La teoría de la mercancía
1. El concepto de mercancía en sus significados popular y científico
En una economía doméstica aislada, la actividad productiva de cada unidad económica se dirige únicamente a la producción de los bienes necesarios para su propio consumo. La naturaleza misma de tal economía excluye la producción de bienes con el fin de intercambiarlos. Pero las diversas tareas que deben realizarse para atender las exigencias del hogar podrían ser asignadas por el cabeza de familia a los distintos miembros de la familia y a los criados que tuviera, atendiendo debidamente a sus aptitudes y destrezas particulares. De ahí que el rasgo característico de la economía doméstica aislada no sea la ausencia de toda división del trabajo, sino su autosuficiencia, ya que la producción se ocupa exclusivamente de bienes destinados al consumo del propio hogar, y en absoluto de bienes destinados a ser intercambiados por otros bienes.
Es, desde luego, del todo evidente que la división del trabajo permanece muy estrechamente limitada dentro de los confines de una economía doméstica aislada. Las necesidades de una familia respecto de cualquier bien aislado suelen ser demasiado escasas para permitir que un individuo se ocupe plenamente de su producción, y mucho menos de una sola operación manual. Las provisiones de alimentos disponibles, además, son en la mayoría de los casos demasiado escasas para alimentar a un número considerable de trabajadores. Las sociedades situadas en los estadios inferiores de desarrollo nos ofrecen, por tanto, ejemplos de una división del trabajo compleja únicamente en las economías domésticas de unos pocos nobles, mientras que los demás individuos económicos siguen teniendo escasa división del trabajo y necesidades estrechamente limitadas.
Puede considerarse que un pueblo ha dado su primer paso en el desarrollo económico cuando personas que han adquirido cierta destreza ofrecen sus servicios a la sociedad y elaboran, a cambio de una retribución, las materias primas de otras personas. Los Thetes de la antigua Grecia parecen haber sido artesanos de esta clase, y aún hoy, en muchas regiones de Europa oriental, no existen todavía otros artesanos. El hilo hilado en la casa del consumidor lo convierte en tela el tejedor; el grano cultivado por el consumidor lo muele para hacer harina el molinero; e incluso al carpintero y al herrero les suministran sus clientes más importantes las materias primas de los productos que les encargan.
Puede considerarse que se ha dado un paso más en la senda del desarrollo económico hacia niveles superiores de bienestar cuando los propios artesanos comienzan a procurarse las materias primas de sus productos, aunque sigan produciendo dichos productos para los consumidores solo por encargo. Este estado de cosas todavía puede observarse, salvo escasas excepciones, en las pequeñas localidades, y en cierta medida incluso en lugares mayores, en algunos oficios. El artesano no fabrica aún productos para una venta posterior y, por tanto, incierta. Pero ya está, en la medida de su capacidad de trabajo, en condiciones de atender las necesidades de sus clientes, haciendo innecesario que estos empleen esfuerzos en comprar o producir materias primas de un modo frecuentemente muy poco económico.78
Este método de proveer de bienes a la sociedad significa ya un considerable paso adelante en economía y comodidad, tanto para los consumidores como para los productores. Pero, para ambos grupos, es un paso que entraña varias desventajas serias. El consumidor debe todavía esperar algún tiempo su producto, y nunca está del todo seguro de antemano de sus propiedades. El productor unas veces carece por completo de encargos y otras se ve abrumado por ellos, de manera que a veces se ve forzado a permanecer ocioso, mientras que en otras ocasiones no logra atender la demanda. Estos inconvenientes han llevado a la producción de bienes para una venta futura incierta, conservándolos el productor en existencias a fin de poder atender de inmediato las necesidades a medida que surgen. Es este método de abastecer a la sociedad el que conduce, con el desarrollo económico continuado, a las fábricas (producción en masa) por un lado y a la compra de mercancías ya elaboradas (estandarizadas) por parte de los consumidores por el otro. De ahí que ofrezca el más alto grado de economía al productor, gracias a la posibilidad del pleno aprovechamiento de la división del trabajo y del empleo de máquinas, y el más alto grado de seguridad (inspección antes de la compra) y comodidad al consumidor.
Los productos que los productores o los intermediarios mantienen dispuestos para la venta se denominan mercancías. En el uso ordinario, el término se limita en su aplicación a los bienes muebles tangibles (con la excepción del dinero).79 Dado que el hecho de que una persona mantenga una parte de su riqueza dispuesta para el intercambio no siempre resulta evidente para otras personas, es comprensible que el concepto de mercancía se restringiera aún más en la vida ordinaria. En el lenguaje popular, el término «mercancías» llegó a referirse, de manera bastante general, únicamente a los bienes que están tan claramente destinados a la venta por parte de su propietario que su intención resulta evidente incluso para otras personas. Un propietario puede manifestar su intención de muy diversas maneras. Lo más común es que la exprese exhibiendo sus mercancías en lugares donde los compradores acostumbran a reunirse, como mercados, ferias, bolsas organizadas u otros sitios especiales que, o bien son bien conocidos como lugares en los que se concentran las mercancías, o bien dan prueba de ser puntos de concentración por su aspecto externo o por distintivos característicos visibles de manera destacada (por ejemplo, tiendas, comercios, almacenes, etc.). En el uso popular, por tanto, el concepto de mercancía se restringe a una designación de aquellos bienes económicos que se hallan en circunstancias externas tales que la intención de su propietario de venderlos puede ser fácilmente reconocida por cualquiera.
Cuanto más elevado es el grado de civilización alcanzado por un pueblo y más especializada se vuelve la producción de cada individuo económico, más amplios se hacen los fundamentos de los intercambios económicos y mayores se vuelven las cantidades absolutas y relativas de aquellos bienes que en cada momento tienen carácter de mercancía, hasta que finalmente las ganancias económicas que pueden obtenerse del aprovechamiento de la relación anterior llegan a ser lo bastante grandes como para suscitar una clase especial de individuos económicos que se encargan de las partes intelectual y mecánica de las operaciones de intercambio para la sociedad y que son retribuidos por ello con una parte de las ganancias del comercio. Cuando esto ha ocurrido, los bienes económicos ya no pasan, en su mayor parte, directamente de los productores a los consumidores, sino que a menudo siguen caminos muy complejos a través de las manos de intermediarios más o menos numerosos. Por su ocupación, estas personas están habituadas a tratar ciertos bienes económicos como mercancías y a mantener abiertos al público lugares especiales con el fin de venderlos. El uso popular ha limitado ahora el término «mercancía» a los bienes que están en manos de estos comerciantes y en manos de los productores que los producen con la manifiesta intención de venderlos. Este uso surgió sin duda porque la intención de los propietarios de vender estos bienes (merchandise, marchandises, Kaufmannsgüter, mercanzie, etc.) resulta especialmente fácil de reconocer para cualquiera.
Pero en el discurso científico se sintió la necesidad de un término que designara todos los bienes económicos mantenidos dispuestos para la venta, sin atender a su tangibilidad, su movilidad o su carácter de productos del trabajo, y sin atender a las personas que los ofrecen en venta. Un gran número de economistas, especialmente economistas alemanes, definieron por ello las mercancías como (los) bienes económicos de cualquier clase que estén destinados a la venta.
El concepto de mercancía en sentido popular tiene, sin embargo, importancia no solo porque los legisladores80 y un gran número de economistas emplean el término en sentido popular, sino también porque algunos de quienes son conscientes del sentido más amplio, científico, del término emplean a veces uno u otro elemento del significado más estrecho, popular, en sus definiciones.81
De la definición que acaba de darse de la mercancía en el sentido científico del término se desprende que el carácter de mercancía no es nada inherente a un bien, ninguna propiedad suya, sino meramente una relación específica de un bien con la persona que dispone de él. Con la desaparición de esta relación, el carácter de mercancía del bien llega a su fin. Un bien deja, por tanto, de ser mercancía si el individuo económico que lo posee renuncia a su intención de disponer de él, o si llega a manos de personas que no se proponen intercambiarlo ulteriormente, sino consumirlo. El sombrero que un sombrerero, y la tela de seda que un comerciante de seda, exhiben para la venta en sus comercios son ejemplos de mercancías, pero dejan inmediatamente de ser mercancías si el sombrerero decide usar el sombrero él mismo y el comerciante de seda decide regalar la tela de seda a su esposa. Los paquetes de azúcar y las naranjas son mercancías en manos de un tendero, pero pierden su carácter de mercancía tan pronto como han pasado a manos de los consumidores. El metal acuñado también deja de ser inmediatamente una «mercancía» si su poseedor se propone usarlo, no para el intercambio, sino para algún fin de consumo: por ejemplo, si entrega sus táleros a un platero con el fin de hacer vajilla de plata.
El carácter de mercancía no es, por tanto, no solo ninguna propiedad de los bienes, sino habitualmente solo una relación transitoria entre los bienes y los individuos económicos. Ciertos bienes son destinados por sus propietarios a ser intercambiados por los bienes de otros individuos económicos. Durante su tránsito, a veces a través de varias manos, desde la posesión del primer propietario hasta la del último, los llamamos «mercancías», pero tan pronto como han alcanzado su destino económico (esto es, tan pronto como están en manos del consumidor último) dejan obviamente de ser mercancías y se convierten en «bienes de consumo» en el sentido estricto en que este término se opone al concepto de «mercancía». Pero allí donde esto no sucede, como ocurre con mucha frecuencia, por ejemplo, con el oro, la plata, etc., especialmente en forma de monedas, naturalmente siguen siendo «mercancías» mientras persistan en la relación que da lugar a su carácter de mercancía.82
Dos cosas se desprenden de esto: (1) la proposición, frecuentemente enunciada, de que el dinero es una «mercancía» no contribuye en absoluto a explicar la posición singular del dinero entre las mercancías; (2) la opinión de quienes niegan el carácter de mercancía del dinero porque «el dinero como tal, especialmente en forma de moneda, no sirve a ningún fin de consumo» es insostenible por la simple razón de que el mismo argumento puede aducirse contra el carácter de mercancía de todos los demás bienes, aun cuando hiciéramos caso omiso del hecho de que hay un error de concepto acerca de la importante función del dinero en el supuesto de que no se consume. Pues ninguna «mercancía» como tal sirve a un fin de consumo, y menos que ninguna en las formas en que se comercia con ella (es decir, en forma de lingotes y fardos, y en cajas, paquetes, etc.). Para ser consumido, un bien debe dejar de ser una «mercancía» y abandonar la forma en que se ha comerciado con él (es decir, debe ser fundido, dividido, desempaquetado, etc.). La moneda y el lingote son las formas más comunes en que se comercia con los metales preciosos, y el hecho de que estas formas deban abandonarse antes de que los metales preciosos puedan llevarse al consumo no es, por tanto, nada que justifique poner en duda su carácter de mercancía.
"Der Begriff des Geldes in seiner historisch-ökonomischen Entwickelung," ibid., VI (1866), 15; Gustav Schmoller, Zur Geschichte der deutschen Kleingewerbe im 19. Jahrhundert, Halle, 1870, pp. 165, 180, 511ss.
2. La vendibilidad83 de las mercancías
A. Los límites externos de la vendibilidad de las mercancías
El problema de explicar las causas de las proporciones diferentes y cambiantes en que las cantidades de bienes se intercambian unas por otras siempre ha recibido especial atención por parte de los estudiosos del campo de la economía. Ha habido tantos intentos de resolver este problema como tratados económicos independientes ha habido. De hecho, algunos autores han convertido efectivamente sus tratados en teorías de los precios. Pero el hecho de que distintos bienes no puedan intercambiarse unos por otros con igual facilidad ha recibido hasta ahora solo una atención escasa. Y, sin embargo, las evidentes diferencias en la vendibilidad de las mercancías son un fenómeno de una importancia práctica tan trascendental, y el éxito de la actividad económica de los productores y los comerciantes depende en grado tan elevado de una correcta comprensión de las influencias aquí operativas, que la ciencia no puede, a la larga, eludir una investigación exacta de su naturaleza y sus causas. En efecto, también está claro que una solución completa y satisfactoria del problema, todavía controvertido, del origen del dinero, el más líquido de todos los bienes, solo puede surgir de una investigación de este tema.
Hasta donde he podido observar, la vendibilidad de las mercancías está limitada en cuatro direcciones:
(1) Su vendibilidad está limitada con respecto a las personas a las que pueden venderse. El propietario de una mercancía no tiene la facultad de venderla a cualquier persona de su elección. Por el contrario, siempre hay únicamente un número determinado de individuos económicos a los que puede venderse. No tiene posibilidad de vender su mercancía a personas (a) que no tienen necesidad de ella, (b) a quienes circunstancias legales o físicas impiden comprarla, o (c) que no tienen conocimiento de la oportunidad de intercambio que se les ofrece, o, finalmente, (d) a nadie para quien una cantidad dada de la mercancía en cuestión no equivalga a una cantidad del bien que se ofrece a cambio mayor que la que equivale para el propietario inicial de la mercancía.84
Si observamos los números de personas a las que está restringida la vendibilidad de distintas mercancías, nos enfrentamos a un cuadro de enormes diferencias. Compárese tan solo el número de personas a las que pueden venderse el pan y la carne con el número de aquellas a las que pueden venderse instrumentos astronómicos. O compárese el número de personas que compran vino y tabaco con el número de las que compran obras en sánscrito. Diferencias semejantes pueden observarse, quizá de manera aún más llamativa, en la vendibilidad de bienes de distintas subcategorías, pero del mismo tipo o clase general. Los comerciantes de artículos ópticos tienen dispuestos para la venta lentes para todos los grados de presbicia y miopía. Los comerciantes de sombreros y guantes, los zapateros y los peleteros tienen sombreros, guantes, zapatos y pieles de distintas tallas y calidades. ¡Pero cuán grande es la diferencia entre el número de personas a las que está limitada la vendibilidad de las lentes más potentes y el número de aquellas a las que pueden venderse lentes de graduación media! ¡Cuán grande es la diferencia entre el número de personas a las que alcanza la vendibilidad de los guantes o sombreros de tallas medias y el número de personas que compran guantes y sombreros de tallas muy grandes!
(2) La vendibilidad de las mercancías está limitada con respecto al área dentro de la cual pueden venderse. Para que una mercancía se venda en un lugar cualquiera es necesario, además del requisito anterior de que haya un número de personas a las que pueda venderse, que (a) no exista barrera física o legal alguna a su transporte hasta ese lugar o a que sea allí ofrecida para la venta, y que (b) los costes y gastos del transporte no agoten la ganancia que pueda obtenerse de la oportunidad de intercambio esperada (p. 189).
Las diferencias entre las distintas mercancías no son menos grandes con respecto a la extensión geográfica de las áreas en que pueden venderse que las diferencias que acabamos de observar con respecto a los números de personas a las que pueden venderse. Hay mercancías que, a consecuencia de las necesidades espacialmente limitadas que se tienen de ellas, solo pueden venderse en una sola ciudad o aldea, otras que solo pueden venderse en unas pocas provincias, algunas solo en un determinado país, otras en todos los países civilizados, y otras más que pueden venderse en todas las partes habitadas del mundo. Los peculiares sombreros que lleva la población rural en algunos de los valles del Tirol solo pueden venderse en un valle determinado; los sombreros de los campesinos suabos o húngaros no pueden venderse fácilmente en otro lugar que no sea Suabia o Hungría; pero los mercados de todo el mundo civilizado están abiertos a los sombreros de la última moda francesa. Por la misma razón, la vendibilidad de las pieles gruesas está restringida a las regiones septentrionales, y la vendibilidad de los géneros de lana pesados a las regiones de las zonas septentrional y templada, mientras que los ligeros géneros de algodón pueden venderse casi en cualquier parte del mundo entero.
Una diferencia no menos importante en el tamaño del área de venta se funda en los sacrificios económicos que comporta el transporte de las mercancías a mercados distantes. Donde no hay ferrocarriles, el área de venta de la piedra de construcción común extraída de una cantera no situada junto a una vía fluvial, y las áreas de venta de la arena, la arcilla y el estiércol ordinarios, no suelen extenderse más allá de dos o tres millas. Incluso allí donde existen ferrocarriles, solo en los casos más raros las áreas de venta de estas mercancías superan las 15 o 20 millas. Las áreas de venta del carbón, la turba y la leña son, en las mismas condiciones, más extensas, pero todavía estrechamente restringidas. Las áreas de venta del hierro en lingotes y del trigo son considerablemente más amplias; las del acero y la harina de trigo, aún más amplias; y el área de venta de los metales preciosos, las piedras preciosas y las perlas comprende prácticamente todas las partes del globo donde existen necesidades de estos bienes y donde se dispone de los medios de pago para ellos.
Los sacrificios económicos que comporta el transporte deben recuperarse de la diferencia entre el precio en el punto de origen y el precio en el de destino. Para las mercancías de bajo valor, esta diferencia evidentemente nunca puede ser significativa. La leña puede comprarse a precios infinitesimalmente bajos en las selvas vírgenes del Brasil e incluso en algunas regiones de Europa oriental. En muchos casos puede obtenerse enteramente sin coste alguno. Pero el precio de un quintal de leña no es en ningún lugar lo bastante alto como para que la diferencia entre él y el precio en el lugar de origen, aun cuando este último fuera igual a cero, bastara para cubrir los costes de un largo acarreo por tierra. En el caso de las mercancías de alto valor (los relojes, por ejemplo), en cambio, la diferencia entre el precio de un quintal de la mercancía en el lugar de producción y en los mercados más distantes (en Ginebra, y en Nueva York o Río de Janeiro, por ejemplo) puede fácilmente, a pesar del precio ya considerable en el mercado de origen, ser lo bastante elevada como para compensar el gasto de transportar la mercancía a las distantes regiones de venta. De ahí que cuanto más valiosa es una mercancía, mayor sea, en igualdad de las demás condiciones, su área de venta.
(3) Las mercancías están limitadas cuantitativamente en su comerciabilidad. La comerciabilidad de una mercancía está restringida cuantitativamente a las necesidades de ella que todavía han de satisfacerse; más aún, está restringida a aquellas cantidades respecto de las cuales existen los fundamentos para operaciones económicas de intercambio. Por grandes que sean las necesidades de un único individuo respecto de una mercancía, no cabe esperar compras de cantidades que excedan ese monto durante un período de tiempo dado. Incluso dentro de los límites de sus necesidades, un individuo estará dispuesto a recibir en intercambio solamente aquellas cantidades de la mercancía respecto de las cuales existan para él los fundamentos para operaciones económicas de intercambio. La demanda de una mercancía en general se compone de las demandas de los diversos individuos económicos que la desean. La cantidad total de una mercancía que puede venderse a los miembros de una sociedad está, por tanto, en cualquier situación económica dada, estrictamente limitada, y resultan inconcebibles ventas más allá de ese límite.
Los límites cuantitativos de la comerciabilidad son notablemente distintos para distintos bienes. Hay mercancías que nunca pueden venderse, en momentos dados, salvo en cantidades estrechamente limitadas a causa de las necesidades estrechamente limitadas de ellas. Hay otras cuyas necesidades son mayores y para las cuales, en consecuencia, los límites cuantitativos de la comerciabilidad se extienden considerablemente más lejos. Y hay todavía otras que pueden venderse en casi cualquier cantidad prácticamente concebible.
El editor de una obra sobre la lengua de los indios tupíes podría contar con una venta de quizá 300 ejemplares a un precio moderado por la obra. Pero incluso al precio más bajo, no podría contar con una venta de más de 600 ejemplares. Una obra erudita en la que sólo se interesa un grupo reducido de especialistas, y que está destinada a las necesidades de varias generaciones de estudiosos, a menudo alcanza sus ventas únicamente con la fama creciente de su autor, y sólo puede venderse a lo largo de un período prolongado. Pero una obra sobre una ciencia que está suscitando interés general puede, a pesar de su carácter erudito, alcanzar ventas de varios miles de ejemplares. Las publicaciones de divulgación científica pueden alcanzar ventas de 20.000 a 30.000 ejemplares o más. Las obras importantes de ficción pueden, en circunstancias favorables, venderse en ediciones de varios cientos de miles de ejemplares. ¡Considérense las diferencias en los límites cuantitativos de la comerciabilidad de una obra sobre arqueología peruana y de los poemas de Friedrich Schiller, o de una obra sobre sánscrito y de las piezas teatrales de Shakespeare! Pero las diferencias en los límites cuantitativos de la comerciabilidad de las mercancías son todavía mayores si consideramos el pan y la carne por un lado, y la quinina o el castóreo por el otro, o los artículos de algodón y de lana por un lado, y los instrumentos astronómicos y los especímenes anatómicos por el otro. Por último, compárense los límites cuantitativos de la comerciabilidad de sombreros y guantes de tamaño mediano y de tamaño extragrande.
(4) Por último, las mercancías están también limitadas en su comerciabilidad respecto de los períodos de tiempo en que pueden venderse. Hay bienes cuyas necesidades existen sólo en invierno; otros cuyas necesidades existen sólo en verano; y otros más para los cuales la demanda existe sólo durante algún otro período más o menos fugaz. Los programas de festivales venideros o de exposiciones de bellas artes, e incluso, en cierto sentido, los periódicos y los artículos de moda, son bienes de esta clase. De hecho, todos los bienes perecederos están, por su propia naturaleza, restringidos en su comerciabilidad a un período de tiempo reducido.
A esto debe añadirse el hecho de que mantener mercancías «en existencias» suele implicar para el propietario sacrificios económicos nada despreciables. El efecto de las tarifas de almacenamiento, los costos de custodia y la pérdida de intereses sobre los límites de la comerciabilidad de las mercancías en el tiempo es similar al efecto de los fletes y otros costos de transporte sobre los límites espaciales de su comerciabilidad. Un tratante de ganado de nuestra civilización que tiene un rebaño de reses listo para el sacrificio y la venta debe necesariamente cuidar de venderlas dentro de ciertos límites de tiempo, porque de lo contrario no estarán en condiciones óptimas, a causa de la pérdida de intereses, y en general a causa de los demás sacrificios económicos inevitablemente asociados a la posesión de estos animales como «mercancías». Un comerciante de lana o un comerciante de hierro también tiene mercancías cuya comerciabilidad está restringida a ciertos períodos de tiempo, en parte por razones físicas y en parte por razones económicas (costos de almacenamiento, pérdida de intereses).
Pueden observarse diferencias muy grandes en los períodos de tiempo durante los cuales deben venderse distintas mercancías. Los límites de tiempo dentro de los cuales deben venderse, por ejemplo, las ostras, la carne fresca, muchos alimentos y bebidas preparados, las flores cortadas, los programas de festivales venideros, los panfletos políticos, etc., están, en conjunto, restringidos a unos pocos días y a menudo a sólo unas pocas horas. El período dentro del cual deben venderse la mayor parte de la fruta fresca, la caza, las plantas en maceta, muchos artículos de moda, etc., está limitado a unas pocas semanas, y a unos pocos meses en el caso de otras mercancías similares, mientras que el período dentro del cual pueden venderse todavía otras mercancías, siempre que puedan conservarse el tiempo suficiente y persistan las necesidades de ellas, se extiende a años, decenios e incluso siglos.
Los sacrificios económicos implicados en la conservación y el almacenamiento de las mercancías varían considerablemente. De este hecho surge un factor adicional, muy importante, responsable de las diferencias en los límites de tiempo de la comerciabilidad de las mercancías. Una persona que tiene en venta piedras de construcción o leña posee mercancías que pueden almacenarse en un campo abierto. Por tanto, no se verá ordinariamente obligada a realizar sus ventas con tanta rapidez como un comerciante de muebles, y este último está a su vez bajo menor apremio de vender deprisa que un tratante de caballos. El poseedor de oro, plata, piedras preciosas u otras mercancías que pueden almacenarse casi sin costo (si dejamos de lado la consideración de la pérdida de intereses) posee bienes cuya comerciabilidad se extiende mucho más lejos en el tiempo que la de todas las mercancías antes mencionadas.
B. Los diferentes grados de comerciabilidad de las mercancías.
En la sección anterior vimos que la comerciabilidad de las mercancías está restringida unas veces a un número mayor y otras veces a un número menor de personas, y dentro de límites espaciales, temporales y cuantitativos unas veces más estrechos y otras veces más amplios. En todo esto, sin embargo, sólo he descrito los límites exteriores dentro de los cuales, en cualquier situación económica dada, pueden venderse las mercancías. Las causas que determinan la mayor o menor facilidad con que las mercancías pueden venderse dentro de estos límites de comerciabilidad quedan todavía por examinar.
Es necesario, para este propósito, comenzar con unas pocas palabras sobre la naturaleza de las mercancías y las intenciones de sus poseedores. Una mercancía es un bien económico destinado a la venta. Pero no está destinado a la venta incondicionalmente. El propietario de una mercancía tiene la intención de venderla, pero en modo alguno a cualquier precio. Un joyero con una existencia de relojes podría liquidar toda su existencia, en casi cualquier situación imaginable, si estuviera dispuesto a vender sus relojes a un tálero cada uno. Un comerciante de cuero podría también deshacerse de su existencia si estuviera dispuesto a vender su cuero a precios igualmente ruinosos. No obstante, ambos comerciantes pueden estar justificados si se quejan de la lentitud de las ventas, puesto que, aunque sus mercancías están destinadas a la venta, como se ha dicho, están destinadas a la venta no a cualquier precio, sino a precios que corresponden a la situación económica general.
Los precios que se vuelven efectivos son siempre el producto de las condiciones competitivas existentes (p. 218), y corresponden tanto más estrechamente a la situación económica general cuanto más completa sea la competencia en ambos lados. Si hay circunstancias que retraigan a una parte de quienes tienen necesidades de una mercancía de competir por ella, su precio caerá por debajo del nivel correspondiente a la situación económica general. Si hay restricciones a la competencia por el lado de la oferta, el precio de la mercancía se elevará por encima de ese nivel.
Si la competencia por una mercancía está mal organizada y existe por ello el peligro de que los propietarios no puedan vender sus tenencias de la mercancía a precios económicos, en un momento en que ese peligro no existe en absoluto, o no en el mismo grado, para los propietarios de otras mercancías, es claro que esta circunstancia será responsable de una diferencia muy importante entre la comerciabilidad de aquella mercancía y la de todas las demás. Las demás mercancías pueden llevarse a sus destinos finales fácil y seguramente, pero la mercancía cuyo mercado está mal organizado sólo puede llevarse a su destino final con sacrificios económicos, y en algunos casos no puede llevarse en absoluto.
Los mercados, las ferias, las bolsas, las subastas públicas que se celebran periódicamente (como ocurre, por ejemplo, en los grandes puertos de mar) y otras instituciones públicas de naturaleza similar tienen por finalidad reunir a todas las personas interesadas en la fijación del precio de una mercancía en un lugar determinado, ya sea de manera permanente o periódica, para asegurar el establecimiento de un precio económico. Las mercancías para las cuales existe un mercado organizado pueden ser vendidas sin dificultad por sus propietarios a precios correspondientes a la situación económica general. Pero las mercancías para las cuales hay mercados mal organizados cambian de manos a precios inconsistentes, y a veces no pueden enajenarse en absoluto. La institución de un mercado organizado para un artículo hace posible que los productores, u otros individuos económicos que comercian en él, vendan sus mercancías en cualquier momento a precios económicos. Así, la apertura de un mercado de lana o de grano en una ciudad incrementa considerablemente la comerciabilidad de la lana o el grano en las regiones vecinas donde se producen estos artículos. De manera similar, la admisión de un valor a la negociación en una bolsa de valores (la llamada «cotización») contribuye al establecimiento de precios económicos en la venta de ese valor y también, de modo notable, a incrementar su comerciabilidad, puesto que la cotización del valor asegura a los propietarios ventas a precios económicos.
Si todo consumidor sabe dónde encontrar a los propietarios de una mercancía, este hecho por sí solo incrementa en alto grado la probabilidad de que la mercancía sea vendida, en cualquier momento, a un precio económico. Esto se logra mejor en el comercio mayorista, a causa de la práctica, observada muy comúnmente, de que los comerciantes de una mercancía sitúan sus almacenes lo más cerca posible unos de otros con el fin de provocar, mediante su concentración, una concentración similar de clientes. La ausencia de tal concentración en el comercio minorista constituye la causa principal de que se establezcan precios menos económicos en esta rama del comercio, aunque tal deficiencia surge naturalmente del deseo de los consumidores de comodidad y de economía de tiempo al hacer sus compras.
Pero la venta de una mercancía a precios económicos no es el único resultado de la existencia de puntos de concentración de la negociación y de la formación de precios. Los precios establecidos en estos centros de comercio se hacen públicos continuamente, lo que hace posible que las personas interesadas cuyos establecimientos están fuera de los centros de comercio también puedan hacer negocios en cualquier momento a precios correspondientes a la situación económica. Los grandes vendedores o compradores de una mercancía rara vez adoptarán, por supuesto, este método de hacer negocios, puesto que sus transacciones tienen una influencia determinante sobre la formación de los precios. Pero los pequeños comerciantes cuya escala de operaciones es demasiado insignificante para tener algún efecto apreciable sobre los precios son colocados por estos anuncios públicos en posición de ejecutar sus transacciones de manera económica incluso fuera del centro de comercio, y de participar así de las ventajas de un mercado que ni siquiera visitan. En el campo que rodea Londres puede suceder que un arrendatario haga negocios con un molinero sobre la base de una cotización en The Times del precio del grano en Mark Lane. En Viena, las pequeñas ventas de queroseno se concluyen a menudo sobre la base de la cotización del precio en la Neue Freie Presse o en algún otro periódico fiable. Así, los puntos de concentración del comercio de una mercancía tienen el resultado muy general de colocar a los propietarios en posición de vender sus tenencias a precios económicos a cualquier individuo económico que desee obtenerlas.
Hemos visto así que la primera causa de las diferencias en la comerciabilidad de las mercancías es el hecho de que el número de personas a las que pueden venderse es unas veces mayor y otras veces menor, y de que los puntos de concentración de las personas interesadas en su fijación de precios están unas veces mejor y otras veces peor organizados.
En segundo lugar, hay mercancías que pueden venderse en casi cualquier parte dentro de los límites espaciales de su comerciabilidad. Los animales domésticos, los granos, los metales y bienes similares de uso común tienen mercados en casi todas partes donde existe comercio. Toda pequeña población e incluso la aldea más pequeña se convierte, en ciertos momentos, en mercado para estos bienes. Hay otras mercancías (pieles, té, índigo) para las cuales sólo existen unos pocos mercados muy distantes entre sí.
Estos mercados no son independientes unos de otros en la formación de los precios. Si un mercado es de importancia decisiva, los informes de las transacciones realizadas allí se transmiten a todos los demás mercados principales. Una clase especial de individuos económicos, los especuladores, se ocupa de que las diferencias de precio entre los diversos mercados no excedan significativamente los costos del transporte.
La segunda causa de las diferencias en la comerciabilidad de las mercancías es, pues, el hecho de que las áreas geográficas dentro de las cuales se circunscribe su venta son unas veces más amplias y otras veces más estrechas, y de que, mientras que hay muchos puntos de comercio dentro de esa área en los que algunas mercancías pueden venderse a precios económicos, en el caso de otras mercancías sólo hay unos pocos de tales puntos. Los propietarios de mercancías de la primera categoría pueden venderlas a voluntad en muchos lugares dentro de una amplia área de comercio a precios económicos, mientras que los propietarios de mercancías de la segunda categoría sólo pueden venderlas en unos pocos lugares dentro de un área de comercio estrecha.
En tercer lugar, hay mercancías para las cuales existe una especulación animada y bien organizada que absorbe en cualquier momento toda porción de la cantidad disponible de las mercancías que llega al mercado, aun cuando exceda las necesidades corrientes. Hay otros mercados de mercancías en los que la especulación no se practica, o al menos no en la misma medida, y en los que, si se sobreabastecen de mercancías, o bien los precios caen rápidamente, o bien las mercancías llevadas al mercado deben retirarse sin vender. Los bienes de la primera clase pueden generalmente venderse en cualquier cantidad efectivamente disponible en un momento dado con poco sacrificio en el precio, mientras que el propietario de una mercancía para la cual no existe especulación sólo puede vender cantidades que excedan las necesidades corrientes con pérdidas muy severas o no puede venderlas en absoluto.
Di antes un ejemplo de esta última clase de mercancías cuando cité la comerciabilidad de los libros escritos para grupos específicos de estudiosos. Más importantes en este respecto son las mercancías que no tienen uso independiente y que se desean sólo como partes de otras mercancías. Cualquiera que sea el precio de los resortes de reloj o el precio de los manómetros de las máquinas de vapor, las necesidades de ellos están determinadas casi exactamente por el número de relojes o de máquinas de vapor que han de producirse, y una cantidad considerablemente mayor de los primeros bienes no podría venderse a ningún precio. Por otra parte, el oro y la plata, y varias otras mercancías cuyas cantidades disponibles estrechamente limitadas se enfrentan a necesidades casi ilimitadas, pueden venderse en cualquier cantidad. No hay duda de que una cantidad de oro mil veces mayor que la actualmente disponible, y una cantidad de plata cien veces mayor, encontrarían todavía compradores si se llevaran al mercado. Tales incrementos en las cantidades disponibles de estos metales harían que cayeran severamente de precio, y entonces serían sin duda utilizados por personas de poca riqueza para utensilios y vajilla ordinaria, e incluso por la gente más pobre para el adorno. Pero aun si se llevaran al mercado en cantidades tan enormemente incrementadas, no sería en vano. Todavía podrían venderse. Un incremento similar, en cambio, de la mejor obra erudita, de los instrumentos ópticos más excelentes, o incluso de mercancías tan importantes como el pan y la carne, las haría literalmente invendibles. De estas consideraciones se sigue que un poseedor de oro y plata puede vender muy fácilmente cualquier porción de la cantidad de estos bienes disponible en cualquier momento, en el peor de los casos con una pequeña pérdida en el precio. Pero la acumulación repentina de la mayoría de las mercancías conduce por lo común a una caída del precio mucho mayor, y siempre existe la posibilidad de que no puedan venderse en absoluto en tales condiciones.
La tercera causa de las diferencias en la comerciabilidad de las mercancías es, pues, el hecho de que los límites cuantitativos de las cantidades de ellas que pueden venderse son unas veces más amplios y otras veces más estrechos, y de que, dentro de estos límites, las cantidades de algunas mercancías llevadas al mercado pueden venderse fácilmente a precios económicos, mientras que esto no es cierto de otras mercancías, o al menos no en el mismo grado.
Por último, hay mercancías para las cuales existen mercados casi continuos. Los valores y cierto número de materias primas, en los lugares donde hay bolsas de mercancías, pueden comercializarse todos los días. Hay otras mercancías que se negocian en dos o tres días de la semana. Suele haber mercados semanales para los granos y otras legumbres, ferias trimestrales para los productos de la industria, y dos o más de las llamadas ferias anuales al año para los caballos y otros animales domésticos, etc.
La cuarta causa de las diferencias en la comerciabilidad de las mercancías es, pues, el hecho de que los límites de tiempo dentro de los cuales pueden venderse las mercancías son unas veces más amplios y otras veces más estrechos, y de que, dentro de estos límites, algunas mercancías pueden venderse a precios económicos en cualquier momento, mientras que otras sólo pueden venderse en momentos más o menos distantes en el tiempo.
Si ahora nos volvemos brevemente a los fenómenos efectivos de la vida económica y observamos las extraordinarias diferencias en la comerciabilidad de las diversas mercancías, no nos resultará difícil reducir estas diferencias a una o más de las causas explicadas arriba.
Una persona que posee una cantidad de grano tiene en su poder una mercancía de la que puede deshacerse en casi cualquier momento que desee dondequiera que haya bolsas de grano. Donde sólo hay mercados semanales, todavía puede venderlo cada semana a precios que están en concordancia con la situación económica. Tiene así una mercancía que, para usar un término mercantil muy significativo, es casi «dinero contante y líquido». Las causas de esto residen en el gran número de personas que tienen necesidades de grano, en los amplios límites espaciales, temporales y cuantitativos de su comerciabilidad, en la organización por lo común eficiente de los mercados de grano, y en la animada especulación en esta mercancía.
Una persona que tiene una existencia de pieles se encontrará en muchos aspectos en una situación algo más desfavorable. Los límites cuantitativos de la comerciabilidad de este artículo son mucho más estrechos y los mercados están peor organizados que los del grano. Además, los mercados de pieles están con frecuencia muy distantes unos de otros en el espacio y en el tiempo, y la especulación en este artículo es mucho menos animada que en el grano. Una persona con trigo podrá desprenderse de sus tenencias en casi cualquier circunstancia si está dispuesta a vender a una fracción de penique por debajo de la cotización corriente del mercado. Esto no será siempre cierto en el caso de las pieles, y puede suceder con mucha mayor facilidad que el propietario sólo pueda vender sus tenencias con pérdidas relativamente grandes o quizá a veces no pueda venderlas en absoluto, y que se vea por ello obligado a esperar un tiempo considerable antes de vender. ¡Obtendríamos contrastes aún mayores si comparáramos la comerciabilidad del grano con la comerciabilidad de artículos tales como telescopios, adornos de espuma de mar y plantas en maceta en general, o con las variedades menos comerciables de estas mercancías!
C. La facilidad con que circulan las mercancías.
En las secciones anteriores he explicado las causas generales y específicas de las diferencias en la comerciabilidad de las mercancías. En otras palabras, he mostrado las causas de la mayor o menor facilidad con que el poseedor de una mercancía puede esperar venderla a precios económicos. Llegados a este punto, cabría inclinarse a considerar resuelto también el problema de la mayor o menor facilidad con que las mercancías pueden circular a través de varias manos, puesto que la circulación de una mercancía a través de varias manos consiste simplemente en una serie de transacciones aisladas, y a pensar que una mercancía que pueda transferirse sin dificultad de las manos de su poseedor a las de otro individuo económico debería pasar con igual facilidad de las manos del segundo poseedor a las de un tercero, y así sucesivamente. Pero la experiencia muestra que esto no es cierto para todas las mercancías. En lo que sigue, nuestra tarea consistirá en investigar las causas especiales responsables del hecho de que pueda observarse que algunas mercancías circulan con facilidad de mano en mano mientras que otras, incluso algunas que poseen un alto grado de comerciabilidad, no lo hacen.
Algunas mercancías tienen casi la misma comerciabilidad en las manos de cualquier individuo económico. Las pepitas de oro extraídas de las arenas del río Aranyos por un gitano transilvano y sucio son tan vendibles en sus manos como en las del propietario de una mina de oro, siempre que el gitano sepa dónde encontrar el mercado adecuado para su mercancía. Las pepitas de oro pueden pasar por cualquier número de manos sin la menor disminución de su comerciabilidad. Pero las prendas de vestir, la ropa de cama, los alimentos preparados, etc., resultarían sospechosos y casi invendibles, o en todo caso de valor muy depreciado, en manos del gitano, aun cuando él no los hubiera usado, e incluso aunque los hubiera adquirido desde el principio con la única intención de transmitirlos en el intercambio. Por muy vendibles que sean las mercancías de esta clase en manos de sus productores o de ciertos comerciantes, pierden su comerciabilidad por completo, o al menos en parte, si tan solo surge la sospecha de que ya han sido usadas o de que han estado en manos sucias. No son, por tanto, aptas en el intercambio económico para circular de mano en mano.
Otras mercancías requieren para su venta conocimientos especiales, destrezas, permisos o licencias, privilegios, etc., gubernamentales, y no son en absoluto vendibles, o lo son solo con dificultad, en manos de un individuo que no pueda adquirir esos requisitos. En todo caso, pierden valor en sus manos. Las mercancías destinadas al comercio con la India o América del Sur, los preparados farmacéuticos, los artículos patentados, etc., pueden ser sumamente vendibles en manos de ciertas personas, pero pierden gran parte de su comerciabilidad en manos de otras. De ahí que sean tan poco aptas como las mercancías del párrafo anterior para la libre circulación de mano en mano.
Además, las mercancías que han de ajustarse especialmente a las necesidades del consumidor para resultar útiles en absoluto no son vendibles en igual grado en manos de todo poseedor. Los zapatos, los sombreros y artículos semejantes, de todas las tallas, son siempre bastante vendibles en manos de un comerciante de calzado o de un sombrerero en cuyas tiendas o establecimientos se congrega un gran número de clientes, sobre todo porque estos comerciantes disponen por lo general de los medios para ajustar las mercancías a las necesidades particulares de sus clientes. En manos de otra persona, estas mercancías solo pueden venderse con dificultad y casi siempre únicamente con una fuerte pérdida. Tampoco estas mercancías son aptas para la libre circulación de mano en mano.
Las mercancías cuyos precios no son bien conocidos o están sujetos a considerables fluctuaciones tampoco pasan con facilidad de mano en mano. El comprador de tales mercancías se expone al peligro de "pagarlas en exceso", o de sufrir una pérdida antes de haberlas transmitido a causa de una caída del precio. Un "lote" de grano en una bolsa de cereales, o un paquete de valores populares en una bolsa de valores, puede fácilmente cambiar de manos diez veces en pocas horas, pero las granjas y las fábricas, cuyo valor solo puede determinarse tras una cuidadosa investigación de todas las circunstancias pertinentes, son enteramente inadecuadas para una circulación rápida. Incluso las personas que no son miembros de una bolsa de valores aceptarán de buen grado, en lugar del pago en efectivo, valores cuyos precios no estén sujetos a fluctuaciones considerables. Pero las mercancías sujetas a violentas fluctuaciones de precio solo pueden circular con facilidad "por debajo del mercado", ya que todas las personas que no estén dispuestas a especular querrán protegerse contra las pérdidas. Así pues, las mercancías cuyos precios son inciertos o fluctúan fuertemente tampoco se prestan bien a la libre circulación de mano en mano.
Por último, es evidente que los diversos factores que limitan la comerciabilidad de las mercancías tendrán un peso múltiple allí donde las mercancías se transfieren de mano en mano, de un lugar a otro y de un período de tiempo a otro. Las mercancías cuya comerciabilidad está restringida a un reducido número de personas, cuya área de venta es limitada, que solo pueden conservarse durante poco tiempo, cuya conservación implica considerables sacrificios económicos, que solo pueden llevarse al mercado en cantidades estrictamente limitadas en un momento dado, o cuyos precios están sujetos a fluctuaciones, etc., pueden conservar todas ellas cierto grado de comerciabilidad dentro de ciertos límites (aunque muy estrechos), pero no son capaces de circular libremente.
Hallamos así que, para que una mercancía sea capaz de circular libremente, debe ser vendible, en el sentido más amplio del término, para todo individuo económico por cuyas manos pueda pasar; y para cada una de estas personas debe ser vendible, no en un solo aspecto, sino en los cuatro sentidos antes expuestos.