientras que una fracción mínima de una libra de oro o de diamantes exhibe por lo general un valor muy alto, la respuesta es la siguiente: los diamantes y el oro son tan escasos que todos los diamantes de que dispone la humanidad podrían guardarse en un cofre y todo el oro en una sola habitación grande, como demostrará un simple cálculo. El agua potable, en cambio, se encuentra en la tierra en cantidades tan grandes que apenas puede imaginarse un depósito lo bastante grande para contenerla toda. En consecuencia, los hombres solo pueden satisfacer las necesidades más importantes a cuya satisfacción sirven el oro y los diamantes, mientras que por lo común están en condiciones no solo de satisfacer plenamente sus necesidades de agua potable, sino, además, de dejar escapar sin usar grandes cantidades de ella, ya que son incapaces de consumir la cantidad total disponible. En circunstancias ordinarias, por lo tanto, ninguna necesidad humana tendría que quedar insatisfecha si los hombres fueran incapaces de disponer de alguna cantidad particular de agua potable. Con el oro y los diamantes, en cambio, incluso las satisfacciones menos significativas aseguradas por la cantidad total disponible tienen todavía una importancia relativamente alta para los hombres económicos. Así, las cantidades concretas de agua potable no tienen por lo común valor alguno para los hombres económicos, mientras que las cantidades concretas de oro y diamantes tienen un valor elevado.
Todo esto vale únicamente para las circunstancias ordinarias de la vida, cuando el agua potable está disponible para nosotros en cantidades copiosas y el oro y los diamantes en cantidades muy pequeñas. En el desierto, sin embargo, donde la vida de un viajero depende a menudo de un trago de agua, puede perfectamente imaginarse que, para un individuo, dependan satisfacciones más importantes de una libra de agua que incluso de una libra de oro. En tal caso, el valor de una libra de agua sería, por consiguiente, mayor, para el individuo en cuestión, que el valor de una libra de oro. Y la experiencia nos enseña que una relación de este tipo, u otra semejante, se desarrolla efectivamente allí donde la situación económica es tal como acabo de describir.
C. La influencia de las diferencias en la calidad de los bienes sobre su valor.
Las necesidades humanas pueden a menudo satisfacerse mediante bienes de distintos tipos, y aún con mayor frecuencia mediante bienes que difieren, no en cuanto al tipo, sino en cuanto a la clase. Cuando nos ocupamos de complejos dados de necesidades humanas, por un lado, y de las cantidades de bienes disponibles para su satisfacción, por otro lado (p. 129), las necesidades no se enfrentan, por tanto, siempre a cantidades de bienes homogéneos, sino a menudo a bienes de distintos tipos, y aún con mayor frecuencia a bienes de distintas clases.
Para mayor sencillez en la exposición he omitido, hasta ahora, la consideración de las diferencias entre los bienes, y he considerado, en las secciones precedentes, únicamente casos en los que cantidades de bienes completamente homogéneos se enfrentan a necesidades de un tipo específico (subrayando en particular el modo en que su importancia decrece conforme al grado de plenitud de la satisfacción ya alcanzada). De este modo pude poner mayor énfasis en la influencia que ejercen sobre el valor de los bienes las diferencias en las cantidades disponibles.
Los casos que ahora quedan por considerar son aquellos en los que necesidades humanas dadas pueden satisfacerse mediante bienes de distintos tipos o clases y en los que, por tanto, requerimientos humanos dados se enfrentan a cantidades disponibles de bienes cuyas porciones separadas son cualitativamente diferentes.
A este respecto, conviene señalar en primer lugar que las diferencias entre los bienes, ya sean diferencias de tipo o de clase, no pueden afectar al valor de las distintas unidades de una provisión dada si la satisfacción de las necesidades humanas no se ve afectada en modo alguno por estas diferencias. Los bienes que satisfacen las necesidades humanas de manera idéntica son, por esta misma razón, considerados completamente homogéneos desde un punto de vista económico, aunque puedan pertenecer a distintos tipos o clases en función de su apariencia externa.
Para que las diferencias, en cuanto a tipo o clase, entre dos bienes hayan de ser responsables de diferencias en su valor, es necesario que tengan también capacidades diferentes para satisfacer las necesidades humanas. En otras palabras, es necesario que tengan lo que llamamos, desde un punto de vista económico, diferencias de calidad. El examen de la influencia que las diferencias de calidad ejercen sobre el valor de los bienes particulares es, por tanto, el objeto de la investigación siguiente.
Desde un punto de vista económico, las diferencias cualitativas entre los bienes pueden ser de dos clases. Las necesidades humanas pueden satisfacerse de manera cuantitativamente diferente o bien de manera cualitativamente diferente mediante cantidades iguales de bienes cualitativamente distintos. Con una cantidad dada de madera de haya, por ejemplo, la necesidad humana de calor puede satisfacerse de manera cuantitativamente más intensa que con la misma cantidad de abeto. Pero dos cantidades iguales de alimentos de igual valor nutritivo pueden satisfacer la necesidad de alimento de maneras cualitativamente diferentes, ya que el consumo de un plato puede, por ejemplo, proporcionar disfrute, mientras que el otro puede no proporcionar disfrute alguno o solo uno inferior. Con los bienes de la primera categoría, la calidad inferior puede compensarse plenamente mediante una cantidad mayor, pero con los bienes de la segunda categoría esto no es posible. El abeto, el aliso o el pino pueden reemplazar a la madera de haya para fines de calefacción, y si el carbón de contenido inferior de carbono, la corteza de roble de contenido inferior de tanino y los servicios de trabajo ordinarios de jornaleros lentos o menos eficientes están disponibles para los hombres económicos solo en cantidades suficientemente grandes, pueden por lo general reemplazar perfectamente a los bienes más altamente cualificados. Pero aunque los alimentos o bebidas desagradables al paladar, las habitaciones oscuras y húmedas, los servicios de médicos mediocres, etc., estén disponibles en las mayores cantidades, nunca podrán satisfacer nuestras necesidades tan bien, cualitativamente, como los correspondientes bienes más altamente cualificados.
Cuando los individuos que economizan valoran un bien, se trata únicamente, como hemos visto, de estimar la importancia de la satisfacción de aquellas necesidades respecto de las cuales dependen del dominio del bien (p. 122). Sin embargo, la cantidad de un bien que producirá una satisfacción determinada es solo un factor secundario en la valoración. Pues si cantidades menores de un bien de mayor calidad satisfacen una necesidad humana del mismo modo (es decir, de manera cuantitativa y cualitativamente idéntica) que cantidades mayores de un bien de menor calidad, es evidente que las cantidades menores del bien de mayor calidad tendrán el mismo valor para los hombres que economizan que las cantidades mayores del bien de menor calidad. Así, cantidades iguales de bienes con diferentes calidades de la primera clase exhibirán valores desiguales en la proporción indicada. Si, por ejemplo, al determinar el valor de la corteza de roble tenemos en cuenta exclusivamente su contenido de tanino, y siete quintales de una clase tienen la misma eficacia que ocho quintales de otra clase, tendrán también el mismo valor que esta última cantidad para los artesanos que emplean la corteza. La mera reducción de estos bienes a cantidades de igual eficacia económica (procedimiento que de hecho emplean los hombres en sus actividades económicas en todos esos casos) elimina así por completo la dificultad de determinar el valor de cantidades dadas de diferentes calidades (en la medida en que su eficacia difiere meramente de manera cuantitativa). De este modo, el caso más complicado que estamos considerando se reduce a la relación simple explicada antes (pp. 123 ss).
La cuestión de la influencia de las diferentes calidades sobre los valores de los bienes particulares es más complicada cuando las diferencias cualitativas entre los bienes hacen que las necesidades se satisfagan de maneras cualitativamente distintas. No puede haber duda, tras lo que se ha dicho sobre el principio general de la determinación del valor (p. 122), de que es la importancia de las necesidades que quedarían insatisfechas si no dispusiéramos del dominio de un bien particular no solo del tipo general sino también de la calidad específica correspondiente a esas necesidades lo que, también en este caso, constituye el factor que determina su valor. La dificultad que aquí examino no reside, por tanto, en que el principio general de la determinación del valor sea inaplicable a estos bienes, sino más bien en la determinación de la satisfacción particular que depende de un bien concreto particular cuando todo un grupo de necesidades se enfrenta a bienes cuyas diversas unidades son capaces de satisfacer esas necesidades de maneras cualitativamente distintas. En otras palabras, reside en la aplicación práctica del principio general de la determinación del valor a la actividad económica humana. La solución de este problema surge de las consideraciones siguientes.
Los individuos que economizan no emplean las cantidades de bienes de que disponen sin atender a las diferencias de calidad cuando estas existen. Un agricultor que tiene a su disposición grano de diferentes clases no emplea, por ejemplo, la peor clase para la siembra, el grano de calidad media como pienso para el ganado y el mejor para la alimentación y la producción de bebidas. Tampoco emplea los granos de diferentes clases indistintamente para uno u otro propósito. Más bien, atendiendo a sus necesidades, emplea la mejor clase para la siembra, la mejor que queda para alimentación y bebidas, y el grano de peor calidad para el engorde del ganado.
Con los bienes cuyas unidades son homogéneas, la cantidad total disponible de un bien se enfrenta al conjunto entero de necesidades concretas que pueden satisfacerse por medio de él. Pero en los casos en que las diferentes unidades de un bien satisfacen las necesidades humanas de maneras cualitativamente distintas, la cantidad total disponible de un bien ya no se enfrenta al conjunto entero de necesidades; en cambio, cada cantidad disponible de calidad específica se enfrenta a las necesidades específicas correspondientes de los individuos que economizan.
Si, con respecto a un determinado propósito de consumo, un bien de cierta calidad no puede ser reemplazado en absoluto por bienes de cualquier otra calidad, el principio de la determinación del valor antes demostrado (p. 132) se aplica plena y directamente a las cantidades particulares de ese bien. Así, el valor de cualquier unidad particular de tal bien es igual a la importancia de la satisfacción menos importante que queda provista por la cantidad total disponible de esta precisa calidad de bien, ya que es respecto de esta satisfacción que dependemos efectivamente del dominio de la unidad particular de esta calidad.
Pero las necesidades humanas pueden satisfacerse por medio de bienes de diferentes calificaciones, aunque de maneras cualitativamente distintas. Si los bienes de una calidad pueden ser reemplazados por bienes de otra calidad, aunque no con la misma eficacia, el valor de una unidad de los bienes de calidad superior es igual a la importancia de la satisfacción menos importante que queda provista por los bienes de calidad superior menos una cuota de valor42 que es tanto mayor: (1) cuanto menor sea el valor de los bienes de calidad inferior con los que también puede satisfacerse la necesidad particular en cuestión, y (2) cuanto menor sea la diferencia, para los hombres, entre la importancia de satisfacer la necesidad particular con el bien superior y la importancia de satisfacerla con el inferior.
Llegamos así al resultado de que, incluso en los casos en que un complejo de necesidades se enfrenta a una cantidad de bienes de diferentes calidades, satisfacciones de intensidades dadas dependen siempre de cada cantidad parcial o de cada unidad concreta de estos bienes. Por consiguiente, en todos los casos examinados, el principio de la determinación del valor que formulé más arriba conserva su plena aplicabilidad.
D. El carácter subjetivo de la medida del valor. Trabajo y valor. Error.
Cuando expuse la naturaleza del valor, observé que el valor no es nada inherente a los bienes y que no es una propiedad de los bienes. Pero tampoco es el valor una cosa independiente. No hay razón alguna por la que un bien no pueda tener valor para un individuo que economiza y ningún valor para otro individuo en circunstancias distintas. La medida del valor es de naturaleza enteramente subjetiva, y por esta razón un bien puede tener gran valor para un individuo que economiza, escaso valor para otro y ningún valor en absoluto para un tercero, según las diferencias en sus necesidades y en las cantidades disponibles. Lo que una persona desdeña o estima en poco es apreciado por otra, y lo que una persona abandona es a menudo recogido por otra. Mientras que un individuo que economiza estima por igual una cantidad dada de un bien y una cantidad mayor de otro bien, frecuentemente observamos las valoraciones justamente opuestas en otro individuo que economiza.
Por tanto, no solo la naturaleza, sino también la medida del valor es subjetiva. Los bienes siempre tienen valor para ciertos individuos que economizan, y este valor también está determinado únicamente por estos individuos.
El valor que un individuo que economiza atribuye a un bien es igual a la importancia de la satisfacción particular que depende de su dominio del bien. No hay conexión necesaria y directa entre el valor de un bien y si, o en qué cantidades, se aplicaron trabajo y otros bienes de orden superior a su producción. Un bien no económico (una cantidad de madera en un bosque virgen, por ejemplo) no adquiere valor para los hombres aunque se hayan aplicado grandes cantidades de trabajo u otros bienes económicos a su producción. Que un diamante se haya hallado por casualidad o se haya obtenido de una mina de diamantes con el empleo de mil jornadas de trabajo es completamente irrelevante para su valor. En general, nadie en la vida práctica pregunta por la historia del origen de un bien al estimar su valor, sino que considera únicamente los servicios que el bien le prestará y a los que tendría que renunciar si no dispusiera de él. Bienes en los que se ha invertido mucho trabajo carecen a menudo de valor, mientras que otros, en los que se invirtió poco o ningún trabajo, tienen un valor muy elevado. Bienes en los que se invirtió mucho trabajo y otros en los que se invirtió poco o ningún trabajo tienen a menudo igual valor para los hombres que economizan. Las cantidades de trabajo o de otros medios de producción aplicadas a su producción no pueden, por tanto, ser el factor determinante del valor de un bien. La comparación del valor de un bien con el valor de los medios de producción empleados en su producción muestra, desde luego, si su producción, un acto de actividad humana pasada, fue apropiada o económica, y en qué medida lo fue. Pero las cantidades de bienes empleadas en la producción de un bien no tienen una influencia ni necesaria ni directamente determinante sobre su valor.
Igualmente insostenible es la opinión de que el factor determinante del valor de los bienes es la cantidad de trabajo o de otros medios de producción que son necesarios para su reproducción. Un gran número de bienes no pueden reproducirse (las antigüedades y las pinturas de los antiguos maestros, por ejemplo) y, por tanto, en cierto número de casos podemos observar valor pero ninguna posibilidad de reproducción. Por esta razón, ningún factor relacionado con la reproducción puede ser el principio determinante del valor en general. La experiencia muestra, además, que el valor de los medios de producción necesarios para la reproducción de muchos bienes (ropa pasada de moda y máquinas obsoletas, por ejemplo) es a veces considerablemente más alto y a veces más bajo que el valor de los propios productos.
El factor determinante del valor de un bien es, pues, ni la cantidad de trabajo o de otros bienes necesaria para su producción ni la cantidad necesaria para su reproducción, sino más bien la magnitud de la importancia de aquellas satisfacciones respecto de las cuales somos conscientes de depender del dominio del bien. Este principio de la determinación del valor es universalmente válido, y no puede hallarse excepción alguna a él en la economía humana.
La importancia de una satisfacción para nosotros no es el resultado de una decisión arbitraria, sino que se mide por la importancia, que no es arbitraria, que la satisfacción tiene para nuestra vida o para nuestro bienestar. Los grados relativos de importancia de las distintas satisfacciones y de los sucesivos actos de satisfacción son, no obstante, cuestiones de juicio por parte de los hombres que economizan, y por esta razón su conocimiento de estos grados de importancia está, en algunos casos, sujeto a error.
Vimos antes que las satisfacciones de las que depende su vida tienen la máxima importancia para los hombres, que las satisfacciones que siguen en importancia son aquellas de las que depende su bienestar, y que las satisfacciones de las que depende un grado superior de bienestar (a igual intensidad, una satisfacción de más larga duración, y a igual duración, una más intensa) tienen para los hombres una importancia superior que aquellas de las que depende un grado inferior de su bienestar.
Pero lo que se ha dicho no excluye en modo alguno la posibilidad de que hombres torpes puedan, a consecuencia de su conocimiento defectuoso, estimar a veces la importancia de las distintas satisfacciones de manera contraria a su importancia real. Incluso los individuos cuya actividad económica se conduce racionalmente, y que por ello se esfuerzan ciertamente por reconocer la verdadera importancia de las satisfacciones a fin de obtener un fundamento exacto para su actividad económica, están sujetos a error. El error es inseparable de todo conocimiento humano.
Los hombres son especialmente propensos a dejarse inducir a sobrestimar la importancia de las satisfacciones que proporcionan un placer momentáneo intenso pero contribuyen solo fugazmente a su bienestar, y así a subestimar la importancia de las satisfacciones de las que depende un bienestar menos intenso pero más duradero. En otras palabras, los hombres estiman a menudo los goces pasajeros e intensos más que su bienestar permanente, y a veces incluso más que su vida.
Si los hombres yerran ya a menudo respecto de su conocimiento del factor subjetivo de la determinación del valor, cuando se trata meramente de valorar sus propios estados de ánimo, tanto más probable es que yerren cuando se trata de su percepción del factor objetivo de la determinación del valor, especialmente cuando se trata de su conocimiento de las magnitudes de las cantidades de que disponen y de las diferentes calidades de los bienes.
Solo por estas razones queda claro por qué la determinación del valor de los bienes particulares está plagada de múltiples errores en la vida económica. Pero, además de las fluctuaciones de valor que surgen de los cambios en las necesidades humanas, de los cambios en las cantidades de bienes de que disponen los hombres y de los cambios en las propiedades físicas de los bienes, podemos observar también fluctuaciones en los valores de los bienes que están causadas simplemente por cambios en el conocimiento que los hombres tienen de la importancia de los bienes para su vida y su bienestar.
3. Las leyes que rigen el valor de los bienes de orden superior
A. El principio que determina el valor de los bienes de orden superior.
Entre los más flagrantes de los errores fundamentales que han tenido las consecuencias de mayor alcance en el desarrollo anterior de nuestra ciencia se halla el argumento de que los bienes adquieren valor para nosotros porque en su producción se emplearon bienes que tenían valor para nosotros. Más adelante, cuando llegue a la discusión de los precios de los bienes de orden superior, mostraré las causas específicas que fueron responsables de este error y de que se convirtiera en el fundamento de la teoría aceptada de los precios (en una forma rodeada, desde luego, de toda suerte de salvedades especiales). Aquí quiero afirmar, ante todo, que este argumento se opone tan estrictamente a toda experiencia (p. 146) que tendría que ser rechazado aun cuando ofreciera una solución formalmente correcta al problema de establecer un principio que explique el valor de los bienes.
Pero ni siquiera este último propósito puede alcanzarse mediante el argumento en cuestión, ya que ofrece una explicación únicamente para el valor de los bienes que podemos designar como "productos", pero no para el valor de todos los demás bienes, que aparecen como factores originarios de producción. No explica el valor de los bienes provistos directamente por la naturaleza, especialmente los servicios de la tierra. No explica el valor de los servicios del trabajo. Ni siquiera explica, como veremos más adelante, el valor de los servicios del capital. Pues el valor de todos estos bienes no puede explicarse mediante el argumento de que los bienes derivan su valor del valor de los bienes invertidos en su producción. En verdad, hace su valor completamente incomprensible.
Este argumento, por tanto, no proporciona ni una solución formalmente correcta ni una que se ajuste a los hechos de la realidad al problema de descubrir una explicación universalmente válida del valor de los bienes. Por un lado, está en contradicción con la experiencia; y por otro lado, es manifiestamente inaplicable dondequiera que tengamos que vérnoslas con bienes que no son el producto de la combinación de bienes de orden superior. El valor de los bienes de orden inferior no puede, por tanto, estar determinado por el valor de los bienes de orden superior que se emplearon en su producción. Por el contrario, es evidente que el valor de los bienes de orden superior está siempre y sin excepción determinado por el valor prospectivo de los bienes de orden inferior en cuya producción sirven.43 La existencia de nuestras necesidades de bienes de orden superior depende de que los bienes que sirven para producir tengan carácter económico esperado (p. 107) y, por consiguiente, valor esperado. Para asegurar nuestras necesidades de satisfacción, no precisamos del dominio de bienes que sean aptos para la producción de bienes de orden inferior que no tengan valor esperado (puesto que no tenemos necesidades de ellos). Tenemos, pues, el principio de que el valor de los bienes de orden superior depende del valor esperado de los bienes de orden inferior que sirven para producir. Por consiguiente, los bienes de orden superior pueden adquirir valor, o conservarlo una vez que lo tienen, solo si, o mientras, sirven para producir bienes que esperamos que tengan valor para nosotros. Establecido este hecho, queda claro también que el valor de los bienes de orden superior no puede ser el factor determinante del valor prospectivo de los correspondientes bienes de orden inferior. Tampoco puede el valor de los bienes de orden superior ya invertidos en la producción de un bien de orden inferior ser el factor determinante de su valor presente. Por el contrario, el valor de los bienes de orden superior está, en todos los casos, regulado por el valor prospectivo de los bienes de orden inferior a cuya producción los hombres que economizan los han asignado o los asignarán.
El valor prospectivo de los bienes de orden inferior es a menudo — y esto debe observarse con cuidado — muy distinto del valor que bienes similares tienen en el presente. Por esta razón, el valor de los bienes de orden superior por medio de los cuales dispondremos de bienes de orden inferior en algún momento futuro (pp. 67 ss.) no se mide en modo alguno por el valor actual de bienes similares de orden inferior, sino más bien por el valor prospectivo de los bienes de orden inferior en cuya producción sirven.
Supongamos, por ejemplo, que tenemos el salitre, el azufre, el carbón vegetal, los servicios de trabajo especializado, los aparatos, etc., necesarios para la producción de una cierta cantidad de pólvora, y que así, por medio de estos bienes, dispondremos de esta cantidad de pólvora dentro de tres meses. Es claro que el valor que se espera que esta pólvora tenga para nosotros dentro de tres meses no tiene por qué ser necesariamente igual al valor de una cantidad idéntica de pólvora en el momento presente, sino que puede ser mayor o menor. Por consiguiente, también la magnitud del valor de los anteriores bienes de orden superior se mide, no por el valor de la pólvora en el presente, sino por el valor prospectivo de su producto al final del período de producción. Pueden incluso imaginarse casos en los que un bien de orden inferior o de primer orden carezca por completo de valor en el presente (el hielo en invierno, por ejemplo), mientras que correspondientes bienes de orden superior disponibles simultáneamente, que aseguran cantidades del bien de orden inferior para un período futuro (todos los materiales e instrumentos necesarios para la producción de hielo artificial, por ejemplo), tengan valor con respecto a ese período futuro, y viceversa.
Por consiguiente, no hay conexión necesaria entre el valor de los bienes de orden inferior o de primer orden en el presente y el valor de los bienes de orden superior actualmente disponibles que sirven para la producción de tales bienes. Por el contrario, es evidente que los primeros derivan su valor de la relación entre las necesidades y las cantidades disponibles en el presente, mientras que los últimos derivan su valor de la relación prospectiva entre las necesidades y las cantidades que estarán disponibles en los momentos futuros en que los productos creados por medio de los bienes de orden superior lleguen a estar disponibles. Si el valor futuro prospectivo de un bien de orden inferior sube, permaneciendo iguales las demás cosas, sube también el valor de los bienes de orden superior cuya posesión nos asegura el dominio futuro del bien de orden inferior. Pero la subida o bajada del valor de un bien de orden inferior disponible en el presente no tiene conexión causal necesaria con la subida o bajada del valor de los correspondientes bienes de orden superior actualmente disponibles.
Por consiguiente, el principio de que el valor de los bienes de orden superior se rige, no por el valor de los correspondientes bienes de orden inferior del presente, sino más bien por el valor prospectivo del producto, es el principio universalmente válido de la determinación del valor de los bienes de orden superior.¹⁴
Solo la satisfacción de nuestras necesidades tiene una significación directa e inmediata para nosotros. En cada caso concreto, esta significación se mide por la importancia que las diversas satisfacciones tienen para nuestra vida y nuestro bienestar. A continuación atribuimos la magnitud cuantitativa exacta de esta importancia a los bienes específicos de los que somos conscientes de depender directamente para las satisfacciones en cuestión, es decir, la atribuimos a los bienes económicos de primer orden, según se explicó en los principios de la sección anterior. En los casos en que nuestras necesidades no quedan cubiertas, o solo quedan cubiertas de manera incompleta, por los bienes de primer orden, y en los que, por tanto, los bienes de primer orden adquieren valor para nosotros, recurrimos a los correspondientes bienes del orden inmediatamente superior en nuestro empeño por satisfacer nuestras necesidades del modo más completo posible, y atribuimos a su vez el valor que atribuíamos a los bienes de primer orden a los bienes de segundo, tercer y aún más altos órdenes, siempre que estos bienes de orden superior tengan carácter económico. El valor de los bienes de orden superior no es, por tanto, en último análisis, más que una forma especial de la importancia que atribuimos a nuestra vida y a nuestro bienestar. Así, lo mismo que ocurre con los bienes de primer orden, el factor que en última instancia es responsable del valor de los bienes de orden superior es meramente la importancia que atribuimos a aquellas satisfacciones respecto de las cuales somos conscientes de depender de la disponibilidad de los bienes de orden superior cuyo valor se considera. Pero, debido a las conexiones causales entre los bienes, el valor de los bienes de orden superior no se mide directamente por la importancia esperada de la satisfacción final, sino más bien por el valor esperado de los correspondientes bienes de orden inferior.
quizá resulte de ayuda, dada la brevedad y la forma peculiar del presente pasaje.
Supongamos que la satisfacción menos importante prestada por una unidad del bien superior tiene una importancia de 5 en el Uso A, que la satisfacción menos importante prestada por una unidad del bien inferior en el Uso B tiene una importancia de 2, y que una unidad del bien inferior prestaría una satisfacción con una importancia de 3 si reemplazara a una unidad del bien superior en el Uso A. Menger sostiene que el valor de uso de una unidad de un bien superior que puede ser reemplazada por un bien inferior es igual, no a la importancia de la satisfacción menos importante efectivamente prestada por una unidad del bien superior, sino a la importancia de las satisfacciones que dependen del mantenimiento del dominio de esa unidad. En el presente caso, si se pierde el dominio de una unidad del bien superior y una unidad del bien inferior se traslada del Uso B al Uso A para ocupar su lugar, las satisfacciones que el consumidor pierde son: (1) una satisfacción en el Uso B con una importancia de 2, que se pierde porque se emplea una unidad menos del bien inferior en el Uso B, y (2) una satisfacción en el Uso A con una importancia de 2 (la diferencia entre las 5 unidades perdidas porque se emplea una unidad menos del bien superior en el Uso A y las 3 unidades ganadas por el empleo de una unidad del bien inferior en su lugar). El valor de uso de una unidad del bien superior es, por tanto, 4, la suma de estas dos partidas. La «cuota de valor» que menciona Menger en el texto es la diferencia entre la satisfacción menos importante que el bien superior prestaría en el Uso A y su valor de uso calculado de este modo. La «cuota de valor» en este ejemplo es, así, 5 menos 4, es decir, 1. — TR.
B. La productividad del capital.
La transformación de los bienes de orden superior en bienes de orden inferior tiene lugar, como todo otro proceso de cambio, en el tiempo. Los momentos en que los hombres obtendrán el dominio de bienes de primer orden a partir de los bienes de orden superior que poseen en el presente serán tanto más lejanos cuanto más elevado sea el orden de estos bienes. Si bien es cierto, como vimos antes (pp. 71 ss.), que el empleo más extenso de bienes de orden superior para la satisfacción de las necesidades humanas produce una ampliación continua de las cantidades de bienes de consumo disponibles, esta extensión solo es posible si las actividades previsoras de los hombres se extienden a periodos de tiempo cada vez más lejanos. Un indio primitivo está ocupado incesantemente con la tarea de cubrir sus necesidades para unos pocos días cada vez. Un nómada que no consume los animales domésticos que tiene a su disposición, sino que decide criarlos por sus crías, ya produce bienes que solo estarán disponibles para él al cabo de unos meses. Pero entre los pueblos civilizados, una proporción considerable de los miembros de la sociedad está ocupada con la producción de bienes que solo contribuirán, al cabo de años, y a menudo solo al cabo de décadas, a la satisfacción directa de las necesidades humanas.
Así pues, al renunciar a su economía recolectora y al avanzar en el empleo de bienes de orden superior para la satisfacción de sus necesidades, los hombres económicos pueden, con toda seguridad, aumentar en consecuencia los bienes de consumo de que disponen; pero solo a condición de que prolonguen los periodos de tiempo a los que ha de extenderse su actividad previsora en la misma medida en que avanzan hacia bienes de orden superior.
En esta circunstancia hay una importante restricción al progreso económico. El cuidado más solícito de los hombres se dirige siempre a asegurarse los bienes de consumo necesarios para el mantenimiento de su vida y su bienestar en el presente o en el futuro inmediato, pero su solicitud disminuye a medida que se alarga el periodo de tiempo al que se extiende. Este fenómeno no es accidental, sino que está hondamente arraigado en la naturaleza humana. En la medida en que el mantenimiento de nuestra vida depende de la satisfacción de nuestras necesidades, garantizar la satisfacción de las necesidades anteriores debe necesariamente preceder a la atención de las posteriores. E incluso cuando no es nuestra vida, sino meramente la continuidad de nuestro bienestar (sobre todo nuestra salud), lo que depende del dominio de una cantidad de bienes, la consecución del bienestar en un periodo más próximo es, por regla general, un requisito previo del bienestar en un periodo posterior. De poco nos sirve el dominio de los medios para el mantenimiento de nuestro bienestar en algún momento lejano si la pobreza y la miseria ya han minado nuestra salud o han atrofiado nuestro desarrollo en un periodo anterior. Consideraciones semejantes intervienen incluso en el caso de satisfacciones que tienen meramente la importancia de goces. Toda la experiencia enseña que un goce presente, o uno en el futuro próximo, suele parecerles a los hombres más importante que uno de igual intensidad en un momento más remoto del futuro.
La vida humana es un proceso en el que el curso del desarrollo futuro siempre se ve influido por el desarrollo anterior. Es un proceso que no puede continuarse una vez que ha sido interrumpido, y que no puede rehabilitarse por completo una vez que ha quedado seriamente trastornado. Un requisito previo necesario de nuestra provisión para el mantenimiento de nuestra vida y para nuestro desarrollo en periodos futuros es el cuidado de los periodos precedentes de nuestra vida. Dejando a un lado las irregularidades de la actividad económica, podemos concluir que los hombres económicos por lo general procuran asegurar primero la satisfacción de las necesidades del futuro inmediato, y que solo después de haber hecho esto intentan asegurar la satisfacción de las necesidades de periodos más lejanos, conforme a su lejanía en el tiempo.
La circunstancia que pone una restricción a los esfuerzos de los hombres económicos por avanzar en el empleo de bienes de orden superior es, pues, la necesidad de proveer primero, con los bienes de que disponen en el presente, a la satisfacción de sus necesidades en el futuro inmediato; pues solo cuando esto se ha hecho pueden proveer para periodos de tiempo más lejanos. En otras palabras, la ganancia económica que los hombres pueden obtener de un empleo más extenso de bienes de orden superior para la satisfacción de sus necesidades depende de la condición de que aún les queden disponibles cantidades adicionales de bienes para periodos de tiempo más lejanos después de haber cubierto sus necesidades del futuro inmediato.
En las primeras etapas y al comienzo de cada nueva fase del desarrollo cultural, cuando unos pocos individuos (los primeros descubridores, inventores y empresarios) están haciendo por primera vez la transición al uso de bienes del orden inmediatamente superior, la porción de estos bienes que ya existía con anterioridad pero que hasta entonces no había tenido ninguna aplicación de ningún tipo en la economía humana, y para la que, por tanto, no había necesidades, tiene naturalmente carácter no económico. Cuando un pueblo cazador está pasando a la agricultura sedentaria, la tierra y los materiales que antes no se utilizaban y que ahora se emplean por primera vez para la satisfacción de las necesidades humanas (cal, arena, madera y piedras para la construcción, por ejemplo) suelen conservar su carácter no económico durante algún tiempo después de que la transición ha comenzado. No son, por tanto, las cantidades limitadas de estos bienes lo que impide a los hombres económicos, en las primeras etapas de la civilización, avanzar en el empleo de bienes de orden superior para la satisfacción de sus necesidades.
Pero hay, por regla general, otra porción de los bienes complementarios de orden superior que ya venía sirviendo para la satisfacción de las necesidades humanas en una u otra rama de la producción antes de la transición al empleo de un nuevo orden de bienes, y que, por tanto, presentaba previamente carácter económico. La simiente y los servicios de trabajo que necesita un individuo que pasa de la etapa de la economía recolectora a la agricultura son ejemplos de esta clase.
Estos bienes, que el individuo que hace la transición utilizaba antes como bienes de orden inferior, y que podría seguir utilizando como bienes de orden inferior, deben ahora emplearse como bienes de orden superior si desea aprovechar la ganancia económica antes mencionada. En otras palabras, solo puede procurarse esa ganancia empleando bienes de los que dispone, si así lo decide, para el presente o para el futuro próximo, en la satisfacción de las necesidades de un periodo de tiempo más lejano.
Entretanto, con el desarrollo continuo de la civilización y con el progreso en el empleo de mayores cantidades de bienes de orden superior por parte de los hombres económicos, una gran parte de los demás bienes de orden superior, antes no económicos (tierra, piedra caliza, arena, madera, etc., por ejemplo), adquiere carácter económico (p. 103). Cuando esto ocurre, cada individuo solo puede participar en las ganancias económicas vinculadas al empleo de bienes de orden superior frente a la actividad puramente recolectora (y, en niveles más altos de civilización, frente al empleo de bienes de orden superior en contraste con las limitaciones de los medios de producción de orden inferior) si ya tiene el dominio de cantidades de bienes económicos de orden superior (o cantidades de bienes económicos de cualquier clase, cuando ya se ha desarrollado un comercio activo y los bienes de toda clase pueden intercambiarse entre sí) en el presente para periodos de tiempo futuros; en otras palabras, solo si posee capital.
Con esta proposición, sin embargo, hemos llegado a una de las verdades más importantes de nuestra ciencia: la «productividad del capital». La proposición no debe entenderse en el sentido de que el dominio de cantidades de bienes económicos en un periodo anterior para un momento posterior pueda contribuir por sí mismo durante este periodo a aumentar los bienes de consumo de que disponen los hombres. Significa meramente que el dominio de cantidades de bienes económicos durante cierto periodo de tiempo es, para los individuos económicos, un medio para la mejor y más completa satisfacción de sus necesidades, y, por tanto, un bien; o, mejor dicho, un bien económico, siempre que las cantidades disponibles de servicios del capital sean menores que las necesidades de los mismos.
La satisfacción más o menos completa de nuestras necesidades no depende, por tanto, menos del dominio de cantidades de bienes económicos durante ciertos periodos de tiempo (de los servicios del capital) de lo que depende del dominio de otros bienes económicos. Por esta razón, los servicios del capital son objetos a los que los hombres atribuyen valor y, como veremos más adelante, son también objetos de comercio.
Algunos economistas presentan el pago del interés como una retribución por la abstinencia del propietario del capital. Contra esta doctrina debo señalar que la abstinencia de una persona no puede, por sí sola, adquirir carácter de bien ni, por tanto, valor. Además, el capital en modo alguno se origina siempre a partir de la abstinencia, sino en muchos casos como resultado de la mera apropiación (siempre que bienes de orden superior antes no económicos adquieren carácter económico a causa de las crecientes necesidades de la sociedad, por ejemplo). Así, el pago del interés no debe considerarse como una compensación al propietario del capital por su abstinencia, sino como el intercambio de un bien económico (el uso del capital) por otro (el dinero, por ejemplo). Carey, sin embargo, incurre en el error opuesto cuando atribuye a la parsimonia una tendencia directamente hostil a la creación de capital.
C. El valor de las cantidades complementarias de bienes de orden superior.
Para transformar bienes de orden superior44 en bienes de orden inferior es necesario que transcurra cierto periodo de tiempo. Por consiguiente, siempre que se hayan de producir bienes económicos, es necesario el dominio de los servicios del capital durante cierto periodo de tiempo. La duración de este periodo varía según la naturaleza del proceso de producción. En cualquier rama dada de la producción, es más largo cuanto más elevado sea el orden de los bienes que se han de dirigir a la satisfacción de las necesidades humanas. Pero algún transcurso de tiempo es inseparable de todo proceso de producción.
Durante estos periodos de tiempo, la cantidad de bienes económicos de la que hablo (el capital) está inmovilizada,45 y no disponible para otros fines productivos. Para tener a nuestra disposición un bien o una cantidad de bienes de orden inferior en un momento futuro, no basta con tener una posesión fugaz de los correspondientes bienes de orden superior en algún punto único del tiempo, sino que es necesario, en cambio, que conservemos el dominio de estos bienes de orden superior durante un periodo de tiempo cuya duración varía según la naturaleza del proceso de producción particular, y que los inmovilicemos en este proceso de producción durante todo ese periodo.
En la sección precedente vimos que el dominio de cantidades de bienes económicos durante periodos de tiempo dados tiene valor para los hombres económicos, igual que otros bienes económicos tienen valor para ellos. De ello se sigue que el valor presente agregado de todos los bienes de orden superior necesarios para la producción de un bien de orden inferior solo puede igualarse al valor prospectivo del producto para los hombres económicos si se incluye el valor de los servicios del capital durante el periodo de producción.
Supongamos, por ejemplo, que deseamos determinar el valor de los bienes de orden superior que nos aseguran el dominio de una cantidad dada de grano dentro de un año. El valor de la simiente, los servicios de la tierra, los servicios especializados de trabajo agrícola y todos los demás bienes de orden superior necesarios para la producción de la cantidad dada de grano serán en efecto iguales al valor prospectivo del grano al final del año (p. 150), pero solo a condición de que en la suma se incluya el valor que un año de dominio de estos bienes económicos tiene para los individuos económicos en cuestión. El valor presente de estos bienes de orden superior por sí mismos es, por tanto, igual al valor del producto prospectivo menos el valor de los servicios del capital empleado.
Para expresar numéricamente lo que se ha dicho, supongamos que el valor prospectivo del producto que estará disponible al final del año es 100, y que el valor de un año de dominio de las cantidades necesarias de bienes económicos de orden superior (el valor de los servicios del capital) es 10. Es evidente que el valor agregado de todos los bienes complementarios de orden superior requeridos para la producción del producto, excluidos los servicios del capital, es igual no a 100, sino solo a 90. Si el valor de los servicios del capital fuera 15, el valor presente de los demás bienes de orden superior sería solo de 85.
El valor de los bienes para los individuos económicos en cuestión es, como ya he señalado varias veces, el fundamento más importante de la formación de los precios. Ahora bien, si en la vida ordinaria observamos que los compradores de bienes de orden superior nunca pagan el precio prospectivo íntegro de un bien de orden inferior por los medios complementarios de producción técnicamente necesarios para su producción,¹⁵ que siempre están solo en condiciones de conceder, y de hecho conceden, precios por ellos que son algo inferiores al precio del producto, y que la venta de bienes de orden superior presenta así cierta semejanza con el descuento, sirviendo el precio prospectivo del producto de base para el cálculo,46 estos hechos quedan explicados por el argumento precedente.47
Una persona que tiene a su disposición los bienes de orden superior requeridos para la producción de bienes de orden inferior no tiene, en virtud de este hecho, el dominio de los bienes de orden inferior de forma inmediata y directa, sino solo después del transcurso de un periodo de tiempo más largo o más corto según la naturaleza del proceso de producción. Si desea intercambiar sus bienes de orden superior de inmediato por los correspondientes bienes de orden inferior, o, lo que es lo mismo bajo relaciones comerciales desarrolladas, por una suma correspondiente de dinero, se halla evidentemente en una situación semejante a la de una persona que ha de recibir cierta suma de dinero en un momento futuro (al cabo de 6 meses, por ejemplo) pero que quiere obtener su dominio de inmediato. Si el propietario de bienes de orden superior se propone transferirlos a una tercera persona y está dispuesto a recibir el pago solo después del final del proceso de producción, naturalmente no tiene lugar ningún «descuento». De hecho, podemos observar que los precios de los bienes que se venden a crédito son tanto más altos (aparte de la prima de riesgo) cuanto más lejos en el futuro se sitúa la fecha de pago convenida. Todo esto, sin embargo, explica al mismo tiempo por qué la actividad productiva de un pueblo se ve grandemente fomentada por el crédito. En la inmensa mayoría de los casos, las operaciones de crédito consisten en entregar bienes de orden superior a personas que los transforman en los correspondientes bienes de orden inferior. La producción, o al menos una fabricación más extensa, muy a menudo solo es posible mediante el crédito; de ahí la perniciosa detención y reducción de la actividad productiva de un pueblo cuando el crédito deja de fluir de repente.
El proceso de transformar bienes de orden superior en bienes de orden inferior o de primer orden, siempre que sea económico en los demás aspectos, debe también ser planeado y dirigido en todo momento por un individuo económico que tenga en vista algún fin económico. Este individuo ha de llevar a cabo los cálculos económicos de los que acabo de hablar, y debe efectivamente reunir los bienes de orden superior, incluidos los servicios técnicos de trabajo (o procurar que sean reunidos), con el propósito de la producción.48 La cuestión de qué funciones quedan comprendidas en esta llamada actividad empresarial ya se ha planteado varias veces. Ante todo hemos de tener presente que los propios servicios técnicos de trabajo de un empresario figuran a menudo entre los bienes de orden superior de que dispone con fines de producción. Cuando así ocurre, les asigna, igual que a los servicios de otras personas, sus respectivos papeles en el proceso productivo. El propietario de una revista es con frecuencia colaborador de su propia revista. El empresario industrial trabaja a menudo en su propia fábrica. Sin embargo, cada uno de ellos es empresario no por su participación técnica en el proceso de producción, sino porque realiza no solo los cálculos económicos subyacentes, sino también las decisiones efectivas de asignar bienes de orden superior a fines productivos determinados. La actividad empresarial comprende: (a) la obtención de información sobre la situación económica; (b) el cálculo económico, esto es, todos los diversos cómputos que han de hacerse para que un proceso de producción sea eficiente (siempre que sea económico en los demás aspectos); (c) el acto de voluntad por el cual los bienes de orden superior (o los bienes en general, en condiciones de comercio desarrollado, donde cualquier bien económico puede cambiarse por cualquier otro) se asignan a un proceso de producción determinado; y, por último, (d) la supervisión de la ejecución del plan de producción, de modo que pueda llevarse a cabo de la manera más económica posible. En las empresas pequeñas, estas actividades empresariales suelen ocupar tan solo una parte insignificante del tiempo del empresario. En las grandes empresas, en cambio, no solo el propio empresario, sino a menudo varios auxiliares, están plenamente ocupados en estas actividades. Pero por extensa que sea la actividad de tales auxiliares, las cuatro funciones antes enumeradas pueden siempre observarse en los actos del empresario, aun cuando en última instancia se reduzcan (como en las sociedades anónimas) a determinar la asignación de partes de la riqueza a fines productivos determinados solo por categorías generales, y a la selección y el control de personas. Después de lo dicho, resultará evidente que no puedo coincidir con Mangoldt,49 quien designa la “asunción del riesgo” como la función esencial de la empresa en un proceso de producción, ya que este “riesgo” es solo accesorio y la probabilidad de pérdida se compensa con la probabilidad de ganancia.
En las etapas tempranas de la civilización, e incluso más tarde en el caso de las pequeñas manufacturas, la actividad empresarial suele ser ejercida por el mismo individuo económico cuyos servicios técnicos de trabajo constituyen también uno de los factores del proceso de producción. Con el progreso de la división del trabajo y el aumento del tamaño de las empresas, la actividad empresarial ocupa a menudo todo su tiempo. Por esta razón, la actividad empresarial es un factor tan necesario en la producción de bienes como los servicios técnicos de trabajo. Tiene, por tanto, el carácter de un bien de orden superior, y también valor, puesto que, como los demás bienes de orden superior, es asimismo, por lo general, un bien económico. De ahí que, siempre que deseemos determinar el valor presente de las cantidades complementarias de bienes de orden superior, el valor prospectivo del producto determine el valor total de todas ellas en conjunto solo si el valor de la actividad empresarial se incluye en dicho total.
Permítaseme resumir los resultados de esta sección. El valor presente agregado de todas las cantidades complementarias de bienes de orden superior (es decir, todas las materias primas, los servicios de trabajo, los servicios de la tierra, las máquinas, las herramientas, etc.) necesarias para la producción de un bien de orden inferior o de primer orden es igual al valor prospectivo del producto. Pero es preciso incluir en la suma no solo los bienes de orden superior técnicamente requeridos para su producción, sino también los servicios del capital y la actividad del empresario. Pues estos son tan inevitablemente necesarios en toda producción económica de bienes como los requisitos técnicos ya mencionados. De ahí que el valor presente de los factores técnicos de producción por sí solos no sea igual al pleno valor prospectivo del producto, sino que siempre se comporte de manera que quede un margen para el valor de los servicios del capital y de la actividad empresarial.
D. El valor de los bienes individuales de orden superior.
Hemos visto que el valor de un bien determinado (o de una cantidad dada de bienes) para el individuo económico que dispone de él es igual a la importancia que atribuye a las satisfacciones a las que tendría que renunciar si no dispusiera de él. De aquí podríamos inferir, sin dificultad, que el valor de cada unidad de bienes de orden superior es asimismo igual a la importancia de las satisfacciones aseguradas por la disposición de una unidad, si no nos lo impidiera el hecho de que un bien de orden superior no puede emplearse por sí solo para la satisfacción de las necesidades humanas, sino únicamente en combinación con otros bienes (los complementarios) de orden superior. A causa de ello, sin embargo, podría surgir la opinión de que, para la satisfacción de necesidades concretas, no dependemos de la disposición de un bien concreto individual (o de una cantidad concreta de algún tipo determinado de bien) de orden superior, sino más bien de la disposición de cantidades complementarias de bienes de orden superior, y que, por tanto, solo los agregados de bienes complementarios de orden superior pueden alcanzar valor de manera independiente para un individuo económico.
Es cierto, por supuesto, que solo podemos obtener cantidades de bienes de orden inferior por medio de cantidades complementarias de bienes de orden superior. Pero es igualmente cierto que los diversos bienes de orden superior no siempre han de combinarse en el proceso de producción en proporciones fijas (al modo, quizá, que se observa en el caso de las reacciones químicas, donde solo un cierto peso de una sustancia se combina con un peso igualmente fijo de otra sustancia para dar un compuesto químico determinado). La experiencia más ordinaria nos enseña, antes bien, que una cantidad dada de algún bien de orden inferior puede producirse a partir de bienes de orden superior que guardan entre sí relaciones cuantitativas muy distintas. De hecho, uno o varios bienes de orden superior que son complementarios de un grupo de ciertos otros bienes de orden superior pueden a menudo omitirse por completo sin destruir la capacidad de los restantes bienes complementarios para producir el bien de orden inferior. Los servicios de la tierra, la semilla, los servicios de trabajo, el abono, los servicios de los aperos de labranza, etc., se emplean para producir grano. Pero nadie podrá negar que una cantidad dada de grano puede también producirse sin el uso de abono y sin emplear gran parte de los aperos de labranza usuales, con tal de que los demás bienes de orden superior utilizados para la producción de grano estén disponibles en cantidades correspondientemente mayores.
Si la experiencia nos enseña así que algunos bienes complementarios de orden superior pueden a menudo omitirse por completo en la producción de bienes de orden inferior, con mucha mayor frecuencia podemos observar no solo que productos dados pueden producirse mediante cantidades variables de bienes de orden superior, sino también que existe en general un margen muy amplio dentro del cual las proporciones de los bienes aplicados a su producción pueden variarse, y de hecho se varían. Todos saben que, incluso en tierra de calidad homogénea, una cantidad dada de grano puede producirse en campos de tamaños muy distintos si se cultivan de modo más o menos intensivo, esto es, si se les aplican cantidades mayores o menores de los demás bienes complementarios de orden superior. En particular, la insuficiencia de abono puede compensarse mediante el empleo de una mayor cantidad de tierra o de mejores máquinas, o mediante la aplicación más intensiva de servicios de trabajo agrícola. De igual modo, una cantidad disminuida de casi cualquier bien de orden superior puede compensarse mediante una aplicación correspondientemente mayor de los demás bienes complementarios.
Pero aun allí donde determinados bienes de orden superior no pueden sustituirse por cantidades de otros bienes complementarios, y una disminución de la cantidad disponible de algún bien particular de orden superior causa una disminución correspondiente del producto (en la producción de algún producto químico, por ejemplo), las cantidades correspondientes de los demás medios de producción no se vuelven necesariamente carentes de valor cuando falta este único bien de producción. Los demás medios de producción pueden, por regla general, aplicarse todavía a la producción de otros bienes de consumo, y así, en último análisis, a la satisfacción de necesidades humanas, aun cuando estas necesidades sean por lo común menos importantes que las que habrían podido satisfacerse de haberse dispuesto de la cantidad faltante del bien complementario en cuestión.
Por regla general, por tanto, lo que depende de una cantidad dada de un bien de orden superior no es la disposición de una cantidad de producto exactamente correspondiente, sino solo de una porción del producto y a menudo solo de su mayor calidad. En consecuencia, el valor de una cantidad dada de un bien particular de orden superior no es igual a la importancia de las satisfacciones que dependen de todo el producto que contribuye a producir, sino que es igual meramente a la importancia de las satisfacciones provistas por la porción del producto que quedaría sin producirse si no estuviéramos en condiciones de disponer de la cantidad dada del bien de orden superior. Allí donde el resultado de una disminución de la cantidad disponible de un bien de orden superior no es una merma en la cantidad de producto, sino un empeoramiento de su calidad, el valor de una cantidad dada de un bien de orden superior es igual a la diferencia de importancia entre las satisfacciones que pueden lograrse con el producto de mayor calidad y las que pueden lograrse con el producto de menor calidad. En ambos casos, por consiguiente, no son las satisfacciones provistas por todo el producto que una cantidad dada de un bien particular de orden superior contribuye a producir las que dependen de la disposición de él, sino solo satisfacciones de la importancia aquí explicada.
Incluso allí donde una disminución de la cantidad disponible de un bien particular de orden superior hace que el producto (algún compuesto químico, por ejemplo) disminuya proporcionalmente, las demás cantidades complementarias de bienes de orden superior no se vuelven carentes de valor. Aunque ahora falte su factor de producción complementario, pueden todavía aplicarse a la producción de otros bienes de orden inferior, y dirigirse así a la satisfacción de necesidades humanas, aun cuando estas necesidades sean quizá algo menos importantes de lo que habría sido el caso de otro modo. Así pues, también en este caso el pleno valor del producto que se nos perdería por falta de un bien particular de orden superior no es el factor determinante de su valor. Su valor es igual únicamente a la diferencia de importancia entre las satisfacciones que quedan aseguradas si disponemos del bien de orden superior cuyo valor deseamos determinar y las satisfacciones que se lograrían si no dispusiéramos de él.
Si resumimos estos tres casos, obtenemos una ley general de la determinación del valor de una cantidad concreta de un bien de orden superior. Suponiendo en cada caso que todos los bienes de orden superior disponibles se empleen del modo más económico, el valor de una cantidad concreta de un bien de orden superior es igual a la diferencia de importancia entre las satisfacciones que pueden alcanzarse cuando disponemos de la cantidad dada del bien de orden superior cuyo valor deseamos determinar y las satisfacciones que se alcanzarían si no dispusiéramos de esta cantidad.
Esta ley corresponde exactamente a la ley general de la determinación del valor (p. 121), puesto que la diferencia a que se refiere la ley del párrafo anterior representa la importancia de las satisfacciones que dependen de nuestra disposición de un bien dado de orden superior.
Si examinamos esta ley a la luz de lo dicho anteriormente (p. 157) sobre el valor de las cantidades complementarias de bienes de orden superior requeridas para la producción de un bien de consumo, obtenemos un principio corolario: el valor de un bien de orden superior será tanto mayor (1) cuanto mayor sea el valor prospectivo del producto, si el valor de los demás bienes complementarios necesarios para su producción permanece igual, y (2) cuanto menor sea, en igualdad de las demás circunstancias, el valor de los bienes complementarios.
E. El valor de los servicios de la tierra, el capital y el trabajo, en particular.50
La tierra no ocupa lugar excepcional alguno entre los bienes. Si se emplea con fines de consumo (jardines ornamentales, cotos de caza, etc.), es un bien de primer orden. Si se emplea para la producción de otros bienes, es, como muchos otros, un bien de orden superior. Por tanto, siempre que se trata de determinar el valor de la tierra o el valor de los servicios de la tierra, estos quedan sujetos a las leyes generales de la determinación del valor. Si ciertas parcelas de tierra tienen el carácter de bienes de orden superior, su valor queda sujeto también a las leyes de determinación del valor de los bienes de orden superior que he expuesto en la sección precedente.
Una difundida escuela de economistas ha reconocido correctamente que el valor de la tierra no puede legítimamente reducirse al trabajo ni a los servicios del capital. De ello, sin embargo, han deducido la legitimidad de asignar a la tierra una posición excepcional entre los bienes. Pero el desacierto metodológico que entraña este proceder se reconoce con facilidad. Que un grupo amplio e importante de fenómenos no pueda encajar en las leyes generales de una ciencia que se ocupa de tales fenómenos es prueba elocuente de la necesidad de reformar la ciencia. No constituye, en cambio, un argumento que justifique el muy cuestionable proceder metodológico de separar un grupo de fenómenos de todos los demás objetos de observación de naturaleza general exactamente semejante, y elaborar principios supremos especiales para cada uno de los dos grupos.
El reconocimiento de este error ha conducido, por tanto, en tiempos más recientes, a numerosos intentos de encajar la tierra y los servicios de la tierra, junto con todos los demás bienes, en el marco de un sistema de teoría económica, y de reducir sus valores y los precios que alcanzan al trabajo humano o a los servicios del capital, en conformidad con los principios admitidos.51
Pero la violencia que tal intento hace a los bienes en general, y a la tierra en particular, es manifiesta. Una parcela de tierra puede haber sido arrancada al mar con el mayor gasto de trabajo humano, o puede ser el depósito aluvial de algún río y haber sido, por tanto, adquirida sin trabajo alguno. Puede haber estado originariamente cubierta de selva, llena de piedras, y haber sido ganada después con gran esfuerzo y sacrificio económico, o puede haber estado libre de árboles y fértil desde el comienzo. Tales datos de su historia pasada interesan al juzgar su fertilidad natural, y ciertamente también para la cuestión de si la aplicación de bienes económicos a esta parcela de tierra (las mejoras) fue apropiada y económica. Pero su historia carece de toda relevancia cuando se trata de sus relaciones económicas generales, y en especial de su valor. Pues estas tienen que ver con la importancia que los bienes alcanzan para nosotros únicamente porque nos aseguran satisfacciones futuras.52 De estas consideraciones se sigue, además, que siempre que me refiero a los servicios de la tierra entiendo los servicios, medidos a lo largo del tiempo, de las parcelas de tierra tal como efectivamente las encontramos en la economía de los hombres, y no el uso de las “fuerzas originarias” de la tierra. Pues solo los primeros son objetos de la economización humana, mientras que las últimas, en los casos concretos, son a lo sumo objetos de una investigación histórica sin esperanza, y en todo caso irrelevantes para el hombre que economiza. Cuando un agricultor arrienda una parcela de tierra por uno o varios años, poco le importa si su suelo debe su fertilidad a inversiones de capital de toda índole o era fértil desde el comienzo. Estas circunstancias no influyen en el precio que paga por el uso del suelo. El comprador de una parcela de tierra trata de calcular el “futuro”, pero nunca el “pasado” de la tierra que está adquiriendo.
Así pues, los más recientes intentos de explicar el valor de la tierra o de los servicios de la tierra reduciéndolos a servicios de trabajo o a servicios del capital deben considerarse únicamente como resultado del afán de hacer que la teoría admitida de la renta del suelo (una parte de nuestra ciencia que se halla, relativamente, en la menor contradicción con los fenómenos de la vida real) sea coherente con las concepciones erróneas dominantes acerca de los principios supremos de nuestra ciencia. Debe protestarse, además, contra la teoría admitida de la renta, especialmente en la forma en que la expresó Ricardo,53 que solo sacó a la luz un factor aislado relativo a las diferencias en el valor de la tierra, pero no un principio que explicara el valor de los servicios de la tierra para el hombre que economiza,54 y que el factor aislado se presentó erróneamente como el principio.
Las diferencias en la fertilidad y la situación de las parcelas de tierra figuran, sin duda, entre las causas más importantes de las diferencias en el valor de los servicios de la tierra y de la tierra misma. Pero, más allá de estas, existen aún otras causas de diferencias en el valor de estos bienes. Las diferencias de fertilidad y situación ni siquiera son responsables de esas otras causas, y mucho menos un principio general que explique el valor de la tierra y de los servicios de la tierra. Si todas las parcelas de tierra tuvieran la misma fertilidad e idénticamente favorable ubicación, no rendirían renta alguna, según Ricardo. Pero, aunque pueda entonces faltar, en efecto, un único factor que dé cuenta de las diferencias entre las rentas que rinden, es del todo cierto que ni todas las diferencias entre las rentas ni la renta misma desaparecerían por necesidad. Es evidente, antes bien, que incluso las parcelas de tierra peor situadas y menos fértiles de un país donde la tierra es escasa rendirían una renta, una renta que no podría hallar explicación alguna en la teoría ricardiana.
La tierra y los servicios de la tierra, en las formas concretas en que los observamos, son objetos de nuestra apreciación de valor como todos los demás bienes. Como los demás bienes, alcanzan valor solo en la medida en que dependemos de su disposición para la satisfacción de nuestras necesidades. Y los factores que determinan su valor son los mismos que encontramos antes en nuestra investigación del valor de los bienes en general (pp. 121 y 141).55 Una comprensión más profunda de las diferencias en su valor solo puede, por tanto, alcanzarse abordando la tierra y los servicios de la tierra desde los puntos de vista generales de nuestra ciencia y, en cuanto son bienes de orden superior, relacionándolos con los correspondientes bienes de orden inferior y, en especial, con sus bienes complementarios.
En la sección precedente obtuvimos el resultado de que el valor agregado de los bienes de orden superior necesarios para la producción de un bien de consumo (incluidos los servicios del capital y la actividad empresarial) es igual al valor prospectivo del producto. Allí donde se aplican servicios de la tierra a la producción de bienes de orden inferior, el valor de estos servicios, junto con el valor de los demás bienes complementarios, será igual al valor prospectivo del bien de orden inferior o de primer orden a cuya producción se han aplicado. Según que este valor prospectivo sea mayor o menor, en igualdad de las demás circunstancias, el valor agregado de los bienes complementarios será mayor o menor. En cuanto al valor separado de las parcelas efectivas de tierra o de los servicios de la tierra, se regula, como el valor de los demás bienes de orden superior, conforme al principio de que el valor de un bien de orden superior será, en igualdad de las demás circunstancias, tanto mayor (1) cuanto mayor sea el valor del producto prospectivo, y (2) cuanto menor sea el valor de los bienes complementarios de orden superior.56
El valor de los servicios de la tierra no está sujeto, por tanto, a leyes distintas de las que rigen el valor de los servicios de las máquinas, las herramientas, las casas, las fábricas o cualquier otro tipo de bien económico.
No se niega en modo alguno la existencia de las características especiales que presentan la tierra y los servicios de la tierra, así como muchas otras clases de bienes. En cualquier país, la tierra suele estar disponible únicamente en cantidades que no pueden incrementarse con facilidad; es fija en cuanto a su emplazamiento; y posee una variedad extraordinaria de grados. Todas las peculiaridades de los fenómenos de valor que podemos observar en el caso de la tierra y de los servicios de la tierra pueden reconducirse a estos tres factores. Puesto que estos factores guardan relación únicamente con las cantidades y cualidades de tierra de que disponen los hombres económicos en general y los habitantes de ciertos territorios en particular, las peculiaridades en cuestión son factores en la determinación del valor que influyen no solo en el valor de la tierra y de los servicios de la tierra, sino, como hemos visto, en el valor de todos los bienes. El valor de la tierra no tiene, por tanto, ningún carácter excepcional.
El hecho de que los precios de los servicios del trabajo, al igual que los precios de los servicios de la tierra, no puedan reconducirse sin la mayor violencia a los precios de sus costes de producción ha conducido al establecimiento de principios especiales también para esta clase de precios. Se dice que el trabajo más común debe sustentar al trabajador y a su familia, pues de otro modo sus servicios laborales no podrían aportarse de manera permanente a la sociedad; y que su trabajo no puede proporcionarle mucho más que el mínimo de subsistencia, ya que de lo contrario se produciría un aumento de trabajadores que reduciría el precio de los servicios del trabajo al antiguo nivel bajo. El mínimo de subsistencia es, por tanto, en esta teoría, el principio que gobierna el precio del trabajo más común, mientras que los precios más elevados de otros servicios laborales se explican reduciéndolos a inversión de capital o a rentas por talentos especiales.
Pero la experiencia nos enseña que existen servicios del trabajo que son completamente inútiles, e incluso perjudiciales, para los hombres económicos. No son, por tanto, bienes. Hay otros servicios del trabajo que tienen carácter de bien pero no carácter económico, y por ello no tienen valor. (A esta segunda categoría pertenecen todos los servicios del trabajo que están a disposición de la sociedad, por una u otra razón, en cantidades tan grandes que adquieren carácter no económico: los servicios del trabajo vinculados a algún cargo no remunerado, por ejemplo.) De ahí también (como veremos más adelante) que los servicios del trabajo de estas categorías no puedan tener precios. Los servicios del trabajo no son, por tanto, siempre bienes o bienes económicos por el solo hecho de ser servicios del trabajo; no tienen valor por necesidad. No es, pues, siempre cierto que todo servicio del trabajo obtenga un precio, y menos aún siempre un precio determinado.
La experiencia nos informa también de que muchos servicios del trabajo no pueden ser intercambiados por el trabajador ni siquiera por los medios de subsistencia más necesarios,57 mientras que por otros servicios del trabajo puede obtenerse fácilmente una cantidad de bienes diez, veinte o incluso cien veces mayor que la requerida para la subsistencia de una sola persona. Allí donde los servicios del trabajo de un hombre se intercambian efectivamente por sus meros medios de subsistencia, solo puede ser resultado de alguna circunstancia fortuita que sus servicios del trabajo se intercambien, en conformidad con los principios generales de la formación de precios, por ese precio particular y no por otro. Ni los medios de subsistencia ni el mínimo de subsistencia de un trabajador pueden ser, por tanto, la causa directa o el principio determinante del precio de los servicios del trabajo.58
En realidad, como veremos, los precios de los servicios efectivos del trabajo se rigen, como los precios de todos los demás bienes, por sus valores. Pero sus valores se rigen, como se ha mostrado, por la magnitud de la importancia de las satisfacciones que tendrían que quedar insatisfechas si no pudiéramos disponer de los servicios del trabajo. Allí donde los servicios del trabajo son bienes de orden superior, sus valores se rigen (próxima y directamente) conforme al principio de que el valor de un bien de orden superior para los hombres económicos es mayor (1) cuanto mayor es el valor prospectivo del producto, siempre que el valor de los bienes complementarios de orden superior sea constante, y (2) cuanto menor, en igualdad de las demás circunstancias, es el valor de los bienes complementarios.59
Una característica especial de los servicios del trabajo que afecta a su valor consiste en el hecho de que algunas variedades de servicios del trabajo tienen asociaciones desagradables para el trabajador, con el resultado de que estos servicios solo se prestarán a cambio de ventajas económicas compensatorias. Los servicios del trabajo de esta clase no pueden, por tanto, adquirir fácilmente un carácter no económico para la sociedad. Pero el valor de la inactividad para la mayoría de los trabajadores es mucho menor de lo que generalmente se cree. Las ocupaciones de la gran mayoría de los hombres procuran disfrute, son por ello mismas verdaderas satisfacciones de necesidades, y se practicarían, aunque quizá en menor medida o de manera modificada, incluso si los hombres no se vieran forzados por la falta de medios a ejercer sus facultades. El ejercicio de sus facultades es una necesidad para todo ser humano normal. Que, no obstante, solo unas pocas personas trabajen sin esperar compensación económica se debe no tanto al carácter desagradable del trabajo como tal, sino más bien al hecho de que las oportunidades de dedicarse a un trabajo remunerado son plenamente abundantes.
La actividad empresarial debe contarse decididamente como una categoría de servicios del trabajo. Por regla general es un bien económico, y como tal tiene valor para los hombres económicos. Los servicios del trabajo de esta categoría tienen dos peculiaridades: (a) no son por naturaleza mercancías (no están destinados al intercambio) y por esta razón no tienen precios; (b) tienen como requisito necesario el disponer de los servicios del capital, pues de otro modo no pueden realizarse. Este segundo factor limita la cantidad de actividad empresarial en general de que dispone un pueblo. Limita especialmente a cantidades relativamente muy pequeñas aquella actividad empresarial que solo puede realizarse si los individuos económicos en cuestión tienen a su disposición los servicios de grandes cantidades de capital. El crédito incrementa, y las incertidumbres jurídicas disminuyen, estas cantidades.
La insuficiencia de la teoría que explicaba los precios de los bienes por los precios de los bienes de orden superior que servían para producirlos se hizo sentir naturalmente también allí donde entraba en cuestión el precio de los servicios del capital. Expliqué las causas últimas del carácter económico y del valor de los bienes de esta clase anteriormente en el presente capítulo, y señalé el error de la teoría que representa el precio de los servicios del capital como una compensación por la abstinencia de los propietarios del capital. En verdad, el precio que puede obtenerse por los servicios del capital es, como hemos visto, no menos una consecuencia de su carácter económico y de su valor que en el caso de los precios de otros bienes. El principio determinante del valor de los servicios del capital es el mismo que el principio que determina el valor de los bienes en general.60,61
El hecho de que los precios de los servicios de la tierra, del capital y del trabajo, o, en otras palabras, la renta, el interés y los salarios, no puedan reducirse sin la mayor violencia (como veremos más adelante) a cantidades de trabajo o a costes de producción, ha hecho necesario que los partidarios de estas teorías desarrollen, para estas tres clases de bienes, principios de formación de precios enteramente distintos de los principios válidos para todos los demás bienes. En las secciones precedentes he mostrado, respecto de los bienes de toda clase, que todos los fenómenos de valor son iguales en su naturaleza y origen, y que la magnitud del valor se rige siempre conforme a los mismos principios. Además, como veremos en los dos próximos capítulos, el precio de un bien es una consecuencia de su valor para los hombres económicos, y la magnitud de su precio está siempre determinada por la magnitud de su valor. Es también evidente, por tanto, que la renta, el interés y los salarios se regulan todos conforme a los mismos principios generales. En la presente sección, sin embargo, me he ocupado únicamente del valor de los servicios de la tierra, del capital y del trabajo. Sobre la base de los resultados aquí obtenidos, expondré los principios conforme a los cuales se gobiernan los precios de estos bienes, después de haber explicado la teoría general del precio.
Una de las cuestiones más extrañas que jamás se hayan convertido en objeto de debate científico es la de si la renta y el interés están justificados desde un punto de vista ético o si son “inmorales”. Entre otras cosas, nuestra ciencia tiene la tarea de investigar por qué y bajo qué condiciones los servicios de la tierra y del capital muestran carácter económico, adquieren valor y pueden intercambiarse por cantidades de otros bienes económicos (precios). Pero me parece que la cuestión del carácter jurídico o moral de estos hechos queda fuera de la esfera de nuestra ciencia. Allí donde los servicios de la tierra y del capital llevan un precio, es siempre como consecuencia de su valor, y su valor para los hombres no es resultado de juicios arbitrarios (p. 119), sino una consecuencia necesaria de su carácter económico. Los precios de estos bienes (los servicios de la tierra y del capital) son, por tanto, los productos necesarios de la situación económica bajo la cual surgen, y se obtendrán con tanta mayor certeza cuanto más desarrollado esté el sistema jurídico de un pueblo y más íntegra sea su moral pública.
Bien puede parecer deplorable a un amante de la humanidad que la posesión de capital o de una parcela de tierra proporcione a menudo a su propietario, durante un período de tiempo dado, un ingreso mayor que el que recibe un trabajador por la actividad más extenuante durante el mismo período. Sin embargo, la causa de esto no es inmoral, sino sencillamente que de los servicios de la cantidad dada de capital o de la parcela de tierra depende la satisfacción de necesidades humanas más importantes que de los servicios del trabajador. La agitación de quienes quisieran que la sociedad asignase a los trabajadores una porción mayor de los bienes de consumo disponibles que en la actualidad constituye, por tanto, en realidad una exigencia de nada distinto a pagar el trabajo por encima de su valor. Pues si la exigencia de salarios más altos no va acompañada de un programa para la formación más completa de los trabajadores, o si no se limita a la defensa de una competencia más libre, requiere que se pague a los trabajadores no conforme al valor de sus servicios para la sociedad, sino más bien con la mira puesta en procurarles un nivel de vida más cómodo y en lograr una distribución más igualitaria de los bienes de consumo y de las cargas de la vida. Una solución del problema sobre esta base, sin embargo, requeriría sin duda una transformación completa de nuestro orden social.62