Valor de uso y valor de cambio
1. La naturaleza del valor de uso y del valor de cambio
Mientras el desarrollo de un pueblo se halle tan retrasado económicamente que no exista una cantidad significativa de comercio y las necesidades de bienes de las distintas familias deban satisfacerse directamente con su propia producción, los bienes evidentemente sólo tienen valor para los individuos que economizan si los bienes mismos son capaces de satisfacer directamente las necesidades de los individuos aislados que economizan o de sus familias.77 Pero cuando los hombres toman conciencia cada vez mayor de sus intereses económicos, entablan relaciones comerciales entre sí y comienzan a intercambiar bienes por bienes, surge finalmente una situación en la que la posesión de bienes económicos confiere a sus poseedores el poder de obtener bienes de otras clases por medio del intercambio. Cuando esto ocurre, ya no es absolutamente necesario, para que los individuos que economizan tengan asegurada la satisfacción de sus necesidades, que dispongan de los bienes particulares que son directamente necesarios para la satisfacción de sus necesidades particulares. En esta situación social más desarrollada, los individuos que economizan pueden, desde luego, asegurar la satisfacción de sus necesidades como antes, obteniendo la posesión de los bienes particulares que, empleados directamente, producen el resultado que llamamos satisfacción de sus necesidades. Pero también pueden, en la nueva situación, lograr este resultado de manera indirecta, obteniendo el dominio de bienes que, conforme a la situación económica existente, pueden intercambiarse por aquellos otros bienes que requieren para la satisfacción directa de sus necesidades. El requisito especial para el valor de los bienes que rige en la economía doméstica aislada deja, por tanto, de aplicarse.
El valor, como hemos visto, es la importancia que un bien adquiere para nosotros cuando somos conscientes de depender de su dominio para la satisfacción de una de nuestras necesidades, esto es, cuando tenemos conciencia de que una satisfacción no tendría lugar si no dispusiéramos del bien en cuestión. Sin el cumplimiento de esta condición, la existencia del valor es inconcebible. Pero el valor no está ligado a la condición de un aseguramiento directo de nuestras necesidades con exclusión de uno indirecto. Para tener valor, un bien debe asegurar la satisfacción de necesidades que no quedarían cubiertas si no dispusiéramos de él. Mas que lo haga de manera directa o indirecta es del todo irrelevante cuando se trata de la existencia del valor en el sentido general del término. La piel de un oso que ha matado tiene valor para un cazador aislado sólo en la medida en que tendría que renunciar a la satisfacción de alguna necesidad si no dispusiera de la piel. Después de entablar relaciones comerciales, la piel tiene valor para él exactamente por la misma razón. No existe entre ambos casos diferencia alguna que afecte de algún modo a la naturaleza esencial del fenómeno del valor. Pues la única diferencia es que, en el primer caso, el cazador quedaría expuesto a las influencias dañinas del clima o tendría que renunciar a la satisfacción de alguna otra necesidad para la que la piel puede emplearse de manera directa si careciera de ella; mientras que, en el segundo caso, tendría que renunciar a las satisfacciones que podría alcanzar por medio de bienes que están a su disposición de manera indirecta (por vía del intercambio) gracias a su posesión de la piel, si careciera de ella.
El valor de la piel en el primer caso y su valor en el segundo caso son, por tanto, sólo dos formas distintas del mismo fenómeno de la vida económica. En ambos casos el valor es la importancia que los bienes adquieren para los individuos que economizan cuando estos individuos son conscientes de depender de su dominio para la satisfacción de sus necesidades. Lo que confiere un carácter especial, en cada uno de los dos casos, al fenómeno del valor es el hecho de que los bienes adquieren la importancia, para los individuos que economizan y disponen de ellos, que llamamos valor, al ser empleados directamente en el primer caso e indirectamente en el segundo. No obstante, esta diferencia tiene suficiente importancia, tanto en la vida ordinaria como en nuestra ciencia en particular, para exigir términos específicos para cada una de las dos formas del único fenómeno general del valor. Así, llamamos al valor en el primer caso valor de uso, y en el segundo caso lo llamamos valor de cambio.
El valor de uso es, por tanto, la importancia que los bienes adquieren para nosotros porque nos aseguran directamente la satisfacción de necesidades que no quedarían cubiertas si no dispusiéramos de ellos. El valor de cambio es la importancia que los bienes adquieren para nosotros porque su posesión asegura el mismo resultado de manera indirecta.
2. La relación entre el valor de uso y el valor de cambio de los bienes
En una economía doméstica aislada, los bienes económicos o bien tienen valor de uso o bien no tienen valor alguno para los individuos que economizan y los poseen. Pero incluso en una sociedad que ha experimentado un considerable desarrollo cultural y en la que existe un comercio activo, pueden observarse con frecuencia bienes económicos que no tienen valor de cambio para los individuos que economizan y los poseen, aunque su valor de uso para esas mismas personas esté fuera de toda duda.
Las muletas de una persona con una deformidad peculiar, las notas que sólo puede utilizar quien las escribió, los documentos familiares y muchos bienes semejantes tienen con frecuencia un considerable valor de uso para determinados individuos. Pero esos mismos individuos, en la mayoría de los casos, intentarían en vano satisfacer alguna de sus necesidades con estos bienes de manera indirecta, esto es, mediante el intercambio. En una civilización desarrollada, la relación inversa se presenta con mucha mayor frecuencia. Las gafas y los instrumentos ópticos que un comerciante de artículos ópticos mantiene en existencias carecen por lo común de valor de uso para él, igual que los instrumentos quirúrgicos no lo tienen para las personas que los producen y comercializan, y los libros en lenguas extranjeras que sólo unos pocos eruditos pueden comprender no lo tienen para los libreros. Pero todos estos bienes, en vista de las oportunidades potenciales de intercambio, tienen ordinariamente un valor de cambio definido para estas personas.
En estos casos, y en todos los demás en que los bienes económicos tienen ya sea valor de uso, ya sea valor de cambio, pero no ambos, para las personas que los poseen, no puede plantearse la cuestión de cuál de los dos es determinante en la actividad económica de los individuos en cuestión. Pero estos casos son sólo excepciones en la vida económica de los hombres. Cuando el comercio se ha desarrollado en grado apreciable, los individuos que economizan tienen ordinariamente la posibilidad de elegir entre emplear directamente los bienes económicos de que disponen o emplearlos indirectamente para la satisfacción de sus necesidades. Los bienes económicos suelen tener, por tanto, tanto valor de uso como valor de cambio para sus poseedores. La mayor parte de las prendas, los muebles, las joyas y los miles de otros bienes que poseemos tienen sin duda valor de uso para nosotros. Pero es igualmente cierto que también podemos aplicarlos indirectamente para la satisfacción de nuestras necesidades cuando el comercio se ha desarrollado, y que por ello tienen también, al mismo tiempo, valor de cambio para nosotros.
Es cierto, como hemos visto, que la importancia de los bienes para nosotros respecto de un empleo directo y respecto de un empleo indirecto para la satisfacción de nuestras necesidades no son sino formas distintas de un único fenómeno general del valor. Pero su importancia para nosotros puede ser, al mismo tiempo, muy diferente en grado en las dos formas. Una copa de oro tendrá sin duda un elevado valor de cambio para un hombre pobre que la haya ganado en una lotería. Por medio de la copa estará en condiciones (de manera indirecta, por medio del intercambio) de satisfacer muchas necesidades que de otro modo no quedarían cubiertas. Pero el valor de uso de la copa para él apenas merecerá mención alguna. Un par de lentes, en cambio, ajustadas exactamente a los ojos de su dueño, tienen probablemente un considerable valor de uso para él, mientras que su valor de cambio suele ser muy pequeño.
Es cierto, pues, que pueden observarse numerosos casos en la vida económica de los hombres en que los bienes económicos tienen valor de uso y valor de cambio simultáneamente para los individuos que economizan y los poseen, y que las dos formas de valor son a menudo de magnitudes diferentes. La cuestión que se plantea es cuál de estas dos magnitudes es, en cada caso dado, la que determina los cálculos y las acciones económicas de los hombres, o, en otras palabras, cuál de las dos formas de valor es la forma económica del valor en el caso dado.
La solución de esta cuestión surge de la reflexión sobre la naturaleza de la economía humana y sobre la naturaleza del valor. La idea rectora en toda la actividad económica de los hombres es la satisfacción lo más plena posible de sus necesidades. Si las satisfacciones más importantes de un individuo que economiza quedan aseguradas por el uso directo de un bien más que por su uso indirecto, se sigue que necesidades más importantes del individuo quedarían insatisfechas si empleara el bien de manera indirecta para la satisfacción de sus necesidades que si lo empleara directamente. No cabe duda de que en este caso el valor de uso del bien será determinante en los cálculos y las acciones económicas del individuo que economiza en cuestión, y de que en el caso inverso lo será el valor de cambio. En el primer caso, son las satisfacciones aseguradas por un empleo directo del bien las que el individuo que economiza elegiría si dispusiera de él; en el segundo caso, son las satisfacciones aseguradas por un empleo indirecto del bien las que elegiría si dispusiera de él; de ahí que en cada caso sean las satisfacciones que de otro modo habrían tenido lugar las que se vería obligado a sacrificar si no dispusiera del bien en cuestión. En todos los casos, por tanto, en que un bien tiene a la vez valor de uso y valor de cambio para su poseedor, el valor económico es el que resulta mayor. Pero de lo dicho en el Capítulo IV se desprende con claridad que, en todo caso en que se den los fundamentos para un intercambio económico, es el valor de cambio del bien, y cuando esto no sucede es el valor de uso, lo que constituye el valor económico.
3. Cambios en el centro de gravedad económico del valor de los bienes
Una de las tareas más importantes de los hombres que economizan es la de reconocer el valor económico de los bienes, esto es, la de tener claro en todo momento si su valor de uso o su valor de cambio es el valor económico. De este conocimiento depende la determinación de qué bienes, o qué porciones de ellos, han de retenerse y cuáles conviene, en el mejor interés económico de uno, ofrecer en venta. Pero juzgar correctamente esta relación es una de las tareas más difíciles de la economía práctica, no sólo porque se requiere una visión de conjunto de todas las oportunidades de uso y de intercambio disponibles, incluso en mercados bien desarrollados, sino también y sobre todo porque los factores en que debe fundarse una solución correcta de este problema están sujetos a una multitud de cambios. Es claro que todo lo que disminuye para nosotros el valor de uso de una cosa puede, en igualdad de las demás circunstancias, hacer que el valor de cambio del bien se convierta en la forma económica del valor, y que todo lo que aumenta para nosotros el valor de uso de un bien puede tener el efecto de relegar a un segundo plano la significación de su valor de cambio. Un aumento o una disminución del valor de cambio de un bien tendrá, en igualdad de las demás circunstancias, el efecto contrario.
Las principales causas de los cambios en la forma económica del valor son las siguientes:
(1) Cambios en la importancia de la satisfacción particular que un bien procura al individuo que economiza y dispone de él, si su valor de uso para él aumenta o disminuye a causa del cambio. Así, si una persona pierde el gusto por el tabaco o el vino, las existencias de tabaco o de vino que posee adquirirán para ella un valor de cambio predominante. Y los hombres que han sido entusiastas de la caza o del deporte venderán sus utensilios de caza, sus animales de caza, etc., cuando sus pasatiempos hayan perdido la importancia que antes tenían para ellos, habiendo hecho la disminución del valor de uso de estos bienes que su valor de cambio pase a primer plano en importancia.
Las transiciones de una etapa de la vida a otra se caracterizan especialmente por cambios de esta clase. La satisfacción de un mismo deseo tiene un significado distinto para un adolescente que para un hombre maduro, y un significado distinto de nuevo para un hombre maduro que para un anciano. Aunque no existieran otros factores, por tanto, el curso natural del desarrollo humano bastaría por sí solo para hacer que el valor de uso de los bienes experimentase cambios significativos. Los sencillos juguetes del niño pierden su valor de uso para el adolescente; los materiales de estudio que utiliza el adolescente pierden su valor de uso para el hombre maduro; y los instrumentos con que el hombre maduro se gana la vida pierden su valor de uso para el anciano. En cada caso, el valor de cambio de los bienes mencionados se vuelve predominante. Nada hay más común, por tanto, que un adolescente venda los bienes que de niño tenían para él un valor de uso predominante. Vemos que las personas que entran en la madurez venden por lo general no sólo muchos de los medios de disfrute propios de la adolescencia, sino también los materiales de estudio de su juventud. Puede observarse que los ancianos permiten que pasen a otras manos no sólo muchos de los medios de disfrute de su plenitud que requieren fuerza y valor para usarse, sino también los instrumentos que empleaban para ganarse la vida (fábricas, empresas comerciales, etc.). Si los fenómenos económicos que parecerían la consecuencia natural de estos hechos no aparecen en la superficie con tanta nitidez como cabría esperar, la razón ha de buscarse en la vida familiar de los hombres. Pues el paso de los bienes de los miembros mayores de una familia a la posesión de los miembros más jóvenes no se produce como resultado de una compensación monetaria, sino como resultado del afecto. La familia, con sus especiales relaciones económicas, es así un factor esencial en la estabilidad de las relaciones económicas humanas.
Los aumentos del valor de uso de un bien para su poseedor tienen naturalmente el efecto contrario. El dueño de un bosque, por ejemplo, para quien la tala anual de madera sólo tiene valor de cambio, probablemente dejará de inmediato de intercambiar su madera por otros bienes si construye un alto horno para fundir hierro y necesita la producción íntegra de su terreno forestal para su funcionamiento. Un autor que antes vendía su obra a los editores no lo hará en el futuro si funda su propia revista, y así sucesivamente.
(2) Meros cambios en las propiedades de un bien pueden desplazar el centro de gravedad de su importancia económica si su valor de uso para el poseedor se ve alterado por el cambio mientras que su valor de cambio o bien permanece inalterado o bien no sube ni baja en la misma medida que su valor de uso.
Las prendas de vestir, los caballos, los perros, los carruajes y objetos semejantes suelen perder casi por completo su valor de uso para las personas acaudaladas si presentan un defecto visible externamente. Su valor de cambio, aunque también disminuido, pasa a primer plano en importancia, ya que la pérdida de su valor de uso es por lo común mayor para estas personas que la pérdida de su valor de cambio.
Por otra parte, en muchos casos los bienes se alteran de tal modo que su valor de cambio, que antes era la forma económica del valor para los individuos que economizan y los poseen, retrocede frente a su valor de uso. Así, los posaderos y los tenderos suelen emplear para su propio consumo los alimentos que presentan algún defecto externo, ya que el defecto de estos bienes hace que pierdan casi por completo su valor de cambio mientras que su valor de uso a menudo permanece igual, o en todo caso no se ve disminuido en la misma medida que su valor de cambio. El mismo fenómeno puede observarse en otros oficios. Los zapateros, sobre todo en las aldeas pequeñas, calzan a menudo zapatos que les sientan mal; los sastres visten a menudo prendas mal cortadas; y los sombrereros llevan a menudo sombreros en cuya producción ha ocurrido algún pequeño accidente.
(3) Llegamos ahora a la tercera, y más importante, causa de los cambios en el centro de gravedad económico del valor de los bienes. Me refiero a los aumentos en las cantidades de bienes de que disponen los individuos que economizan. Un aumento en la cantidad de un bien que una persona posee casi siempre, permaneciendo iguales las demás circunstancias, hace que el valor de uso de cada unidad del bien disminuya para ella y que su valor de cambio se vuelva el más importante. Después de la cosecha, el valor de cambio del grano es casi sin excepción la forma económica del valor para los agricultores, y sigue siéndolo hasta que, como resultado de las ventas sucesivas de porciones del grano, su valor de uso vuelve a ser el más importante. El grano que los agricultores aún poseen en verano tiene por lo general para ellos un valor de uso predominante. En otro lugar de esta obra (Capítulo IV, sección 2) he mostrado hasta qué límite la importancia del valor de cambio de los bienes pasa a un segundo plano frente a su valor de uso. Para un heredero que ya está provisto de suficiente mobiliario antes de su sucesión, y que encuentra todavía otro gran conjunto de muebles en el legado de su testador, muchas de las piezas del mobiliario tendrán un valor de uso muy bajo (y algunas quizá ningún valor de uso en absoluto) y adquirirán por ello un valor de cambio predominante. El heredero seguirá vendiendo piezas de mobiliario hasta que las piezas que conserve en su posesión vuelvan a tener un valor de uso predominante.
Una disminución de la cantidad de un bien de la que dispone un individuo económico provocará, por el contrario, en general, un aumento de su valor de uso para él y hará así que las cantidades del bien antes destinadas al intercambio adquieran ahora un valor de uso predominante.
De especial importancia a este respecto es el efecto de las variaciones de la riqueza total. Cuando las relaciones comerciales están bien desarrolladas, un aumento o una disminución de la riqueza equivale, para el individuo económico que experimenta el cambio, a un aumento o una disminución de casi todas y cada una de las clases particulares de bienes económicos. Un hombre que se empobrece se ve obligado a restringir la satisfacción de casi todas sus necesidades. Algunas necesidades las satisfará de manera menos completa, en cantidad o en calidad. Otras necesidades tal vez no las satisfaga en absoluto. Si, tras su empobrecimiento, conserva alguno de los bienes de consumo más selectos o de los artículos de lujo que antes contribuían a la satisfacción armónica de sus necesidades, pero que no se corresponden con sus nuevas circunstancias, los venderá, si es un individuo económico, para emplear el producto de la venta en satisfacer necesidades más importantes, propias y de su familia, que de otro modo quedarían insatisfechas. Las personas que han perdido una gran parte de su riqueza por especulaciones desafortunadas o como consecuencia de otras desgracias venden efectivamente sus joyas, sus obras de arte y otros objetos de lujo, a fin de procurarse lo necesario para vivir. El aumento de la riqueza tiene un efecto análogo, pero de signo contrario, pues muchos bienes que antes tenían un valor de uso predominante para sus propietarios pierden ese valor de uso, y la importancia económica de su valor de cambio pasa a primer plano. Así, las personas que se han hecho ricas de repente suelen vender sus muebles sencillos, sus baratijas raídas, sus casas insuficientes y muchos otros bienes que antes habían tenido para ellas un valor de uso predominante.